Por primera vez una mujer demandó judicialmente a la Conferencia de Obispos de Estados Unidos por su imposición del dogma antiabortista por sobre la salud de los pacientes.
La mujer, Tamesha Means, estaba embarazada de 18 semanas cuando sufrió una ruptura prematura de membranas y recurrió de urgencia a Mercy Health Partners, un establecimiento sanitario que se identifica como católico. El embarazo estaba virtualmente perdido y Means sufría un terrible dolor, pero los médicos, en cumplimiento de las directivas de la Iglesia, se negaron a provocarle un aborto. Volvió más tarde y fue rechazada nuevamente. La tercera vez, ya con una infección y mientras en el hospital se preparaban para enviarla a su casa nuevamente, Means abortó espontáneamente; sólo entonces le dieron la atención debida. El hospital no se negó a realizar un aborto: ni siquiera se lo mencionaron.
No se trató de un caso de objeción de conciencia. Si la legislación lo permite (puesto que no es un derecho sino una excepción) un profesional médico puede negarse a realizar un aborto, pero debe informar a la paciente para permitirle que busque a otro profesional que sí lo haga. En el contexto de una institución de salud, la misma es responsable de contar con un profesional que esté dispuesto a hacerlo, o de derivar a la paciente a otro hospital.
Pero aquí no se ofreció información ni alternativas. El hospital Mercy Health Partners es católico, frase un poco absurda (¿cómo puede tener fe religiosa una institución, cuando la fe es un asunto personal?) que se resume en que las leyes y la ética normales no se aplican, sino las directivas de un grupo de hombres célibes sin conocimiento alguno del tema, elegidos a dedo por un monarca absolutista extranjero. Las Directivas Éticas y Religiosas para los Servicios Católicos de Cuidado de la Salud, documento de los obispos estadounidenses que “sus” hospitales deben respetar, prohíben el aborto bajo cualquier circunstancia. Esto incluye, aunque no lo dice específicamente, el riesgo de vida de la mujer embarazada.
Una vez más queda probado que los hospitales católicos no son seguros para las mujeres, y que permitir que las leyes cedan lugar a la doctrina religiosa en la vida pública es una claudicación inadmisible por parte de los legisladores.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
sábado, 9 de noviembre de 2013
Luc Montagnier en Lourdes, o un ciego que guía a otro ciego
A través de sus medios de propaganda, la Iglesia Católica continúa su difusión autocomplaciente de testimonios que parezcan apoyar la creencia en los milagros, que no por pueril deja de ser muy rendidora tanto en términos culturales y simbólicos como económicos. Dice InfoCatólica:
Un Premio Nobel en Fisiología o Medicina no hace a su acreedor inmune al error ni a la crítica de sus colegas. Los colegas de Montagnier, en general, salieron muy contrariados de la conferencia en la que, en 2010, éste presentó un supuesto nuevo método para detectar infecciones virales con mecanismos que recordaban el uso de diluciones homeopáticas. La homeopatía es, por supuesto, una pseudomedicina: es una forma moderna de magia simpática y no sirve absolutamente para nada excepto engrosar los bolsillos de los que venden globulitos de agua y pastillas inertes al precio de medicamentos. Montagnier ya había creado revuelo dos años antes, cuando publicó en una revista científica que él mismo co-presidía un estudio suyo (la base de su “método”) según el cual había detectado señales eléctricas producidas por el ADN de bacterias en una solución acuosa. (El ADN no sólo no emite ondas electromagnéticas sino que la solución ya no era más que agua.)
Entonces, que Montagnier diga que el agua de Lourdes tiene “propiedades extraordinarias” es bastante esperable, todavía más cuanto el buen doctor participó en 2012 en un simposio organizado por los vendedores de milagros de Lourdes y ha encontrado en los creyentes una audiencia dispuesta a alabarlo por su “investigación” (especulación) “independiente” (sin confirmación independiente) de las aguas de la gruta. Poco le debería gustar a Montagnier, pero nada ha dicho si así es, que sus hallazgos sean asociados con los infames experimentos sobre la “memoria del agua” de Jacques Benveniste (el que murió reclamando un Nobel y autoproclamándose un nuevo Galileo) y con las ridículas divagaciones nuevaerianas de Masaru Emoto.
Lejos están los tiempos en que la Iglesia, confiada en su hegemonía intelectual, despreciaba abiertamente la ciencia y condenaba a los descreídos: hoy un científico notable y agnóstico que preste apoyo al show milagroso, como Montagnier, es apreciado y exhibido como un ejemplo de cómo la fe triunfa sobre las mentes racionales.
LA VERDAD ES IRREFUTABLEPara el público en general es razonable suponer que un Premio Nobel sabe de qué está hablando. Para quienes le hemos dedicado algo de tiempo al pensamiento escéptico, Luc Montagnier es al menos tan conocido por sus indiscutibles logros científicos como por haber sido uno más de los afligidos por la “enfermedad de los Nobel”: la tendencia de los ganadores de altos honores científicos a salir disparados por la tangente de la pseudociencia y el charlatanismo.
Descubrió el virus del SIDA, recibió el Nobel, es agnóstico y dice: Lourdes es «algo inexplicable»
El destacado bacteriólogo Luc Montagnier no ha podido quedar impávido ni ajeno a las evidencias explícitas, inexplicables para el científico, que ocurren en Lourdes. Un científico agnóstico que hablando sobre las propiedades del agua sorprenda al señalar «el agua tiene propiedades extraordinarias, tal vez también la de Lourdes», no pasó desapercibido. En 1983 revolucionó al mundo científico por ser uno de los descubridores del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) causante del SIDA. Por ello, en 2008 fue galardonado con el premio Nobel de Medicina y el Príncipe de Asturias.
Un Premio Nobel en Fisiología o Medicina no hace a su acreedor inmune al error ni a la crítica de sus colegas. Los colegas de Montagnier, en general, salieron muy contrariados de la conferencia en la que, en 2010, éste presentó un supuesto nuevo método para detectar infecciones virales con mecanismos que recordaban el uso de diluciones homeopáticas. La homeopatía es, por supuesto, una pseudomedicina: es una forma moderna de magia simpática y no sirve absolutamente para nada excepto engrosar los bolsillos de los que venden globulitos de agua y pastillas inertes al precio de medicamentos. Montagnier ya había creado revuelo dos años antes, cuando publicó en una revista científica que él mismo co-presidía un estudio suyo (la base de su “método”) según el cual había detectado señales eléctricas producidas por el ADN de bacterias en una solución acuosa. (El ADN no sólo no emite ondas electromagnéticas sino que la solución ya no era más que agua.)
