jueves, 24 de marzo de 2011

Dios sigue enviando señales (A229c)

Prof. Roberto De Mattei
Me gustaría prometer que éste va a ser el último post sobre los fanáticos religiosos que claman que el terremoto de Japón fue una señal de Dios, pero lo cierto es que los susodichos se siguen esforzando por mostrar su credulidad, su arrogancia y, sobre todo, su profunda falta de humanidad. El último de la lista —hasta ahora— es el historiador italiano Roberto De Mattei.

En una entrevista en Radio Maria, De Mattei se sintió autorizado para expresar su opinión sobre lo que Dios quiso decirnos con el terremoto, el tsunami y la crisis nuclear en Fukushima: dijo que el sismo había sido “un modo de purificar”. Y otras píldoras de sabiduría:
“Dios se sirve de las grandes catástrofes para alcanzar un alto objetivo de su justicia.” 
“Dios no puede hacer que el terremoto golpee a los culpables y preserve a los inocentes. Claro que a veces salva al inocente con un milagro, pero no es obligatorio.” 
“El culpable está, pues, en la misma condición que el inocente. Su muerte es la ejecución de un decreto de Aquél que es dueño de la vida y la muerte. ¿Por qué asombrarse al ver niños inocentes muriendo bajo los escombros?” 
“El terremoto es un bautismo de sufrimiento que ha limpiado sus almas, porque Dios los ha querido salvar de futuro sombrío.” 
“Las grandes catástrofes son una señal terrible pero paternal de la benevolencia de Dios, que nos recuerdan los límites últimos de nuestras vidas. Si la Tierra no ofreciera peligros, dolores o catástrofes, nos fascinaría… y olvidaríamos con facilidad que somos ciudadanos del cielo.” 
“A la culpa del pecado original se le añaden nuestros pecados personales y colectivos, y si bien Dios premia y castiga en la eternidad, es en la Tierra que premia y castiga a las naciones.”
El Profesor De Mattei no es sólo uno de esos académicos católicos que sólo sirven para alimentar a la comunidad cerrada de fanáticos que sólo leen libros con imprimatur y nihil obstat. Es un crítico del Concilio Vaticano II y de todo lo que suene a modernización o progresismo en la Iglesia, un furibundo apóstol contra el relativismo cultural y un reconocido antievolucionista. Preside la Fundación Lepanto, “dedicada a defender los principios e instituciones de la civilización occidental y cristiana” (si alguien no entiende la referencia, fíjese quién le ganó a quién en aquella famosa batalla). Desde 2002 a 2006 fue asesor de asuntos internacionales del gobierno italiano, así como miembro de la Sociedad Geográfica Italiana, y al día de hoy es el vicepresidente del Consejo Nacional de Investigación (CNR), la institución pública de fomento a la investigación científica más importante de Italia.

A causa de estas escandalosas declaraciones, ya hay gente pidiendo su inmediata dimisión del CNR. Incluso sin esto, por supuesto, ya era escandaloso que un cavernícola que todavía cree que Adán y Eva fueron personas reales tuviera un cargo, cualquiera, en cualquier tipo de institución con un estándar mínimo de compromiso con la ciencia.

Como en otros casos, aquí el problema no pasa por el derecho de nadie a creer estupideces o a expresar sus ideas religiosas, por más repugnantes que sean. Y no es un problema de los ateos o los no-católicos. Es un problema para los creyentes, porque una vez aceptada la existencia de Dios como premisa, no hay manera racional de oponerse a personas como De Mattei. No debemos esperar que ningún obispo, cardenal, vocero vaticano o teólogo papal lo refute convincentemente, porque es imposible: con un Dios mudo, tan impotente que sólo puede hablar a través de seres humanos, nunca se puede saber.

Por eso causa gracia escuchar a los que denuncian el relativismo, o proclaman que el orden impuesto por Dios al universo es el origen de la ciencia moderna, o citan a Dostoievski: “si Dios no existe todo está permitido”. Es justamente al revés: existiendo Dios, tal como ellos lo pintan, cualquier cosa está permitida para quien sepa moldear el concepto de Dios; existiendo Dios, nada está seguro, todo puede ser modificado, lo bueno puede volverse malo y lo malo bueno según los dictados de Dios —transmitidos siempre por sus voceros— lo manden; existiendo Dios, no hay orden, sólo hay una intencionalidad inescrutable, voluble, caprichosa, en el fondo de todo. Así un terremoto puede ser un aviso, una señal, un castigo, una prueba, o bien nada de eso o todo eso junto: un misterio más para los amantes del misterio y de la oscuridad.