- El mundo no terminó. No hubo apocalipsis maya ni rayo sincronizador fotónico galáctico ni ninguna de todas las inmensas, descomunales idioteces que se dijeron y que los medios supuestamente respetables repitieron sin más espíritu crítico que los propios creyentes.
- La Navidad pasó y este ateo la festejó tranquilamente, como la mayoría de la gente que festeja la Navidad, sin relacionarla en lo más mínimo con el mito del nacimiento del Hijo de Dios, comiendo y bebiendo en relativa abundancia, aunque sin abusar, dado el asfixiante clima reinante.
- Como ya es costumbre, el Papa Benedicto XVI emitió un comunicado untuoso donde resaltó que Dios no puede hacer nada por nosotros si no creemos en Él, es decir, en la práctica, si no nos sometemos a Su vicario en la Tierra, es decir, Benedicto XVI, y a las doctrinas emanadas de él y transmitidas por sus esbirros episcopales (estoy parafraseando un poco).
- Benedicto XVI también se ocupó de pedir paz para el mundo, excepto para los homosexuales, claro está. Se espera que la guerra en Siria termine de un momento a otro gracias a las oraciones del Santo Padre… o, por lo menos, algunos deberían esperar eso, o reflexionar seriamente sobre lo que implica esperar sin resultado alguno.
Eso es todo por ahora. El calor aflojó un poco después de Navidad, pero a cambio me he quedado sin conexión a Internet en casa al menos hasta Año Nuevo, no mediando un milagro post-navideño (que los técnicos adelanten su visita calificaría dentro de esa categoría sobrenatural). Hasta entonces.