Entonces, que Montagnier diga que el agua de Lourdes tiene “propiedades extraordinarias” es bastante esperable, todavía más cuanto el buen doctor participó en 2012 en un simposio organizado por los vendedores de milagros de Lourdes y ha encontrado en los creyentes una audiencia dispuesta a alabarlo por su “investigación” (especulación) “independiente” (sin confirmación independiente) de las aguas de la gruta. Poco le debería gustar a Montagnier, pero nada ha dicho si así es, que sus hallazgos sean asociados con los infames experimentos sobre la “memoria del agua” de Jacques Benveniste (el que murió reclamando un Nobel y autoproclamándose un nuevo Galileo) y con las ridículas divagaciones nuevaerianas de Masaru Emoto.
Lejos están los tiempos en que la Iglesia, confiada en su hegemonía intelectual, despreciaba abiertamente la ciencia y condenaba a los descreídos: hoy un científico notable y agnóstico que preste apoyo al show milagroso, como Montagnier, es apreciado y exhibido como un ejemplo de cómo la fe triunfa sobre las mentes racionales.
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lunes, 21 de octubre de 2013
Ecografías obligatorias antes de abortar
En mi post anterior hablé sobre la modesta proposición de que todas las mujeres embarazadas que deseen abortar sean obligadas a realizarse y recibir la imagen de una ecografía del feto. En este caso se trataba de una idea del diputado español Carlos Salvador, pero desde luego no es algo que se le haya ocurrido primero a Salvador. Varios estados estadounidenses ya obligan a las mujeres a esta invasión de su privacidad groseramente contraria a la ética de la medicina (puesto que es básico, de mínima, que un profesional médico no puede obligar a una paciente a someterse a un tratamiento que ésta no desea).
La versión más extrema de esta imposición antiabortista es la ley de Texas, por la cual la mujer que desee abortar debe realizarse la ecografía y permitir que el médico registre el sonido del corazón del feto al latir; la mujer no está obligada a ver ni escuchar pero el médico debe describirle tanto la imagen como el sonido en voz alta y darle los detalles del desarrollo fetal. Después de eso debe esperar 24 horas antes de poder interrumpir el embarazo, si así lo desea, con lo cual al chantaje emocional se le suma, en el caso de pacientes de escasos recursos que deben viajar desde lejos, un obstáculo económico.
En ciertos casos el efecto emocional puede ser devastador. Por ejemplo, una mujer que recibe en un chequeo de rutina la noticia de que su futuro hijo nacerá con graves deformidades (que lo obligarán a una vida de idas y vueltas constantes por hospitales) y decide abortar, tiene que escuchar —otra vez, antes del aborto— el latido del corazón y la descripción detallada del feto deforme.
Un detalle que quizá se le pasó por alto a Carlos Salvador, que de seguro es totalmente ignorante en lo que respecta a las etapas del desarrollo fetal o las capacidades técnicas de los equipos de ecografía, pero que sin duda muchos activistas “pro-vida” conocen, es que hasta las 12 semanas de gestación el feto es generalmente demasiado pequeño para que su imagen se capte bien en una ecografía abdominal (del tipo que estamos acostumbrados a ver, en las que se pasa el transductor sobre el abdomen untado con gel). Para cumplir con una ley como la que Salvador propone, en esos casos (que son la mayoría), se debería realizar una ecografía transvaginal, insertando una sonda especial dentro de la vagina, lo cual representa una violación desde el momento en que la mujer no desea esa penetración y se ve obligada a someterse a ella.
Lo peor es que estas leyes ni siquiera funcionan, según los datos que hasta ahora se tienen, para lo que sus proponentes en teoría querían que funcionaran. Según los profesionales entrevistados, la inmensa mayoría de las mujeres no cambian de idea sobre el embarazo que desean interrumpir. A algunas quizá no les afecte mucho; otras sufren la experiencia de la ecografía forzada pero siguen adelante a pesar de todo. Quizá los “pro-vida” se conformen con ese sufrimiento, con esa culpa reavivada siquiera brevemente. Nunca me ha quedado claro que disminuir los abortos sea el verdadero objetivo de los “pro-vida”, que casi sin excepción se oponen también a las cosas que pueden evitar que muchas mujeres lleguen a necesitar un aborto: el acceso a la anticoncepción y la educación sexual.
La versión más extrema de esta imposición antiabortista es la ley de Texas, por la cual la mujer que desee abortar debe realizarse la ecografía y permitir que el médico registre el sonido del corazón del feto al latir; la mujer no está obligada a ver ni escuchar pero el médico debe describirle tanto la imagen como el sonido en voz alta y darle los detalles del desarrollo fetal. Después de eso debe esperar 24 horas antes de poder interrumpir el embarazo, si así lo desea, con lo cual al chantaje emocional se le suma, en el caso de pacientes de escasos recursos que deben viajar desde lejos, un obstáculo económico.
En ciertos casos el efecto emocional puede ser devastador. Por ejemplo, una mujer que recibe en un chequeo de rutina la noticia de que su futuro hijo nacerá con graves deformidades (que lo obligarán a una vida de idas y vueltas constantes por hospitales) y decide abortar, tiene que escuchar —otra vez, antes del aborto— el latido del corazón y la descripción detallada del feto deforme.
Un detalle que quizá se le pasó por alto a Carlos Salvador, que de seguro es totalmente ignorante en lo que respecta a las etapas del desarrollo fetal o las capacidades técnicas de los equipos de ecografía, pero que sin duda muchos activistas “pro-vida” conocen, es que hasta las 12 semanas de gestación el feto es generalmente demasiado pequeño para que su imagen se capte bien en una ecografía abdominal (del tipo que estamos acostumbrados a ver, en las que se pasa el transductor sobre el abdomen untado con gel). Para cumplir con una ley como la que Salvador propone, en esos casos (que son la mayoría), se debería realizar una ecografía transvaginal, insertando una sonda especial dentro de la vagina, lo cual representa una violación desde el momento en que la mujer no desea esa penetración y se ve obligada a someterse a ella.
