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jueves, 26 de diciembre de 2013

Francisco el Salvador

Hace un tiempo decidí dejar de prestar atención a las incesantes alabanzas dirigidas a Francisco por sus fans. Hago una excepción hoy precisamente para mostrarles hasta qué punto hay que hundirse en el barro de la complacencia y el voluntarismo bobo para refutarlas. El siguiente es un ejemplo al azar de la tendencia a ver en Francisco a un líder que sintetiza lo político y lo religioso. Se trata de un artículo de Luis Rosales en Infobae, titulado (prepárense para esto) El papa Francisco puede salvar a Latinoamérica y reconstruir Occidente.

Comienza hablando de lo que Francisco está haciendo en la Iglesia:
En estos pocos meses de papado, ha planteado uno a uno los grandes desafíos y problemas que afectaban a la institución espiritual más poderosa y extendida de la tierra. Las finanzas, la pedofilia, los abusos de todo tipo, entre otras incongruencias e incoherencias, enfrascado en un afán imparable de ir enfrentando las amenazas que la habían hecho tambalear en los últimos años y que hasta provocaron la renuncia de Benedicto XVI.
No tengo mucho que decir aquí porque la suerte de la Iglesia Católica y sus manejos internos no podría importarme menos. Lo único que puede destacarse es cómo el periodista coincide con buena parte de sus colegas en hablar de “desafíos”, “problemas” o “amenazas” para la Iglesia al referirse a delitos financieros y a crímenes de alto vuelo que son parte integral (y no fallas ni anomalías) del mecanismo de la institución eclesiástica: la Iglesia Católica nunca habría sobrevivido como foco de poder mundial sin apoyo de políticos inescrupulosos, sin lavado de dinero de mafias actuales y pasadas, sin secretismo y pactos de silencio, sin una autoridad verticalista e implacable, sin una eficaz estructura de ocultamiento de sus propias maldades. En un sistema como el de la Iglesia, al igual que ocurre en los ejércitos y en otras sociedades cerradas, no es una “incongruencia” que existan todo tipo de personalidades patológicas protegidas por el mismo sistema.

El artículo continúa con lo que quiere ser un análisis sociopolítico cuya tesis es que existe una amenaza al occidente cristiano por parte del Peligro Amarillo. Caída la Unión Soviética comunista, la hegemonía liberal/capitalista de Estados Unidos y Europa se encuentra frente a potencias emergentes, la principal de las cuales es China.
Por eso, todo hace suponer que en un proceso lento y gradual, la preponderancia de nuestra civilización y sus valores, la libertad individual, los derechos humanos, la trascendencia de destino, el progreso constante, pueden quedar subsumidos por un nuevo orden que poco a poco vaya imponiendo otros, más propios de otras civilizaciones. (…) Orden absoluto en lugar de libertad individual, Estado y autoridad omnipresente, muy poco lugar a la religión y a la trascendencia espiritual.
El autor de la nota pertenece a esa derecha conservadora que en Argentina gusta de autonombrarse “liberal”, por lo cual quizá prefiera ignorar que los valores de la libertad individual y los derechos humanos fueron anatema para la Iglesia Católica hasta hace muy poco en términos históricos. La Iglesia y el Papa que según su tesis podría liderar la defensa de nuestra civilización se oponen a la libertad más básica del ser humano, que es la de disponer de su propio cuerpo: nos prohíben el placer del sexo por sí mismo, tanto en pareja como en solitario; consideran a las mujeres embarazadas como meros contenedores de una persona humana con más derechos que ellas mismas; nos vedan incluso decidir cuándo queremos dejar de vivir. La Iglesia aboga incesantemente por limitaciones a la libertad de expresión y de prensa; se opone a la despenalización del consumo de ciertas drogas por parte de adultos libres y responsables; en Argentina, además, su jerarquía (con escasísimas excepciones) ha estado siempre del lado de quienes violaban los derechos humanos, antes del de quienes los defendían.

Con respecto a la religión, está claro que los valores del Occidente cristiano son mucho más tolerantes que los de la dictadura comunista China. Incluso lo son ante religiones distintas del cristianismo mayoritario, aunque esto es reciente y no precisamente debido al cristianismo sino más bien a sus detractores. En lo que se refiere a la “trascendencia espiritual”, el término es tan ambiguo como para resultar inútil; su uso habitual, en la práctica, refiere a la imposición de bendiciones y juramentos en reparticiones del estado, a catecismos forzados en las escuelas públicas y una veda de facto, para influyentes políticos o mediáticos, de toda crítica radical contra la superstición y las creencias irracionales que pueda ofender las sensibilidades “espirituales” de los ciudadanos.

Un Estado omnipresente y autoritario no es antitético a la existencia de la Iglesia Católica o del ejercicio de la religión (de la única religión verdadera, ¡obviamente!); en tanto Estado e Iglesia coordinen esfuerzos para someter a la población, su sociedad puede prosperar. El caso particular de China ejemplifica la memorable sentencia de Bertrand Russell en el sentido de que el comunismo y el cristianismo no son incompatibles por sus diferencias sino por sus similitudes. Por lo demás, la economía cuasi-capitalista intervenida y corporativista que está dando un impulso a las regiones más prósperas de China es un modelo mucho más cercano a la doctrina de la Iglesia que una economía capitalista liberal. La doctrina social católica sólo requiere que se respete hasta cierto punto la propiedad privada. En otros puntos, las diferencias no son esenciales. Por ejemplo, si China estuviese subpoblada en vez de superpoblada, y el estado chino prohibiera la anticoncepción y el aborto de la misma manera que ahora prohíbe tener más de uno o dos hijos, la Iglesia Católica con seguridad apoyaría esta restricción gravísima a la libertad con todas sus fuerzas y quizá hasta estaría dispuesta a dejar pasar otras intromisiones del estado.

El resto del artículo de Rosales es más de lo mismo. Hay que notar que el hombre no es un novato: escribió un libro sobre “Argentina en un mundo bipolar” y es co-autor de una biografía de Francisco. A juzgar por su manifiesta incomprensión de la ideología económica de Francisco (que es un populismo voluntarista de libro de texto), su investigación ha sido floja en este punto. O quizá sea que, simplemente, haya encontrado como tantos otros a un personaje que es, como anhelaba San Pablo, “todo para todos los hombres”: un papa carismático que sirve de espejo a las expectativas de católicos de nombre y de fanáticos, de cristianos de base y de alcurnia, de liberales, conservadores, socialdemócratas e izquierdistas, de empresarios piadosos y venales y de millones de pobres. Hasta ahora el espejo no ha sido más que eso, y a juzgar por quienes lo admiran desde sus posiciones de poder, más allá de todas las vagas expresiones de deseo, nadie espera que Francisco sirva más que para gestionar el statu quo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

El Código Civil, la moneda papal y el cura antidrogas

El Senado argentino dio finalmente media sanción al proyecto de ley de Código Civil con las concesiones que la Iglesia Católica había pedido. El “nuevo” Código, que ahora tendrá que pasar por la Cámara de Diputados, sigue siendo un producto cabal del siglo XIX. O quizá no: los legisladores decimonónicos que promovieron la educación laica y legalizaron el matrimonio civil —medidas, ambas, que la Iglesia anatematizó y condenó como seguras destructoras de la sociedad— se habrían asombrado bastante.

Imagino que nuestros liberales de 1880 también se habrían sorprendido por la reciente aprobación casi unánime de un proyecto de ley para acuñar una moneda conmemorativa del ascenso al trono del Papa Francisco. Se dice que la Cámara de Diputados es tradicionalmente menos conservadora que el Senado, lo cual se explica por su diferente proporción de legisladores de las provincias pequeñas y alejadas del cosmopolitismo porteño. Si es así, no se notó para nada esta vez. Es probable que no se trate de conservadurismo sino de mero oportunismo, farandulismo o indiferencia.

A favor de la moneda del autócrata vaticano votaron 177 diputados, incluidos peronistas “de izquierda”, “progresistas” y “socialistas”; hubo tres votos negativos, uno de ellos del socialista mudado al kirchnerismo Jorge Rivas, y una abstención. La composición de la Cámara es algo diferente de la que en 2010 votó a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero con seguridad hay unos cuantos legisladores que en ese momento fueron parte del “plan del Padre de la Mentira” (palabras de Jorge Mario Bergoglio) y que ahora son favorables a la monedita.

La diputada Marcela Rodríguez fue, hasta donde sé, la única que explicó en detalle su voto en contra, explayándose sobre la laicidad estatal con un escrito dirigido al presidente de la Cámara, que entre muchos otros puntos se adelanta a las previsibles excusas de que la moneda franciscana representa un homenaje a valores o ideas compartidas, prescindiendo de la religión. Lo hace a través de una cita de Roberto Saba, que se refiere a los símbolos religiosos, pero que se puede extrapolar fácilmente al asunto de la moneda. El Papa Francisco no es sólo un argentino notable que exalta la humildad y la compasión; como papa, es un símbolo del poder de la Iglesia Católica, de absolutismo político y moral, y sus valores son valores católicos, que como todos sabemos permanecen dentro de muy estrictos límites dogmáticos.

