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sábado, 30 de noviembre de 2013

El Código Civil, la moneda papal y el cura antidrogas

El Senado argentino dio finalmente media sanción al proyecto de ley de Código Civil con las concesiones que la Iglesia Católica había pedido. El “nuevo” Código, que ahora tendrá que pasar por la Cámara de Diputados, sigue siendo un producto cabal del siglo XIX. O quizá no: los legisladores decimonónicos que promovieron la educación laica y legalizaron el matrimonio civil —medidas, ambas, que la Iglesia anatematizó y condenó como seguras destructoras de la sociedad— se habrían asombrado bastante.

Imagino que nuestros liberales de 1880 también se habrían sorprendido por la reciente aprobación casi unánime de un proyecto de ley para acuñar una moneda conmemorativa del ascenso al trono del Papa Francisco. Se dice que la Cámara de Diputados es tradicionalmente menos conservadora que el Senado, lo cual se explica por su diferente proporción de legisladores de las provincias pequeñas y alejadas del cosmopolitismo porteño. Si es así, no se notó para nada esta vez. Es probable que no se trate de conservadurismo sino de mero oportunismo, farandulismo o indiferencia.

A favor de la moneda del autócrata vaticano votaron 177 diputados, incluidos peronistas “de izquierda”, “progresistas” y “socialistas”; hubo tres votos negativos, uno de ellos del socialista mudado al kirchnerismo Jorge Rivas, y una abstención. La composición de la Cámara es algo diferente de la que en 2010 votó a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero con seguridad hay unos cuantos legisladores que en ese momento fueron parte del “plan del Padre de la Mentira” (palabras de Jorge Mario Bergoglio) y que ahora son favorables a la monedita.

La diputada Marcela Rodríguez fue, hasta donde sé, la única que explicó en detalle su voto en contra, explayándose sobre la laicidad estatal con un escrito dirigido al presidente de la Cámara, que entre muchos otros puntos se adelanta a las previsibles excusas de que la moneda franciscana representa un homenaje a valores o ideas compartidas, prescindiendo de la religión. Lo hace a través de una cita de Roberto Saba, que se refiere a los símbolos religiosos, pero que se puede extrapolar fácilmente al asunto de la moneda. El Papa Francisco no es sólo un argentino notable que exalta la humildad y la compasión; como papa, es un símbolo del poder de la Iglesia Católica, de absolutismo político y moral, y sus valores son valores católicos, que como todos sabemos permanecen dentro de muy estrictos límites dogmáticos.

Lo de la moneda fue el broche de oro de una semana de acelerado retroceso hacia el chupacirismo estatal que incluyó no sólo el asunto del Código Civil sino el nombramiento de un Jefe de Gabinete genuflexo y miembro del Opus Dei, la confirmación (poco comentada) de un Ministro de Salud también vinculado a la secta católica, y el inédito nombramiento de un sacerdote “progre”, amigo de la familia presidencial y del susodicho Jefe de Gabinete, al frente del SEDRONAR, la agencia estatal de lucha contra la drogadicción y el narcotráfico.

Juan Carlos Molina, el sacerdote en cuestión, no tiene otra calificación profesional que la de dirigir un par de ONGs subsidiadas de manera discrecional y bastante turbia por sus referentes políticos, cuya labor sin duda meritoria representa un ejemplo más de la privatización y el consiguiente abandono de la responsabilidad del estado sobre la prevención y el control de la adicción a drogas, comparable a la de la tercerización del cuidado de los presos a manos de pastores evangélicos que ocurre en pabellones enteros de varias cárceles argentinas con total anuencia de las autoridades.

Por lo demás, la forma de expresarse de Molina (al menos en Twitter) es casi una caricatura del cura voluntarista, siempre alegre y propenso al uso de citas bíblicas bobas. Esperemos que Fabio Alberti esté prestando atención. En el clima de babosidad pro-sotana que se vive hoy en Argentina, me consuelo recordando que alguna vez pudimos ver en nuestra TV esta magistral síntesis de la superficialidad clerical.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Dar derechos al embrión es quitárselos a la mujer


En mi artículo anterior escribí sobre lo que implica definir por ley que la existencia de la persona humana comienza con la concepción. Lo hice motivado por el reciente éxito del lobby antimujeres católico en su interferencia con el proyecto de ley del nuevo Código Civil argentino, mediante la cual lograron reafirmar la cláusula de “persona desde la concepción”, desechar una modificación que habría permitido la fecundación asistida e imponer al Congreso el dictado de una ley de protección del embrión no implantado. (El Código no ha sido aprobado aún y no lo será hasta el año que viene al menos, pero las posibilidades de que se modifiquen estos puntos son remotas, dada la beatería de los líderes parlamentarios y el unánime terror de gobierno y oposición a molestar al Papa.)

El artículo 19 del Código Civil argentino ya hablaba de “persona desde la concepción”, pero era un punto poco recordado, perdido entre miles de otras disposiciones legales igualmente arcaicas y obsoletas. Dejarlo como está en una reforma, sin embargo, implica una reafirmación y una demostración de fuerza de los católicos. Ya hablé de algunas de las consecuencias que podrían derivarse de transformar en ley la noción metafísica, espiritualista, de que con la unión de un óvulo y un espermatozoide aparece automáticamente una entidad llamada “persona humana” que tiene todos los derechos de una persona de verdad.

Algún lector quizá crea que con algunos ejemplos (mujer embarazada condenada por perder un embarazo al chocar el auto que conduce, etc.) no intenté más que una reducción al absurdo. El propósito de este artículo es demostrar que no fue así.

Hay varios estados de Estados Unidos donde los conservadores religiosos, con más poder que en Argentina y con una estructura legal diferente (más poder local, menor injerencia federal), han logrado imponer leyes de protección de los embriones e incluso leyes que dictaminan que existe una persona humana desde la concepción. (La jurisprudencia que permite el aborto en Estados Unidos no lo expresa como un derecho; expresa que el estado sólo puede intervenir en el primer trimestre de la gestación para proteger la salud de la mujer, y luego de este plazo, sólo puede regular la interrupción del embarazo si admite expeciones para preservar la salud de la mujer. Esto deja la puerta abierta a leyes que, sin prohibir el aborto, lo limitan severamente por otros medios.) Hace unos días, coincidentemente con los entretelones del Código Civil argentino, me encontré leyendo un reporte sobre las consecuencias de esas leyes sobre la libertad de las mujeres.

Se trata de un trabajo de National Advocates for Pregnant Women (NAACP), una organización estadounidense que “busca proteger los derechos y la dignidad humana de todas las mujeres, particularmente las embarazadas y las madres y aquéllas que son más vulnerables”. El estudio
identifica cientos de casos criminales y civiles involucrando los arrestos, detenciones y privaciones equivalentes de libertad física de mujeres embarazadas que ocurrieron entre 1973 y 2005, luego de producida la decisión Roe vs. Wade.
Roe vs. Wade fue el caso que, tras un fallo de la Corte Suprema, permitió que las mujeres abortaran sin ser perseguidas penalmente.
En cada uno de los 413 casos, el embarazo fue un elemento necesario y las consecuencias incluyeron: arrestos; encarcelamiento; prolongación de sentencias de prisión o detención; detenciones en hospitales, instituciones psiquiátricas y programas de tratamiento de la drogadicción; intervenciones médicas forzadas, incluyendo cirugías. Los datos mostraron que las autoridades estatales han usado medidas legales post-Roe incluyendo leyes de feticidio y leyes antiabortistas que reconocen derechos particulares a los cigotos, embriones y fetos como base para privar a mujeres embarazadas (sea que buscasen interrumpir el embarazo o llevarlo a término) de su libertad física. Estos hallazgos marcan claramente que si se ponen en efecto lo que se llama medidas de “personería”, no sólo serán arrestadas más mujeres que abortan, sino que tales medidas crearían las bases legales para privar a todas las mujeres embarazadas de su status de personas de pleno derecho.
El estudio documenta 413 casos distribuidos en casi todo Estados Unidos a lo largo de 32 años, advirtiendo que seguramente sean muchos más, y sin incluir otros 250 casos documentados desde 2005 a la fecha de publicación (enero de 2013). Algunos ejemplos:
  • Una mujer embarazada se cayó por una escalera. Fue arrestada acusada de intentar matar al feto.
  • Una adicta a los opiáceos fue a un hospital a pedir ayuda para tratarse de su adicción. Al descubrir que estaba embarazada, se la forzó a internarse en una clínica psiquiátrica.
  • Hay varios casos de mujeres forzadas a someterse a exámenes ginecológicos invasivos o incluso a una cesárea, en teoría para proteger al feto.
Las mujeres más propensas a sufrir estos ataques a su libertad son las más pobres; en buena parte de los casos las denuncias provienen de personal sanitario en violación de su deber de confidencialidad.

