miércoles, 27 de octubre de 2010

Día de censo sin preguntas sobre religión (A211)

Hoy es el día del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas en Argentina. Algo interesante sobre el Censo 2010 es que, además de preguntarle a la gente si pertenece a una etnia indígena o si es afrodescendiente, se van a censar correctamente por primera vez las familias homoparentales (antes una pareja homosexual con hijos a cargo se consideraba una especie de error, según entiendo). En esto debe haber habido una influencia importante de la reciente sanción de la ley de matrimonio igualitario, aunque imagino que la metodología del censo ya estaba decidida en julio pasado.

De relevancia para el asunto que nos toca habitualmente está el hecho de que el cuestionario censal no incluye el ítem religión. Esto ha sido así en Argentina desde 1960. En otros países se sigue preguntando al censado por sus creencias religiosas, y hay quienes quisieran que el censo argentino de 2010 hubiese vuelto a incorporar el tema, como los investigadores del CONICET que en 2008 realizaron la reveladora primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en nuestro país.

Cuando trascendió que el censo incluiría —implícitamente— la orientación sexual de los individuos adultos que viven en pareja, hubo cierto debate al interior de la comunidad LGBT porque el dato es verdaderamente sensible. Yo me pregunto si el mismo debate debería ocurrir con respecto a la confesión y la práctica de la religión.

Desde el punto de vista del activismo, la visibilización es de una importancia primordial, pero hay individuos que pueden no desear volverse visibles. El censo es anónimo, por supuesto, pero en comunidades pequeñas el anonimato es muy relativo. La afiliación religiosa, además, es un dato mucho más ocultable que la orientación sexual (si uno vive en pareja); en un pueblo chico no hay muchas chances de que una pareja homosexual conviva sin que el asunto sea un secreto a voces, pero es bastante sencillo ocultar la condición de ateo, agnóstico o indiferente, excepto en casos muy especiales. Por no hablar de que es mucho menos complicado demostrar una vaga religiosidad que fingir activamente una orientación sexual opuesta a la propia. La perspectiva de tener que contestar a una pregunta sobre algo que verdaderamente nunca le hemos dicho a nadie puede ser aterradora. (Claro está que no hablo de los ateos militantes de las grandes ciudades, sino de los apóstatas y herejes variados que, estoy seguro, pueblan los rincones más insospechados de centenares de pueblos pequeños y conservadores en el interior del país.)

Las encuestas comunes, si están bien hechas, pueden darnos muchos datos útiles con un nivel de aproximación suficiente sobre cuántos argentinos practican qué religiones y con qué intensidad. No creo que haya necesidad de añadir otra pregunta sensible al cuestionario del próximo censo (que se hará en diez años, si este país aún existe para entonces). Lo que sí deberíamos pedir es que se haga algo con los datos ya conocidos. La Constitución Nacional sostiene, y el Estado financia jugosamente, un culto que la mayoría de los argentinos no practica. Somos mucho más diversos, religiosamente, que lo que éramos hace 50 años, cuando la pregunta sobre la fe fue eliminada del cuestionario del censo. En éste vamos a darle entidad oficial, por fin, a los descendientes de africanos, tanto tiempo negados por nuestra antropología vernácula, y a las parejas del mismo sexo, aún hoy negadas como familias por los cristianos de casi todas las sectas. Ya viene siendo hora que reafirmemos la otra diversidad, negada implícitamente por los que todavía hablan de Argentina como país católico y ofician ceremonias patrias, supuestamente inclusivas, a la sombra de palios episcopales o mantos de vírgenes y santos.