Lo de la moneda fue el broche de oro de una semana de acelerado retroceso hacia el chupacirismo estatal que incluyó no sólo el asunto del Código Civil sino el nombramiento de un Jefe de Gabinete genuflexo y miembro del Opus Dei, la confirmación (poco comentada) de un Ministro de Salud también vinculado a la secta católica, y el inédito nombramiento de un sacerdote “progre”, amigo de la familia presidencial y del susodicho Jefe de Gabinete, al frente del SEDRONAR, la agencia estatal de lucha contra la drogadicción y el narcotráfico.

Juan Carlos Molina, el sacerdote en cuestión, no tiene otra calificación profesional que la de dirigir un par de ONGs subsidiadas de manera discrecional y bastante turbia por sus referentes políticos, cuya labor sin duda meritoria representa un ejemplo más de la privatización y el consiguiente abandono de la responsabilidad del estado sobre la prevención y el control de la adicción a drogas, comparable a la de la tercerización del cuidado de los presos a manos de pastores evangélicos que ocurre en pabellones enteros de varias cárceles argentinas con total anuencia de las autoridades.

Por lo demás, la forma de expresarse de Molina (al menos en Twitter) es casi una caricatura del cura voluntarista, siempre alegre y propenso al uso de citas bíblicas bobas. Esperemos que Fabio Alberti esté prestando atención. En el clima de babosidad pro-sotana que se vive hoy en Argentina, me consuelo recordando que alguna vez pudimos ver en nuestra TV esta magistral síntesis de la superficialidad clerical.

viernes, 27 de septiembre de 2013

El Papa no va a nombrar cardenal a una mujer

Los medios de la caverna católica se hacen eco de un artículo en tono humorístico publicado por el blogger “Elentir”, «El País ya puede leer tus pensamientos y convertirlos en noticia: lo hizo con el Papa». Elentir se indigna y bromea un poco sobre el ridículo artículo del diario español El País, «¿Una mujer cardenal?» en el que el periodista y escritor Juan Arias afirma que el papa se ha planteado “nombrar cardenal a una mujer”.

Ignoro si la explicación de la posibilidad en términos de derecho canónico de tal nombramiento es correcta. Lo cierto es que la “noticia” carece totalmente de fuentes, siquiera anónimas, a menos que —como Elentir teoriza jocosamente— Arias pueda leer la mente de Francisco, de manera que ese asunto es académico: se trata de algo cuya plausibilidad sólo podría interesarle a Dan Brown o algún otro escritor de esa calaña.

Confieso que el disparate me atrajo al principio. Soy culposo fan de las películas de cine catástrofe hollywoodenses sin visos de plausibilidad científica; el nombramiento de mujeres cardenales —o para el caso, cualquier relajamiento notable de la misoginia constitutiva y vertebral de la Iglesia Católica— calificaría como un evento catastrófico de una magnitud comparable a la de Armagedón, El día después de mañana o 2012. La idea de ser testigo de un cisma en la Iglesia Católica durante mi vida es tan atrayente que me es difícil sustraerme a la ficción de Arias.

Pero como no todo puede ser, hay que decir que no hay signo alguno de que Francisco plantee reformas radicales en la Iglesia. Cierto, está haciendo algunos cambios en la Curia, principalmente para sacar del medio a personajes cuyos vínculos con el lavado de dinero, el tráfico de influencias y Zeus sabe qué más estaba volviéndose demasiado notoria. Pero no creo que nadie pueda imaginar un cónclave o cualquier otra agrupación o institución eclesiástica donde los vetustos y misóginos cavernícolas que hoy conforman el Colegio Cardenalicio aceptaran compartir poder con una hembra humana. Dentro de trescientos o cuatrocientos años, tal vez (si nos guiamos por los tiempos católicos), pero no durante el papado de Jorge Bergoglio.

Para terminar: hay muy poco en el artículo de Elentir con lo que pueda estar de acuerdo, además de la obvia falta de profesionalismo periodístico de parte de Juan Arias. El País ya metió la pata otras veces, pero el ejemplo en el que insiste Elentir no lo prueba: no es cierto que El País haya dicho que “los fetos humanos no son humanos, pero los huevos de tortuga sí son tortugas”, como puede comprobar cualquiera que lea los artículos pertinentes sin las estrechísimas anteojeras del catolicismo y con un mínimo de buena fe, sentido común y capacidad de comprensión de textos. Un artículo sin fuentes es mal periodismo, pero no peor que un artículo con fuentes distorsionadas a propósito.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Gatopardismo papal

Gatopardismo papal

Hace unos días Jorge Bergoglio, alias el Papa Francisco, concedió a Antonio Spadaro, director de la revista jesuita La Civiltà Cattolica, una larga entrevista, que fue publicada en múltiples medios católicos. Los medios seculares tomaron las partes más jugosas de la entrevista y las difundieron, en general intentando mostrar las manifestaciones del papa como una revisión para bien o un progreso en la actitud de la Iglesia hacia sus blancos preferidos (las mujeres y los homosexuales).

En realidad, como los mismos comentaristas católicos se han empeñado en aclarar, el papa no dijo nada nuevo y de hecho reafirmó las posturas tradicionales de la Iglesia. Nada va a cambiar porque nada puede cambiar; el aborto sigue siendo un asesinato, tener sexo sin buscar hijos es ser anti-vida, y la homosexualidad es una especie de enfermedad cuyas víctimas merecen compasión.

El primer error que cometen los medios es suponer que el papa está hablando para toda la humanidad. Muy lejos de eso, el Papa le habla a los católicos (él dice “cristianos”, pero buena parte de los cristianos del planeta no considera que esos dos términos se solapen), y específicamente a los católicos de nombre y a los católicos devotos pero apartados de la Iglesia y que quieren —por alguna razón que se me escapa­— seguir sintiéndose parte de una iglesia que los rechaza con un mensaje expulsivo, condenatorio, basados en una moral absurda. Así lo expresa el entrevistador:
…aquellos cristianos que viven situaciones irregulares para la Iglesia, o diversas situaciones complejas; cristianos que, de un modo o de otro, mantienen heridas abiertas. Pienso en los divorciados vueltos a casar, en parejas homosexuales y en otras situaciones difíciles.
Es quizá sintomático el que no se comprenda muy bien si las “heridas” y las “situaciones difíciles” son padecimientos de las personas en cuestión o conflictos entre el modo de vida de esas personas y la Iglesia. Hay una infinidad de cristianos divorciados y vueltos a casar y de cristianos homosexuales en pareja que viven perfectamente felices, o al menos, tan bien o mal como cualquiera.

Sobre cómo llegar a esas personas (claramente la preocupación de cierto sector de la Iglesia, que ve cómo se han ido vaciando los bancos de la misa y las bolsas de la colecta), Francisco dice:
Tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad. En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos ‘heridos sociales’, porque me dicen que sienten que la Iglesia siempre les ha condenado.
¿“Sienten” que la Iglesia los condena? El Papa, cuando era su gemelo malvado Jorge Mario Bergoglio, llamó al proyecto para permitir matrimonios entre personas del mismo sexo un plan del demonio. Y ése es uno de los calificativos más sutiles de los jerarcas de la Iglesia hacia los homosexuales.
La religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal.
Esto es cierto (menos lo de Dios, que no existe), pero sólo en cierto sentido. Las opiniones de los demás nos afectan, y es sabido que recibir opiniones negativas constantes nos puede afectar gravemente a nivel psicológico. Por no hablar de la influencia indirecta que tienen esas opiniones cuando son tomadas por verdades por otras personas. El mensaje de la Iglesia, repetido y amplificado por medios acríticos y por una cultura conservadora e hipócrita, afecta a los blancos elegidos por la Iglesia.

Sigue el papa:
Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta: ‘Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’.
¿Cómo saberlo? Dios, si existe, no da muestras de aprobar o rechazar a nadie; sólo habla por personas que se dicen sus elegidos.
En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia. Cuando sucede así, el Espíritu Santo inspira al sacerdote la palabra oportuna.
¿“Su condición”? ¿“Con misericordia”? ¿Cómo puede interpretar eso alguien, si no es deduciendo que la Iglesia o Dios (que es lo mismo en la práctica) lo consideran un enfermo digno de lástima? ¿Hay que culpar al Espíritu Santo de no inspirar a los sacerdotes, o de inspirarles mal, cuando tratan a los homosexuales y transexuales como perversos, a las mujeres que abortaron como a asesinas, y así, generalmente desde la seguridad y la autoridad del púlpito?

Luego Francisco pasa a hablar de la confesión, que es la forma en que el sacerdote “acompaña” a quienes no cumplen con las reglas de Dios (la Iglesia). Lo hace con un ejemplo:
Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto. Después de aquello esta mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?
La relación entre el sacerdote y los demás se plantea enteramente en términos de culpa y de la facultad del sacerdote de perdonar esa culpa. El sacerdote, y por extensión la Iglesia/Dios, sólo puede “acompañar” a una persona si ésta se admite pecadora y arrepentida. Si una persona, para vivir como desea y llegar a la felicidad, procede contra las prohibiciones católicas, la Iglesia sólo acepta recibirla si abyectamente se arrodilla y confiesa que sus deseos fueron incorrectos, se arrepiente de haber buscado esa felicidad y promete volver a hacer lo que la Iglesia/Dios manda en vez de lo que realmente quiere.