Esto no puede dejar de sonar conocido a los argentinos. En nuestro país es sabido que con dinero se puede abortar con seguridad y sin consecuencias penales, y que las mujeres pobres son las que menores chances tienen de ejercer sus derechos reproductivos. También sabemos que en cualquier hospital uno puede encontrarse con médicos o enfermeros devotos que consideran que su religión está por encima de la ley y que, ante una mujer que busca ejercer sus derechos, correrán a denunciarlo para entorpecerlo. Peor aún, los hospitales públicos están infestados de monjas y curas, incluso como personal pago (capellanes), que meten la nariz donde nadie los llama. Hay, en resumen, una gran cantidad de personajes dedicados con pasión a vigilar que las mujeres gesten y den a luz sus hijos cuando y como ellos desean.

Un embrión no es una persona de ninguna manera que nuestro sentido común pueda reconocer, y no debe serlo según la ley, por más que se apele a los tratados internacionales que Argentina ha suscripto y que parecieran obligarla a ello. Esto dice el comunicado de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC) sobre el tema:
Respecto del comienzo de la existencia de la persona humana “desde la concepción”, resulta alarmante que se mantenga una disposición obsoleta redactada en el siglo pasado y que incluye un término (“concepción”) sumamente vago que carece de un significado biológico preciso. Esta norma no recepta los avances científicos en la materia ni la jurisprudencia más reciente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso “Artavia Murillo”. Allí, la Corte Interamericana concluyó que el embrión no puede ser entendido como persona a los efectos del artículo 4.1 (derechos a la vida) de la Convención Americana de Derechos Humanos y que la protección del derecho a la vida no es absoluta, sino que es gradual e incremental según su desarrollo.
¿Le importará algo de todo esto a nuestros políticos? La mayoría de ellos no parecen muy inteligentes, ni educados, ni interesados en estar al día con la jurisprudencia relativa a lo que deben votar como legisladores.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Lo que implica la “persona humana desde la concepción”

Hace unos días, la mayoría legislativa kirchnerista entregó la cabeza del nuevo Código Civil argentino en una bandeja a la Iglesia Católica, en la persona de su campeona “pro vida” la senadora Liliana Negre de Alonso, como expliqué en mi artículo anterior.

Comencé entonces diciendo que el proyecto de ley de Código Civil implicaba un retroceso específicamente en los derechos de las mujeres, aunque no me explayé demasiado sobre el tema. Debería ser obvio que reafirmar que “la persona humana existe desde la concepción” es un ataque contra las mujeres, pero quizá no lo sea para todos o no se comprendan en plenitud los efectos de una declaración legal de esa naturaleza.

La postura cristiana conservadora frente al aborto siempre me ha parecido un fingimiento. Oponerse al aborto, como oponerse a la homosexualidad o a los anticonceptivos, puede transformarse fácilmente en una consigna, una bandera ideológica y una marca identitaria: el santo y seña por el cual los conservadores se reconocen y el grito con el cual marchan juntos a la batalla más allá de (y sin tener que pensar en) diferencias de detalle que los separen. Pero imaginemos, por un momento, que hay personas que realmente creen que “la persona humana comienza con la concepción”, que esa “persona” recién concebida es tan persona como ella misma y que están dispuestos a seguir esa idea hasta sus últimas consecuencias.

Y ahora imaginemos que la persona-desde-la-concepción es ley, y que uno de esos creyentes consecuentes es el encargado de hacer cumplir la ley.


De pronto, cada cosa que pueda poner en peligro a un óvulo fecundado es una amenaza contra una persona. Un cigoto es una cosa muy frágil; de hecho, diferentes estimaciones dicen que entre un 30% y un 70% de los cigotos son abortados espontáneamente, muchos antes de implantarse en el útero y casi siempre sin que la mujer siquiera lo note, por cosas tan sencillas como un cachito de cromosoma de más o de menos. Pero eso es “natural”, así que no cuenta, nos dicen los “pro vidas”. Tal criterio es ilógico, como el lector podrá comprobar si reflexiona unos segundos: en nuestra sociedad no sólo hay leyes contra el asesinato sino también leyes que obligan a colocar pararrayos en los edificios altos, leyes que nos fuerzan a vacunar a nuestros hijos y campañas para incentivarnos a comer comida sana; presiones e influencias, en fin, que buscan protegernos de la “naturaleza”. Si la naturaleza aborta a la mitad de los embriones, estamos ante un nivel de letalidad que deja chiquitas a la viruela, la polio, el sarampión, la difteria y el tétanos; y sin embargo, no vemos a ningún “pro vida” haciendo campaña desesperadamente en favor de la investigación científica que permita salvar a esas millones de personas. Si un cigoto es una persona, en el tiempo que te llevó leer este párrafo han muerto miles de personas indefensas y a nadie le importa.

En el anteproyecto de Código Civil había una previsión específica para la fecundación asistida. Esa previsión se quitó a instancias de la Iglesia, incorporándose en cambio una promesa de reglamentar la “protección del embrión no implantado” por medio de una ley especial. Este cambio, aplicado como un parche entre gallos y medianoche, motivó la indignación de más de uno:
“Es gravísimo —alertó el jefe del bloque de diputados radicales Ricardo Gil Lavedra—. ¿Qué significa esto? ¿Que al que se le cae por error una probeta incurre en aborto? No tenemos sancionado nada serio sobre preservación de los embriones y estamos diciendo que son personas”, exclamó.
Gil Lavedra no se equivoca, aunque tampoco lo ve muy claro. En la práctica, cumplir el Código Civil tal como se lo propone implica el fin de la fecundación asistida legal, ya que incluso las técnicas más modernas implican la producción y manipulación de embriones.

En nuestro ordenamiento legal, si uno causa daño a otra persona por negligencia, le caben penas menores que si lo hace buscando causar daño adrede, pero penas al fin. Una mujer embarazada que no busca abortar pero que se comporta de manera que podría dañar al nascituro, ¿no entra en la misma categoría?

De pronto, una mujer que pierde su embarazo en un accidente automovilístico causado por su mala conducción es penada de la misma manera que si en ese accidente hubiese muerto su hijo de cinco años sentado en el asiento del acompañante sin arnés ni cinturón de seguridad (y es penada incluso aunque ella misma no supiese aún que estaba embarazada). Una mujer que llega a la guardia de un hospital con un aborto espontáneo en curso es acusada de haber intentado un aborto provocado. Una mujer que fuma o bebe alcohol queda embarazada y su esposo o un juez la hace internar en una clínica de rehabilitación hasta el final de la gestión, para que no consuma drogas que pueden dañar al nascituro (con el mismo criterio con que la justicia le impide a los padres darle drogas adictivas a sus hijos menores de edad).

¡Y hay más! Un trabajador en una clínica de fertilidad, como imaginaba el diputado, deja caer una probeta con un embrión que iba a ser implantado, y la receptora frustrada lo acusa de homicidio. En esa misma clínica de fertilidad, un corte de energía generalizado y prolongado hace que se descongelen y malogren miles de embriones preservados en frío: ¡una masacre causada por no contar con generadores de energía autónomos y redundantes!

Estos casos no son totalmente hipotéticos. Ya existe en Argentina un precedente de acusación de “doble homicidio” por el asesinato de una mujer embarazada. Si parece que nadie presta atención al Código Civil es porque de hecho en Argentina son muy pocas las leyes que verdaderamente se cumplen (aunque en este caso deberíamos dar gracias). En un próximo artículo les voy a contar sobre lo que ocurre en Estados Unidos, donde hace tiempo que, siendo legal el aborto, existen sin embargo muchos casos donde las leyes impulsadas por conservadores religiosos, y hechas cumplir al pie de la letra, han quitado derechos a las mujeres para concedérselos a los nascituros.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El Código Civil argentino, entregado a la Iglesia Católica

Argentina tendrá pronto un nuevo Código Civil y todo indica que, en varios sentidos, el mismo implicará un retroceso, específicamente en los derechos de las mujeres.

El Código Civil que tenemos data de fines del siglo XIX y ha tenido modificaciones pero no, hasta ahora, de manera integral. El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, propuso hace años hacerla, y desde entonces el gobierno, la oposición, los jueces, expertos independientes y muchas organizaciones no gubernamentales han estado debatiendo. El proyecto de Lorenzetti enriquecido con estas deliberaciones incluía legislar sobre fertilización asistida y maternidad subrogada (“alquiler de vientres”), entre otros temas que encendieron las alertas de ciertos entrometidos profesionales cuya ocupación habitual es decirle a los demás cómo su dios quiere que nos reproduzcamos.

Aunque nunca se habló del derecho al aborto como algo que podría incluirse en el nuevo Código (al menos, nunca pasó de un reclamo de algunas organizaciones), la Iglesia Católica hizo un gran escándalo con lo demás, intentando mostrarlo como un primer paso en esa nefanda dirección. En realidad no fue más que un marcado de territorio, habitual en estos casos.