Lo peor es que estas leyes ni siquiera funcionan, según los datos que hasta ahora se tienen, para lo que sus proponentes en teoría querían que funcionaran. Según los profesionales entrevistados, la inmensa mayoría de las mujeres no cambian de idea sobre el embarazo que desean interrumpir. A algunas quizá no les afecte mucho; otras sufren la experiencia de la ecografía forzada pero siguen adelante a pesar de todo. Quizá los “pro-vida” se conformen con ese sufrimiento, con esa culpa reavivada siquiera brevemente. Nunca me ha quedado claro que disminuir los abortos sea el verdadero objetivo de los “pro-vida”, que casi sin excepción se oponen también a las cosas que pueden evitar que muchas mujeres lleguen a necesitar un aborto: el acceso a la anticoncepción y la educación sexual.
sábado, 5 de octubre de 2013
Dudas sobre el síndrome post-aborto
El órgano de desinformación y propaganda InfoCatólica cita un artículo de la plataforma nacionalcatólica HazteOír sobre la discusión que se dio en el Simposio de Salud Mental y Aborto del XVII Congreso Nacional de Psiquiatría de España, celebrado en Sevilla.
Se hace notar, además, que los problemas psiquiátricos luego de un aborto tienden a ocurrir en pacientes con patologías previas. Esto no es nada sorprendente, pero complica el análisis de los datos (por aquello de no caer en el post hoc ergo propter hoc).
Así que, por una vez, los falseadores profesionales han escrito un resumen aparentemente correcto de la situación. Naturalmente, ni ellos ni sus seguidores tomarán nota, y continuarán repitiendo con toda seguridad la mentira que inventaron (tal es el calificativo que merece el afirmar contundentemente una proposición cuando uno no sabe realmente si tal proposición es cierta, a sabiendas de que la audiencia le creerá). El fin superior de la doctrina católica sobre el aborto, que es aterrorizar a las mujeres para que sigan sin reclamar control sobre sus cuerpos, no tolera argumentos matizados, y si la ciencia no apoya lo que la doctrina proclama, será la ciencia la que piadosamente tendrá que callar.
Si fuéramos a creer a los “pro-vida” impulsores del mito del “síndrome post-aborto” (SPA), prácticamente todas las mujeres que abortan padecerían un conjunto de patologías psiquiátricas de distinto tipo y gravedad, de manera inmediata o a largo plazo (la ambigüedad en estos casos facilita el engaño). Muy por el contrario, la psiquiatra citada por los “pro-vida” acepta que hay estudios a favor y en contra de la existencia del SPA y que, en el caso del estrés postraumático (uno de los componentes postulados del mismo), los estudios que están a favor de la existencia del SPA “indican que podría afectar al 10% del total de mujeres que abortan”.Los psiquiatras no llegan a un acuerdo sobre las consecuencias del aborto provocado
(…) Existen estudios a favor y en contra de la existencia del síndrome postaborto. Las diferentes conclusiones se deben a la variabilidad de las muestras, el diseño de los estudios, el control de las patologías psiquiátricas previas o subyacentes, el periodo de seguimiento tras el aborto y la participación en ellos de las mujeres que abortan.
Se hace notar, además, que los problemas psiquiátricos luego de un aborto tienden a ocurrir en pacientes con patologías previas. Esto no es nada sorprendente, pero complica el análisis de los datos (por aquello de no caer en el post hoc ergo propter hoc).
Así que, por una vez, los falseadores profesionales han escrito un resumen aparentemente correcto de la situación. Naturalmente, ni ellos ni sus seguidores tomarán nota, y continuarán repitiendo con toda seguridad la mentira que inventaron (tal es el calificativo que merece el afirmar contundentemente una proposición cuando uno no sabe realmente si tal proposición es cierta, a sabiendas de que la audiencia le creerá). El fin superior de la doctrina católica sobre el aborto, que es aterrorizar a las mujeres para que sigan sin reclamar control sobre sus cuerpos, no tolera argumentos matizados, y si la ciencia no apoya lo que la doctrina proclama, será la ciencia la que piadosamente tendrá que callar.
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jueves, 27 de junio de 2013
Un ejemplo de cientificismo oportunista católico
No puedo afirmar que los médicos católicos sean todos deshonestos y manipuladores, pero estoy comenzando a ver una tendencia. El mes pasado fue una psiquiatra declarando triunfante que el “gen gay” no existe; ahora es una genetista explicando que una mujer transexual, aunque se haya operado, “sigue siendo genéticamente varón”.
Lo notable de este pronunciamiento “experto” no es el pronunciamiento en sí, que entra en la misma categoría que el asunto del “gen gay” (una afirmación estrictamente correcta pero hecha con espíritu manipulativo, y sin relevancia al tema), sino el hecho de que una persona católica recurra a un argumento tan biologicista/reduccionista. Cuando la Iglesia Católica hace lobby contra la educación sexual, el primer punto de la argumentación suele ser que la misma, como se la pretende, reduce el ser humano a la mera genitalidad en vez de incorporar aspectos morales. Y sin embargo, he aquí a una profesional católica que abraza una forma de reduccionismo biológico igual o peor, anunciando triunfalmente que ningún transexual puede serlo verdaderamente porque por más que se haga cirugías “sus genes no sufren variación”, como si la esencia de la persona, sus características humanas fundamentales, ¡el sexo de su alma incluido!, fueran determinados por los frágiles nucleótidos de una molécula que puede alterarse fisicoquímicamente con una facilidad pasmosa.
(Cuando se habla de aborto también hay católicos que pseudocientíficamente argumentan que la vida humana comienza en la concepción porque es entonces cuando aparece un cigoto con una dotación de ADN única e irrepetible. Esto no sólo es de un cientificismo increíblemente grosero y filosóficamente atroz, sino además falso: el cigoto puede dividirse después de la fecundación y producir gemelos idénticos… que debido a otros factores sólo permanecen genéticamente idénticos por un tiempo.)
Quiroga sale a hablar de este tema por una cuestión específica que resulta ser una historia bastante triste:
María Isabel Quiroga, expresidenta de la Sociedad Peruana de Genética Médica, explicó que pese a las operaciones a las que puede someterse un hombre para asemejarse físicamente a una mujer, sigue siendo genéticamente varón, pues sus genes no sufren variación alguna.Quizá haya personas tan ignorantes que creen que una operación de reasignación de sexo puede modificar los genes, pero lo dudo. La aclaración de Quiroga parece más bien destinada a darle una pátina de respetabilidad científica a la creencia en el carácter esencial, discreto e inmutable de los géneros masculino y femenino (y sólo de esos dos). Esa creencia no es, desde luego, exclusiva de los católicos devotos, pero es la primera vez que la escucho defendida por un expediente tan burdo.
