lunes, 22 de abril de 2013

Todos felices con Francisco

Sigue sorprendiéndome lo ingenua, fanática, obsecuente y superficial que puede llegar a ser la gente en lo que respecta no digamos a bandas o cantantes o jugadores de fútbol o supermodelos, sino a un papa de la Iglesia Católica. Eso debe probar que tengo un umbral de sorpresa muy bajo, evidentemente. Pensaba en esto y también en el hecho indudable de que el pobre Benedicto XVI debe estar sintiéndose como un fracasado: en ocho años de papado no cosechó ni la mitad del embobamiento que Francisco logró en su primer mes sin esforzarse.


Como los fans son fans y los políticos son hipócritas, no pasó nada de tiempo antes de que los antedichos se amontonaran unos sobre otros tratando de llegar primeros a la meta de la suprema obsecuencia. Y la carrera continúa: el miércoles pasado dos representantes de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires descubrieron una placa en la casa de Jorge Bergoglio en el barrio de Flores; el jueves, el Concejo Deliberante de la ciudad de Rosario aprobó por unanimidad la creación de una “comisión pro visita del Papa Francisco”, a partir de una iniciativa de dos ediles kirchneristas. Poco extraña el caso de Buenos Aires, cuyos co-responsables son un peronista/populista de derecha (¡como Bergoglio!) y un miembro del PRO (el partido gobernante, cuyo líder hizo poner una gigantografía de Francisco casi frente al Obelisco). Un poco más podría extrañar, si fuéramos ingenuos, el de Rosario, que comparte la autoría de un judío agnóstico y de una edila del kirchnerismo, movimiento político responsable de varios indudables progresos en el campo de los derechos humanos contra los cuales la Iglesia Católica peleó ferozmente; más allá de que la mayoría de los otros concejales rosarinos son, según ellos mismos, “socialistas”, calificación que no implica anticlericalismo pero debería picarles un poquito en sus partes históricas.

De pronto todos los políticos, incluyendo aquéllos que han visto a la Iglesia referirse a sus proyectos y plataformas como si hubieran sido escritos por Satanás, han sido conquistados y han descubierto que Bergoglio era prácticamente un santo. El no gastar ostentosamente el jugoso sueldo que el estado le pagaba sólo por haber sido puesto a dedo por el papa le valió el calificativo de “humilde”. Lo encontraron tolerante y abierto porque dialogaba amablemente con personas de otras religiones (que creía falsas, naturalmente, pero ¿por qué arruinar un evento social diciéndolo en voz alta?), cosa que —imagino que el lector acordará conmigo— es el mínimo absoluto que debería esperarse de una persona civilizada hoy en día. Lo nombraron un adalid de la justicia y luchador contra la pobreza por hablar mucho de justicia y de pobreza en sus homilías, mientras sus curas consolaban a los pobres en las villas miseria y los políticos con los que se codeaba seguían explotando a esos pobres como carne electoral, mandaban desalojar o arrasar esas villas y no tomaban medida alguna para terminar con esa pobreza.

Los políticos son políticos, los creyentes superficiales son fáciles de atraer de vuelta al rebaño, y los cholulos, los fans de cualquier cosa, los aplaudidores y los que se emocionan por tonterías no han dejado nunca de ser mayoría.

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