La senadora Liliana Negre de Alonso y el presidente
de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez
El artículo 19 del viejo Código Civil ya consideraba que la persona humana comenzaba su existencia “con la concepción en el seno materno”. El kirchnerismo (mayoría absoluta en el Congreso) quería darle lugar al reclamo de cierta minoría intensa a favor de la fecundación asistida, que tiene el inconveniente (técnico) de que produce embriones de sobra, que luego hay que desechar o bien conservar sine die. La lógica y la jurisprudencia dictaban que había que eliminar la arcaica e inutilizable definición de “persona desde la concepción”; la política cortoplacista, acomodaticia y chapucera determinó que se quitara lo del “seno materno” y se agregara una frase a los efectos de que, sólo en el caso de tratarse de un embrión producido por fertilización asistida, la existencia de la persona comenzaría no con la concepción sino con la implantación en el útero. Este artículo esquizofrénico, conteniendo dos definiciones mutuamente contradictorias de “persona”, hubiera terminado infamando el nuevo Código Civil si no hubiera sido porque la Iglesia Católica redobló la apuesta y, a través de uno de sus legisladores a control remoto más confiables (la senadora Liliana Negre de Alonso), interpuso una queja en favor de los pobres e indefensos embriones, condenados a vivir en peligro hasta haber logrado parasitar exitosamente a un contenedor femenino.

Negre de Alonso pertenece al sector habitualmente caracterizado como de derecha o conservador dentro del peronismo. El kirchnerismo está mayormente formado, en teoría, por el ala opuesta. Sin embargo, como bien sabemos los argentinos e infructuosamente hemos tratado de explicar durante décadas, el peronismo es una religión plagada de misterios, a los cuales habrá que sumar, en los libros de historia del futuro, el que el kirchnerista presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, acordase con Negre de Alonso (en representación del fascismo católico) modificar nuevamente el artículo 19 de manera de quitar la definición de “persona desde la implantación” y asegurar la “protección del embrión no implantado”.

Si el artículo 19 original, como otras disposiciones arcaicas del Código, no se cumplía en la práctica excepto en lo que se refiere a la prohibición del aborto, este nuevo énfasis parece orientado a que sí se cumpla, con lo cual podría ocurrir, como planteó el diputado radical Ricardo Gil Lavedra, que dejar caer una probeta con un embrión sea penado como un aborto provocado. (No es absurdo que esto pueda ocurrir, como mostraré en un artículo por venir.)

Mientras se realizaban estas componendas, la sanción del Código seguía en sus idas y vueltas. El Frente para la Victoria (kirchnerismo) decidió primero y de pronto que el Código debía estar aprobado antes de la renovación parlamentaria del 10 de diciembre, le gustase o no a la oposición; luego de la concesión a la Iglesia, de manera igualmente sorpresiva se comunicó que buscarían darle media sanción en el Senado pero dejar el resto del trámite para el año que viene. Negre de Alonso volvió sobre sus pasos y dijo que el proyecto “no conforma a ninguno”, cosa que probablemente es cierta; el kirchnerismo cuenta con un elemento progresista (con puntos de contacto con feministas y anticlericales) que no está muy feliz con lo ocurrido, y a la oposición —dejando de lado a los chupacirios y empleados del episcopado— le molestan otros elementos preocupantes, aunque no, desgraciadamente, la permanencia sin cambios de los artículos que dan a la Iglesia privilegios como el de ser considerada “persona jurídica pública”, es decir, una institución a la par de organismos estatales y de los países extranjeros, condición que no comparte con ninguna otra religión.

Los ciudadanos seguimos esperando que nuestros representantes, o al menos la mayoría de ellos, encuentren la independencia mental y la valentía necesaria para volverse hacia los lobbistas de Dios y comunicarles que sus reclamos y opiniones ya no van a ser considerados.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Por qué es importante reclamar por un estado laico (parte 3)

Como les vengo contando, el próximo sábado (14 de septiembre) se realizará en la ciudad de Mar del Plata la Marcha Nacional por un Estado Laico. En mis últimos artículos he querido explicar mi apoyo a la misma, mencionando la necesidad de terminar con los privilegios legales y económicos de la Iglesia Católica y en particular el fomento estatal de la educación confesional. Aquí termino con un punto algo más delicado.

La Marcha por un Estado Laico convoca también a luchar por un país “con memoria, verdad y justicia”, lema que quizá resulte extraño por ajeno o demasiado genérico a quienes no conozcan la historia argentina. Lo cierto es que la presencia abrumadora, opresiva, de la Iglesia Católica en las instituciones oficiales, y los privilegios de los que goza, han formado desde siempre un escudo contra los esfuerzos de quienes buscan revelar sus fallas, sus componendas con el poder político y sus complicidades criminales. La Iglesia, en parte merced a sus privilegios, ha penetrado en la academia, influye en la justicia y la política, y se protege así de investigaciones que podrían dañar su imagen e incluso llevar a sus dirigentes a la cárcel.

Todas las dictaduras que han gobernado este país (y han sido unas cuantas) han contado con el apoyo de la Iglesia Católica; la última, que fue la más sangrienta, tuvo además a la Iglesia como justificadora, como confesora y como cómplice de torturas, desapariciones forzadas y adopciones ilegales de niños. Mucho de lo que los jerarcas eclesiásticos sabían se lo han ido llevado a la tumba mientras la justicia, temerosa o aliada, miraba hacia otro lado. Cuando Jorge Mario Bergoglio, a la sazón arzobispo de Buenos Aires, fue llamado a declarar como testigo en una causa judicial por robo de bebés, el hoy fingidamente humilde papa de la Iglesia Católica se negó a ir al juzgado, alegando un privilegio con resabios de nobleza, y debió tomársele declaración en su despacho episcopal. La pérdida real y simbólica de privilegios de la Iglesia que acarrearía un estado laico pondría a los que aún pueden hablar en plano de igualdad con ciudadanos comunes (ya no a Bergoglio, lamentablemente, puesto que su condición de jefe de un estado extranjero lo hace diplomáticamente invulnerable).

No puedo estar en Mar del Plata este sábado 14, pero quienes puedan hacerlo, harían bien en ir, o en su defecto, en difundir este evento.

martes, 10 de septiembre de 2013

Por qué es importante reclamar por un estado laico (parte 2)

Como les contaba en un post anterior, el sábado 14 se realizará en la ciudad de Mar del Plata la primera Marcha Nacional por un Estado Laico. Les decía que el mayor obstáculo para lograr ese ideal es terminar con los privilegios legales de la Iglesia Católica, en particular el de “sostenimiento” de la misma mencionado en el artículo 2° de nuestra Constitución Nacional.

Económicamente, el sostenimiento de la Iglesia Católica implica el pago por parte del estado de estipendios a los obispos en actividad y eméritos, como así también a los capellanes, y asignaciones monetarias a los seminarios (según leyes y decretos sancionados por gobiernos ilegales de facto). El impacto fiscal es insignificante, no así el simbólico, dado que no sólo el estado subsidia a una religión, sino que además trata a los funcionarios eclesiásticos con un rango equivalente al de funcionarios del estado, lo cual resulta bastante irónico, considerando que técnicamente los obispos responden políticamente a un estado extranjero. Esta dudosa doble lealtad, que se manifiesta con toda claridad en la presencia de banderas vaticanas a la misma altura que las argentinas en iglesias y catedrales, no parece molestar a la muy patriótica y nacionalista derecha pro-Iglesia.

Si de dinero se trata, mucho mayor e inadmisible en un estado laico es el subsidio estatal a las escuelas confesionales. Hay que aclarar aquí que los estados nacionales y provinciales subsidian a las escuelas privadas, tanto las no confesionales como las de ideario religioso, sin distinción: es decir, no se trata de un privilegio de la Iglesia Católica ni de un subsidio a la religión en sí. De hecho, los subsidios son entregados en concepto de un porcentaje (que puede ser del 100%) de los salarios de los maestros. Es dudoso que muchas escuelas confesionales pudieran funcionar, de todas maneras, si no estuviera cubierto ese componente (el principal) de su gasto total. Dado el pésimo estado de la enseñanza pública (estatal), cabe pensar en mejores destinos para esa cantidad de dinero —ésta sí considerable— que financiar indirectamente clases de catequesis.

Con respecto a la escuela estatal encontramos también la necesidad de laicidad en varias provincias de nuestro país, donde, a contramano del espíritu de las leyes nacionales, se dictan clases de religión católica, además de realizarse ritos de esa religión, o se introducen materiales de estudio católicos. El que este adoctrinamiento sea optativo (como lo es en teoría) no aminora la gravedad del asunto. Los alumnos no tienen por qué enfrentarse a la disyuntiva entre asistir a una clase de catecismo y permanecer, como parias o anomalías, en un salón apartado, perdiendo el tiempo u ocupándolo con una asignatura alternativa (en el mejor de los casos). Que la escuela pública sea aconfesional no coarta la libertad de los niños ni de los padres, que pueden a discreción enviar a sus hijos a estudiar catecismo fuera del horario lectivo en una iglesia u escuela parroquial cercana sin costo alguno, si es que ellos mismos no son capaces de explicarles a sus hijos lo que creen.