Finalmente llegamos a la frase que más llamó la atención de los medios:
No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar.
De aquí podemos derivar dos interpretaciones: la más piadosa y la más realista. La interpretación piadosa es que Francisco está pidiendo a su Iglesia que no se la pase señalando pecados, y que cambie el enfoque: del ataque a la bienvenida, de la moralización severa a la misericordia.

La interpretación más realista es que Francisco ha entendido que la Iglesia va a seguir perdiendo popularidad y fieles si todas sus intervenciones públicas se refieren directa o indirectamente a su fijación contra el sexo no reproductivo, actividad que no por ser dogmáticamente pecaminosa deja de ser el pecado más frecuente de la inmensa mayoría de sus feligreses y de los seres humanos en general, además de uno de los más placenteros.

Quienes seguimos a la prensa católica sabemos que, excluyendo las noticias de índole administrativa (eventos, designaciones de funcionarios, documentos papales), la mayor parte de lo que emana de allí y que constituye aparentemente la tarea diaria y exclusiva de obispos y cardenales es un compendio de amenazas y advertencias contra el aborto, los preservativos, la homosexualidad, la educación sexual y los anticonceptivos, es decir, en el fondo, contra toda forma de sexo que no esté destinada a producir futuros pequeños católicos sino a hacer meramente feliz a quien lo practica. Francisco, por convicción o por conveniencia, sabe que este mensaje no hace sino alienar a gran parte de la población.

Decía magistralmente George H. Smith en Atheism: The Case Against God:
“A cambio de la obediencia, el cristianismo promete la salvación en una vida futura; pero para poder lograr obediencia a través de esta promesa, el cristianismo debe convencer a los hombres de que necesitan salvación, que hay algo de lo que deben salvarse. El cristianismo no tiene nada que ofrecer a un hombre feliz que vive en un universo natural e inteligible. Si el cristianismo quiere ganar una base sólida para la motivación, debe declarar la guerra al placer terrenal y a la felicidad, y éste, históricamente, ha sido precisamente su modo de acción. A los ojos del cristianismo, el hombre es un pecador, está inerme ante Dios y es potencialmente combustible para los fuegos del infierno. Así como el cristianismo debe destruir la razón antes de poder adelantar la fe, de la misma manera debe destruir la felicidad antes de poder adelantar la salvación.”
Es posible que este discurso más moderado que Francisco saca a relucir disimule la táctica de crear culpa para luego vender salvación a cambio de obediencia, y en algunos casos alivie a aquellas personas que ya hayan asumido la culpa con tanto fervor que no puedan dejarla de lado de otra manera que recibiendo el “acompañamiento” interesado de la Iglesia. Pero la diferencia es de forma, no de fondo, igual que la diferencia entre el popular y campechano Francisco y su poco carismático predecesor.

jueves, 1 de agosto de 2013

El Papa y los gays

El Papa Francisco dijo una frase bastante anodina sobre los homosexuales el otro día, cuando volvía de su festival proselitista en Brasil, hablando en el avión con los periodistas. Dijo algo que en boca de cualquier persona decente (católicos incluidos) y más o menos a tono con la época sería tan poco comprometido que no podría sorprender a nadie, mucho menos causar admiración.

La frasecita generó una inmensa cantidad de reacciones, casi todas positivas, algunas francamente extáticas. La cantidad de católicos fervientes, practicantes, es bastante pequeña; la mayoría de los comentarios eran de católicos sólo de nombre, de ésos que no pisan una iglesia más que para una boda o un bautismo, o de esa curiosa clase de gente que “cree en Dios pero no en la Iglesia”, como si el invento pudiera separarse así del inventor. No faltaron ateos y agnósticos con hambre de religión que saltaran de alegría o al menos cautelosamente saludaran el “progreso” expresado en la frase del Papa, que aún no siendo gran cosa auguraría un cambio futuro en la intolerancia de la Iglesia hacia los homosexuales.

La verdad es que, como ya han explicado otros mejor que yo, Francisco no dijo nada nuevo y de hecho remitió a sus oyentes al Catecismo, donde dice que los homosexuales son básicamente gente con un problema que deben esforzarse por vencer y que los católicos no deben discriminarlos sino ayudarlos en esta difícil tarea. El tono es idéntico al que usaríamos para hablar de personas con discapacidades o deformidades.

Lo que no recuerdo haber leído es la razón subyacente a este tratamiento de la homosexualidad. Aquí me permito citarme a mí mismo (lo que sigue es de mi libro, que dicho sea de paso, el lector puede comprar en versión digital por un módico precio en Amazon). Parto de la base de que la doctrina busca preservar el odio (preexistente) hacia los homosexuales y la homosexualidad, y por eso no puede considerarla natural:
Para el cristianismo el ser humano es bueno por naturaleza, aunque se corrompe fácilmente por estar manchado por el pecado original. Nadie nace malo o es intrínsecamente inmoral. De allí se sigue que la homosexualidad debe ser una desviación antinatural o una enfermedad; considerarla una variante natural de la sexualidad humana normal pondría a los devotos frente al dilema de tener que tolerar a los homosexuales o bien renunciar a su doctrina.
El catolicismo ha calificado la homosexualidad como inmoral; como nadie puede nacer inmoral, ya que lo que Dios creó es necesariamente bueno (incluso Lucifer era bueno originalmente), la homosexualidad debe ser una tendencia desviada, un defecto del desarrollo (y siguen las justificaciones pseudocientíficas de los psicólogos y psiquiatras y otros “expertos” a sueldo del Vaticano sobre los orígenes de la homosexualidad en padres divorciados, madres dominantes, abusos y otras malas experiencias). Nos apartamos de Dios por el pecado pero podemos “buscarlo” (como dijo Francisco a los gays) para volver a Él. Si algo aporta la aclaración de Francisco es que la homosexualidad es para la Iglesia un pecado como cualquier otro, aunque esto es difícil de conciliar con la prédica y el lobby constantes de la Iglesia contra los homosexuales, que sólo compite en intensidad con la pelea contra el aborto y los derechos reproductivos de las mujeres.

En la homofobia de la sociedad, al igual que en la misoginia y el machismo, la Iglesia ha hallado un suelo firme donde plantar sus propias banderas, habiendo renunciado casi desde sus inicios a otras menos populares, como el desprendimiento y la pobreza. Ser anti-gay y sexista son marcas de la identidad católica devota del siglo XXI. Si el Papa tiene intención de revertir eso, no las hemos visto hasta ahora, y como en todas las otras cosas que nadie puede ver y que sólo la esperanza permite suponer, yo ejerzo aquí mi escepticismo.

viernes, 26 de julio de 2013

León Ferrari (1920–2013)

León Ferrari (1920­­–2013)
Este jueves murió, a los 92 años, León Ferrari. No voy a ofrecer aquí una semblanza ni un panegírico. Jamás fui un fan de Ferrari, no seguí ansioso su vida ni su arte, y no voy a unirme al coro de los que descubren qué magnífica era una persona en el instante en que leen su aviso fúnebre. Pero sí puedo recordar a Ferrari en su rol de catalizador de pensamientos, de sacudidor de confianzas.

Las obras de Ferrari que yo más recuerdo giran en torno a un eje: los métodos de los poderes totalitarios. En sus cuadros, collages, intervenciones, se muestran el desprecio por la vida humana, el empleo del terror para apagar los pensamientos independientes, la justificación ideológica del genocidio y la tortura. Allí se mezclan el recuerdo implacable de la dictadura argentina, la colaboración de la Iglesia Católica con el genocidio y la trayectoria represiva de esta última desde sus inicios en el poder.

A veces Ferrari neutraliza la crudeza de sus imágenes con algo que puede ser tanto humor como desconcierto, como en su conocida escenificación en la que se permite a unos cuantos pájaros, en una amplia jaula, cubrir de a poco con sus excrementos grandes reproducciones del Juicio Final de Fra Angélico, El Bosco y Giotto. Estas antiguas obras no tenían originalmente el propósito de suscitar admiración por su técnica: eran comisionadas por personas que creían firmemente en un Dios que vendría a la Tierra a destruirla, salvando a unos pocos escogidos y torturando horriblemente y para toda la eternidad al resto; eran pintadas por personas que también lo creían y expuestas para reforzar esas creencias, ese temor abyecto, en los fieles, de manera que reprimieran toda tentación de apartarse de la obediencia a la jerarquía eclesiástica y a los monarcas por ella ungidos. Que hoy podamos contemplar con distanciamiento estético esos Juicios Finales (y esas crucifixiones y estigmas y corazones atravesados y demás parafernalia de la obsesión católica con el sufrimiento y el sacrificio), que podamos verlos como hermosas y horribles a la vez pero sin temor, lo debemos a siglos de rebelión, de ciencia corrosiva de dogmas, de creciente escepticismo, de filosofía liberada de la teología; se lo debemos a quienes se atrevieron a burlarse, a ironizar, a abstraer esas ideas tenebrosas de toda solemnidad protectora, a distanciarse y reelaborarlas… y finalmente, hasta a hacer arte satírico, subversivo, con ellas.

