domingo, 27 de junio de 2010

Herejes

Recordarán ustedes que el otro día hablábamos del parecido entre la religión y el fútbol. Herejes es un documental de Augusto Jacquier sobre el fervor mundialista y sobre los que no lo comparten (compartimos) y se ven (nos vemos) tratados como “amargos”, “antinacionalistas” o “fracasados” (palabras textuales). Se puede ver en tres partes en YouTube. Tómense un ratito (serán unos 25 minutos) y sigan leyendo.






El cortometraje fue filmado aquí en Rosario, y cabe notar que, aunque se refiere al Mundial 2006, nada hay que no pueda aplicarse a 2010 o a Copas del Mundo anteriores. (El presidente de entonces es ahora el Primer Caballero, la carne sigue estando por las nubes, y los políticos siguen aprovechando el Mundial para no hacer lo que deben. Sólo los miembros de la Selección Nacional han cambiado… y la tienda C&A que aparece en el fondo de una escena cerró hace un año.)

Unos cuantos de mis lectores se molestaron por la comparación entre fútbol y religión. Yo no tengo ningún hobby absorbente ni soy fan de ningún deporte o actividad específica, pero creo poder imaginar lo molesto que suena, para un ateo, que comparen algo que le apasiona con una religión. Eso no quita que la comparación sea válida hasta cierto punto.

Pensando me di cuenta de que la cultura futbolística argentina se parece, no a una religión entera, sino a la cultura de los fieles de cierto tipo de religión; específicamente una religión de facto oficial como el catolicismo en Argentina. Nuestra cultura del fútbol también coincide en más de un punto con la cultura popular y mediática que rodea al hecho religioso.

Por lo pronto, aunque en el documental aparecen retratadas unas cuantas opiniones desagradables e intolerantes, hay una mayoría de futboleros más o menos tolerantes, de la misma manera que ocurre con una religión como el catolicismo. Al estar ampliamente aceptada y legitimada, la religión futbolera se ve a sí misma como parte inseparable de la cultura y de nuestra nacionalidad, y si bien la “apostasía” y la “herejía” no son bien vistas, se las toma en general con una mezcla de humor e incomprensión. Como los “herejes” somos minoría, no resultamos amenazantes. Si levantamos la voz, no obstante, nuestro disenso resulta irritante, y para algunos hasta blasfemo.

Me dicen que el fútbol no es una religión porque no tiene dogmas. Claramente no era mi intención llevar la analogía tan lejos, pero el fútbol sí tiene ciertas actitudes casi dogmáticas, la más notable de las cuales es que el hincha debe siempre profesar fe en el triunfo de su equipo (¿cuántos hinchas, al preguntárseles, sopesan racionalmente las posibilidades y concluyen que su equipo va a perder?). Por lo demás, si en el fútbol no hay dogma ni doctrina, en el catolicismo se puede prescindir casi todo el tiempo de esas cosas (¿cuántos creyentes se saben el Catecismo?): el resultado es que en ambos casos basta con actuar con arreglo al ritual para parecer y sentirse parte. Ésta es quizá la mayor similitud entre fútbol y religión: la conformidad irracional con comportamientos automáticos y pensamientos poco profundos. No hace falta ser dogmático para ser intolerante; lo único que podríamos llamar dogma, tanto en fútbol como en la religión popular, es el mandamiento de actuar igual que la masa.

La cuestión de la aceptación social y mediática también acerca al fútbol y la religión. Está tan mal visto hablar de uno como de otro (de hecho, son dos de los tres temas que está tácitamente prohibido tocar en las reuniones) porque es potencialmente divisivo; el rechazo total suscita acusaciones de “intolerancia” o “amargura” y de ganas de “arruinar la fiesta”.

Personalmente creo que el fútbol debería jugarse fuera de las ciudades, que los clubes deberían encargarse del transporte de los hinchas, y que al primer disturbio serio debería cancelarse toda la temporada, para seguridad de los propios hinchas y del resto de la población. Laicidad aplicada al deporte, podría decirse. Expresar esta opinión entre gente conocida sería más o menos lo mismo —en cuanto al revuelo causado— que proponer que el Estado confisque las propiedades de la Iglesia, obligue a los curas a trabajar y confine las procesiones a los patios de los templos. Tales cosas no pueden decirse en la mesa y mucho menos en los medios, que aceptan acríticamente que los líderes religiosos tienen privilegios y que la práctica religiosa no puede ser restringida de ninguna forma, ya que es intrínsecamente valiosa.

Vale quizá un ejemplo. Todos los años, en Rosario, el sacerdote sanador Ignacio Peries lidera un Via Crucis en Viernes Santo. Un gran barrio de la zona noroeste de la ciudad queda virtualmente paralizado durante el día. Columnas de miles de personas lo invaden, dejando a su paso pañales descartados, orines en cualquier lugar, botellas y envoltorios arrojados en la calle, veredas pisoteadas; los recorridos del transporte público son reorientados, y el gobierno organiza un operativo policial y de control masivo. Los vecinos no pueden entrar ni salir con facilidad; los que vivimos más lejos sufrimos el retraso de los ómnibus. El único propósito de esto es permitir que mucha gente siga un ritual que podría hacer en su propia parroquia o en su casa, sin molestar a nadie, y vaya a adorar a un personaje carismático.

Pues bien: todas las semanas, en temporada, algo parecido aunque en menor escala ocurre en torno a uno de los dos estadios de la ciudad, situados, para peor, cerca o en medio de grandes parques públicos. Los feligreses son menos, pero más fervorosos; van al partido no para verlo sino para participar en el fervor colectivo, y una importante proporción de los mismos entra a la cancha borracho, drogado o ambas cosas. Los ómnibus se desvían, las calles se saturan, los vecinos quedan encerrados en sus casas, los comercios cierran, el espacio público es copado por un sector de la sociedad a quien no le importa el resto de los mortales, y cada tanto hay heridos o vandalismo.

Todos los problemas y desmanes del fútbol son excusados de la misma manera que se excusa el desastre causado por el Via Crucis del Padre Ignacio. Se da por sobreentendido que los problemas no son parte inseparable del fervor sino un mero accidente, un ingrediente extra, excepcional y desafortunado. El fervor, la pasión, la mística, se consideran puros y buenos en sí mismos. El fútbol no puede suspenderse, sin importar qué, de la misma manera que la manifestación religiosa no puede recortarse: ambas cosas serían muestras de “intolerancia”. En esto concuerdan tanto los hinchas más brutos como el más respetado de los periodistas deportivos.

Me dicen que el fútbol en sí mismo no es dañino. Pero ¿cuántas veces hemos escuchado de parte de los creyentes que la religión o la fe no son dañinas per se? Por supuesto que el fútbol no es en sí mismo malo. Creer en dioses y espíritus tampoco lo es. Pero ni el fútbol ni la religión existen como entidades abstractas flotando en el vacío. Una religión puede tener postulados morales muy buenos pero no existirá realmente en el mundo hasta que la gente la practique. El fútbol es simplemente un deporte, pero el fútbol no se manifiesta en la realidad sino cuando los equipos se juntan frente a un público en un estadio. De la misma manera que el cristianismo no es sólo un conjunto de dogmas y doctrinas sino una cultura, el fútbol no es sólo unas reglas y un par de equipos idealizados sino un fenómeno social.

La laicidad sirve para separar la práctica de la religión del funcionamiento del estado, permitiendo que la fe sea ejercida pero sin meterse en las vidas de quienes no la profesan. Hemos dado algunos tímidos pasos en esa dirección. Pero en la religión del fútbol no existe esa separación, y ni siquiera se habla de ella. ¿No será hora?