Continuará…

viernes, 6 de septiembre de 2013

Por qué es importante reclamar por un estado laico (parte 1)

El sábado 14 de septiembre se realizará en la ciudad de Mar del Plata (provincia de Buenos Aires, Argentina) la primera Marcha Nacional por un Estado Laico. Cuando recibí la nota de prensa me limité a copiar el poster de difusión de la marcha, pero ahora me gustaría explicar por qué adhiero a la marcha y por qué deberíamos, de hecho, adherir todos a la idea de que es mejor vivir en una Argentina laica.

La imposición de una religión de estado, una religión oficial, incluso una “religión por defecto”, generalmente se apoya en la (real o supuesta) mayoría numérica de los creyentes de dicha religión. Tal es el caso de Argentina. Pretende seguirse de un criterio democrático, en el cual las mayorías son las que deciden. Pero este privilegio con justificación numérica no es parte de la definición de democracia (y algunos dirían que es un ejemplo de falsa democracia). Los derechos de las minorías no pueden ser pisoteados por las mayorías. Más aún, una democracia debería poner un cuidado extraordinario en la preservación de los derechos de las minorías, precisamente porque son numéricamente débiles, con todo lo que eso suele conllevar. Los ejemplos sobran, pero los más claros (y relevantes al caso) pueden observarse en la actual persecución que experimentan los cristianos en varios países de mayoría religiosa musulmana.

En Argentina, el catolicismo funciona casi como una religión de estado, aunque más por arrastre histórico que otra cosa. Así, por ejemplo, los funcionarios católicos tienen un lugar explícito y privilegiado en el protocolo de las ceremonias oficiales. Estas rémoras coloniales son de relativamente sencilla remoción. Mucho más grave es que se le reconoce a la Iglesia el carácter de persona pública, lo cual legalmente implica ponerla a la misma altura que una institución estatal. El artículo 2° de la Constitución Nacional representa el alejamiento más extremo del ideal de estado laico, incluso aunque los juristas lo consideren limitado al sostenimiento económico de la Iglesia por parte del estado, porque a diferencia de otras leyes y reglamentos, sólo una reforma constitucional podría eliminarlo, lo cual es políticamente inviable en un plazo indefinido.

Continuará…

lunes, 26 de agosto de 2013

La solidaridad y la Madre Teresa de Calcuta

Por un tuit de la intendenta de mi ciudad me entero de que el sábado pasado comenzó la Semana de la Solidaridad en Rosario y que la fecha de la misma se escogió para que incluya el Día Nacional de la Solidaridad, que es el 26 de agosto, por ser el aniversario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta.
¿Qué? ¿Qué?

La “Madre” Teresa de Calcuta es uno de los peores ejemplos posibles de solidaridad que podrían ocurrírsele a alguien. Muchísimas personas trabajan incansablemente por los demás, solas o en grupo, bajo denominaciones religiosas o seculares, con foco en distintos tipos de problemas sociales. A menudo el trabajo de las organizaciones religiosas incluye la evangelización, pero en general hay en ellas mucha gente con auténticas ganas de ayudar al prójimo en sí mismo sin verlo como un converso potencial; la religión simplemente se apropia y canaliza impulsos empáticos con los que todos contamos. La verdadera solidaridad no escasea.

La Madre Teresa dedicó su vida a propagar las ideas más reaccionarias de la fe católica, sirviéndose de su popularidad y llegada a los poderosos. Recaudó (y su orden sigue recaudando) una fortuna por la que no rindió jamás cuentas a nadie, y dejó tras de sí muchas casas para religiosas de la orden que fundó, destinadas a propagar esa misma doctrina reaccionaria y amante del sufrimiento por todo el mundo, y unos cuantos espantosos centros para moribundos, donde gente recogida de la calle es atendida por personas con escasa o nula capacitación, casi sin medicamentos más complicados que una aspirina, y queda hacinada allí en condiciones insalubres hasta que muere (a veces, según sabemos, de enfermedades que podrían ser tratadas fácilmente).

La solidaridad es un asunto entre humanos unidos por su comprensión mutua de que todos necesitamos a los demás y que no podemos vivir sin ayuda. Los centros para moribundos de la Madre Teresa no son lugares para la solidaridad, como han descubierto ya muchas personas bienintencionadas que han ido a trabajar en ellos y han salido disgustados. Existen más bien para que los voluntarios y los enfermos puedan compartir el sufrimiento, la mortificación del dolor, que la Madre Teresa consideraba algo bueno en sí mismo porque acercaba a los sufrientes a Dios. Ayudar material o psicológicamente no fue jamás su objetivo.

La solidaridad puede verse, de hecho, como un darle la espalda a la inexplicable indiferencia de los dioses y volver la cara hacia lo que nos une con los demás seres humanos, aquí en la Tierra. Una acción solidaria, cuando uno es famoso y respetado por personas de todas las religiones y de ninguna y recibe dinero y atenciones, es volcar todas las donaciones a obras para la comunidad, usar la influencia obtenida para mejorar las condiciones de vida de los demás y denunciar las maldades de los poderosos contra los débiles. No es solidario pedir a gente que ha perdido a sus familiares que perdonen a la empresa que los mató con su negligencia. No es solidario gastar decenas de millones de dólares donados en construir casas de adoctrinamiento en todo el mundo en vez de un hospital o una escuela en el lugar donde uno vive y donde se necesita desesperadamente. No es solidario, en un mundo donde tantas mujeres son obligadas a casarse o maltratadas por sus esposos, hacer campaña contra la legalidad del divorcio; tampoco es solidario, donde tantas mujeres mueren en abortos clandestinos, llamar a esas mujeres asesinas y denunciarlas como destructoras de la paz en un discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz. No es solidario recibir dinero donado por un estafador que empobreció a miles de personas y no sólo rehusarse a devolverlo sino incluso escribirle al juez pidiendo que lo absuelva. No es solidario apartar a los moribundos de sus familias para ponerlos en un lugar apenas menos sucio que la calle para servir de edificación moral a monjas y voluntarios. No es solidario ordenar a los subordinados de uno que no gasten dinero en ellos mismos ni en ayudar a la comunidad y que se finjan pobres y mendiguen, mientras el dinero se acumula en cuentas bancarias y uno viaja por el mundo haciendo apariciones junto a dictadores y princesas mientras afecta humildad.

La historia de la Madre Teresa es uno de los mitos más logrados de la vieja religión cristiana. Nadie está obligado a saber que es de hecho una gran mentira, pero los datos están allí, al alcance de la mano, y ni la ignorancia ni la popularidad del mito pueden seguir siendo excusa para que un estado local o nacional homenajeen como ícono de la solidaridad a una beata fanática cuyas obras no tienen nada que ver con la solidaridad y sí, exclusivamente, con un amor perverso por el sufrimiento y la pobreza.

sábado, 24 de agosto de 2013

Para no ver el drama del aborto ilegal ni en fotos


La organización anti-derechos ArgentinosAlerta ha convocado para hoy una protesta contra la exposición fotográfica 11 semanas, 23 horas, 59 minutos, que Amnistía Internacional organiza en el Palais de Glace en Buenos Aires como una manera de visibilizar el problema de los abortos ilegales. Lo reporta ACI Prensa, que llama a AI “organización abortista” (ignorando el inmenso trabajo por los derechos humanos que Amnistía realiza) y que a su vez no menciona que ArgentinosAlerta es de hecho y muy obviamente una fachada de la Iglesia Católica, de tinte nacionalista y reaccionario (coloquialmente se diría que son un grupo de fachos, pero este blog es muy serio, ojo).

ACI también hace notar que “el Palais de Glace es un museo que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación” y “admitió anteriormente la exposición anti católica de León Ferrari” (aquí se omite nuevamente mencionar el ataque de un grupo de católicos, instigados por el arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, a una exposición de Ferrari, en la que los fanáticos agredieron al público y destruyeron varias obras).

La convocatoria es a llevar “pancartas y cacerolas”. Sería interesante, en vista de que esta gente tiende a ponerse violenta (y más cuando están envalentonados, como ahora, por la reciente apoteosis de uno de los suyos), que hubiese un cordón policial o algún tipo de seguridad especialmente destinada al evento. Bien sabemos que la defensa de la vida de los embriones y los fetos inviables contra la voluntad de sus malvadas madres es una causa que inflama pasiones.

