El Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura en el Vaticano, Cardenal Gianfranco Ravasi, recordó que los ateos que no facilitan el diálogo real con los creyentes no pueden autodenominarse con seriedad ateos.
La pomposidad de este funcionario de la esperpéntica monarquía vaticana no deja de ser un poco patética. No es que muchos ateos leamos ACI Prensa, de todas formas; lo de Ravasi es una admonición a sus feligreses más obedientes (por no decir tontos): no presten atención, les dice, a todos esos ateos que viven su vida sin Dios tranquilamente, moralmente, decentemente, sin molestar a nadie, y sobre todo, no escuchen jamás (cierren los oídos) a los ateos que además de vivir muy bien sin Dios tienen el descaro de manifestarlo y de reírse de ustedes, que tanto tiempo dedican a sus letanías, genuflexiones, postraciones, besamanos y jaculatorias solemnes. Tápense los ojos y niéguense a escuchar a los ateos que no quieren “dialogar” —o sea, soportar homilías vacuas sin chistar o darle crédito a la pseudociencia y la pseudofilosofía católica. Desprecien con un fruncimiento de nariz desdeñoso a los ateos prácticos, que ni siquiera se sonrojan al blasfemar porque saben que una blasfemia es sólo insultar a una entidad ficticia. No les den espacio a los ateos irónicos o sarcásticos, que bromean sobre Dios sin saberse de memoria todas las sofisterías que nuestros teólogos han creado durante mil años para justificarlo. Sólo son ateos “serios” aquellos que estén inquietos por la muerte de Dios, que sufran y anhelen su ausencia y estén dispuestos a entrar en el “Patio de los Gentiles” para oírnos a nosotros, los que tenemos la Verdad.