miércoles, 4 de enero de 2012

La trampa de la intolerancia

No me resulta fácil citar con aprobación una fuente de la Iglesia Católica; reconocer que por una vez reportaron los hechos de una noticia sin demasiados retoques apologéticos ni distorsiones. Hace unos días DesInfoCatólica advirtió El lobby gay pretende que se vete un libro sobre la homosexualidad en El Corte Inglés, refiriéndose a Comprender y sanar la homosexualidad, del psicoterapeuta estadounidense Richard Cohen. Del título sólo se puede objetar en forma menor que el libro no es sobre la homosexualidad sino sobre la visión irreal y anticientífica que Cohen tiene de la misma; de la bajada de la noticia, que llame a Richard Cohen “psicoterapeuta” sin mencionar que en 2002 American Counseling Association le quitó su licencia debido a —entre otras cosas— “buscar satisfacer sus necesidades personales a expensas de los clientes, explotar la confianza y dependencia de los clientes, y requerir testimonios personales o promover productos en forma engañosa”.

Lamentablemente el grueso de la noticia era correcta; la Federación Andaluza de Asociaciones LGTB (el pomposamente llamado “lobby gay”) recolectó firmas para exigir que se retire de la venta el libro en la cadena española de almacenes por departamento El Corte Inglés, argumentando que promover una obra que califica a la homosexualidad como un trastorno psicológico es discriminatorio. La protesta, como suele ocurrir en estos casos, sólo contribuyó al éxito del libro, al pasarse la posta de la indignación los colectivos católicos antihomosexuales. Inútil es señalar las instancias recientes de pedidos de censura de esos fanáticos religiosos a publicidades, libros, obras de arte y otras producciones culturales de todo tipo, como así también sus intentos por suprimir de la educación toda ideología y toda ciencia que no concuerde con sus dogmas y doctrinas; inútil también recordarles su larga historia de prohibición y quema de libros (a veces acompañados de sus autores). Se trata de personas que se enorgullecen de ser intolerantes y para quienes esta táctica de la Federación LGTB vino como anillo al dedo para señalar “la intolerancia de los tolerantes” (dicha esta última palabra con tono de desprecio, el mismo que utilizan al hablar de los “progres”). Este orgulloso desprecio es el que les ayuda a ver inmensas vigas en los ojos ajenos sin notar ni una brizna de paja en el propio.

Tengo más para decir sobre Richard Cohen y sus ideas (El País le hizo una entrevista, por si alguien desea informarse, teniendo en cuenta que se trata casi seguramente de un aviso pagado), pero más que el contenido del libro me preocupa la reacción a él. Si exigimos que no se venda porque es científicamente y políticamente incorrecto, ¿con qué argumento no pedimos también que se quiten de circulación cientos, miles de otros libros de esta clase? En cualquier librería grande hay libros de autoayuda que transmiten una visión fantástica y potencialmente muy dañina del mundo y de los seres humanos. ¿Y qué pasará cuando otros pidan que se prohíban los libros que nos gustan? Podemos argumentar que no es lo mismo porque nosotros tenemos la razón (la ciencia, los derechos humanos, la modernidad) de nuestro lado. ¿Importa eso, en la práctica? Es obvio que no, que nunca ha importado, que lo que vale es el poder de lobby.

Quizá debamos pensar en una estrategia distinta. Quizá debamos pedir, como clientes y consumidores, que al lado de cada libro promoviendo una cura para la homosexualidad haya uno que promueva la autoaceptación de la sexualidad propia; que junto a cada panfleto apologético haya un estudio serio de los textos sagrados que demuestre su inspiración puramente humana; que junto a cada hagiografía complaciente haya una biografía. Más libros, no menos, jamás.