Dado que Cristina es meticulosa en sus discursos y que se refirió a las mujeres como “compañeras de género”, es interesante notar cuáles son los grandes temas ausentes para el género femenino. La presidenta habló de la mortalidad materna y curiosamente salió enseguida al cruce de la cuestión obvia:
Cuando hablamos de la evolución de la mortalidad materna, tiene que ver siempre con la inequidad de género pero fundamentalmente con la injusticia social, fundamentalmente con la injusticia social, seas hombre o mujer, o te morís enferma por una cosa o se muere el hombre enfermo, pero la injusticia social sigue siendo el gran separador y el gran negador de derechos en la República Argentina.La mortalidad materna no es la mortalidad de las mujeres que son madres. Según la OMS, una muerte materna es “la muerte de una mujer durante su embarazo, parto, o dentro de los 42 días después de su terminación, por cualquier causa relacionada o agravada por el embarazo, parto o puerperio o su manejo, pero no por causas accidentales”, por lo cual el comentario de Cristina es inexacto. Las madres argentinas sí mueren por inequidad de género, porque son ellas las que se quedan embarazadas y las que recurren al aborto ilegal en condiciones inseguras; y esto no es sólo desde lo biológico: la mujer enfrenta inequidad en la atención médica y ante la sociedad porque nuestra cultura carga toda la responsabilidad del embarazo sobre ella. Las complicaciones de abortos inseguros son la mayor causa de mortalidad materna en Argentina. Y la causa previa al aborto inseguro es el desconocimiento de cómo prevenir el embarazo o la incapacidad cultural de negarse a la relación sexual. El gran ausente del mensaje de Cristina a sus compañeras de género es la educación sexual.
Aquí hemos hablado con frecuencia de la educación sexual. En Argentina los avances han sido lentos y verdaderamente no se puede decir que el Estado haya hecho bien las cosas. Cada provincia hace lo que le parece con el tema. Los maestros nunca son capacitados, o son capacitados con materiales deficientes. La Iglesia presiona para sacar de los programas escolares los contenidos de educación sexual (el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, prácticamente ha hecho carrera denunciando e instando a los padres a protestar contra la educación sexual laica). Las escuelas confesionales cumplen con el mínimo absoluto de los contenidos, y luego los sepultan bajo una asignatura de moral o religión que los anula, o bien utilizan (con permiso del gobierno local) materiales absolutamente propagandísticos y anticientíficos elaborados por editoriales religiosas. En 2006 se aprobó con bombos y platillos una Ley de Educación Sexual, pero con plazo de aplicación a cuatro años (es decir, el año pasado), aún sin novedades. En algunos lugares la falta de esta educación de primordial importancia se puede atribuir a la interferencia de los sectores conservadores; en otros no cabe más que la mera desidia.
Si la presidenta desea proteger a las mujeres y a sus familias de la inequidad de género y de la injusticia, lo mejor que puede hacer es darle nuevo impulso a una ley que mande educar a las niñas y jóvenes para que sepan elegir su maternidad. Y para eso no cabe otra alternativa que enfrentar a la Iglesia Católica y atacar el catolicismo cultural, que idealizan la abnegación materna y promueven la maternidad como máxima aspiración de toda mujer. Está ampliamente comprobado en todo el mundo que, cuando las mujeres se educan, tienden a tener hijos más tarde, en menor cantidad y más espaciados, y que esto a su vez les permite seguir educándose, trabajar y progresar. Darles dinero a mujeres pobres e ignorantes cuando ya están embarazadas, y prometerles más cuando —gracias a un Estado ausente de su educación— sigan teniendo más y más hijos, es sólo un paliativo.