Más seriamente: yo no puedo ir a esta muestra, pero sería bueno que quienes puedan lo hagan, especialmente hoy sábado por la tarde, para mostrar a la falange misógina que se congregará frente al Palais de Glace que son una minoría repudiada por la gente decente y pensante. Sería mucho pedir, supongo, que alguno deje su pancarta o cacerola, entre a ver la muestra y comprenda el mensaje:
Que existan mujeres que mueren o se enferman gravemente por temor a acudir a servicios de salud tras haberse sometido a un aborto en condiciones inseguras y clandestinas obliga a repensar la política que queremos para la Argentina. Las mujeres jamás deben ser sometidas a procesos penales ni obligadas a poner en riesgo su vida o su salud, cuando necesiten interrumpir su embarazo.
Pienso que un motivo profundo de estas protestas organizadas es precisamente la supresión de las ideas (en este caso, traducidas en imágenes) que puedan resultar subversivas para las frágiles creencias de los fanáticos. No es extraño que mucha gente que no sale de un círculo social pequeño y autocomplaciente, como una parroquia o una ONG católica, sólo sepa repetir consignas antiabortistas, ignorando el rostro humano sufriente de las mujeres que abortan en condiciones inseguras porque no les queda otra alternativa. Pero ver ese rostro y esas condiciones hace más difícil seguir repitiendo sin pensar. El primer objetivo de una protesta como ésta es que sus participantes, con su fervor reafirmado y vigilado por sus correligionarios, no cedan a la tentación de entrar y ver. Contra eso no cabe más que mostrarles que la amenaza aparente no es tal, y que sólo sus odios pueden resultar dañados.

sábado, 29 de junio de 2013

Preguntas acuciantes para las elecciones legislativas argentinas

Hay elecciones legislativas en Argentina en octubre y la Iglesia Católica, siempre preocupada por el país (¡pero sin mezclarse en política ni pretender decirle a nadie a quién votar, no señor!), tiene el irrefrenable deber de meter la cuchara.
La Comisión de Pastoral Social de la arquidiócesis de Córdoba (Argentina) publicó una carta abierta a los candidatos para las próximas elecciones legislativas en donde se hace una serie de cuestionamientos sobre temas esenciales como la defensa de la vida, la educación y el trabajo, en vistas a los comicios del mes de octubre.
Las preguntas son de hecho bastante pertinentes, pero está claro que hay una sola que a la Iglesia le interesa ver respondida, y que es la razón por lo cual existen las demás.
¿Cuál es su posición frente a la defensa de la vida desde su concepción hasta la muerte natural?
Esta pregunta es muy pertinente, a qué negarlo, pero formulada así resulta engañosa y manipuladora. Quienes realizan encuestas profesionalmente tienen claro que las personas responden a veces de maneras muy diferentes a la misma pregunta realizada en términos ligeramente distintos. Una formulación más clara dividiría esa primera pregunta en dos:
  1. ¿Está de acuerdo con dejar morir o enfermar gravemente a una mujer embarazada cuando el tratamiento para salvarla implique realizar un aborto?
  2. ¿Considera usted que su cuerpo y su vida son suyos o que son préstamos de nuestro dios que usted debe cuidar hasta que éste se los reclame?
Quizá porque ningún candidato ha mostrado jamás signos de pensar en el tema, la Iglesia omite preguntar por un tema que en otro contexto le resultaría de suma importancia. Mi pregunta, si yo estuviese en su lugar, diría:
¿Considera usted que el estado argentino debe seguir favoreciendo económica y políticamente, tanto de manera oficial como informal, a la Iglesia Católica Apostólica Romana, hasta el punto de pagar los sueldos de sus funcionarios y los de miles de maestros que trabajan en escuelas donde se practica la adoctrinación religiosa?
Estoy pensando en enviarle estas preguntas nuevas y reformuladas a la Arquidiócesis de Córdoba, pero algo me dice que no tendrán interés en ellas.

miércoles, 10 de abril de 2013

El aborto imposible de Aníbal Fernández

Hace pocos días el senador argentino Aníbal Fernández (un referente del kirchnerismo) dijo en una entrevista con el diario oficialista Tiempo Argentino que, tras la asunción de Jorge Bergoglio como Papa Francisco, “sacar el aborto ahora es imposible”, en referencia a los proyectos de ley largamente en danza, pero nunca tratados, para habilitar el derecho al aborto legal. (La consulta fue a causa del proyecto de reforma del Código Civil, que no incluye el tema del aborto pero sí otros a los que la Iglesia se opone y que los legisladores ignominiosamente ya han declinado pasar por alto.)



¿Qué quiso decir el senador Fernández?

¿Que el clima social ha cambiado tanto que sería políticamente un suicidio promover un proyecto de ley para legalizar el aborto? Esto no debería ser así, a menos que se transmita la idea de que el proyecto es un ataque del gobierno kirchnerista a la Iglesia y al papa. Tal cosa no sería extraña en principio; la táctica de jugarse por una medida divisiva, de forzar una confrontación para ganar iniciativa política y un lugar en la agenda, no es desconocida para ningún político exitoso y menos aún para el kirchnerismo. Pero la afabilidad de Cristina Fernández de Kirchner ante el papa, la alegría explícita de algunos de sus funcionarios y sobre todo la obvia constatación de que muchos kirchneristas están puerilmente felices por la elección de un papa argentino, hoy en día más popular que cualquier otro personaje público, hacen inviable esa posibilidad. A nadie le conviene ponerse contra el papa, en sí. Sería interesante ver qué ocurriría: si Francisco perdería su afabilidad ante un proyecto abortista y acusara directamente al kirchnerismo de hacer la obra del diablo, o bien si se limitaría a homilías graves y sonoras sobre la “defensa de la vida”.

¿Que los católicos están envalentonados y harían fracasar el proyecto? Quizá no sería un trámite fácil, es cierto, pero ningún proyecto de ese estilo lo sería. La posibilidad de una derrota legislativa no es agradable pero ni Aníbal Fernández ni ningún otro legislador comprometido debería resignarse a no presentar un proyecto por miedo a perder la votación. Por lo pronto, serviría para reconquistar los favores de la izquierda y los socialdemócratas hoy en parte interpretados por el diverso bloque del Frente Amplio Progresista. La experiencia de los socialistas, encabezados por el ex gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, sería útil: el gobierno de Santa Fe no ha tenido mayores choques con la feligresía católica ni con su jerarquía, y no obstante está a la vanguardia en el país en garantizar derechos sexuales y reproductivos a los que la Iglesia se opone. El kirchnerismo sabe tanto o más que el socialismo cómo lidiar, a base de ambigüedad y gestos amables, con temas que desagradan a los líderes católicos.

¿Que la asunción de Francisco ha reavivado la fe del pueblo y su respeto por la doctrina católica sobre el aborto? Absurdo. La mayoría de los argentinos son católicos de nombre o tienen una religiosidad “a la carta”, como puede comprobarse anecdóticamente con facilidad y como de hecho ya se ha comprobado rigurosamente. La mayoría de estos católicos nominales, si se les pregunta, dirán que están felices por la elección de Francisco, por el nuevo rumbo de la Iglesia que él le imprimirá, por la vuelta de cierta fe difusa, nebulosa, en un cristianismo de los pobres y los humildes… pero siguen creyendo que el aborto es permisible en algunas circunstancias, que las mujeres tienen derecho a regular su reproducción, que no es humano obligar a toda mujer embarazada a gestar y parir un hijo no deseado o morir intentándolo. La fe de Francisco, el político populista, no es la de Benedicto, el teólogo estricto. Francisco no va a alienar a sus fans argentinos echándoles en cara más de lo que pueden tolerar, y dichos fans tienen ya bien internalizado un mecanismo de filtro para ignorar las doctrinas con las que disienten. Si no fuera así las iglesias ya estarían vacías.

¿Qué habrá querido decir, entonces, el senador Fernández? Quizá nunca lo sabremos con seguridad. Lo que sí sabemos es que no podemos contar con él ni con ninguno de sus correligionarios para hacer lo que hay que hacer por los derechos de las mujeres.

lunes, 8 de abril de 2013

La donación de Francisco

Hace unos días se hizo gran alharaca del gesto de generosidad del papa Francisco al donar cincuenta mil dólares a los afectados por la inundación en la ciudad de La Plata. Sin negar el valor del gesto en sí —hay unos cuantos argentinos bien conocidos que pueden tratar 50 mil dólares como cambio chico y sin embargo no han aportado ni una moneda— vale la pena indagar un poquito en el asunto de la procedencia de ese dinero. Para eso vamos a tener que hacer algunos números.


Lo que sigue es, entiéndase, grosso modo, burdo, aproximado, pero espero que riguroso en sus principios.

La Constitución Nacional argentina incluye un artículo (el 2°) que dictamina que “el gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. A ese artículo suelen apuntar algunos, no muchos, de los detractores del estado laico. Argentina no es un estado laico, pero desde su organización como nación estable ha habido una tendencia hacia esa visión. Algunos de nuestros primeros gobiernos tuvieron una actitud considerablemente hostil a la Iglesia Católica como institución, algo bastante entendible como rivalidad de un poder político naciente contra otro (la Iglesia) ya establecido, de dudosa lealtad a la causa de la independencia de España y, más tarde, ferozmente opuesto a las ideas liberales del estado en boga.

El artículo 2° es hoy un resabio de tiempos pasados y virtualmente nadie con conocimiento de causa lo interpreta como algo más que una obligación de dar dinero estatal a la Iglesia en compensación por pasados maltratos y en reconocimiento del valor de ciertas labores pastorales.

Hoy en día el sostenimiento se hace efectivo por medio de asignaciones monetarias a los arzobispos, obispos y obispos auxiliares (Ley 21.950), obispos (etc.) eméritos (Ley 21.540), a los seminarios, a los párrocos de áreas de frontera y otras. Todas estas asignaciones fueron reglamentadas a partir de leyes de la última dictadura militar. Ningún gobierno democrático de los que vinieron después ha tocado estas leyes, a pesar de tener sobrados argumentos para hacerlo si lo desease; tampoco lo solicitaron jamás los líderes de la Iglesia argentina reunidos en la Conferencia Episcopal, presidida durante seis años seguidos por el abanderado de la pobreza evangélica Jorge Mario Bergoglio.