![]() |
Fernando Ñaupari |
Lo notable de este pronunciamiento “experto” no es el pronunciamiento en sí, que entra en la misma categoría que el asunto del “gen gay” (una afirmación estrictamente correcta pero hecha con espíritu manipulativo, y sin relevancia al tema), sino el hecho de que una persona católica recurra a un argumento tan biologicista/reduccionista. Cuando la Iglesia Católica hace lobby contra la educación sexual, el primer punto de la argumentación suele ser que la misma, como se la pretende, reduce el ser humano a la mera genitalidad en vez de incorporar aspectos morales. Y sin embargo, he aquí a una profesional católica que abraza una forma de reduccionismo biológico igual o peor, anunciando triunfalmente que ningún transexual puede serlo verdaderamente porque por más que se haga cirugías “sus genes no sufren variación”, como si la esencia de la persona, sus características humanas fundamentales, ¡el sexo de su alma incluido!, fueran determinados por los frágiles nucleótidos de una molécula que puede alterarse fisicoquímicamente con una facilidad pasmosa.
(Cuando se habla de aborto también hay católicos que pseudocientíficamente argumentan que la vida humana comienza en la concepción porque es entonces cuando aparece un cigoto con una dotación de ADN única e irrepetible. Esto no sólo es de un cientificismo increíblemente grosero y filosóficamente atroz, sino además falso: el cigoto puede dividirse después de la fecundación y producir gemelos idénticos… que debido a otros factores sólo permanecen genéticamente idénticos por un tiempo.)
Quiroga sale a hablar de este tema por una cuestión específica que resulta ser una historia bastante triste:
En declaraciones a la prensa peruana, Quiroga se refirió al caso de Fernando Ñaupari, una persona que en 1988, luego de someterse a dos operaciones, asumió ante el Registro Civil el nombre de Carmen Claudia Ñaupari.A Fernando (porque si ése es el nombre que desea, así debemos llamarlo) le tocó la mala suerte por partida doble: primero, nacer en un cuerpo del sexo equivocado, y después, caer en manos de cristianos evangélicos, que hoy lo usan de vocero para predicar su odio a la sexualidad, al derecho humano al propio cuerpo y a la propia identidad. Su historia, narrada por él mismo, es calcada de otras que la propaganda cristiana produce de manera constante, mezclando homosexualidad con transexualidad, asociándola a la prostitución y el abuso y vinculando todo ello con una historia de padres golpeadores. Es difícil saber cuánto es verdad y cuánto es una reelaboración caprichosa, a la medida de lo que sus pastores le dictaron, de una infancia que no debe haber sido nada fácil. Resta esperar que, así como fue libre para buscar ser la mujer que sentía ser, vuelva alguna vez a tener libertad de verse como una persona íntegra (del género que sea) y no como un ser deficiente y depravado que sólo existe para postrarse pidiendo perdón por pecados inexistentes a un dios que reclama humillación constante.
Ahora, tras haber ingresado a una denominación cristiana, ha expresado su deseo de recuperar su identidad y su nombre masculino.
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lunes, 13 de mayo de 2013
El “gen gay” no existe (y la honestidad católica tampoco)
Que es necesario mentir para sostener dogmas que tocan la realidad no es noticia para nadie. Pero incluso así a veces la mentira llega a grados increíbles de perfidia. Traída a usted por ACI:
Como psiquiatra católica, García Trovato debe probablemente mantenerse al día con toda una literatura pseudocientífica que producen los think tanks médicos de la Iglesia. No está, evidentemente, actualizada como debe en la literatura científica de verdad, que jamás ha supuesto algo tan simplista como la existencia de un “gen gay”. La idea de que existe una porción discreta de ADN que, cual interruptor de la energía, enciende o apaga la sexualidad humana, es tan ridícula a priori como demostrablemente falsa a posteriori, y nadie salvo aquéllos que viven de la ignorancia del público (como los periodistas) la toma en serio. La comprensión de la genética humana es muy mala, en buena medida gracias a las descripciones simplificadas e irresponsables de los medios, pero una profesional médica no tiene excusa: basta con una ojeada a la Wikipedia para orientarse.
El gen gay no existe, lo cual no significa que la homosexualidad no tenga componente genético. La probabilidad de que dos gemelos monocigóticos sean ambos homosexuales es significativamente mayor que la probabilidad de que lo sean dos mellizos no idénticos o cualquier par de hermanos en general. Más allá de ello hay factores ambientales, comenzando por la exposición variable a estrógenos que se da en el útero materno. Cualquiera que conozca gemelos “idénticos” sabe que de hecho no lo son realmente, y lo son cada vez menos a medida que crecen, incluso si han sido criados (como es habitual) de manera similar en el seno del mismo hogar. (De los estudios que cita García Trovato, implicando que la homosexualidad es fruto exclusivo de la crianza, no me consta su existencia, y sospecho que tampoco a ella.)
La necesidad de tratar a la homosexualidad como una desviación no proviene sólo de la necesidad de seguir discriminando a los gays (siendo esto, el antiabortismo y otras luchas antiprogresistas el motor de casi todo el activismo actual de la Iglesia) ni del lucro proveniente de las terapias de conversión. A nivel doctrinal la homosexualidad de origen genético o determinada por factores ambientales incontrolables es problemática, porque demuestra que la obra del dios cristiano tiene “fallas”, es decir, no es como los prejuicios del creyente quieren que sea. Dios no puede hacer nacer homosexual a una persona y luego decir que la homosexualidad está mal. Es una cosa o la otra, y naturalmente, los cristianos homofóbicos eligen la segunda y ocultan lo que constituiría evidencia de la primera, a saber, que los estudios científicos realizados sobre el asunto muestran que la orientación sexual está determinada en parte por los genes y casi siempre queda fijada a una corta edad, sin gran influencia de la crianza recibida, a excepción de la represión patológica impuesta.
El caso de Jason Collins, popular jugador del equipo de básquetbol estadounidense Boston Celtics, quien admitió su homosexualidad en la edición que saldrá a la venta el 6 de mayo de la revista Sports Illustrated, confirma que no existe el “gen gay”, pues tiene un hermano gemelo que no es homosexual, indicó la psiquiatra peruana Maíta García Trovato.García Trovato, casi no hace falta aclararlo, es una activista católica. Además es una supuesta profesional que defiende la eficacia de las “terapias de conversión”, es decir, los sistemas de presión psicológica que se utilizan para intentar que los homosexuales repriman su orientación sexual y que, según todas las grandes organizaciones de psicólogos y psiquiatras respetables del planeta, son como mínimo inútiles, cuando no dañinas.
