viernes, 8 de octubre de 2010

“Los ateos se suben al púlpito”

El sitio de “noticias” ForumLibertas publica un artículo de un tal Rosendo Melián Perera donde denuncia que los ateos nos hemos subido al púlpito, se pregunta socarronamente por qué la gente que no cree en Dios se la pasa hablando de Él, y se mofa de nuestro empeño por destruir al cristianismo, visto cómo éste ha sobrevivido tanto tiempo a pesar de las persecuciones. (Catholic.net se hace eco.) Cada uno de esos temas ameritaría un ensayo distinto, pero voy a tratar de condensar aquí una crítica breve.

Empezando por detrás: se puede aceptar que, efectivamente, el cristianismo en general y la Iglesia Católica en particular han sobrevivido a mucho, aunque en realidad su supervivencia nunca estuvo en peligro desde que Constantino decidió que su imperio seguiría la misma religión que la que él había elegido para usarla como instrumento político. Desde entonces la resistencia al poder eclesiástico ha sido muy limitada en la geografía y en el tiempo. Sólo en los totalitarismos comunistas ha encontrado rivales de importancia sobre territorios importantes. Cierto es que Francia y México tuvieron sus procesos de anticlericalismo feroz y laicidad estricta, pero la Iglesia no está hoy peor en Francia que en el resto de la secularizada Europa, y en México la laicidad estatal consagrada en la ley se mantiene como una isla solitaria en un mar de supersticiones católicas locales vigilado por una jerarquía de gran influencia sociopolítica que no muestra signos de debilitamiento. Cierto es también que la Iglesia sufrió persecución del bando republicano en España, pero luego se tomó venganza con creces, ayudada por el brazo secular de Franco, durante cuatro décadas de terror. La Iglesia Ortodoxa ha recuperado poder en Rusia, el catolicismo romano está ferozmente vivo en Polonia, y hasta en China sobrevive, estorbado en su difusión por su renuencia a hacer ciertos compromisos doctrinarios que en otros campos no le han movido un pelo a nadie. Los únicos lugares donde la Iglesia es perseguida seriamente hoy son aquellos donde compite con el islam.

Todo esto no significa que el cristianismo tenga garantizada la supervivencia durante dos mil años más. La amenaza que se cierne sobre él, y de la que el Papa ha tomado nota, es la progresiva expansión del relativismo cultural, de la globalización de las comunicaciones y del avance científico sobre áreas antes reservadas a la filosofía o la metafísica (y usurpadas por la teología). Este cóctel de conocimientos fácticos y ampliación de horizontes mentales no es letal ni contundente, sino sutil e insidioso. El anticlericalismo agresivo pasó de moda; ahora la Iglesia tiene que luchar contra un enemigo inocente, que ni siquiera se ha propuesto destruir la religión, sino que la ignora o la trata con indiferencia y descuido. La mayoría de los católicos ignora dogmas básicos de su propia religión, incumple distraídamente con las doctrinas que la jerarquía más machaca (¿cuántos se escandalizan hoy por el sexo prematrimonial o el uso de anticonceptivos?) y ni siquiera sigue las formas rituales.

En este contexto parecería inútil que los ateos, como quien dice, nos subiéramos al púlpito. Mi opinión es que, bien entendido lo que esto quiere decir, no está de más que sí lo hagamos. La figura del púlpito que emplea Melián Perera es de una cierta ironía: al burlarse de nosotros por proclamar con fuerza nuestras convicciones desde un sitio de superioridad moral, no parece darse cuenta de que es precisamente a ellos, los creyentes, a quienes les cabe la burla, por cuanto las convicciones religiosas se apoyan con frecuencia en hechos distorsionados o falsos sobre la naturaleza humana o el funcionamiento del universo, y esa apariencia de superioridad moral de los jerarcas y sus feligreses se desmorona al confrontarla con las atrocidades que su religión cobija y propicia. En efecto, es inmoral sugerir a un enfermo que abandone un remedio que funciona y adopte otro que no lo hace, es inmoral ocultar los crímenes cometidos por miembros de una organización para preservar la imagen de ésta, es inmoral tratar como pervertidos e inmorales a personas que simplemente tienen una orientación sexual diferente a la mayoritaria, es inmoral luchar contra la libertad de expresión y culto cuando uno es mayoría influyente mientras reclama esas mismas libertades donde está en minoría…