Las asignaciones se vinculan al sueldo de un juez nacional de primera instancia. Un obispo titular en actividad recibe el 80% de este sueldo; un auxiliar, el 70%. Jorge Mario Bergoglio fue obispo auxiliar desde 1992 hasta 1997, luego arzobispo hasta noviembre de 2011. Olvidaremos el año extra como arzobispo emérito. Redondeando, fueron cinco años con una asignación del 70% y catorce con el 80% del susodicho sueldo de juez, que a principios de 2012 (al final de la carrera de Bergoglio) estaba en 17.426 pesos argentinos. El dólar oficial cotizaba entonces a 4,35 pesos. Redondeemos a cinco pesos, valor más cercano al real, y bajemos el sueldo citado a la cifra redonda más cercana (hago notar que ambos redondeos perjudican el argumento que quiero desarrollar).

Hemos de suponer (y es una gran suposición dados los vaivenes de la historia económica argentina, pero concédamelo el amable lector) que el salario de un juez no ha variado sustancialmente en poder adquisitivo de 1992 a la fecha, más allá de probables tropezones en épocas críticas. Es decir, supongamos que en valores corrientes el sueldo de un juez de primera instancia siempre correspondió aproximadamente al valor de esos diecisiete mil y pico de pesos de principios de 2012, dos o tres meses después de la renuncia de Bergoglio.

¿Cuánto dinero, entonces, recibió en valores de febrero de 2012 Jorge Mario Bergoglio desde 1992 hasta fines de 2011 como asignación del Estado? Cinco años como auxiliar y catorce como titular, a doce meses por año, a diecisiete mil pesos por mes modificados por los porcentajes correspondientes, dan

12 × (5 × 0.7 + 14 × 0.8) × 17000 = 2998800,

es decir, redondeando, tres millones de pesos (repito, en valores equivalentes de principios de 2012).

El lector avisado objetará que estoy acumulando valores como si Bergoglio se hubiera guardado todo ese dinero y lo hubiera preservado de la inflación a lo largo de casi veinte años. Tal cosa habría sido imposible en Argentina, aunque no con las inversiones adecuadas (por ejemplo, en inmuebles). A pesar de que mi argumento no descansa sobre esta idea, concedo el punto. Si tomamos sólo lo que Bergoglio recibió desde la primera asunción de Cristina Fernández de Kirchner hasta la renuncia de Bergoglio, dan cuatro años casi justos, unos seiscientos cincuenta mil pesos.

Los cincuenta mil dólares que donó el papa Francisco, al precio de ese momento que hemos elegido como base, equivalen a unos doscientos cincuenta mil pesos. (Debemos suponer que no adquirió esos dólares durante 2012 o lo que va de 2013, porque comenzando a fines de 2011 el gobierno fue recortando todas las vías de acceso legal a la compra de dólares.) Esto representa poco más de dieciocho asignaciones mensuales, es decir, apenas un año y medio del dinero que Jorge Mario Bergoglio recibió del Estado sólo por ser arzobispo católico (nótese que al tratarse de un período tan corto la inflación, aunque importante en Argentina, no afecta significativamente los importes).

Ningún funcionario religioso de otra religión recibe tales estipendios. Ningún funcionario elegido a dedo por un jefe de estado extranjero recibe de manera automática tales cantidades de dinero por parte del Estado argentino.

A fines comparativos podemos mencionar que a principios de 2012, mientras Bergoglio cobraba su asignación de casi catorce mil pesos, el denominado “salario mínimo, vital y móvil” era de 2.300 pesos, y el salario promedio, de 3.091 pesos: un obispo ganaba —sólo por ser obispo, cargo para el cual no se requiere otra cosa que ser elegido por el papa— cuatro y media veces lo que el promedio de los trabajadores.

Es muy posible que, al igual que otros jerarcas católicos, Bergoglio haya donado gran parte de su asignación a su diócesis. Por otro lado, es difícil que haya necesitado el dinero. El Estado paga los gastos de viaje de los jerarcas católicos; la arquidiócesis de Buenos Aires no es pobre; Bergoglio siempre tuvo buenos contactos. En todo caso, lo que Bergoglio hiciese con “su” dinero es irrelevante frente al hecho de que “su” dinero provenía del Estado por una mera cuestión de privilegio.

No son muchos los argentinos que tienen cincuenta mil dólares disponibles en una cuenta bancaria. Son bastantes, pero no millones; el trabajador argentino promedio no ve en su vida tanto dinero junto. De los muchos ahorristas que, fruto de la previsión de épocas más razonables, tienen algunos miles o decenas de miles de dólares atesorados en el banco, no son muchos los que los donarían así, y no por apego materialista sino por simple necesidad de conservar ese colchón contra las periódicas caídas catastróficas de nuestro país. Pero imagino que ser designado papa habrá influido en Bergoglio: ¿quién va a preocuparse de su futuro económico una vez ganado ese premio mayor?

El papa sólo podría sufrir alguna estrechez, de aquí hasta su muerte, si la Iglesia hiciera verdaderamente lo que Francisco con tanta pasión declama, que es volverse pobre y de los pobres, siguiendo el ejemplo de vida del santo de Asís. Creo que todos podemos estar seguros de que eso no ocurrirá jamás. Francisco tiene asegurado todos los años de vejez que le quedan en medio de los oros, la seda y los mármoles del Vaticano, atendido en sus menores necesidades por manos solícitas y trémulamente respetuosas de su sagrada investidura. Cincuenta mil dólares, para quien se ha ganado esa módica aproximación al imaginario cielo que predica el cristianismo, son poco y nada.

viernes, 29 de marzo de 2013

Me perdí el Día del Niño por Nacer, ¡qué tristeza!

Acabo de volver de mis vacaciones, justo a tiempo para el comienzo de esa curiosa fiesta cristiana donde debería conmemorarse con meditación, penitencia, ayuno y abstinencia la tortura y muerte del Hijo de Dios para aplacar la ira de Dios (que es su propio Hijo), y que se celebra de hecho yéndose de vacaciones a un lugar sin iglesias ni curas o como mucho de peregrinación a un lugar con atractivo paisajístico suficiente. Como cada año en estas fechas, miles y miles de cristianos con medio seso lanzan la pregunta supuestamente irónica de que por qué los ateos no trabajamos en “su” feriado cristiano de Semana Santa. Yo no sé qué pensarán ustedes, pero me imagino que en la Rusia de Stalin los cristianos habrán descansado bien y con mucho gusto en todos los feriados y conmemoraciones comunistas en los que el estado les imponía dejar de trabajar.

Como no estaba en casa me perdí la celebración, también bastante estrafalaria, del Día del Niño por Nacer, ese feriado católico-menemista que más correctamente debería llamarse Día del Cigoto, Embrión o Feto y Contra la Pobre Mujer que lo Gesta. De todas formas no es posible escaparse del fascismo católico en Argentina, así que incluso en mi apartado lugar de vacaciones (Malargüe, una ciudad de veinte mil habitantes en medio del desierto del sur de la provincia de Mendoza) me crucé con una manifestación misógino-fetista donde se mezclaban unas pocas señoras de mediana edad, un par de curas en siniestro atuendo de tales y un mar de niños y jóvenes acarreando pancartas.




En un lugar con tan pocos habitantes la marcha era relativamente considerable, pero de lo deprimente del espectáculo me consoló el hecho obvio de que la mayor parte de los participantes no estaban ahí por su propia voluntad ni tenía idea de lo que significa valorar más la vida de una bolita de células sin cerebro, o con apenas cerebro, que la de una mujer.

Otra cosa de la que no me fue posible escapar del todo fue el diluvio de noticias farandulescas sobre el Papa Francisco. Pero de ese tema ya hablaré con más tiempo. En breve volveré a mi ritmo habitual; hasta entonces, ¡no dejen que ningún cura los saque a pasear!

viernes, 15 de marzo de 2013

Francisco


El miércoles, apenas después de las siete de la tarde local, ya de noche y con lluvia, una columna de humo blanco anunció a las miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro que los cardenales reunidos en cónclave habían elegido a un nuevo Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Un largo rato después, desfiles y ceremonias mediante, el cardenal Jean-Louis Tauran anunció en latín que el elegido era Jorge Mario Bergoglio, quien había adoptado para sí el nombre de Francisco. El papa es el primero latinoamericano, el primero jesuita, el primero no europeo desde hace casi trece siglos y el primero (exceptuando a Juan Pablo I) que elige un nombre nuevo desde hace exactamente 1100 años.