Como psiquiatra católica, García Trovato debe probablemente mantenerse al día con toda una literatura pseudocientífica que producen los think tanks médicos de la Iglesia. No está, evidentemente, actualizada como debe en la literatura científica de verdad, que jamás ha supuesto algo tan simplista como la existencia de un “gen gay”. La idea de que existe una porción discreta de ADN que, cual interruptor de la energía, enciende o apaga la sexualidad humana, es tan ridícula a priori como demostrablemente falsa a posteriori, y nadie salvo aquéllos que viven de la ignorancia del público (como los periodistas) la toma en serio. La comprensión de la genética humana es muy mala, en buena medida gracias a las descripciones simplificadas e irresponsables de los medios, pero una profesional médica no tiene excusa: basta con una ojeada a la Wikipedia para orientarse.
El gen gay no existe, lo cual no significa que la homosexualidad no tenga componente genético. La probabilidad de que dos gemelos monocigóticos sean ambos homosexuales es significativamente mayor que la probabilidad de que lo sean dos mellizos no idénticos o cualquier par de hermanos en general. Más allá de ello hay factores ambientales, comenzando por la exposición variable a estrógenos que se da en el útero materno. Cualquiera que conozca gemelos “idénticos” sabe que de hecho no lo son realmente, y lo son cada vez menos a medida que crecen, incluso si han sido criados (como es habitual) de manera similar en el seno del mismo hogar. (De los estudios que cita García Trovato, implicando que la homosexualidad es fruto exclusivo de la crianza, no me consta su existencia, y sospecho que tampoco a ella.)
La necesidad de tratar a la homosexualidad como una desviación no proviene sólo de la necesidad de seguir discriminando a los gays (siendo esto, el antiabortismo y otras luchas antiprogresistas el motor de casi todo el activismo actual de la Iglesia) ni del lucro proveniente de las terapias de conversión. A nivel doctrinal la homosexualidad de origen genético o determinada por factores ambientales incontrolables es problemática, porque demuestra que la obra del dios cristiano tiene “fallas”, es decir, no es como los prejuicios del creyente quieren que sea. Dios no puede hacer nacer homosexual a una persona y luego decir que la homosexualidad está mal. Es una cosa o la otra, y naturalmente, los cristianos homofóbicos eligen la segunda y ocultan lo que constituiría evidencia de la primera, a saber, que los estudios científicos realizados sobre el asunto muestran que la orientación sexual está determinada en parte por los genes y casi siempre queda fijada a una corta edad, sin gran influencia de la crianza recibida, a excepción de la represión patológica impuesta.
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lunes, 25 de febrero de 2013
Los obispos alemanes y la píldora del día después
Estoy seguro de que al lector le ocurrirá muchas veces leer a algún representante de Dios en la Tierra y no saber si reír o llorar o maravillarse ante su inagotable perversidad argumentativa o su incomparable presunción. Para mí es algo habitual, aunque tengo que salir a buscarlo. Los obispos católicos nunca defraudan.
El jueves 21 de febrero la Conferencia Episcopal Alemana publicó un documento donde autoriza la administración de anticonceptivos de emergencia a mujeres violadas.
El paso dado por los obispos alemanes es minúsculo: en ningún caso se habla de la posibilidad de abortar (ni siquiera para salvar la vida de la madre) ni de autorizar el uso de anticonceptivos en forma general. Sin embargo algunos devotos lo tomaron como si los obispos hubieran subido a Facebook una foto suya disfrutando de los restos sangrientos de un bebé recién nacido mientras cubrían su desnudez con calzones con la bandera del arcoiris. De pronto toda la autoridad de los pastores de la Iglesia voló por la ventana, al dejar de coincidir con los prejuicios y con el odio concentrado de los católicos a las mujeres.
La noticia publicada en InfoCatólica recibió una serie de comentarios a cual más extremo (algunos de los cuales ya han desaparecido prudentemente). Uno (de pseudónimo “Pero Grullo”) opinó que “Las píldoras anticonceptivas son las del día antes, las del día después siempre son abortivas”; otro (una mujer), que “todos los anticonceptivos normales de nueva generación son también abortivos”; otro, que la fecundación ocurre a los 50 minutos del acto sexual si hay un óvulo disponible. Un argentino aseguró que esto es una “ofensiva” de los “criptoprotestantes alemanes” aprovechando el momento de debilidad del papado. Uno notó con singular falta de relevancia que hace años una niña de 13 violada en Ecuador se negó a abortar y parió el que luego sería un sacerdote. Alguien citó la frase de los obispos de que “ha de respetarse la decisión de la mujer afectada” como sospechosamente similar al lema feminista-abortista “nosotras parimos, nosotras decidimos”.
El sábado 23 salió publicada una “aclaración” sobre el tema del obispo español Juan Antonio Reig Pla, quien dijo, seguramente sin notar lo ridículo que suena, que “hasta la fecha ni la Santa Sede, ni la Conferencia Episcopal Española han publicado documento alguno en el que se haga referencia a una «píldora del día siguiente» de tales características” (que no sea abortiva). Los comentaristas no se hicieron esperar, algunos apoyando la bravura de Reig Pla al denunciar la ingenuidad o segundas intenciones de los alemanes, otros repitiendo que ambos tenían razón y no hay contradicción. Uno queda con la impresión de que debe ser cansador ser católico laico: no sólo hay que escuchar a todos y cada uno de esos viejos con ínfulas divinas que se hacen llamar obispos, leer encíclicas largas y aburridas y decidir cómo esas reglas arcaicas y esos pronunciamientos arbitrarios se aplican a la vida real, sino —encima de todo— tratar de entender qué pasa cuando Dios dice “blanco” por una boca autorizada y “negro” por otra. Un trabajo agotador.
Y pasando a los hechos reales: ni la Conferencia Episcopal Alemana ni la Española ni el Papa mismo tienen la más mínima autoridad para informarnos (y digo “nos” porque la Iglesia Católica insiste en querer hacernos cumplir a todos sus reglas, no sólo a los suyos) de si tal o cual píldora funciona como debe. Los medios “informativos” de la Iglesia Católica vienen publicando desde hace tiempo datos falsos sobre los anticonceptivos, los preservativos, el aborto y otros temas similares, a veces a través de fachadas (como el portal Sexo Seguro), otras a través de “institutos” u ONGs afiliadas, que suelen contar con “expertos” para reafirmar las mentiras que ellos mismos han contribuido a propalar. Los anticonceptivos de emergencia que se utilizan hoy no sólo no son abortivos, en el sentido médicamente aceptado (es decir, no interrumpen el embarazo, definido como el proceso que comienza con la implantación del embrión en el útero), sino que tampoco son “abortivos” en el sentido que utiliza la Iglesia (no impiden la implantación o anidación del embrión): sólo pueden prevenir la ovulación o bloquear la fecundación. Estudios de hace décadas sugerían que algunos productos utilizados podían alterar el endometrio y bloquear la implantación, pero han quedado desacreditados. Naturalmente, los católicos devotos niegan o ignoran esa realidad, de la misma manera que niegan otros hechos, sea porque sus pastores los han alimentado con mentiras o porque simplemente no quieren aceptarlos.
