martes, 15 de junio de 2010

Fútbol y religión (A194)

Fútbol y religión: un anuncio de Adidas
El tema inevitable es el fútbol. Como parte del 9% de los argentinos a los que no les importa en lo más mínimo dicho deporte, me resulta de todas formas entretenido observar el fenómeno del Mundial, que exacerba el parecido entre fútbol y religión. (Si fanáticos de una u otra disciplina se sienten vagamente insultados por la comparación, ésa era la idea.)

Buscando noticias para escribir (ya que el frente doméstico, fuera de las repetidas y ya aburridas proclamas cristianas contra el matrimonio gay, permanece tranquilo) no fue difícil encontrar ejemplos de esta relación.

Un estudioso norteamericano de la religión, Bradley Onishi, cuenta de cómo descubrió la “religión del fútbol” en 1994, en una época en que él, que jamás le había prestado atención al soccer, estaba “sumergido en angustia adolescente inspirada por Pearl Jam” y “no iba a dejar que nada, incluyendo Estados Unidos vs. Rumania, me sacara de allí”.
Si no se trata de religión, parece ser que la única forma de explicar el fenómeno de la Copa del Mundo es mediante categorías y conceptos que generalmente reservamos para lo religioso y lo sagrado. […] [El fútbol] crea una obsesión superior a todo, una devoción sin freno y, tristemente, un fanatismo violento. ¿No les empieza ya a sonar como religión?
Ésta vendría a ser la forma más sensata de ver la relación del fervor religioso con el futbolístico (Onishi es un creyente). Otra forma, más tonta, es la de esos creyentes —que nunca faltan— que se ofenden por la mera asociación de sus absurdos rituales con los no menos absurdos rituales deportivos. Como los católicos que quieren boicotear a Hyundai por un anuncio blasfemo donde se parodia una procesión y misa, con una pelota en lugar de Cristo y pedazos de pizza en vez de hostias.


(P.D.: el anuncio ha sido retirado por Hyundai. Y bien, dicen que el cliente siempre tiene la razón…)

Poco hay que decir, aunque vale la pena leer los comentarios a la noticia en InfoCatólica: predeciblemente, no pasan más de tres hasta que aparece la envidia de la fatwa.
El caso es que jamás se les pasaría por la cabeza hacer lo mismo parodiando la oración del viernes en una mezquita ni la del sábado en una sinagoga. Ni tampoco la de cualquier otro culto no católico. Sólo se les ocurre parodiar el culto católico. O a lo mejor es que sólo se atreven con éste.
No sé cómo llamar a la alusión, también frecuente en estos casos, al judaísmo. Hasta donde sé, ni siquiera los más radicales rabinos ortodoxos utilizan una figura comparable a la de las fatwas asesinas que son tan comunes entre los hipersensibles musulmanes.

Hablando de lo cual llegamos al tercer ejemplo de cómo interacciona la religión con el fútbol. Es un hecho sabido que las variadas distracciones y obsesiones de las personas compiten entre sí por la cantidad de energía y tiempo que les dedicamos, y que los sistemas autoritarios buscan reorientar esa energía para sus fines; en ese sentido, la denigración del sexo y la glorificación de la templanza y la pureza corporal son una constante en regímenes tan opuestos como el comunismo estalinista y su reacción, el macartismo estadounidense. La negación de entretenimientos como los deportes fuertes y la música movida también suelen formar parte de ese cóctel. En Estados Unidos se prohibió la venta de alcohol, y aun hoy se ve el consumo de drogas recreativas como una falla moral; en Afganistán los talibanes prohibieron la música y la televisión y cerraron los cines.

Es difícil encontrar ejemplos más claros de esta tendencia que en los países musulmanes. El islam es cosa seria; el sometimiento a la voluntad de Dios debe ser el interés exclusivo del creyente (en realidad, de todo aquel que tenga la mala suerte de vivir en un país cuya ley es la shari’a). Y cuando el mandato religioso no basta, el asunto se arregla con la fuerza. Como en el caso de los islamistas somalíes que asesinaron a dos personas por mirar el partido Argentina–Nigeria el pasado sábado 12. Y no era la primera vez.
En 2006, la Unión de Cortes Islámicas, que controlaba por entonces la mayor parte de Somalia, prohibió mirar la Copa del Mundial, describiendo al fútbol como “acto satánico”; como resultado, murieron dos fans y decenas fueron arrestados […] cuando militantes fuertemente armados atacaron un cine donde estaban mirando un partido.
¿Y la razón?
“El fútbol proviene de las antiguas culturas cristianas y nuestro gobierno islámico jamás permitirá que se lo vea. Le estamos dando a la gente la última advertencia”, dijo el sheikh Abu Yahya Al Iraqi, dirigiéndose a una multitud […] horas antes del comienzo de la Copa del Mundo el viernes.
Y hay más antecedentes. En 2005 el periódico saudí Al-Watan publicó una fatwa donde se condenaban ciertos aspectos del juego, de forma intencionalmente hilarante: entre otras cosas, comanda a escupir en la cara de quien meta un gol y lo festeje abrazando o besando a sus compañeros, jugar con ropas comunes o en pijamas (!) pero no en shorts y remeras de colores “porque esas no son ropas musulmanas”, no jugar dos tiempos sino uno o tres “para diferenciarse de los infieles”, castigar las faltas según la shari’a y no con tarjetas amarillas o rojas, y jugar con un número distinto de once porque así juegan “los herejes, los judíos y los malvados americanos”.

En fin. Pertenezco, como dije al principio, a ese pequeño porcentaje de argentinos que no sienten el menor interés por el fútbol. Creo que lo que más me desagrada es el parecido del fútbol con la religión: la irracionalidad que despierta, los fervores pueriles que alienta, su potencial emocional para distraer la atención de la gente de asuntos importantes, su justificación como fuente de felicidad, siquiera momentánea, para los que no tienen motivos reales para ser felices. Pero incluso así, lo prefiero a los ofendidos católicos que gritan “¡blasfemia!” ante cualquier burla y a los asesinos de la diversión musulmanes.