Todo esto quizá habla de un papa y de unos cardenales electores dispuestos a una renovación, como algunas personas (católicos abiertos, decentes, con buena voluntad, o simplemente no muy perspicaces) han supuesto y evidentemente desean. O quizá tanta novedad responde a una estrategia de supervivencia de una iglesia anquilosada, sacudida por escándalos, necesitada de nuevos semilleros de fieles, vocaciones y santos, que la Europa secularizada ya no provee. África es la tierra de promisión para el catolicismo: pobre, atrasada, ignorante, supersticiosa, hambrienta de consuelo; pero el único candidato africano potable, Peter Turkson, tuvo el mal tino de aparecer en los medios insinuando que matar homosexuales era apenas una medida “exagerada” y que en África no hay abusos sexuales a niños porque la cultura no es tolerante hacia los gays. Mejor América Latina, un territorio también pobre y supersticioso, pero uno donde el catolicismo es parte de la cultura, de las leyes y del gobierno. Un territorio que da la bienvenida a los santos populares; un continente donde la Iglesia Católica necesita pararle los pies al evangelismo ruidoso que le está quitando su condición hegemónica. Un papa con imagen vagamente progresista, proveniente de un país latinoamericano diverso, semi-europeizado, comparativamente secular pero no perdido al posmodernismo ni a la laicidad; un papa hijo de un inmigrante italiano, sin estridencias, de aspecto como de abuelo afable y firme; un hombre poco afecto a los lujos extravagantes, un buen comunicador, un buen interlocutor con otras religiones, un moderado para los suyos.

Que este mismo hombre esté sospechado de dejar sin protección a dos sacerdotes de su orden cuando la dictadura militar los perseguía, o que haya dicho que la campaña por la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo era parte de una estrategia del demonio, no quita que tenga otros méritos. Muchas personas se están enterando recién ahora de la primera acusación, que ha estado ampliamente documentada durante un tiempo, y que no es la única ni siquiera la más grave; en cuanto a la segunda, más reciente, pocos parecen haberla recordado, quizá por ser algo tan esperable de un jerarca católico que jamás podría haber sorprendido, excepto por su inusual falta de diplomacia, debida con seguridad al hecho de haber sido parte de una carta privada, filtrada a la prensa, destinada no a los fieles de a pie o a la opinión pública sino a una comunidad de religiosas.

En la tarde argentina del miércoles había una cierta euforia nacionalista, que felizmente se vio pronto contrarrestada por esa reacción cínica, bastante cercana a un reflejo, que para bien y para mal es típica de los argentinos, acostumbrados como estamos a las componendas, la hipocresía protocolar de los políticos, las decisiones inconsultas de los poderosos y la cuidada ornamentación y puesta en venta de ídolos con pies de barro. Frente a quienes pretendían una alegría universal, hubo al menos unos pocos diciendo non habemus papam: el papa no es “nuestro” papa, no representa a Argentina ni a los argentinos; ni siquiera a todos los católicos, a menos que cada uno de quienes profesan esa fe se sienta personalmente representado por una persona que pide —como si nada tuviera él que ver con el asunto— reconciliación e implícito olvido de los crímenes de una dictadura con la cual la Iglesia que ahora preside colaboró entusiastamente, o por alguien que sindica a los activistas por los derechos de los homosexuales como agentes del diablo.

Sé que la mayoría de mis compatriotas no son así; espero que pronto, pasados esos primeros días de ingenuidad, recuperen el cinismo y la desconfianza que merecen encontrar ante sí, como una sensata barrera, todos los que llegan al poder y la gloria con pretensiones de poseer una verdad superior, por más humildes que sean sus maneras.

jueves, 21 de febrero de 2013

Falacias sobre la laicidad

Leo en InfoCatólica un artículo del sacerdote Pedro Trevijano Etcheverria que resulta destacable por su densidad de falacias y falsedades, incluso para un texto escrito por un engañabobos profesional. Es una de esas notas de donde brota fingida indignación, montada por gente que se llena la boca hablando de democracia y libertad pero que estaría (¡y ha estado!) perfectamente cómoda en la peor clase de dictadura.


Comienza mencionando a la asociación laicista Europa Laica, de la cual cita cinco demandas o peticiones bastante razonables apuntadas a la separación entre iglesia y estado. Trevijano defiende todas las cosas a las que se opone Europa Laica, incluyendo el adoctrinamiento religioso en las escuelas financiado con dinero del estado, al que otros parásitos como él simulan, al menos, oponerse (bien que sin hacer nada por que se derogue). Sus razones son primordialmente de leguleyo: que no se puede cambiar esto o lo otro porque hay una ley que lo exige o porque está en la Constitución; como si ignorase que las leyes y la Constitución de España (igual que las de la mayoría de sus ex-colonias) fueron redactadas por legisladores que eran o bien fanáticos religiosos, o bien a sueldo del Vaticano, o como mínimo presionados por la Iglesia Católica.

La primera de las peticiones laicistas es la derogación de los acuerdos entre el estado español y la Santa Sede. Estos acuerdos son pactos internacionales y romperlos unilateralmente pondría a los españoles “a la altura de la señora Kirchner”, a decir del “padre” Trevijano. La alusión argentina es impertinente, no porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sea incapaz de romper leyes y contratos, sino porque CFK se ha cuidado muy bien de enemistarse con la Iglesia y tiene una excelente relación formal con sus jerarcas*; los privilegios que vergonzosamente el estado argentino otorga a la Iglesia Católica, concedidos en tiempos de dictadura y mantenidos por los gobiernos democráticos, kirchneristas incluidos, están totalmente a salvo, tanto como lo están en España bajo el gobierno del Partido Popular y antes del PSOE. Un pacto es la manifestación de un acuerdo o coincidencia; si las ideas ya no coinciden y el acuerdo se rompe, el pacto puede y debe deshacerse. Ninguna ley es inamovible.
* Ante los previsibles comentarios en relación al apoyo kirchnerista al matrimonio entre parejas del mismo sexo, me gustaría recordar que ni ese asunto ni otros de ese calibre han minado de forma visible la relación iglesia-estado en Argentina, que continúa bien aceitada. Las disputas siempre han sido confrontaciones de poder entre kirchnerismo y cúpula eclesiástica, y no han conformado una avanzada laicista. 
A Trevijano le llama la atención que Europa Laica afirme que “el laicismo [es] condición indispensable de cualquier verdadero sistema democrático” y concluye de esto que los laicistas excluyen del sistema democrático a los no-laicistas, transformándose así en un movimiento totalitario. La falacia está bien a la vista, pero recordemos que Trevijano cree que tres personas son una y que las mujeres pueden ser preñadas por Dios, así que su raciocinio está un poco nublado. El laicismo no demanda que todo el mundo sea laicista. En un estado laico se puede tener cualquier religión y creer que es la única verdadera y profesarlo; lo que no se puede hacer es obligar a otros a profesar esa misma religión, ni exigir de los contribuyentes que paguen por la difusión de esa religión. En otras palabras, uno tiene derecho a gritar, pero no a pedir que los demás lo escuchen o que el gobierno le compre un megáfono.

La desfachatez no termina.
El laicismo se basa en la creencia en la no existencia de Dios, lo que supone la no aceptación de la Verdad absoluta, porque al no existir Dios, la Verdad absoluta no existe o es inalcanzable, por lo menos a nivel objetivo.
Esto es aproximadamente igual que decir que la aeronáutica se basa en la creencia en la no existencia de Dios (¿por qué no decir “ateísmo” y listo? Debe ser para remarcar esa idea tan estúpida como extendida de que el ateísmo es una creencia…). Nada en la aeronáutica hace referencia a Dios. Un teólogo podría decir que Dios está en la aeronáutica porque es ciencia y creatividad humana y tanto el conocimiento como la facultad de crear vienen de Dios; fuera de esas vaguedades forzadas, creería que es bastante correcto decir que a nadie dedicado a la aeronáutica le importa la existencia de Dios en ese ámbito. Lo mismo con cualquier ciencia o disciplina fuera del sacerdocio o la teología o el arte sacro, probablemente.

El laicismo se basa en la idea de que es un derecho humano creer cualquier cosa, y que también es un derecho practicar cualquier religión, en tanto esto no infrinja los derechos de los demás y no ocasione daños a terceros. Si hay una creencia implícita aquí, es que los asuntos de una sociedad potencialmente diversa, con individuos autónomos, no pueden ser reglamentados en base a una doctrina religiosa, aun cuando se deje espacio a la reglamentación voluntaria de las vidas de los individuos en base a una fe religiosa dada. Para el creyente devoto y para el jerarca interesado en mantener poder y prestigio social, esto toma un aspecto amenazante porque el laicismo se transforma en una afirmación sobre su fe: los laicistas le estamos diciendo al creyente, al cura, al obispo, que hay límites que su dios no tiene permitido cruzar. Estamos negando la esencia de la religión organizada, que es la de mantener una hegemonía completa sobre los pensamientos y las acciones de la sociedad completa, de buen grado o por la fuerza. El catolicismo bien entendido es integrista, totalitario, al igual que el islam: sus doctrinas no permiten —de hecho explícitamente prohíben— la separación entre la esfera privada y la pública. No se puede dejar la fe en casa cuando uno sale a la calle o cuando se sienta en un escaño de legislador.