Muchos en Argentina recuerdan cómo el mismo Jorge Bergoglio que hoy es saludado por creyentes de todas las religiones y hasta muchos agnósticos y ateos como un revolucionario o un renovador operó a través de un grupo de sacerdotes para que se censurara una muestra de León Ferrari en Buenos Aires, que fue luego asaltada por fanáticos católicos y que Ferrari decidió cerrar anticipadamente. No es extraño que a Bergoglio le haya molestado la obra de Ferrari, que ridiculiza los dispositivos psicológicos que la Iglesia utiliza para atemorizar al vulgo (el Demonio, el embate metafísico del Mal), y que además toca el espinoso tema de la colaboración con los dictadores de la historia argentina reciente, tema sobre el cual no se dijo aún la última palabra en lo que a Bergoglio se refiere.

Ferrari murió el mismo día en que Bergoglio, el Papa Francisco, era vitoreado por cientos de miles de jóvenes en el multitudinario festival montado para él en Brasil. Es muy probable que la mayoría no sepa lo que Bergoglio hizo contra la obra de Ferrari, ni lo que Bergoglio hizo o dejó de hacer durante la dictadura que Ferrari denunció como aliada y amparada por la Iglesia; quizá ninguno de ellos quiera saberlo hoy, entre los cánticos y los vivas con que se idolatra a quien se nombra representante de Dios. En su arte, hecho contra ese alegre olvido, contra esa imperdonable falta de crítica, contra ese asentimiento distraído a las doctrinas que demandan sufrimiento, sumisión, temor y silencio, León Ferrari sigue vivo.

sábado, 13 de julio de 2013

ONU llamando al Vaticano

Como probablemente sepa el lector, el Vaticano ha sido llamado por la ONU a responder sobre una lista de puntos relacionados con los abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes, religiosas e instituciones de la Iglesia Católica. El Vaticano es miembro observador de la ONU y ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), por lo cual está obligado a responder. Hace 15 años que no lo hace y esta vez las preguntas son mucho más incisivas y detalladas que nunca. En 2011, presionado, el Vaticano amenazó con retirarse de la CDN, como indica EuroXpress:
Los especialistas de Naciones Unidas preguntan para iniciar la lista de interrogantes si la «Iglesia católica reconoce estos casos de violencia sexual contra menores por parte de miembros del clero, sacerdotes y monjas de varios países» y les interroga sobre «informaciones detalladas en todos los casos».

El CDN ha preguntado, por ejemplo, cómo estaba asegurándose el Vaticano de que los curas abusadores no tuvieran más contacto con niños y qué instrucciones había emitido la Santa Sede para asegurar que los casos conocidos por la Iglesia sean reportados a la policía.

Los expertos también investigan si la Iglesia ha silenciado a algunos niños víctimas de abusos sexuales y preguntan sobre la veracidad de las denuncias a la Iglesia en varios países, entre ellos Estados Unidos e Irlanda, donde ha sido acusada de trasladar a curas sospechosos de una diócesis a otra y de manejar el tema de manera secreta.

En su investigación también cuestionan las medidas adoptadas para prevenir y condenar los castigos corporales en algunas escuelas católicas y para evitar una educación de género discriminatoria en estos centros.

El comité también preguntó si la Iglesia había investigado el Asilo de las Magdalenas por las denuncias de tortura y tratos degradantes ocurridos en Irlanda entre 1922 y 1996 a miles de mujeres explotadas en las lavanderías de la congregación católica.
Casi al mismo tiempo nos encontramos con la noticia de que el Papa Francisco acaba de aprobar una importante reforma de las leyes penales de la Santa Sede, poniéndolas a tono con la legislación europea e internacional, y en particular agravando las penas para los abusadores y violadores de menores.

En una nota para la Rationalist Association (la Asociación Racionalista del Reino Unido), Anna Vesterinen se pregunta, más bien retóricamente: “¿Está el Vaticano poniendo sus cosas en orden o encargándose de su imagen?”. Es que la coincidencia en el tiempo entre la convocatoria de las Naciones Unidas y este cambio legal no es —casi con seguridad— una verdadera coincidencia.
«El endurecimiento del trato a los sacerdotes pedófilos por parte del Vaticano no tiene precedentes, dado que lo más cercano al abuso sexual que la legislación del estado incluía previamente era una nebulosa idea de crímenes contra las “buenas costumbres”. Pero el hecho de que el anuncio se haya hecho apenas dos días después de que saliera a la luz la lista de la CDN pone en duda la motivación real que hay detrás de las reformas. El director de [la organización de víctimas de sacerdotes abusadores] SNAP, David Clohessy, comentó sobre la nueva prohibición de abusos sexuales a niños: “En el mundo real, esto no cambia prácticamente nada. Es precisamente la clase de gesto de ‘buena onda’ en el que se especializan desde hace tiempo los funcionarios vaticanos: retocar protocolos eclesiásticos contra el abuso, insignificantes y frecuentemente ignorados, para generar titulares positivos, pero nada más.” Añadió: “La jerarquía de la Iglesia no necesita nuevas reglas sobre el abuso. Lo que necesita es seguir leyes seculares que hace tiempo que están vigentes.”

»El hecho de que la pena por filtrar documentos internos sea más severa que la que les cabe a quienes cometan abuso infantil (a los filtradores les pueden caber ocho años en prisión si el material concierne a los “intereses fundamentales” de la Santa Sede o sus relaciones diplomáticas) debería decirnos algo sobre las verdaderas prioridades de las autoridades católicas.»
Los gestos simbólicos y las grandes reformas en papel son inútiles; peor que inútiles: meras distracciones. El hecho de que la Santa Sede sea un estado ya es una burla. Sin la inmunidad diplomática que esto le confiere al Papa, el predecesor de Francisco ya habría tenido que responder a muchas preguntas, y Francisco mismo habría tenido que pasar sus primeros días de pontificado desfilando por cortes judiciales. El Vaticano es una caricatura de estado soberano que nunca debió existir ni tener derecho a imponer leyes dentro de su minúsculo territorio, que ha servido (y sirve todavía) de refugio a criminales. La única reforma satisfactoria es la disolución del estado vaticano como tal y la adopción por parte de la Iglesia Católica de las leyes de los países donde está presente, que en su inmensa mayoría no esperaron hasta la segunda década del Tercer Milenio para decidir que violar niños es ilegal.

sábado, 1 de junio de 2013

Francisco explica que los cristianos no pueden ser razonables

Homilía del papa Francisco del 1 de junio de 2013. Francisco explica que los cristianos no pueden ser razonables. ¿Es tan difícil darse cuenta de la inhumanidad, de la presunción de privilegio divino, del fanatismo sectario que destila el Papa Francisco? ¿Es tan complicado para sus fans no devotos, para las masas, para los medios, para los políticos, darse cuenta de que no es un hombre amable ni humilde ni abierto al mundo ni remotamente progresista ni siquiera meramente conservador, sino un reaccionario obsesionado con sus delirios sobrenaturales? De la homilía del día 1° de junio de Jorge Bergoglio, papa Francisco:
«Cuántas veces se oye decir: “Pero ustedes, cristianos, sean un poco más normales, como las otras personas, ¡razonables!”. (…) Pero detrás de esto está: “¡Pero no vengan con historias de que Dios se ha hecho hombre!” (…) Siempre estará la seducción de hacer cosas buenas sin el escándalo del Verbo Encarnado, sin el escándalo de la Cruz. (…) Quienes niegan que el Verbo ha venido en la carne son del anticristo, son el anticristo… sólo aquellos que dicen que el Verbo ha venido en carne son del Espíritu Santo.

La Iglesia no es una organización de cultura, ni de religión, ni social. La Iglesia es la familia de Jesús. La Iglesia confiesa que Jesús es el Hijo de Dios venido en la carne: ese es el escándalo, y por esto perseguían a Jesús. (…) Si nos convertimos en cristianos razonables, cristianos sociales, cristianos de beneficencia solo, ¿cuál será la consecuencia? Que no tendremos nunca mártires: esa será la consecuencia.»
Que no te digan nunca, jamás, que la Iglesia hace buenas obras. La Iglesia desprecia las obras, lo que llama beneficencia, las limosnas (que a menudo es lo único que hace), el trabajo social, el organizarse junto con otros para educar o para aliviar la pobreza: si lo hace es sólo como medio para un fin, o al menos eso debería, según Francisco. El mundo es del Mal, quienes no aceptamos el mito cristiano somos del Mal. A la Iglesia sólo debe importarle hacer que creas en su dios.

sábado, 18 de mayo de 2013

En su contexto histórico

Es difícil ser el enviado de Dios en la Tierra y al mismo tiempo un político. Más generalmente, es difícil creer en un dios y al mismo ser una persona normal que busca estar en paz con sus vecinos que creen en un dios distinto (o ninguno). Tal es el dilema que se le plantea al Papa Francisco, pobrecito. Como evidentemente ya ha quedado establecido tácitamente que cada papa debe producir más santos que su antecesor, Francisco comenzó su tarea canonizando de un solo saque a ochocientos mártires. (En realidad hubo un par de monjas latinoamericanas un poco antes, pero a nadie sorprendió, porque también es una regla tácita que Francisco, como primer papa latinoamericano, debe concentrarse en quedar bien con su bloque étnico.)


