jueves, 9 de mayo de 2013

El príncipe de este mundo al ataque

El sábado 4 de mayo el papa Francisco dio misa y predicó una homilía en la que aseguró, según los medios que fielmente publican hasta la menor tontería que Francisco dice, que “con el diablo no se puede dialogar”. Esta tremebunda sentencia causó algo de gracia en la ateosfera. Con el diablo no se puede dialogar, en primerísimo lugar, porque el diablo no existe; con el diablo no se puede dialogar, pero con Hitler, Franco, Pinochet y Videla sí que se puede; etc. etc.

La homilía sale publicada íntegra en el sitio apologético (dizque “agencia de noticias”) Zenit, y allí podemos verificar que Jorge Bergoglio no dijo jamás “diablo”. Bergoglio utiliza la expresión “el príncipe de este mundo” (tomada del evangelio: Juan 12:31), de manera similar a como en su carta declarando enemigos de Dios a los que nos oponemos a la agenda antihomosexual de la Iglesia le llama “padre de la mentira” (Juan 8:44). Quizá obre allí el miedo, típico de la gente supersticiosa, a invocar un nombre nefando, no vaya a ser que el mismo actúe por una especie de magia simpática (aunque en la susodicha carta sí apareció “el demonio”).


El príncipe de este mundo es el demonio porque “el mundo” es maldad, es corrupción, es el placer, es el deseo de poder y dinero, etc. Bien me podrán señalar los cristianos que el concepto de “mundo” no es idéntico al significado habitual de la palabra “mundo”, y que su uso no implica un desprecio a lo material y sensual, pero ante esto habría que decir que la palabra elegida podría haber sido otra y no precisamente ésa, al igual que San Pablo podría haberse referido a la inmoralidad sexual con un término distinto a “la carne”.

La cuestión es que Bergoglio/Francisco dice en su homilía que los cristianos son hoy más perseguidos que en los primeros tiempos (del cristianismo), y que esa persecución proviene del odio del diablo a quienes son salvados. ¿Qué decir de esta prédica alucinada? En términos numéricos, es cierto que los cristianos son más perseguidos hoy que hace dos mil años. De hecho las persecuciones oficiales fueron esporádicas y poco significativas, más allá de las historias de cientos de cristianos echados diariamente a los leones que nos ha mostrado el cine; y gran parte de los mártires cristianos son inventados.

Hoy la persecución a los cristianos se registra casi exclusivamente en los países de mayoría musulmana, el último brote del ponzoñoso tronco abrahámico. ¿Estará el demonio inspirando a los musulmanes al odio anticristiano? Francisco, estoy seguro, renegaría de tal interpretación, porque ha sabido mantener una reputación de persona abierta, ecuménica, incluso mientras a puertas cerradas confiese, como cualquier otro católico devoto, que fuera de la Iglesia no hay salvación.

¿Se refiere el papa a otra cosa? ¿Estará hablando de esa ridícula “persecución” que sus subordinados ven en cada pequeño intento de avanzar hacia la laicidad o hacia los derechos humanos en los países del antes llamado “Occidente cristiano”? ¿Hablará del “ambiente de pogromo” que los malvados medios de comunicación han desatado en los países donde los sacerdotes han abusado sistemáticamente de niños? ¿Pensará en el “totalitarismo laicista” que denuncian los obispos cuando un país moderno se plantea dejar de rendirle pleitesía a la Santa Sede?

El mundo está de hecho en contra de la Iglesia en todos los lugares donde la “libertad religiosa” (de quitarle la libertad a los no cristianos) ha sido conculcada en favor de la neutralidad del estado ante la fe. Debe haber sido Satanás quien logró que los disidentes religiosos no fueran torturados o quemados vivos, que las mujeres solteras pudieran criar a sus hijos sin que se los quitaran, que estos hijos no fueran considerados de segunda clase con respecto a los hijos “legítimos” de los matrimonios, que los matrimonios pudieran hacerse por vía civil, que dichos matrimonios pudieran disolverse, que las mujeres pudieran decidir bloquear la posibilidad de concebir, que los homosexuales pudieran dejar de temer la prisión o la muerte sólo por serlo. Si el príncipe de este mundo fuese el que ha inspirado esta curiosa “persecución” que para los cristianos representa el no poder ser dueños y señores de la ley e imponer su dogma a los demás, ¡casi no habría persona en el mundo que no debiera hacerse satanista a modo de agradecimiento!

Incluso los sacerdotes católicos deberían estar agradecidos: esta “persecución” inspirada por el demonio no sólo les ha dado material autovictimizante para durarles cientos de homilías, sino que sus efectos los protegen si —como sucede con alarmante frecuencia— son descubiertos en un desliz sexual o ideológico que en otra época podría haberles costado la vida o la desgracia.

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