Trevijano concluye celebrando que al menos todavía haya elecciones libres, para que el totalitarismo laicista no pueda imponerse del todo. ¡Valientes palabras! El catolicismo español y latinoamericano nunca floreció tanto como bajo monarquías y dictaduras. Su adaptación a la democracia fue tardía, forzada, incómoda y visiblemente incompleta. ¡Pero que celebre el buen señor cura! Es el estado laico el que le garantiza a sus fieles libertad para creer las tonterías que dice y para ir a llenar su canasta de limosnas.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La Iglesia argentina y su amnesia selectiva sobre la dictadura militar

Si el amable lector escuchase por ahí que “Fulano de Tal va a revisar su actuación durante el período tal o cual”, siendo Fulano de Tal una persona conocida por haberse comportado de manera dudosa durante dicho período, pensaría seguramente que Fulano está finalmente dispuesto a asumir sus errores y faltas, a hacer una autocrítica. No tendría sentido que Fulano anunciase formalmente que “va a revisar su actuación” y luego no admitiese ningún error sino que reafirmase su postura de siempre, ¿verdad?

Está visto que esperar que la Iglesia Católica tenga sentido, o que muestre un mínimo de decencia institucional, es una pérdida de tiempo.
La Iglesia católica argentina anunció hoy su intención de revisar su actuación durante la última dictadura militar (1976-1983), aunque insistió en rechazar cualquier tipo de "connivencia" entre los obispos y el régimen de facto, tal como había sugerido en 2010 el expresidente de facto Jorge Rafael Videla.
(Videla dijo que había hablado “muchas veces” de la desaparición forzada de personas con el cardenal primado Raúl Primatesta, con la Conferencia Episcopal y con el nuncio apostólico Pio Laghi, y que en algunos casos la Iglesia había ofrecido “sus buenos oficios” para con los familiares de los desaparecidos.)


El comunicado de la Iglesia argentina sobre su “revisión” es de una falsedad repulsiva, casi alucinante. La connivencia de la jerarquía eclesiástica con la dictadura está tan documentada (y no precisamente por personas cuya palabra tiene nulo valor, como Videla) que resulta perverso negarla. La regla en la relación Iglesia-dictadura fue la colaboración, por cobardía o por aprobación explícita; hubo honrosas excepciones, pero fueron precisamente eso: casos excepcionales de valentía individual, algunos de los cuales costaron vidas. La dictadura estaba obsesionada con la preservación del mito de Argentina como país católico, con las Fuerzas Armadas como garantes del orden y la tradición de la Patria; la Iglesia les suministraba argumentos teológicos y justificaciones espirituales para la represión, bajo el paraguas de la lucha contra la subversión marxista y atea, bendiciendo sus armas, conminándolas a continuar el exterminio y asistiendo a los torturadores para que no flaquearan en su dura pero necesaria tarea.

Quien no le crea a este humilde blog puede consultar la amplísima documentación disponible, que no puede impugnarse salvo recurriendo a hipótesis conspirativas alocadas, y que hasta un grupo de sacerdotes se ha encargado de señalar, con profunda vergüenza por las evasivas de sus superiores. Mucha de la colaboración entre Iglesia y dictadura se hizo en secreto, pero otro tanto fue público o al menos abierto: discursos, homilías, cartas y documentos de jerarcas religiosos que quizá pensaban que jamás llegaría el día en que tendrían que dar cuenta de ello. Afortunadamente para ellos, la mayoría ya están muertos. De los pocos que quedan, como Christian von Wernich, sólo hemos obtenido silencios y falsos olvidos que hablan mucho más fuerte y claro que cualquier excusa de las que pueda inventar la jerarquía católica en su pretendida “revisión”.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Curiosos especímenes antiabortistas

El 1° de noviembre pasado, al cumplirse un año de la primera —luego malograda— discusión parlamentaria sobre el derecho al aborto en Argentina, organizaciones varias marcharon al Congreso y de allí a Plaza de Mayo. Allí cerca, en la puerta de la Catedral Metropolitana, los esperaba un grupo rival, compuesto por católicos, puestos allí para manifestarse “pro-vidas” y defender el templo ante previsibles graffitis o huevazos. Los separaba un cordón policial. A través de él volaron algunas botellas de plástico, hubo algunos forcejeos, insultos, etc. Hasta aquí todo bastante habitual. Incidentes similares ocurren durante cada Encuentro Nacional de Mujeres, en cada ciudad elegida, y ocurrieron en 2010 en La Plata durante una manifestación de la campaña Apostasía Colectiva. A veces los grupos anticlericales están exaltados, otros no, pero del otro lado es invariable la presencia de elementos verdaderamente siniestros, más que simples católicos devotos.

Este último caso no fue la excepción, pero en las fotos y videos difundidos aparecieron un par de elementos que yo no había visto antes y que me sorprendieron un poco, elementos que mucha gente desconoce y que la cobertura mediática no se molestó en dilucidar.


La bandera “Religión o Muerte” no es una invención de los “pro-vida” sino un recordatorio de una vieja lucha. Facundo Quiroga, caudillo de la provincia de la Rioja en la primera mitad del siglo XIX y ferviente católico, la adoptó cuando el gobernador de la provincia de Buenos Aires (y encargado de las Relaciones Exteriores de la todavía no formada Argentina), Bernardino Rivadavia, garantizó un régimen de libertad religiosa, por un acuerdo hecho con sus aliados comerciales británicos. (Hasta entonces, y como siempre había sido en la muy católica Argentina colonial y en la fanáticamente católica España, no ser católico era ser un paria. Para los extranjeros de religión anglicana o protestante eso complicaba mucho asentarse en el país o realizar inversiones.) “Religión o Muerte” fue el grito de guerra de Quiroga contra el gobierno liberal porteño, centralista y europeizante. No era una proclama muy pro-vida que digamos; de hecho era un llamado contra la libertad religiosa, hoy curiosamente tan ensalzada por los católicos.

El hombre canoso de bigotes que sostiene la bandera argentina es —según parece— uno de los mellizos Gristelli, integristas bien conocidos, dueños de una librería porteña que publica libros católico-fascistas y que ya han tenido varios choques con la Justicia (en un caso, por atacar a militantes de izquierda, en defensa del ex-comisario de la dictadura y asesino Miguel Etchecolatz; en otro, por entrar con un grupo de choque a destruir una exhibición “blasfema” de obras de León Ferrari).

Detrás de la bandera de la muerte, justo sobre Gristelli, asoma una bandera argentina burdamente emparchada con un dibujo redondeado y flanqueado por puntas rojas. A la derecha, en un plano bastante posterior, se ve de canto otra bandera, blanca y roja. Lo que vemos en el centro de la bandera argentina intervenida es de hecho un emblema del Corazón de Jesús, sobreimpreso en una variante de la Cruz de San Andrés, que es el mismo dibujo que luce, en grande, la bandera más al fondo: un par de aspas rojas con “ramas” diagonales como de árbol, sobre un fondo blanco: una Cruz de Borgoña, emblema originalmente del Imperio Español y, más tarde, del carlismo, un movimiento tradicionalista antiliberal español del siglo XIX. La Cruz de Borgoña fue también el emblema de la Comunión Tradicionalista de los años 1930, hasta 1937, en que la CT se fundió con la Falange Española, la milicia fascista que ayudó a desatar la Guerra Civil y sirvió de base al gobierno del dictador Francisco Franco. Increíblemente la CT sobrevive hoy en una Comunión Tradicionalista Fascista y hay en Argentina un grupúsculo, Carlismo Argentino, que sigue en la misma tónica, algo modernizados (hasta un blog y página en Facebook tienen).

La Fundación María Reina de Luján, que se presenta en Facebook como encargada de “la coordinación y promoción de todo tipo de actividades de caridad, solidaridad o capacitación”, subió además este video de la “defensa de la Catedral y de la Vida”, explicando que “Cientos de Argentinos resitieron todo tipo de improperios e insultos con su cuerpo y espiritu altivos e inquebrantables. Hombres, mujeres y niños contra los paladines de la muerte y la anarquía social.”


Luján (provincia de Buenos Aires) es el centro del culto nacionalista a la Virgen de Luján, patrona de Argentina, es decir, la semidiosa imaginaria que según el estado argentino protege a todo el país, sean católicos o no. En el ideario de estas asociaciones nacionalcatólicas está muy presente la concepción de los no católicos como, básicamente, extranjeros o “vendidos”: así se manifiesta en el contraste que hacen entre argentinos resistiendo en la Catedral, casa de Dios y santuario de argentinidad, contra los demás, que quieren destruir el país.

De poco sirve, pienso yo, ir a manifestarse frente a un templo o insultar a la Iglesia. Creo que es un gesto inútil y que coloca a los movimientos de derechos humanos (como el derecho al aborto) en una posición de agresores que no les corresponde, y peor aún, que permite a los medios mostrarlos a ellos y a los fanáticos religiosos como dos caras de la misma moneda. Si hay algún mérito a esta provocación es, en todo caso, el hacer salir de abajo de las piedras a este conjunto de bichos arcaicos.