Los ateos no tenemos un púlpito. Si algún ateo se considera, sólo por serlo, moralmente superior a los creyentes y calificado para imponerles la misma infantilización, la misma supresión del pensamiento y de la crítica que el pastor cristiano impone sobre su rebaño, entonces ese ateo no ha aprendido la lección que todas las religiones nos ponen por delante. Es comprensible que muchos creyentes (y unos cuantos ateos también) vean chocante la forma de predicación de un Richard Dawkins o de un Christopher Hitchens. Estos mal llamados “nuevos ateos” están haciendo lo que antes casi nadie se había atrevido a hacer, que es tratar la religión como lo que es, un sistema de pensamiento más, una ideología, una mera opinión que no se hace automáticamente cierta ni más respetable por el hecho de ser sostenida por millones. Si creemos que existe la verdad objetiva y que podemos aproximarnos a ella, debemos cerrar los ojos a consideraciones sociopolíticas como la supuesta influencia beneficiosa de la religión en los pobres y desesperados, el respeto debido a las convicciones de millones de personas sencillas devotas, los siglos y siglos de tratados eruditos sobre Dios y demás cuestiones ajenas al asunto crucial, a lo que diferencia entre ateos y creyentes, que es la existencia de una divinidad de tales y cuales características que sustente y valide toda la estructura religiosa. Si Dios no existe, el poder de la religión sobre las mentes y cuerpos de sus fieles está basado en una mentira. No es tan difícil entender eso, ¿no?

Por otra parte la mayoría de los ateos estaríamos felices de dejar que los creyentes mantuvieran sus dioses, sus templos y su parafernalia ritual, siempre que no intentaran imponer sus ideas más desagradables al resto de la sociedad (y a sus propios hijos con ayuda del Estado). Desde este otro punto de vista, la cuestión de fondo (¿existe Dios y tiene un Plan para nosotros?) es irrelevante. Podemos ser agnósticos, podemos desentendernos de Dios y concentrarnos exclusivamente en mantener a raya a Sus seguidores más celosos, los que desean transformar doctrina en ley y dogma en verdad para todos.

Ahora bien, tanto si vamos al fondo del asunto teológico como si nos quedamos en las aguas superficiales de la correcta laicidad, tendremos que hablar de Dios, como ser hipótetico o como concepto, en un caso para destruir los cimientos de la religión y en el otro para plantear la inviabilidad de transformar la fe privada en guía para una sociedad plural. El estar en minoría nos obliga a ser reactivos. Y el ateo, el escéptico, la persona que no posee fe, ha estado en minoría por tanto tiempo que todo su discurso está impregnado, mal que le pese, de los conceptos del campo religioso. Tendríamos que reinventar la filosofía, reinventar nuestra lengua entera, para hablar contra el concepto de Dios sin hablar de Dios.

Un creyente que reconoce que los ateos damos a su dios la misma entidad que a los unicornios o al Yeti y se pregunta retóricamente por qué algunos le dedicamos nuestro tiempo a creencias que consideramos tan ridículas, no deja muchas alternativas: o es tonto, o cree que quien le lee es un tonto. El artículo que he criticado está casi vacío de argumentación, porque su autor la confunde con mera retórica. Si alguna vez llega el día en que la creencia masiva en animales mitológicos amenaza su libertad de pensamiento o expresión, espero verlo ahí junto a nosotros, los ateos, defendiendo la necesidad de criticar los sinsentidos de la fe y aislarlos en la esfera privada. Eso es todo lo que pedimos.