¿Las perplejidades? Muchas: sin Edwards no se daría el mercado de los ovocitos; sin Edwards no habría congeladores llenos de embriones en espera de ser transferidos a un útero o, más probablemente, de ser utilizados para la investigación o de morir abandonados y olvidados por todos.Recordemos que para la retorcida mirada católica, un embrión o incluso un cigoto recién fecundado es un ser humano y una persona con tantos derechos como cualquiera de nosotros (hasta el punto en que algunos prefieren dejar morir a una mujer adulta antes que destruir a su embrión). Al hablar de un “mercado” y de usos para la investigación, Carrasco de Paula apela a dos factores de repugnancia comunes incluso a muchos no católicos: la transformación del ser humano en objeto y los horrores de la investigación en laboratorio con seres vivos (esto pese a que estos mismos que gesticulan desde lo alto de su torre de moralina son partícipes y beneficiarios felices de ambas cosas).
Diría que Edwards inauguró una casa pero abrió la puerta equivocada, pues apostó todo en la fecundación in vitro y permitió implícitamente el recurso a donaciones y compra-ventas que involucran a seres humanos. De este modo no ha modificado el marco patológico y el marco epidemiológico de la infertilidad. La solución a este grave problema vendrá por otro camino menos caro y que ya se encuentra avanzado. Es necesario tener paciencia y tener confianza en nuestros investigadores y médicos.
Más difícil es saber qué quiso decir con eso de que “la solución vendrá por otro camino menos caro y que ya se encuentra avanzado”. Las causas de la infertilidad son variadas y complejísimas y hasta donde sé no estamos cerca de corregirlas, pero quizá allá en el Vaticano se esté cocinando algo que no conocemos.
En La Revolución Naturalista hay un interesante tratamiento del tema donde se resalta que ésta es una de esas instancias de conflicto entre ciencia y religión, conflicto que más de uno ha querido negar con estupideces como “la fe y la razón son dos formas de ver el mundo” o lo de los magisterios no superpuestos. Yo añadiría que, si bien el tema pasa aquí por el almacenamiento y posible destrucción de embriones, en realidad la Iglesia Católica no aprueba la fecundación artificial de ninguna forma. La única forma admisible de concebir un hijo es el sexo entre marido y mujer.
Este dios católico tiene, entonces, rasgos de ludismo: aparentemente puede querer y desear la concepción de un ser humano sólo si se produce “naturalmente”. Si se hace con cualquier intermediario “artificial”, la fecundación deja de ser un acto creativo divino, signo del amor de los esposos y su apertura a la vida, etc. etc., para pasar a ser una operación fría e insensible o algo digno del Dr. Frankenstein. Este dios resulta bastante limitado, demasiado parecido a ideas humanas tradicionales (y equivocadas) de tipo romántico sobre la naturaleza, por no hablar de los prejuicios favorables de moda sobre “lo natural”. Si Dios quiere a Juan o a María, ¿por qué no puede quererlos concebidos a través de FIV? Y si no quiere que se produzcan concepciones a través de FIV, ¿por qué la naturaleza que Él creó no se resiste a esas fecundaciones?
Hay una larga historia de discusiones filosóficas sobre los límites entre naturaleza y cultura (incluyendo la ciencia y la técnica) que excede mis conocimientos; seguramente la teología también tendrá sus sofismas listos para contestar las preguntas retóricas que me he hecho arriba. Sigo creyendo que este asunto es una tormenta en un vaso de agua y que probablemente sea borrado discretamente de la doctrina católica oficial en cien o doscientos años, no sin causar bastante daño antes. Entretanto podemos celebrar que al Instituto Karolinska, como a la mayor parte de las instituciones científicas del mundo, no le importan un comino las protestas oscurantistas de ningún vocero de la Santa Sede.