El recorte es de la página de “Yo no tengo problema ni me hago complejos por la Santa Inquisición” (si hacen click en la imagen pueden verlo en tamaño normal). Lo tomé por si acaso algo era borrado. Quiero llamarles la atención sobre el primer comentario:
Roberto Diaz Saez “Por favor, borren los comentarios de los progres de abajo. Nosotros somos tradicionalistas católicos, no estamos para responder uno por uno, los argumentos de los progres.”Este tal Díaz Sáez (que por lo visto no sabe poner los acentos en su propio apellido) parece ser uno de los que lleva la voz cantante. Cito esto para que quede claro quiénes y qué son los que crearon este grupo.
Lo más jugoso está en la descripción de la página:
“Cansados de la sistemática campaña anti católica, reivindicamos el pasado de nuestra Santa Madre Iglesia. Y no nos acomplejamos con su historia. En su momento cada paso que se dio respondió a la realidad y coyuntura histórica que se vivía.”La campaña anticatólica a la que alude (¿conducida por quién? ¿sistemática en qué sentido?) es la simple narración de las atrocidades cometidas por la Iglesia Católica a lo largo de su larga historia, con las esperables —pero fácilmente distinguibles— exageraciones y distorsiones por parte de pseudohistoriadores sensacionalistas y escritores de bestsellers. Hay una especie de reflejo pavloviano entre ciertos católicos, que cuando se les menciona la Inquisición ladran automáticamente “¡leyenda negra!”. El lamebotas vaticano Vittorio Messori ha escrito un libro entero sobre esto. Pero aparentemente la susodicha campaña no será simple invención de leyendas, porque de lo contrario, ¿qué habría para reivindicar, qué cosa que los demás consideramos tan terrible pero los católicos tradicionalistas afirman sin problema ni complejos?
Y aquí está el centro de la cuestión: “En su momento cada paso que se dio respondió a la realidad y coyuntura histórica que se vivía.” Parece que la valentía falló, y gravemente, porque ésta es un defensa que niega la inmutabilidad de la ley moral: es lo que yo llamaría el “gambito relativista diacrónico”. Esquiva, escudándose en el contexto histórico, el hecho indudable e indiscutible de que quemar viva a una persona por no creer en los mismos artículos de fe que uno es una acción profundamente inmoral, degenerada. Y por eso es que parto de un insignificante grupo de fanáticos religiosos de Facebook: porque esta defensa es típica de los más altos niveles del academicismo vaticano:
“Hemos descubierto que [la tortura] se aplicaba a menos del 10 por ciento de los procesados y siempre en condiciones mucho más benignas que en los juicios civiles del momento. La tortura nos choca hoy mucho […] pero durante mucho tiempo formaba parte de la normalidad procesal.”¡Valiente excusa! Son palabras de Agostino Borromeo, historiador y editor de un libro que recoge las actas de un Simposio realizado en 1998 en el Vaticano precisamente para debatir críticamente (es decir, buscar excusas para) la Santa Inquisición.
“Hemos descubierto”, dice Borromeo, pero se nos perdonará a los escépticos que dudemos si a los descendientes ideológicos de un grupo de psicópatas y criminales despiadados se les encomienda la tarea de narrar objetivamente lo que hicieron sus padres en la fe. Los archivos del Santo Oficio estuvieron cerrados hasta 1998, y las pérdidas accidentales y de las otras han sido considerables.
Sea como fuere, que una organización “sólo” torture al 10% de sus víctimas y “sólo” queme vivas a un 2% de ellas no puede servir para reivindicarla. Y mucho menos la idea que “eso era lo normal” o que la violencia se debió “a la coyuntura histórica”. La moral cristiana es intemporal. La Iglesia machaca todos los días contra el relativismo moral y la pérdida de los valores, de la “ley natural” supuestamente inscripta en el corazón del hombre por su Creador. No se puede argumentar eso y después excusar a la Inquisición porque bueno, estos obispos medievales eran unos brutos iguales que los reyes y que el resto de la chusma de la época.
La Inquisición, con sus torturas y amenazas de tortura (a Galileo nunca lo torturaron, pero le mostraron los instrumentos con que lo harían), con sus juicios farsescos donde acusador y juez eran lo mismo, con su conveniente deferencia hacia las leyes seculares contra los herejes que la misma Iglesia había obligado a promulgar… todo eso fue ideado, planeado, justificado y ejecutado con atrocidad sistemática durante siglos. Se lo llamó Santo Oficio y los hombres que la hacían funcionar no pensaban que lo que hacía fuera inmoral, porque papas y teólogos, con fina y feroz retórica, les habían explicado una y otra vez con toda claridad que aterrorizar, torturar y ahorcar o quemar o desollar viva a la gente era correcto y deseable a los ojos de Dios.
Que no se diga jamás que la Inquisición fue un fruto de su tiempo o una mancha inevitable, ni tampoco una anomalía o un descontrol. Los fanáticos tradicionalistas están en lo cierto en una cosa: sentir complejos por el pasado es una hipocresía. Que ellos lo defiendan; a nosotros nos basta exponerlo tal como fue, sin comentarios.
La Inquisición, con sus torturas y amenazas de tortura (a Galileo nunca lo torturaron, pero le mostraron los instrumentos con que lo harían), con sus juicios farsescos donde acusador y juez eran lo mismo, con su conveniente deferencia hacia las leyes seculares contra los herejes que la misma Iglesia había obligado a promulgar… todo eso fue ideado, planeado, justificado y ejecutado con atrocidad sistemática durante siglos. Se lo llamó Santo Oficio y los hombres que la hacían funcionar no pensaban que lo que hacía fuera inmoral, porque papas y teólogos, con fina y feroz retórica, les habían explicado una y otra vez con toda claridad que aterrorizar, torturar y ahorcar o quemar o desollar viva a la gente era correcto y deseable a los ojos de Dios.
Que no se diga jamás que la Inquisición fue un fruto de su tiempo o una mancha inevitable, ni tampoco una anomalía o un descontrol. Los fanáticos tradicionalistas están en lo cierto en una cosa: sentir complejos por el pasado es una hipocresía. Que ellos lo defiendan; a nosotros nos basta exponerlo tal como fue, sin comentarios.