He considerado las impúdicas acusaciones del Sr. Dawkins con exasperación ante su falta de seriedad académica. Al parecer no ha leído los detallados discursos del Conde Rodrigo de Sevilla sobre las exquisitas botas de cuero del emperador; tampoco ha concedido un solo momento de consideración a la obra maestra de Belllini, Sobre la luminiscencia del sombrero emplumado del emperador. Tenemos escuelas enteras dedicadas a escribir cultos tratados sobre la belleza de la indumentaria del emperador, y todos los grandes periódicos dedican una sección a la moda imperial; Dawkins los rechaza a todos despreciativamente. Incluso se ríe de los populares y persuasivos argumentos de su compatriota, Lord D. T. Mawkscribber, quien famosamente señalara que el emperador no llevaría algodón común, ni confortable poliester, sino que debe, y digo debe, llevar ropa interior de la más fina seda.La versión original, The Courtier's Reply, está en un post ya clásico de Pharyngula, del día 24 de diciembre de 2006, y ha provocado y sigue provocando reacciones en la blogosfera hasta el día de hoy. En la RationalWiki ya tiene una entrada propia, Courtier's reply, como respuesta estandarizada a un planteo bastante común de ciertos teístas ante cierto tipo de argumentos ateos.
Dawkins ignora con arrogancia todas estas profundas ponderaciones filosóficas para acusar groseramente al emperador de desnudez.
Personalmente, sospecho que tal vez el emperador no esté completamente vestido (cómo, si no, explicar la desidia del equipo palaciego de lavandería), pero, bien, todos los demás parecen hablar siempre de sus ropas, y siendo que este buen hombre Dawkins es un advenedizo rudo que carece de la elegancia de mis circunloquios, yo, aun siendo incapaz de lidiar con la médula de sus acusaciones, debo al menos reprenderlo por sus malas maneras.
Hasta que Dawkins se haya entrenado en las tiendas de París y Milán, hasta que haya aprendido a describir la diferencia entre un vestido con vuelo y una minifalda, todos debemos suponer que él no ha hablado en realidad contra el gusto del emperador. Su entrenamiento en biología tal vez le dé la capacidad de reconocer unos genitales colgando cuando los ve, pero no le ha enseñado cómo apreciar realmente los Tejidos Imaginarios.

Myers reaccionaba ante críticas contra The God Delusion (El espejismo de Dios) de Dawkins, que acusaban a este último de "no confrontar con el pensamiento religioso con un mínimo de seriedad", despreciando siglos de teología y filosofía de la religión dedicada a hablar de la divinidad, y atacando sólo a las expresiones más burdas o más extremas de la religión. Si bien en parte esta actitud puede justificarse diciendo que la verdadera religión (la que importa en la práctica) es su expresión popular y no las complejas abstracciones de los teólogos, queda en pie cierto tufillo de deshonestidad: se puede argumentar que si uno escribe un libro entero dedicado a atacar una posición, debe lidiar con las formas más fuertes de esa posición y no con las más débiles y sencillas de demoler. De lo contrario, dicen los críticos, se está utilizando el infame hombre de paja, haciendo ver al adversario como lo que no es.
Otra forma de ver el problema es considerando la siguiente pregunta: ¿merece consideración alguien que ataca la idea de otro sin haber escuchado todo lo que tiene para decir? O bien, ¿tienen valor las opiniones sobre un determinado tema de alguien que no ha estudiado ese tema con cuidado? Si la respuesta es no, se corre el riesgo de fomentar el elitismo académico (sólo los críticos de arte pueden hablar de las obras de arte; sólo los teólogos pueden discutir sobre Dios). Si la respuesta es sí, el peligro es "popularizar" tanto las cuestiones que se desvaloriza el estudio y la labor del profesional.
Basándose en esta clase de cosas, a Dawkins lo han llamado un ignorante, antiintelectual, burdo y agresivo... tal como lo satiriza la Respuesta del Cortesano. Dawkins ha recibido esta clase de críticas incluso de ateos y agnósticos que están de acuerdo con él en casi todo lo demás; pero ciertos creyentes sofisticados y moderados han reaccionado con tanta indignación retórica como el cortesano al que se le hace notar que su emperador no tiene ropa encima.
Los argumentos presentados contra Dawkins resultan en algunos casos atendibles. Pero lo que estos cortesanos de Dios no han podido hacer ahora ni jamás es probar que el emperador no está desnudo, vale decir, que Dios existe y que por lo tanto toda la superestructura teológica montada sobre él tiene sentido. (Para esto, además, hay que dar a Dios una definición más o menos clara; no sirven los conceptos nebulosos o excesivamente abiertos.)
El fenómeno religioso sin duda existe, y quizá Dawkins no lo trata como debiera, o lo simplifica excesivamente (aunque hay otros autores que se encargan de él con mayor detalle). Pero la cuestión central sigue sin dirimirse: si no existe Dios (tal como lo conciben las religiones abrahámicas, el blanco principal de Dawkins), entonces el fenómeno religioso tiene tanta base de sustentación fáctica como la pasión de los trekkies o de los fanáticos de El Señor de los Anillos; ni todos los tratados de teología juntos pueden cambiar eso, y esta incapacidad es obvia aunque uno no tenga estudios superiores.
La Respuesta del Cortesano no es un argumento lógico, sino más bien una forma de expresar en términos sencillos lo que un cierto tipo de personas sentimos ante los argumentos de los "expertos en Dios". No busca convencer, sino dar a entender. En este sentido puede ser debatido pero no puede ser refutado, como suele ocurrir con todas las creaciones fantásticas de la mente humana... incluyendo al mismo Dios.