Los obispos alemanes, me parece, han hecho un guiño a quienes conocen la falsedad de la propia Iglesia, que no puede sostenerse ante la ciencia. Es, como dije, un gesto mínimo de caridad y decencia. Si no fuesen ellos los responsables de dictar cómo los médicos deben trabajar en sus hospitales, la noticia no ameritaría aparecer aquí ni en un ningún otro medio. Y si no fuesen obispos, nadie les daría crédito por esta minúscula concesión. Pero no seamos mezquinos. Bienvenidos, obispos alemanes; ya apenas les falta un siglo o dos para ponerse a la par de la buena gente.
El jueves 21 de febrero la Conferencia Episcopal Alemana publicó un documento donde autoriza la administración de anticonceptivos de emergencia a mujeres violadas.
El cardenal Karl Lehmann (Maguncia), en su calidad de presidente de la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal Alemana ha presentado, una vez constatada la disponibilidad de nuevos preparados con principios activos alterados, la evaluación teológico-moral del empleo de la llamada «píldora del día después». El cardenal Joachim Meisner (Colonia) explicó su declaración del pasado 31 de enero de 2013 -de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Academia Pontificia- así como el trasfondo de la cuestión, que tiene como punto de partida el rechazo de asistencia a una víctima de violación por parte de dos hospitales de Colonia.Como bien se aclara, el detonante de esta decisión fue una instancia de un problema que muy probablemente sea habitual: el hecho de que en los hospitales católicos las doctrinas de la Iglesia tienen mayor peso que las buenas prácticas médicas, con lo cual la vida de una mujer es considerada como menos valiosa que la de cualquier embrión o feto, incluso si no está implantado o es inviable. (Recordemos el caso de Savita Halappanavar en Irlanda.)
La Asamblea reitera que las mujeres que son víctimas de una violación han de recibir, por supuesto, asistencia humana, médica, psicológica y espiritual en los hospitales católicos. Esto puede incluir la administración de la «píldora del día después» partiendo de la base de que sus principios sean no abortivos, sino anticonceptivos.
El paso dado por los obispos alemanes es minúsculo: en ningún caso se habla de la posibilidad de abortar (ni siquiera para salvar la vida de la madre) ni de autorizar el uso de anticonceptivos en forma general. Sin embargo algunos devotos lo tomaron como si los obispos hubieran subido a Facebook una foto suya disfrutando de los restos sangrientos de un bebé recién nacido mientras cubrían su desnudez con calzones con la bandera del arcoiris. De pronto toda la autoridad de los pastores de la Iglesia voló por la ventana, al dejar de coincidir con los prejuicios y con el odio concentrado de los católicos a las mujeres.
La noticia publicada en InfoCatólica recibió una serie de comentarios a cual más extremo (algunos de los cuales ya han desaparecido prudentemente). Uno (de pseudónimo “Pero Grullo”) opinó que “Las píldoras anticonceptivas son las del día antes, las del día después siempre son abortivas”; otro (una mujer), que “todos los anticonceptivos normales de nueva generación son también abortivos”; otro, que la fecundación ocurre a los 50 minutos del acto sexual si hay un óvulo disponible. Un argentino aseguró que esto es una “ofensiva” de los “criptoprotestantes alemanes” aprovechando el momento de debilidad del papado. Uno notó con singular falta de relevancia que hace años una niña de 13 violada en Ecuador se negó a abortar y parió el que luego sería un sacerdote. Alguien citó la frase de los obispos de que “ha de respetarse la decisión de la mujer afectada” como sospechosamente similar al lema feminista-abortista “nosotras parimos, nosotras decidimos”.
El sábado 23 salió publicada una “aclaración” sobre el tema del obispo español Juan Antonio Reig Pla, quien dijo, seguramente sin notar lo ridículo que suena, que “hasta la fecha ni la Santa Sede, ni la Conferencia Episcopal Española han publicado documento alguno en el que se haga referencia a una «píldora del día siguiente» de tales características” (que no sea abortiva). Los comentaristas no se hicieron esperar, algunos apoyando la bravura de Reig Pla al denunciar la ingenuidad o segundas intenciones de los alemanes, otros repitiendo que ambos tenían razón y no hay contradicción. Uno queda con la impresión de que debe ser cansador ser católico laico: no sólo hay que escuchar a todos y cada uno de esos viejos con ínfulas divinas que se hacen llamar obispos, leer encíclicas largas y aburridas y decidir cómo esas reglas arcaicas y esos pronunciamientos arbitrarios se aplican a la vida real, sino —encima de todo— tratar de entender qué pasa cuando Dios dice “blanco” por una boca autorizada y “negro” por otra. Un trabajo agotador.
Y pasando a los hechos reales: ni la Conferencia Episcopal Alemana ni la Española ni el Papa mismo tienen la más mínima autoridad para informarnos (y digo “nos” porque la Iglesia Católica insiste en querer hacernos cumplir a todos sus reglas, no sólo a los suyos) de si tal o cual píldora funciona como debe. Los medios “informativos” de la Iglesia Católica vienen publicando desde hace tiempo datos falsos sobre los anticonceptivos, los preservativos, el aborto y otros temas similares, a veces a través de fachadas (como el portal Sexo Seguro), otras a través de “institutos” u ONGs afiliadas, que suelen contar con “expertos” para reafirmar las mentiras que ellos mismos han contribuido a propalar. Los anticonceptivos de emergencia que se utilizan hoy no sólo no son abortivos, en el sentido médicamente aceptado (es decir, no interrumpen el embarazo, definido como el proceso que comienza con la implantación del embrión en el útero), sino que tampoco son “abortivos” en el sentido que utiliza la Iglesia (no impiden la implantación o anidación del embrión): sólo pueden prevenir la ovulación o bloquear la fecundación. Estudios de hace décadas sugerían que algunos productos utilizados podían alterar el endometrio y bloquear la implantación, pero han quedado desacreditados. Naturalmente, los católicos devotos niegan o ignoran esa realidad, de la misma manera que niegan otros hechos, sea porque sus pastores los han alimentado con mentiras o porque simplemente no quieren aceptarlos.