Los ochocientos nuevos santos eran italianos de la ciudad de Otranto, asesinados (la mayoría de ellos decapitados) por los turcos otomanos en 1480, por negarse a convertirse al islam. El dilema papal, o más correctamente el del Vaticano, era no transmitir un mensaje de reproche a los musulmanes, para lo cual repartieron folletos aclaratorios a los asistentes a la ceremonia, con un argumento que no por trillado deja de ser supremamente hipócrita:
El Vaticano trató de evitar que las primeras canonizaciones en los dos meses de Pontificado de Francisco no fueran interpretadas como antiislámicas, diciendo que las muertes de los "Mártires de Otranto" debe ser entendida en su contexto histórico.
Uno de los caballitos de batalla de la Iglesia Católica ha sido desde hace un tiempo el discurso contra el relativismo moral (al que Benedicto XVI calificó de “dictadura”). La idea es que no podemos andar inventándonos normas morales propias, porque ya existe una única moral verdadera; la Iglesia es la encargada de transmitir esa moral en su forma más perfecta, pero incluso si no pertenecemos a la Iglesia o nunca hemos oído hablar de Dios o la Biblia, hay una moral inherente al ser humano puesta allí por su Creador y a la que todos tenemos acceso. Y esto es así (según la Iglesia) ayer, hoy y siempre.

¿En qué “contexto histórico” podría entenderse el episodio de los mártires como algo diferente al resultado de la intolerancia religiosa asesina que es una de las características más sobresalientes del islam desde su mismísimo comienzo? ¿Hay algún contexto en que sea excusable matar a otra persona porque se niega a convertirse a mi religión? Las palabras del Papa son especialmente hipócritas y cobardes por cuanto a continuación se refirió a “los cristianos que, hoy, en muchas partes del mundo, ahora, siguen sufriendo violencia”. Los cristianos de hoy sufren persecución y violencia como tales sólo en los países de mayoría musulmana (y en las dictaduras comunistas de China y Cuba también, pero allí se trata de una violencia menor y motivada por el activismo político real o percibido de esos cristianos).

Quizá aquello del contexto histórico tenga otra razón de fondo. Si bien matanzas como la de Otranto habían quedado bastante atrás en la Europa cristiana para fines del siglo XV, es imposible olvidar cómo las diferentes iglesias persiguieron, torturaron y mataron sin piedad a sus creyentes rivales y a sus propios disidentes durante siglos, incluso después de que —presumiblemente— los musulmanes les enseñaran los brutales resultados de la intolerancia religiosa. ¿Habrá que entender también la Matanza de San Bartolomé, en la que los católicos de París asesinaron a dos mil de sus conciudadanos sólo por ser protestantes, “en su contexto histórico”? ¿Qué quiere decir esa expresión? La historia puede explicar, pero no puede excusar; no si la moral es una sola y no cambia con las épocas.

jueves, 9 de mayo de 2013

El príncipe de este mundo al ataque

El sábado 4 de mayo el papa Francisco dio misa y predicó una homilía en la que aseguró, según los medios que fielmente publican hasta la menor tontería que Francisco dice, que “con el diablo no se puede dialogar”. Esta tremebunda sentencia causó algo de gracia en la ateosfera. Con el diablo no se puede dialogar, en primerísimo lugar, porque el diablo no existe; con el diablo no se puede dialogar, pero con Hitler, Franco, Pinochet y Videla sí que se puede; etc. etc.

La homilía sale publicada íntegra en el sitio apologético (dizque “agencia de noticias”) Zenit, y allí podemos verificar que Jorge Bergoglio no dijo jamás “diablo”. Bergoglio utiliza la expresión “el príncipe de este mundo” (tomada del evangelio: Juan 12:31), de manera similar a como en su carta declarando enemigos de Dios a los que nos oponemos a la agenda antihomosexual de la Iglesia le llama “padre de la mentira” (Juan 8:44). Quizá obre allí el miedo, típico de la gente supersticiosa, a invocar un nombre nefando, no vaya a ser que el mismo actúe por una especie de magia simpática (aunque en la susodicha carta sí apareció “el demonio”).


El príncipe de este mundo es el demonio porque “el mundo” es maldad, es corrupción, es el placer, es el deseo de poder y dinero, etc. Bien me podrán señalar los cristianos que el concepto de “mundo” no es idéntico al significado habitual de la palabra “mundo”, y que su uso no implica un desprecio a lo material y sensual, pero ante esto habría que decir que la palabra elegida podría haber sido otra y no precisamente ésa, al igual que San Pablo podría haberse referido a la inmoralidad sexual con un término distinto a “la carne”.

La cuestión es que Bergoglio/Francisco dice en su homilía que los cristianos son hoy más perseguidos que en los primeros tiempos (del cristianismo), y que esa persecución proviene del odio del diablo a quienes son salvados. ¿Qué decir de esta prédica alucinada? En términos numéricos, es cierto que los cristianos son más perseguidos hoy que hace dos mil años. De hecho las persecuciones oficiales fueron esporádicas y poco significativas, más allá de las historias de cientos de cristianos echados diariamente a los leones que nos ha mostrado el cine; y gran parte de los mártires cristianos son inventados.

Hoy la persecución a los cristianos se registra casi exclusivamente en los países de mayoría musulmana, el último brote del ponzoñoso tronco abrahámico. ¿Estará el demonio inspirando a los musulmanes al odio anticristiano? Francisco, estoy seguro, renegaría de tal interpretación, porque ha sabido mantener una reputación de persona abierta, ecuménica, incluso mientras a puertas cerradas confiese, como cualquier otro católico devoto, que fuera de la Iglesia no hay salvación.

¿Se refiere el papa a otra cosa? ¿Estará hablando de esa ridícula “persecución” que sus subordinados ven en cada pequeño intento de avanzar hacia la laicidad o hacia los derechos humanos en los países del antes llamado “Occidente cristiano”? ¿Hablará del “ambiente de pogromo” que los malvados medios de comunicación han desatado en los países donde los sacerdotes han abusado sistemáticamente de niños? ¿Pensará en el “totalitarismo laicista” que denuncian los obispos cuando un país moderno se plantea dejar de rendirle pleitesía a la Santa Sede?

El mundo está de hecho en contra de la Iglesia en todos los lugares donde la “libertad religiosa” (de quitarle la libertad a los no cristianos) ha sido conculcada en favor de la neutralidad del estado ante la fe. Debe haber sido Satanás quien logró que los disidentes religiosos no fueran torturados o quemados vivos, que las mujeres solteras pudieran criar a sus hijos sin que se los quitaran, que estos hijos no fueran considerados de segunda clase con respecto a los hijos “legítimos” de los matrimonios, que los matrimonios pudieran hacerse por vía civil, que dichos matrimonios pudieran disolverse, que las mujeres pudieran decidir bloquear la posibilidad de concebir, que los homosexuales pudieran dejar de temer la prisión o la muerte sólo por serlo. Si el príncipe de este mundo fuese el que ha inspirado esta curiosa “persecución” que para los cristianos representa el no poder ser dueños y señores de la ley e imponer su dogma a los demás, ¡casi no habría persona en el mundo que no debiera hacerse satanista a modo de agradecimiento!

Incluso los sacerdotes católicos deberían estar agradecidos: esta “persecución” inspirada por el demonio no sólo les ha dado material autovictimizante para durarles cientos de homilías, sino que sus efectos los protegen si —como sucede con alarmante frecuencia— son descubiertos en un desliz sexual o ideológico que en otra época podría haberles costado la vida o la desgracia.

lunes, 22 de abril de 2013

Todos felices con Francisco

Sigue sorprendiéndome lo ingenua, fanática, obsecuente y superficial que puede llegar a ser la gente en lo que respecta no digamos a bandas o cantantes o jugadores de fútbol o supermodelos, sino a un papa de la Iglesia Católica. Eso debe probar que tengo un umbral de sorpresa muy bajo, evidentemente. Pensaba en esto y también en el hecho indudable de que el pobre Benedicto XVI debe estar sintiéndose como un fracasado: en ocho años de papado no cosechó ni la mitad del embobamiento que Francisco logró en su primer mes sin esforzarse.


Como los fans son fans y los políticos son hipócritas, no pasó nada de tiempo antes de que los antedichos se amontonaran unos sobre otros tratando de llegar primeros a la meta de la suprema obsecuencia. Y la carrera continúa: el miércoles pasado dos representantes de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires descubrieron una placa en la casa de Jorge Bergoglio en el barrio de Flores; el jueves, el Concejo Deliberante de la ciudad de Rosario aprobó por unanimidad la creación de una “comisión pro visita del Papa Francisco”, a partir de una iniciativa de dos ediles kirchneristas. Poco extraña el caso de Buenos Aires, cuyos co-responsables son un peronista/populista de derecha (¡como Bergoglio!) y un miembro del PRO (el partido gobernante, cuyo líder hizo poner una gigantografía de Francisco casi frente al Obelisco). Un poco más podría extrañar, si fuéramos ingenuos, el de Rosario, que comparte la autoría de un judío agnóstico y de una edila del kirchnerismo, movimiento político responsable de varios indudables progresos en el campo de los derechos humanos contra los cuales la Iglesia Católica peleó ferozmente; más allá de que la mayoría de los otros concejales rosarinos son, según ellos mismos, “socialistas”, calificación que no implica anticlericalismo pero debería picarles un poquito en sus partes históricas.

