Como ya sabrán muchos de ustedes, el viernes 10 de diciembre es el día elegido este año para la iniciativa de Apostasía Colectiva de este año. Se la ha denominado “Apostasía Colectiva de Nuestra América” porque, a diferencia de la primera edición, que se organizó y realizó en Argentina, se han unido en esta ocasión organizaciones y personas de varios otros países latinoamericanos.
En Argentina se van a realizar acciones en Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata, Rosario, Mendoza, Salta y San Juan, y tenemos noticias de apostasías en Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela. (Esta información está tomada de una versión más completa en el sitio oficial de Apostasía Colectiva, que recomiendo visitar.)
El objetivo primario de la iniciativa es mostrar al público en general que existe una gran cantidad de gente que, a pesar de ser bautizada, no adhiere a la Iglesia Católica, y que existe una manera de ser eliminado de sus registros de forma de no inflar artificialmente la cantidad de católicos de un país, cantidad que la Iglesia utiliza frecuentemente como argumento para oponerse a leyes progresistas. Apostatar es un acto individual y privado que puede hacerse en cualquier momento; apostatar en forma pública y colectiva le da un valor extra al acto por cuanto rompe un tabú y marca una posición ética y política: no seguir participando en una institución a la que nos oponemos, no caer en el conformismo, ejercer el derecho y cumplir con la obligación moral de disentir contra lo que daña al individuo y a la sociedad.
Invito a todos los lectores a hablar de la apostasía y escribir sobre ella, incluso aunque no adhieran a la iniciativa este año. Conversémoslo con nuestros amigos y familiares. Quienes tengan un blog, dedíquenle un par de párrafos. Cuanto menos posteemos un link, una reflexión corta, en nuestras redes sociales. Salirse de la Iglesia no debería ser más traumático ni complicado que desafiliarse de un partido político o un club deportivo.