martes, 18 de junio de 2013

Rusia no sale de las sombras

Aunque la libertad de pensamiento y expresión es una idea moderna y no ha dejado de sufrir ataques en ninguna nación del planeta, Rusia puede confiadamente plantarse en el podio de los peores lugares del planeta para ejercer esa libertad desde hace largo, largo tiempo. La monarquía rusa seguía considerándose de derecho divino cuando casi todas las demás monarquías europeas se habían bajado de ese pedestal. El rol de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el mantenimiento de este orden feudal, centrado en la figura paternal y cuasi-sobrehumana del zar, no puede subestimarse.

La abrupta interrupción de este régimen sólo movió el blanco de la represión hacia disidentes de otra clase. El comunismo, como famosamente observó Bertrand Russell, es incompatible con el cristianismo no por sus diferencias, sino por sus similitudes: se trata de creencias que reclaman a la persona entera y que no toleran la competencia.

Cuando el régimen soviético cayó a su vez, de manera más prolongada y con mucho menor estruendo, dejó libre y sin instituciones firmes a un pueblo que no sabía muy bien qué hacer con la libertad y que estaba acostumbrado a instituciones ineficientes y corruptas pero más o menos firmes a fuerza de anquilosamiento. Como no podía ser de extrañar, dado que la política aborrece el vacío, el hueco fue llenado por mafias de toda clase y con alianzas tan siniestras y poco probables como ex-oficiales de la KGB y jerarcas cristianos.

Flash forward al presente: el poder legislativo y el gobierno de Vladimir Putin, con presión y entusiasta apoyo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, acaba de transformar en delito la ofensa a los sentimientos religiosos. O mejor dicho: de crear una herramienta legal para la supresión de todo discurso y toda acción de protesta que pueda desagradar a la Iglesia Ortodoxa Rusa; una ley que además permita, luego de alguna operación de transformación ideológica que pasablemente (y con asentimiento del Patriarca ortodoxo) haga ver un ataque a la religión mayoritaria como un ataque al gobierno, castigar a cualquier disidente de la virtual dictadura de Putin.

Si esta segunda parte de mi caracterización parece especulativa, considérese la manera en que el régimen iraní se libra de sus enemigos políticos encontrándoles ofensas reales o imaginarias al Profeta y declarándolos “enemigos de Dios”. El caso de las Pussy Riot no está tan lejos: se las condenó tanto o más por insultar a Putin y hablar de su alianza con la Iglesia Ortodoxa que por el cargo oficial de vandalismo… cuya pena fue, no obstante, explícitamente agravada por supuesta incitación al “odio religioso”.


El Patriarca de Moscú, Cirilo I, ha pedido que no se abuse de la ley ni se la use improvisadamente para limitar derechos, cosa poco sincera de parte de un hombre que se manifestó en contra de penas de prisión cortas para las Pussy Riot y que en una feroz homilía las incluyó implícitamente dentro de un nebuloso colectivo de enemigos que “nos invitan a burlarnos de nuestros santuarios, rechazar nuestra fe y, si fuera posible, destruir nuestras iglesias”. En Rusia, como en cualquier lugar del mundo afligido por la religión, tales pronunciamientos épicos pueden tener, y han tenido, consecuencias desagradables, como la formación de milicias de fanáticos ortodoxos autonombrados “vigilantes” de sitios sagrados como iglesias y cementerios, que se dedicaron a acosar a defensores de las Pussy Riot y que, sin duda, estarán disponibles y dispuestos cuando sea necesario desalojar o silenciar a otros enemigos de Dios, del Patriarca o del gobierno con que su iglesia se ha metido en la cama.

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