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Foto: Luis Argerich |
Tenía la vaga idea de que la Basílica de Luján era propiedad estatal usufructuada por la Iglesia: injusto, pero nada raro. Tenía también la idea de que el estado nacional había estado gastado cierta cantidad de dinero en restaurarla: lo esperable. Pero no sabía que se habían gastado 86 millones de pesos (unos 15 millones de euros o más de 21 millones de dólares) desde 2003, y la verdad, no tenía idea de que tuvieran pensado gastar aún más para luego regalarle el edificio restaurado a la Iglesia. Eso me demostró que he estado distraído, puesto que la presidenta Cristina Fernández (entonces aún no viuda) de Kirchner había inaugurado con un divagante discurso y una multitud de seguidores presentes las obras de la segunda etapa de la restauración, en marzo de este año. La verdad, no miro televisión y no sigo las apariciones públicas de la presidenta (como tampoco las de los miembros de la oposición, con escasísimas excepciones); eso me evita caer en la desesperación y arrojarle cosas al aparato. He aquí el discurso que Cristina dio el 30 de marzo de 2010 en Luján.
Se trata de uno de esos casos en que uno debería poder terminar escribiendo “Sin comentarios” pero claramente no debe hacerlo: en este caso particular, porque la presidenta (como vimos) tiene una cantidad de seguidores absolutamente desprovistos de espíritu crítico que sí necesitan escuchar esos comentarios. Desmenucemos el discurso:
- “Eminencia Reverendísima”: más allá del protocolo, ¿no les suena medieval, además de rastrero e impropio del primer magistrado de una nación moderna, dirigirse a un funcionario con tales títulos? Eminencia es equivalente a Alteza, título de reyes; reverendo es aquello que demanda reverencia, sumisión, una demostración de inferioridad. Bastante ya con que les pagamos los sueldos a estos parásitos, con que además tengamos que dirigirnos a ellos como si fueran nobles.
- La Virgen de Luján es “la patrona de todos los argentinos”. ¿Qué significa eso? Que los argentinos estamos encomendados por el gobierno a la protección de un ser mitológico cuyas características más distintivas incluyen el hecho de haber parido un hijo sin tener relaciones sexuales y haber subido volando al cielo al morir. Los argentinos no católicos también tenemos esa patrona, la queramos o no.
- Todo el asunto de las “señales” es patético y pedestre, tanto en forma como en contenido, y especialmente lamentable en boca de una persona a la que ni siquiera sus enemigos más enconados solían negarle una retórica envidiable, precisa y filosa. La anécdota familiar termina de sepultar lo poco de serio que tenía el asunto.
- “La fe, aun en aquellos que no la tengan, siempre merece respeto.” Ya que la presidenta habla por todos los argentinos, bien podría yo también arrogarme el derecho de hablar por los no creyentes y decir: no todos creemos que la fe es respetable. La fe es renunciar a pensar. La fe es confiar ciegamente en instituciones y personas que no merecen la más mínima confianza. La fe es reducirse voluntariamente al nivel mental de un niño. Que un obispo defienda lo que le da de comer, vaya y pase, pero que la presidenta de un país laico pontifique sobre la fe es inadmisible.
- La Basílica de Luján no es un lugar “de mucha paz, de mucho amor para todos los argentinos”. Es un centro de peregrinación utilizado por una religión oscurantista cuyos líderes se han opuesto a todos los avances en derechos civiles que se han logrado desde que somos nación y han apoyado a los dictadores y sus muchos colaboradores que todavía hoy están siendo juzgados. Es un símbolo de la rendición de un pueblo pobre e ignorante a la superstición, fomentada por obispos y por presidentes a la par. La fe popular no está separada de la Iglesia, sino que es resultado directa de la influencia continuada de ésta.
Está muy fuera de mi alcance hacer un análisis sociológico de los argentinos, de cómo nuestra “fe” en nosotros mismos parece siempre oscilar entre el triunfalismo irrealista y el fatalismo cínico, contra un fondo de fe religiosa patriótica, nacionalista, profundamente provinciana, profundamente tonta. No soy un simpatizante de la presidenta, pero hasta ver este video no había tomado consciencia de la magnitud de su superficialidad en lo que respecta a este tema crítico. No se trata de desalentar las peregrinaciones —eso sucederá solo, si acaso, cuando la educación y el pensamiento crítico eviten que tantos argentinos sean condicionados a creer en mitologías y milagros— sino de, como mínimo absoluto, no alimentar con dinero público y con la legitimación del poder estatal a una institución cuyo interés mayor es mantener a la población sumida en la ignorancia. Necesitamos un movimiento político progresista laico, realmente secular, que nos libere de la sumisión colonial a Roma, pero lamentablemente el kirchnerismo no está a la altura de las circunstancias.