jueves, 14 de octubre de 2010

El milagro chileno (A208)

A riesgo de perderme la oportunidad de subirme al púlpito, no voy a escribir una disertación sobre lo que increíblemente estúpido que es llamar a la operación de rescate de los mineros de Copiapó un “milagro” o atribuirle su éxito a Dios. Antes bien, y siguiendo el modelo pseudo-informativo de los grandes medios, citaré… a Twitter.











Entiendo perfectamente que mucha gente, criada desde pequeña en un hogar religioso, no sabe cómo expresar su alegría por algo extraordinario de una manera distinta que llamándolo “milagro” y atribuyéndoselo a la bondad de un dios. (También sé que para los políticos esas efusiones, generalmente falsas, son muy redituables.) No quiero reírme de nadie, mucho menos de los mineros que también agradecieron a su dios por haberlos sacado del fondo de la mina. Sí me molestan mucho los que aprovecharon esta ocasión para promocionar a este dios todopoderoso que está (ellos lo saben) de su lado, un dios que yo debo buscar y que soy un ignorante o un cerrado si no encuentro.

Me sorprendió gratamente (no diré que me emocionó porque no es cierto) la velocidad del operativo de rescate, su minuciosidad, su falta de dramatismo. No hubo accidentes (ni incidentes), no hubo demoras, nadie la pasó mal fuera del obvio cansancio y la expectativa. Los hombres y las máquinas funcionaron. Puedo entender a —y no me burlaré de— la gente que agradece a su dios por su buena suerte, su salud, su trabajo. Está más allá de mi comprensión que le agradezcan por una operación magistral en la que no se dejó nada librado al azar, en la que —pese a ser extraordinaria— no hubo nada inexplicable.

Me entristece que triunfos del espíritu humano y de la tecnología humana, perfeccionada a lo largo de siglos de esfuerzo, se supediten a la inescrutable voluntad de un dios al que no le importa que muchos otros trabajadores en Chile y en el mundo —incluyendo niños— mueran o queden inválidos todos los días bajo su mirada que todo lo abarca, sin que él haga absolutamente nada. Si ese dios existiera, sería un monstruo; menos mal que no creo en él.