De pronto todos los políticos, incluyendo aquéllos que han visto a la Iglesia referirse a sus proyectos y plataformas como si hubieran sido escritos por Satanás, han sido conquistados y han descubierto que Bergoglio era prácticamente un santo. El no gastar ostentosamente el jugoso sueldo que el estado le pagaba sólo por haber sido puesto a dedo por el papa le valió el calificativo de “humilde”. Lo encontraron tolerante y abierto porque dialogaba amablemente con personas de otras religiones (que creía falsas, naturalmente, pero ¿por qué arruinar un evento social diciéndolo en voz alta?), cosa que —imagino que el lector acordará conmigo— es el mínimo absoluto que debería esperarse de una persona civilizada hoy en día. Lo nombraron un adalid de la justicia y luchador contra la pobreza por hablar mucho de justicia y de pobreza en sus homilías, mientras sus curas consolaban a los pobres en las villas miseria y los políticos con los que se codeaba seguían explotando a esos pobres como carne electoral, mandaban desalojar o arrasar esas villas y no tomaban medida alguna para terminar con esa pobreza.

Los políticos son políticos, los creyentes superficiales son fáciles de atraer de vuelta al rebaño, y los cholulos, los fans de cualquier cosa, los aplaudidores y los que se emocionan por tonterías no han dejado nunca de ser mayoría.

miércoles, 10 de abril de 2013

El aborto imposible de Aníbal Fernández

Hace pocos días el senador argentino Aníbal Fernández (un referente del kirchnerismo) dijo en una entrevista con el diario oficialista Tiempo Argentino que, tras la asunción de Jorge Bergoglio como Papa Francisco, “sacar el aborto ahora es imposible”, en referencia a los proyectos de ley largamente en danza, pero nunca tratados, para habilitar el derecho al aborto legal. (La consulta fue a causa del proyecto de reforma del Código Civil, que no incluye el tema del aborto pero sí otros a los que la Iglesia se opone y que los legisladores ignominiosamente ya han declinado pasar por alto.)



¿Qué quiso decir el senador Fernández?

¿Que el clima social ha cambiado tanto que sería políticamente un suicidio promover un proyecto de ley para legalizar el aborto? Esto no debería ser así, a menos que se transmita la idea de que el proyecto es un ataque del gobierno kirchnerista a la Iglesia y al papa. Tal cosa no sería extraña en principio; la táctica de jugarse por una medida divisiva, de forzar una confrontación para ganar iniciativa política y un lugar en la agenda, no es desconocida para ningún político exitoso y menos aún para el kirchnerismo. Pero la afabilidad de Cristina Fernández de Kirchner ante el papa, la alegría explícita de algunos de sus funcionarios y sobre todo la obvia constatación de que muchos kirchneristas están puerilmente felices por la elección de un papa argentino, hoy en día más popular que cualquier otro personaje público, hacen inviable esa posibilidad. A nadie le conviene ponerse contra el papa, en sí. Sería interesante ver qué ocurriría: si Francisco perdería su afabilidad ante un proyecto abortista y acusara directamente al kirchnerismo de hacer la obra del diablo, o bien si se limitaría a homilías graves y sonoras sobre la “defensa de la vida”.

¿Que los católicos están envalentonados y harían fracasar el proyecto? Quizá no sería un trámite fácil, es cierto, pero ningún proyecto de ese estilo lo sería. La posibilidad de una derrota legislativa no es agradable pero ni Aníbal Fernández ni ningún otro legislador comprometido debería resignarse a no presentar un proyecto por miedo a perder la votación. Por lo pronto, serviría para reconquistar los favores de la izquierda y los socialdemócratas hoy en parte interpretados por el diverso bloque del Frente Amplio Progresista. La experiencia de los socialistas, encabezados por el ex gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, sería útil: el gobierno de Santa Fe no ha tenido mayores choques con la feligresía católica ni con su jerarquía, y no obstante está a la vanguardia en el país en garantizar derechos sexuales y reproductivos a los que la Iglesia se opone. El kirchnerismo sabe tanto o más que el socialismo cómo lidiar, a base de ambigüedad y gestos amables, con temas que desagradan a los líderes católicos.

¿Que la asunción de Francisco ha reavivado la fe del pueblo y su respeto por la doctrina católica sobre el aborto? Absurdo. La mayoría de los argentinos son católicos de nombre o tienen una religiosidad “a la carta”, como puede comprobarse anecdóticamente con facilidad y como de hecho ya se ha comprobado rigurosamente. La mayoría de estos católicos nominales, si se les pregunta, dirán que están felices por la elección de Francisco, por el nuevo rumbo de la Iglesia que él le imprimirá, por la vuelta de cierta fe difusa, nebulosa, en un cristianismo de los pobres y los humildes… pero siguen creyendo que el aborto es permisible en algunas circunstancias, que las mujeres tienen derecho a regular su reproducción, que no es humano obligar a toda mujer embarazada a gestar y parir un hijo no deseado o morir intentándolo. La fe de Francisco, el político populista, no es la de Benedicto, el teólogo estricto. Francisco no va a alienar a sus fans argentinos echándoles en cara más de lo que pueden tolerar, y dichos fans tienen ya bien internalizado un mecanismo de filtro para ignorar las doctrinas con las que disienten. Si no fuera así las iglesias ya estarían vacías.

¿Qué habrá querido decir, entonces, el senador Fernández? Quizá nunca lo sabremos con seguridad. Lo que sí sabemos es que no podemos contar con él ni con ninguno de sus correligionarios para hacer lo que hay que hacer por los derechos de las mujeres.

lunes, 8 de abril de 2013

La donación de Francisco

Hace unos días se hizo gran alharaca del gesto de generosidad del papa Francisco al donar cincuenta mil dólares a los afectados por la inundación en la ciudad de La Plata. Sin negar el valor del gesto en sí —hay unos cuantos argentinos bien conocidos que pueden tratar 50 mil dólares como cambio chico y sin embargo no han aportado ni una moneda— vale la pena indagar un poquito en el asunto de la procedencia de ese dinero. Para eso vamos a tener que hacer algunos números.


Lo que sigue es, entiéndase, grosso modo, burdo, aproximado, pero espero que riguroso en sus principios.

La Constitución Nacional argentina incluye un artículo (el 2°) que dictamina que “el gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. A ese artículo suelen apuntar algunos, no muchos, de los detractores del estado laico. Argentina no es un estado laico, pero desde su organización como nación estable ha habido una tendencia hacia esa visión. Algunos de nuestros primeros gobiernos tuvieron una actitud considerablemente hostil a la Iglesia Católica como institución, algo bastante entendible como rivalidad de un poder político naciente contra otro (la Iglesia) ya establecido, de dudosa lealtad a la causa de la independencia de España y, más tarde, ferozmente opuesto a las ideas liberales del estado en boga.

El artículo 2° es hoy un resabio de tiempos pasados y virtualmente nadie con conocimiento de causa lo interpreta como algo más que una obligación de dar dinero estatal a la Iglesia en compensación por pasados maltratos y en reconocimiento del valor de ciertas labores pastorales.

Hoy en día el sostenimiento se hace efectivo por medio de asignaciones monetarias a los arzobispos, obispos y obispos auxiliares (Ley 21.950), obispos (etc.) eméritos (Ley 21.540), a los seminarios, a los párrocos de áreas de frontera y otras. Todas estas asignaciones fueron reglamentadas a partir de leyes de la última dictadura militar. Ningún gobierno democrático de los que vinieron después ha tocado estas leyes, a pesar de tener sobrados argumentos para hacerlo si lo desease; tampoco lo solicitaron jamás los líderes de la Iglesia argentina reunidos en la Conferencia Episcopal, presidida durante seis años seguidos por el abanderado de la pobreza evangélica Jorge Mario Bergoglio.

Las asignaciones se vinculan al sueldo de un juez nacional de primera instancia. Un obispo titular en actividad recibe el 80% de este sueldo; un auxiliar, el 70%. Jorge Mario Bergoglio fue obispo auxiliar desde 1992 hasta 1997, luego arzobispo hasta noviembre de 2011. Olvidaremos el año extra como arzobispo emérito. Redondeando, fueron cinco años con una asignación del 70% y catorce con el 80% del susodicho sueldo de juez, que a principios de 2012 (al final de la carrera de Bergoglio) estaba en 17.426 pesos argentinos. El dólar oficial cotizaba entonces a 4,35 pesos. Redondeemos a cinco pesos, valor más cercano al real, y bajemos el sueldo citado a la cifra redonda más cercana (hago notar que ambos redondeos perjudican el argumento que quiero desarrollar).

Hemos de suponer (y es una gran suposición dados los vaivenes de la historia económica argentina, pero concédamelo el amable lector) que el salario de un juez no ha variado sustancialmente en poder adquisitivo de 1992 a la fecha, más allá de probables tropezones en épocas críticas. Es decir, supongamos que en valores corrientes el sueldo de un juez de primera instancia siempre correspondió aproximadamente al valor de esos diecisiete mil y pico de pesos de principios de 2012, dos o tres meses después de la renuncia de Bergoglio.

¿Cuánto dinero, entonces, recibió en valores de febrero de 2012 Jorge Mario Bergoglio desde 1992 hasta fines de 2011 como asignación del Estado? Cinco años como auxiliar y catorce como titular, a doce meses por año, a diecisiete mil pesos por mes modificados por los porcentajes correspondientes, dan

12 × (5 × 0.7 + 14 × 0.8) × 17000 = 2998800,

es decir, redondeando, tres millones de pesos (repito, en valores equivalentes de principios de 2012).