Los obispos alemanes, me parece, han hecho un guiño a quienes conocen la falsedad de la propia Iglesia, que no puede sostenerse ante la ciencia. Es, como dije, un gesto mínimo de caridad y decencia. Si no fuesen ellos los responsables de dictar cómo los médicos deben trabajar en sus hospitales, la noticia no ameritaría aparecer aquí ni en un ningún otro medio. Y si no fuesen obispos, nadie les daría crédito por esta minúscula concesión. Pero no seamos mezquinos. Bienvenidos, obispos alemanes; ya apenas les falta un siglo o dos para ponerse a la par de la buena gente.
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viernes, 25 de enero de 2013
No hay cura para la hipocresía
Que la “moral” religiosa es
indebidamente flexible cuando conviene no es noticia, como tampoco
que la hipocresía es parte integral de todo sistema dogmático. Pero
por si todavía quedaran dudas, he aquí un caso bastante claro, del
que me anoticio a través del blog de Jerry Coyne.
El primer día de 2006 una mujer
embarazada de gemelos de siete meses llegó al muy católico Hospital
Santo Tomás Moro en Cañon City, Colorado, Estados Unidos. (El
hospital es parte de una cadena nacional de servicios de salud
católicos (Catholic Health Initiatives) con un patrimonio declarado
de quince mil millones de dólares.) La mujer se sentía mal debido a
que, según se descubrió luego, tenía una arteria casi tapada. Tuvo
un ataque al corazón y luego murió. El obstetra de guardia no
respondió a los llamados. Si hubiera atendido, habría podido llegar
al hospital o al menos dar instrucciones para que se le realizara a
la mujer una cesárea, con lo cual se habrían salvado quizá los dos
fetos. El esposo de la mujer demandó al hospital por la muerte de
los gemelos (la muerte de la mujer era prácticamente inevitable en
ese punto).
Los abogados del hospital están ahora
defendiendo a su cliente con el argumento de que según la ley
vigente, los fetos no son personas, por lo cual no haber hecho nada
para salvarlos no constituye una malapraxis médica. Es bastante
improbable que la dirección del hospital esté de acuerdo con esa
ley o que sus abogados hayan decidido argumentar así contra los
deseos de su cliente. De hecho, las instituciones católicas de salud
de Estados Unidos vienen peleando desde hace tiempo, con uñas y
dientes, por ser exentas de las leyes que valen para todos los demás,
desde aquéllas que prohíben discriminar a sus empleados por su
orientación sexual hasta las que los obligan a recetar
anticonceptivos en vez de recomendar sus peligrosamente falibles
“métodos naturales” de control de la natalidad.
Naturalmente, la proposición “los
fetos son personas” no tiene las mismas consecuencias cuando se usa
como mero slogan político que cuando alguien más pretende
utilizarla para quitarle a los empresarios devotos una pequeña parte de la
inmensa cantidad de dinero que acumulan cada año gracias a su influencia y sus
exenciones impositivas. En pocas palabras, como dice Coyne, los fetos son personas… hasta que le cuestan dinero a la Iglesia.
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jueves, 15 de noviembre de 2012
El catolicismo mata a otra mujer
“Los hospitales católicos no son seguros para las mujeres”, escribí hace menos de una semana, refiriéndome al tratamiento poco ético del aborto en los centros de salud regenteados por devotos con más respeto por su propia religión que por estándares científicos o de mera humanidad. Hoy tengo que volver sobre el tema, con gran dolor, porque ha quedado demostrado que nada es demasiado cruel para los falsos “pro-vida”. Savita Halappanavar, una mujer india de 31 años, fue dejada agonizar durante varios días, hasta morir de septicemia, en el Hospital Universitario de Galway (GUH), Irlanda, porque le negaron un aborto.
Era para salvar su vida, y el feto —de 17 semanas de gestación— no tenía posibilidad de sobrevivir en ningún caso, según los mismos médicos le dijeron. Pero no le permitieron terminar con el embarazo porque Irlanda “es un país católico”. Sólo se hicieron cargo de tratarla cuando el corazón del feto dejó de latir. Para entonces la infección generalizada había debilitado a Savita, que murió entre dolores atroces dos días después.
La ley irlandesa permite el aborto si el médico considera probable que exista riesgo grave para la vida de la mujer. En la práctica la ley es demasiado vaga para servir de algo, y el médico tiene demasiada libertad para decidir si aplicarla o no. El GUH no es oficialmente un “hospital católico”, pero la presencia de profesionales devotos de esa religión en puestos clave (y de capellanes para vigilar e interferir cuando sea necesario) hace que lo sea de hecho. Más aún: aunque parezca ridículo afirmar que un país “es católico”, ésa es la visión profundamente arraigada de la Iglesia y de sus fieles, una visión que pone el supuesto catolicismo identitario nacional por encima de las leyes seculares, que de por sí son favorables a la Iglesia. Savita no era, como bien se ocupó de decirlo, ni irlandesa ni católica, pero el catolicismo irlandés, impuesto sobre las leyes y sobre la ciencia médica, fue lo que la mató.
PZ Myers escribió a propósito del tema uno de los artículos más furibundos que le he leído desde hace mucho (“Es hora de abortar a la Iglesia Católica”).
PD: Hay muchísima información y debate sobre este tema en la web, ahora mismo, sobre todo en relación a las justificaciones y excusas de los católicos antimujeres, la necesidad de que el gobierno irlandés se saque de encima de una vez el miedo a la Iglesia Católica y cambie las leyes, y las protestas planeadas para presionar y reclamar para que no se repitan estos casos. Me es imposible recolectar y traducir todo.
Era para salvar su vida, y el feto —de 17 semanas de gestación— no tenía posibilidad de sobrevivir en ningún caso, según los mismos médicos le dijeron. Pero no le permitieron terminar con el embarazo porque Irlanda “es un país católico”. Sólo se hicieron cargo de tratarla cuando el corazón del feto dejó de latir. Para entonces la infección generalizada había debilitado a Savita, que murió entre dolores atroces dos días después.
