jueves, 10 de marzo de 2011

El crimen del padre Alessio (A228)

Como ya sabrán muchos de los lectores por la prensa, el sacerdote Nicolás Alessio, que había sido suspendido por el arzobispo Carlos Ñáñez en julio de 2010 mientras se le sometía a juicio canónico, acaba de ser separado definitivamente de sus funciones. ¿La razón? Haber apoyado públicamente la reforma del Código Civil que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo.

No escribí nada sobre este cura por entonces porque me cuesta asumir una postura justa o al menos coherente frente a quienes podríamos llamar progresistas o reformistas dentro de la Iglesia Católica (o de cualquier otra religión). Entiendo muy bien que todos tenemos limitaciones, y una de las mías es la incapacidad de comprender la forma de pensar de quien pertenece orgánicamente a la Iglesia pero rechaza sus dogmas y su autoritarismo. Supongo que es posible, con mucha fe, creer que uno está en lo correcto y que “Dios” (definido a gusto del hablante) está del lado de lo que consideramos correcto. A la vez percibo como una limitación de Nicolás Alessio —y de infinidad de otros sacerdotes y laicos— la incapacidad de dar un paso más y convencerse de que esa Iglesia a la que rechazan como corporación es también la Iglesia que cada día recicla el concepto de “Dios” para su uso propio, la Iglesia que (para todos los fines prácticos) inventó al dios que ellos adoran.

Es que, aunque intuitivamente resulte paradójico, es el sacerdote o el laico comprometido el mejor posicionado para descorrer el velo de la fe y enfrentar el vacío que hay detrás de él. Quien comercia diariamente con objetos preciosos es quien está mejor entrenado para detectar cuándo son falsificados. (La analogía falla, eso sí, porque no existen esos preciosos dioses genuinos: todos ellos son igualmente un fraude, aunque algunos son fraudes más evidentes que otros.)

De la Iglesia dice Alessio: “Es antidemocrática, autoritaria y se opone a todos los que piensen distinto.” ¿Y cómo podría ser de otra manera? La Verdad no puede someterse a votación, y siendo la Verdad lo más importante (más incluso que la propia vida, como bien sabían los inquisidores medievales), ¿cómo se le va a permitir a un pastor de almas llevarlas por el camino de la mentira? ¿Nicolás Alessio nunca supo antes cómo era la Iglesia a la que pertenece por propia voluntad?

Dije más arriba que me cuesta ser justo. No es fácil borrar décadas de adoctrinamiento y de autoengaño. Alessio es una víctima de su propia formación religiosa, igual que la mayoría de los creyentes. Su progresismo, su humanismo de base, es indiscutible, pero no se ha dado cuenta todavía de que no necesita la muleta de la religión para afianzar esa base. Es mil veces preferible una Iglesia incoherente con su doctrina, una Iglesia formada por gente como Alessio, que una Iglesia más “pura”, en la que todo lo que el Papa escribe y proclama se cumple al pie de la letra (tal Iglesia, obviamente, jamás ha existido, pero en otras épocas se le acercaba más que ahora). Eso no quita que uno pueda llegar a cansarse bastante cuando tanta gente se sorprende y se agita al comprobar que la Iglesia es como es. No se puede protestar contra el sistema y estar dentro del sistema. Si no hay peligro de sufrir consecuencias por protestar, la protesta se transforma en algo bastante fácil. Nicolás Alessio quiso seguir su propia brújula moral y al mismo tiempo seguir viviendo en la casa parroquial de la Iglesia a la que juró someterse.

La Iglesia es, en Argentina, la institución que más confianza suscita entre la gente (los políticos, los sindicatos y el sistema judicial están kilómetros por debajo en ese ranking). Esto explica, hasta cierto punto, por qué hay quienes sufren vahídos cuando la Iglesia actúa según su reglamento. Nicolás Alessio no merece ser sacerdote católico. Su doctrina no concuerda con la oficial y él ha sido desobediente. La Iglesia no es una democracia. La Iglesia no es una institución de bien público. A la Iglesia no le importan —prioritariamente— los derechos humanos ni la autonomía moral de las personas. La Iglesia no existe para mejorar la condición de los pobres o eliminar las discriminaciones. La Iglesia tiene en sus filas a muchas buenas personas, pero su misión no es de bondad sino de dominio. ¿Es tan difícil de entender?