El lector avisado objetará que estoy acumulando valores como si Bergoglio se hubiera guardado todo ese dinero y lo hubiera preservado de la inflación a lo largo de casi veinte años. Tal cosa habría sido imposible en Argentina, aunque no con las inversiones adecuadas (por ejemplo, en inmuebles). A pesar de que mi argumento no descansa sobre esta idea, concedo el punto. Si tomamos sólo lo que Bergoglio recibió desde la primera asunción de Cristina Fernández de Kirchner hasta la renuncia de Bergoglio, dan cuatro años casi justos, unos seiscientos cincuenta mil pesos.

Los cincuenta mil dólares que donó el papa Francisco, al precio de ese momento que hemos elegido como base, equivalen a unos doscientos cincuenta mil pesos. (Debemos suponer que no adquirió esos dólares durante 2012 o lo que va de 2013, porque comenzando a fines de 2011 el gobierno fue recortando todas las vías de acceso legal a la compra de dólares.) Esto representa poco más de dieciocho asignaciones mensuales, es decir, apenas un año y medio del dinero que Jorge Mario Bergoglio recibió del Estado sólo por ser arzobispo católico (nótese que al tratarse de un período tan corto la inflación, aunque importante en Argentina, no afecta significativamente los importes).

Ningún funcionario religioso de otra religión recibe tales estipendios. Ningún funcionario elegido a dedo por un jefe de estado extranjero recibe de manera automática tales cantidades de dinero por parte del Estado argentino.

A fines comparativos podemos mencionar que a principios de 2012, mientras Bergoglio cobraba su asignación de casi catorce mil pesos, el denominado “salario mínimo, vital y móvil” era de 2.300 pesos, y el salario promedio, de 3.091 pesos: un obispo ganaba —sólo por ser obispo, cargo para el cual no se requiere otra cosa que ser elegido por el papa— cuatro y media veces lo que el promedio de los trabajadores.

Es muy posible que, al igual que otros jerarcas católicos, Bergoglio haya donado gran parte de su asignación a su diócesis. Por otro lado, es difícil que haya necesitado el dinero. El Estado paga los gastos de viaje de los jerarcas católicos; la arquidiócesis de Buenos Aires no es pobre; Bergoglio siempre tuvo buenos contactos. En todo caso, lo que Bergoglio hiciese con “su” dinero es irrelevante frente al hecho de que “su” dinero provenía del Estado por una mera cuestión de privilegio.

No son muchos los argentinos que tienen cincuenta mil dólares disponibles en una cuenta bancaria. Son bastantes, pero no millones; el trabajador argentino promedio no ve en su vida tanto dinero junto. De los muchos ahorristas que, fruto de la previsión de épocas más razonables, tienen algunos miles o decenas de miles de dólares atesorados en el banco, no son muchos los que los donarían así, y no por apego materialista sino por simple necesidad de conservar ese colchón contra las periódicas caídas catastróficas de nuestro país. Pero imagino que ser designado papa habrá influido en Bergoglio: ¿quién va a preocuparse de su futuro económico una vez ganado ese premio mayor?

El papa sólo podría sufrir alguna estrechez, de aquí hasta su muerte, si la Iglesia hiciera verdaderamente lo que Francisco con tanta pasión declama, que es volverse pobre y de los pobres, siguiendo el ejemplo de vida del santo de Asís. Creo que todos podemos estar seguros de que eso no ocurrirá jamás. Francisco tiene asegurado todos los años de vejez que le quedan en medio de los oros, la seda y los mármoles del Vaticano, atendido en sus menores necesidades por manos solícitas y trémulamente respetuosas de su sagrada investidura. Cincuenta mil dólares, para quien se ha ganado esa módica aproximación al imaginario cielo que predica el cristianismo, son poco y nada.

miércoles, 3 de abril de 2013

A los pies del Papa

Han pasado unos cuantos días pero la ola de obsecuencia babeante hacia el Papa no se ha abatido del todo. He aquí un breve registro de su paso.

En Buenos Aires, el legislador Daniel Amoroso propuso cambiar el nombre de la Av. Carabobo, que pasa por el porteño barrio de Flores donde vivía Jorge Bergoglio, por Papa Francisco. Otros dos legisladores propusieron bautizar “Papa Francisco - Plaza Flores” a una estación de subterráneo que, sin haber sido inaugurada aún y luego de repetidas postergaciones, ya había sido renombrada una vez antes (lo que demuestra lo ocupados que están nuestros legisladores). Todos ellos parecen no haber tenido en cuenta que hay una ley que prohíbe poner nombres de personas a lugares públicos hasta diez años después de su muerte. Para no perder el tiempo, de todas formas, el gobierno de la Ciudad gastó una cantidad no explicitada de dinero en una gigantografía del Papa Francisco en pleno centro; el material, según se aclaró, se utilizará luego para confeccionar bolsas que serán subastadas a beneficio de la Vicaría Episcopal para la Pastoral en Villas de Emergencia —es decir, luego de homenajear al líder de la Iglesia, el Estado recaudará dinero y se lo dará a la Iglesia para que ésta lo use para pastorear a los pobres de los que el Estado no se encarga.


En Rosario, el concejal Jorge Boasso propuso renombrar una cuadra de la calle Buenos Aires, que pasa frente a la Catedral, como Papa Francisco, quizá sin observar que la misma cuadra aloja a la Municipalidad, edificio e institución eminentemente laicos (en teoría). En La Plata, rápido de reflejos y desprovisto de los escrúpulos burocráticos que afligen a las legislaturas, el mismo intendente se encargó de nombrar por decreto un tramo de calle homenajeando al papa.

Un grupo de oración de mujeres le hizo llegar un pedido similar al concejal de la ciudad de Tucumán Ernesto Nagle, quien se confesó “más papista que el Papa” y notó que “sólo tres opositores no apoyaron” el proyecto porque “no entienden la bendición que recibió el pueblo argentino”. Los concejales justicialistas de la ciudad bonaerense de General Alvear propusieron lo mismo, argumentando que “una esperanza tan fuerte merece ser plasmada en actos de gobierno que contribuyan a concientizar sobre los valores” que representa el Papa (¿valores como cuáles?).

No faltaron quienes vieron paralelos entre la alegría papista y la futbolera. Como para reafirmar esa impresión, el director técnico de la selección de fútbol italiana propuso un partido amistoso Italia–Argentina en homenaje a Francisco. El mundo ya se enteró de que el Papa es fan de San Lorenzo (un feligrés le hizo llegar una camiseta del equipo, que el pontífice recibió con evidente alegría tras hacer detener el papamóvil), lo cual lo hace el cuervo más famoso del mundo (¡chupate esa mandarina, Viggo Mortensen!) y es una oportunidad de marketing de primera para el club… como para todo el que haya logrado pegar su figura a la del papa.

Más allá del fervor católico, en un 90% de los casos fingido o superficial, la crux del asunto está, en una figura que Martín Caparrós, como casi siempre genial, diagnosticó con certeza:
La figura más clásica de la tilinguería nacional, el Argentino Que Triunfó en el Exterior, encontró su encarnación definitiva: si, durante muchos años, Ernesto Guevara de la Serna peleaba codo a codo con Diego Armando Maradona, ahora se les unió uno tan poderoso que ni siquiera necesitó morirse para acceder al podio.
Amén.

lunes, 1 de abril de 2013

Francisco, el papa de los gestos admirables

Estaba lejos de casa cuando Benedicto XVI dimitió, y me tocó nuevamente estar lejos cuando Francisco asumió como papa de la Iglesia Católica. Esta vez eran unas largas vacaciones; así pude escapar bastante al torrente de admiración acrítica, estúpida o patéticamente excusatoria que llevó consigo, triunfante, la barca de la iglesia con Jorge Bergoglio recién puesto al timón.


No es que hayan faltado críticas. Las hubo y muchas, pero se han centrado en lo que Francisco personalmente hizo o dejó de hacer durante la dictadura militar, en su ya infame carta a las monjas carmelitas donde llamaba a una “guerra de Dios” e indirectamente llamaba a los activistas por el matrimonio igualitario instrumentos del Demonio, o (en el caso de los que apoyan al gobierno kirchnerista) en sus operaciones políticas contra los Kirchner. Los defensores de Francisco han podido salir del paso de estos cuestionamientos sin demasiados problemas. El asunto de la dictadura se “resolvió” mostrando testimonios de personas a las que Jorge Bergoglio ayudó a escapar de la dictadura o el del Premio Nobel de la Paz certificando que Bergoglio no fue un colaboracionista, denunciando una campaña sucia por parte de un sector de la izquierda anticlerical y haciendo hablar al jesuita sobreviviente del incidente que se le endilga a Bergoglio desligándolo de toda responsabilidad. Que una persona pueda ayudar a unos y hacer la vista gorda con otros no se le ocurrió a nadie; que el mismo Premio Nobel de la Paz haya dicho hace sólo ocho años que Bergoglio no debía ser elegido Papa porque había sido —como mínimo— “ambiguo” ante la dictadura, que cualquier cosa (desde un caso de pederastia hasta el lavado de dinero) sea para los católicos prueba de una “campaña sucia”, o que el sobreviviente y único acusador directo de Bergoglio esté en un monasterio de clausura de su orden bajo votos de obediencia, tampoco. Con respecto a la casi surrealista referencia al demonio y la guerra divina, he notado con desconcierto que incluso los que no son papafranciscanos acérrimos defienden al papa con un argumento que se resume en “Pero si es un líder católico, ¿qué querías que dijera?”, como si la libertad de pensar y elegir las palabras de manera de no incitar a interpretaciones extremas quedara anulada al ponerse la mitra episcopal.

Los papafranciscanos incluyen a más de un ateo y hasta a unos cuantos anticlericales típicos, que han quedado genuina e ingenuamente embelesados ante la “humildad”, la “austeridad” y algunos de los gestos de Francisco, que —bien vale aclarar— no han tenido aún ningún efecto visible y concreto sobre la Iglesia o sobre los millones de fieles de los cuales ésta se alimenta, si se descuenta la donación (presunta) del equivalente del pasaje de avión a Roma por parte de dos senadores argentinos, que se ocuparon de publicitar ampliamente su renuncia a viajar a la asunción papal. La autoasumida “pobreza” de Francisco, su sonrisa afable, su trato de igual a igual con personas sin jerarquía, sus zapatos negros de marca barata, sus viajes en transporte público en Buenos Aires, ¡hasta el hecho de que compre el diario en la esquina y tome mate como cualquier argentino!, han transformado el cargo de líder de la Iglesia Católica a sus ojos.

Y aquí es donde tengo que criticar, y criticar en serio. Me importa, francamente, un comino si Francisco es amable o despreciativo con los cartoneros, con su diariero o con los obispos sobre los que ahora gobierna cual rey feudal sobre sus reyezuelos vasallos (el modelo de gobierno de la Iglesia es precisamente ése y no otro). No podría importarme menos si lava los pies a doce hombres pobres en Semana Santa, en un ritual muy conmovedor para algunos pero que no me mueve un pelo a mí. Me parece suprema y abrumadoramente falto de significado que pida pobreza y abnegación a los sacerdotes y lo ejemplifique no usando zapatos de Prada. Sobre todo me tiene sin cuidado que esos gestos sean planeados o espontáneos. La personalidad del pontífice y sus acciones y dichos accidentales pueden influir en su iglesia y en la visión que otros tienen de su iglesia, pero no me influyen directamente a mí, porque yo no soy parte de esa iglesia.

Que los papafranciscanos festejen y se festejen por tener un “papa de los pobres”, mientras ellos mismos comen todos los días y mandan a sus hijos a escuelas católicas carísimas, y mientras los pobres y marginales —echados en brazos de la Iglesia por un Estado ausente y una ciudadanía que los rechaza— reciben catecismo y limosnas en vez de educación sexual y anticonceptivos. Que crean que no usar zapatos rojos o renunciar a la limusina papal es importante, mientras el Banco Vaticano sigue lavando dinero de la Mafia y los obispos de todo el mundo, incluyendo y especialmente los del Tercer Mundo, viven como príncipes, a veces sostenidos por el mismo país que los cobija. Que los admiradores del nuevo papa —agnósticos de corazón tibio, ateos sin formación o con demasiada formacion y católicos “liberales”, “moderados” o de nombre— se alegren porque Francisco trae para la Iglesia un cambio, como si la Iglesia pudiera cambiar hacia algo distinto que su propia preservación o le interesara luchar por algo más que el poder propio. Francisco trae consigo un cambio de imagen, seguramente, pero ¿en qué puede beneficiarnos que la imagen de la Iglesia mejore?

Cada obispo argentino (como Jorge Bergoglio hasta no hace más de dos años) recibe del Estado una asignación mensual equivalente al 80% del sueldo de un juez federal de primera instancia; no tengo la cifra exacta, pero está en el orden de diez veces el salario mínimo. Cada obispo emérito (como Jorge Bergoglio desde su renuncia al episcopado hasta su asunción como papa, y quizá todavía) recibe el 70%. La pobreza y la austeridad podrían empezar por casa. Las leyes que reglamentan y ordenan esas asignaciones escandalosas fueron firmadas por miembros de la última dictadura, y pueden ser derogadas. ¿Por qué no llama Francisco a su nueva admiradora, Cristina Fernández de Kirchner, y le pide que haga ese gesto, que les serviría políticamente a ambos, especialmente luego de que el sector anticlerical del kirchnerismo quedase descolocado ante la admiración bobalicona de su intrépida líder, que fue mucho más allá de las exigencias del protocolo, por su antiguo enemigo? Y ya que está, que le pida estudiar la posibilidad de derivar progresivamente los subsidios que el Estado paga a las escuelas católicas privadas hacia la construcción y mantenimiento de escuelas públicas laicas, gratuitas, y al mejor pago de los maestros que hoy enseñan en ellas en condiciones espantosas. Tal sugerencia sería una interferencia de la Iglesia en política, asunto del cual la Iglesia siempre se lava las manos, pero no más grave que los mensajes del propio Bergoglio contra el matrimonio igualitario, por nombrar sólo un asunto de los muchos en los que ha intervenido.

Vuelvan aquí, fans de Francisco, cuando su precioso papa haya hecho eso o la mitad de eso o algo, cualquier cosa, que signifique algo más que un rito o un cambio de vestuario. Estoy esperando.

viernes, 15 de marzo de 2013

Francisco


El miércoles, apenas después de las siete de la tarde local, ya de noche y con lluvia, una columna de humo blanco anunció a las miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro que los cardenales reunidos en cónclave habían elegido a un nuevo Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Un largo rato después, desfiles y ceremonias mediante, el cardenal Jean-Louis Tauran anunció en latín que el elegido era Jorge Mario Bergoglio, quien había adoptado para sí el nombre de Francisco. El papa es el primero latinoamericano, el primero jesuita, el primero no europeo desde hace casi trece siglos y el primero (exceptuando a Juan Pablo I) que elige un nombre nuevo desde hace exactamente 1100 años.

Todo esto quizá habla de un papa y de unos cardenales electores dispuestos a una renovación, como algunas personas (católicos abiertos, decentes, con buena voluntad, o simplemente no muy perspicaces) han supuesto y evidentemente desean. O quizá tanta novedad responde a una estrategia de supervivencia de una iglesia anquilosada, sacudida por escándalos, necesitada de nuevos semilleros de fieles, vocaciones y santos, que la Europa secularizada ya no provee. África es la tierra de promisión para el catolicismo: pobre, atrasada, ignorante, supersticiosa, hambrienta de consuelo; pero el único candidato africano potable, Peter Turkson, tuvo el mal tino de aparecer en los medios insinuando que matar homosexuales era apenas una medida “exagerada” y que en África no hay abusos sexuales a niños porque la cultura no es tolerante hacia los gays. Mejor América Latina, un territorio también pobre y supersticioso, pero uno donde el catolicismo es parte de la cultura, de las leyes y del gobierno. Un territorio que da la bienvenida a los santos populares; un continente donde la Iglesia Católica necesita pararle los pies al evangelismo ruidoso que le está quitando su condición hegemónica. Un papa con imagen vagamente progresista, proveniente de un país latinoamericano diverso, semi-europeizado, comparativamente secular pero no perdido al posmodernismo ni a la laicidad; un papa hijo de un inmigrante italiano, sin estridencias, de aspecto como de abuelo afable y firme; un hombre poco afecto a los lujos extravagantes, un buen comunicador, un buen interlocutor con otras religiones, un moderado para los suyos.

Que este mismo hombre esté sospechado de dejar sin protección a dos sacerdotes de su orden cuando la dictadura militar los perseguía, o que haya dicho que la campaña por la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo era parte de una estrategia del demonio, no quita que tenga otros méritos. Muchas personas se están enterando recién ahora de la primera acusación, que ha estado ampliamente documentada durante un tiempo, y que no es la única ni siquiera la más grave; en cuanto a la segunda, más reciente, pocos parecen haberla recordado, quizá por ser algo tan esperable de un jerarca católico que jamás podría haber sorprendido, excepto por su inusual falta de diplomacia, debida con seguridad al hecho de haber sido parte de una carta privada, filtrada a la prensa, destinada no a los fieles de a pie o a la opinión pública sino a una comunidad de religiosas.

En la tarde argentina del miércoles había una cierta euforia nacionalista, que felizmente se vio pronto contrarrestada por esa reacción cínica, bastante cercana a un reflejo, que para bien y para mal es típica de los argentinos, acostumbrados como estamos a las componendas, la hipocresía protocolar de los políticos, las decisiones inconsultas de los poderosos y la cuidada ornamentación y puesta en venta de ídolos con pies de barro. Frente a quienes pretendían una alegría universal, hubo al menos unos pocos diciendo non habemus papam: el papa no es “nuestro” papa, no representa a Argentina ni a los argentinos; ni siquiera a todos los católicos, a menos que cada uno de quienes profesan esa fe se sienta personalmente representado por una persona que pide —como si nada tuviera él que ver con el asunto— reconciliación e implícito olvido de los crímenes de una dictadura con la cual la Iglesia que ahora preside colaboró entusiastamente, o por alguien que sindica a los activistas por los derechos de los homosexuales como agentes del diablo.

Sé que la mayoría de mis compatriotas no son así; espero que pronto, pasados esos primeros días de ingenuidad, recuperen el cinismo y la desconfianza que merecen encontrar ante sí, como una sensata barrera, todos los que llegan al poder y la gloria con pretensiones de poseer una verdad superior, por más humildes que sean sus maneras.