La ley irlandesa permite el aborto si el médico considera probable que exista riesgo grave para la vida de la mujer. En la práctica la ley es demasiado vaga para servir de algo, y el médico tiene demasiada libertad para decidir si aplicarla o no. El GUH no es oficialmente un “hospital católico”, pero la presencia de profesionales devotos de esa religión en puestos clave (y de capellanes para vigilar e interferir cuando sea necesario) hace que lo sea de hecho. Más aún: aunque parezca ridículo afirmar que un país “es católico”, ésa es la visión profundamente arraigada de la Iglesia y de sus fieles, una visión que pone el supuesto catolicismo identitario nacional por encima de las leyes seculares, que de por sí son favorables a la Iglesia. Savita no era, como bien se ocupó de decirlo, ni irlandesa ni católica, pero el catolicismo irlandés, impuesto sobre las leyes y sobre la ciencia médica, fue lo que la mató.
PZ Myers escribió a propósito del tema uno de los artículos más furibundos que le he leído desde hace mucho (“Es hora de abortar a la Iglesia Católica”).
Sangrientos carniceros, sapos beatos que disfrazan su ignorancia medieval con falsa caridad y cuidado; demasiado tiempo hace que debimos terminar con la ilusión y reconocer el barbarismo de la iglesia.Savita no es el primero ni será el último caso, en Irlanda ni en ninguno de los otros países que han tenido la desdicha de ser, y que todavía son, bastiones del catolicismo.
Los obispos católicos ya lo racionalizaron:
Para aquéllos que vemos la vida a través del prisma de la fe cristiana, nuestros cuerpos son sagrados; templos del Espíritu Santo, creados a imagen de Dios y redimidos a través de la muerte y resurrección de Jesucristo. Para los cristianos, nuestros cuerpos no son nuestros, para hacer con ellos lo que queramos. Nuestros cuerpos vienen de Dios, son creados por Dios a su imagen y destinados a la vida eterna con Él en el Cielo. Ésta es nuestra fe y esto es lo que nos distingue de aquéllos que no comparten nuestra fe.¡Por Jebús, cuánta palabrería idiota, cuántas tonterías piadosas! Ésta es apenas la última atrocidad. Que se joda la Iglesia Católica. Que vacíen los bancos de las iglesias, saqueen sus cofres, dispersen a toda su jerarquía, tomen todas sus propiedades y se las entreguen a autoridades seculares para que sean administradas ética y racionalmente.
PD: Hay muchísima información y debate sobre este tema en la web, ahora mismo, sobre todo en relación a las justificaciones y excusas de los católicos antimujeres, la necesidad de que el gobierno irlandés se saque de encima de una vez el miedo a la Iglesia Católica y cambie las leyes, y las protestas planeadas para presionar y reclamar para que no se repitan estos casos. Me es imposible recolectar y traducir todo.
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sábado, 10 de noviembre de 2012
Los hospitales católicos no son seguros para las mujeres
Hace más de un año escribí una breve reflexión sobre “la inhumanidad básica de los pro-vida” en la que ponderaba no sólo la hipocresía de los antiabortistas sino especialmente la desorientación moral de quien prefiere un embrión a una mujer. Entonces planteaba la cuestión particular de los embarazos ectópicos, que son siempre letales para la mujer si se les permite progresar y que no dejan ninguna opción aparte de un aborto temprano. Basándome en la doctrina declarada de la Iglesia Católica, teoricé que los médicos “pro-vida” no tendrían más opción, en el caso de un embrión implantado en la trompa de Falopio, que extirpar la trompa entera, procedimiento conocido como salpingectomía: una cirugía invasiva y peligrosa, que priva a la mujer de la mitad de los óvulos que le queden y por tanto de la mitad de su fertilidad futura. No tenía de hecho pruebas de que tal cosa ocurriera, aunque todo indicaba que debía ser así.
Finalmente puedo confirmar que no estaba errado, a través de un artículo de la Dra. Jen Gunter, una tocoginecóloga estadounidense que habla de estos “regalos explosivos de Dios”. Gunter explica que un embarazo ectópico nunca, jamás, puede llegar a ser un bebé; que esperar a ver qué pasa no es opción y que hay tratamientos probados: metotrexato, una droga abortiva, o una salpingostomía, que consiste en abrir la trompa de Falopio, cortar el embrión y cerrarla de nuevo. Es tan sencillo que no debería ser controvertido para nadie, pero…
Finalmente puedo confirmar que no estaba errado, a través de un artículo de la Dra. Jen Gunter, una tocoginecóloga estadounidense que habla de estos “regalos explosivos de Dios”. Gunter explica que un embarazo ectópico nunca, jamás, puede llegar a ser un bebé; que esperar a ver qué pasa no es opción y que hay tratamientos probados: metotrexato, una droga abortiva, o una salpingostomía, que consiste en abrir la trompa de Falopio, cortar el embrión y cerrarla de nuevo. Es tan sencillo que no debería ser controvertido para nadie, pero…
Sí, algunos eticistas católicos argumentan que las directivas católicas prohíben que los médicos en hospitales católicos traten los embarazos ectópicos de alguna manera que involucre actuar directamente sobre el embrión.La única salida, si no se provoca un aborto, es la remoción de la trompa. Esto es algo parecido a encontrar una mancha de humedad en una pared y demoler toda la habitación para librarse de ella, con la diferencia de que la habitación puede reconstruirse.
¿Qué tan común es esta práctica? Bien, es triste decir que alguien tuvo que ponerse a investigarlo. Según un estudio de 2011 de Foster et al. (Womens Health Issues, 2011), algunos hospitales católicos se niegan a ofrecer metotrexato (tres de dieciséis hospitales estudiados). Esta falta de metotrexato llevó a cambiar el tratamiento, transferir pacientes a otros hospitales e incluso administrarlo subrepticiamente. Todas estas cosas exponen a las mujeres a riesgos innecesarios y gastos, y son francamente incorrectas.No me queda claro qué significa “administrarlo subrepticiamente”. Confío en que se trata de médicos que, contra las directivas del hospital y las absurdas doctrinas católicas, les suministran metotrexato a las pacientes. Hacer esto a escondidas es peligroso y una vergüenza para un profesional, pero es un mal menor que simplemente rechazar a la paciente u obligarla a una cirugía innecesaria.
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viernes, 14 de septiembre de 2012
Castración a los homosexuales, en nombre de Cristo
De a poco y con grandes esfuerzos, las personas tradicionalmente denigradas y discriminadas por el cristianismo van librándose del rechazo que la religión más poderosa de Occidente consagró hace tiempo en leyes. Resulta lamentable comprobar que, incluso donde el estado ya no reconoce la autoridad de la religión, hay individuos que siguen siendo sus víctimas, en parte voluntarias, por no haber conocido nunca la libertad.
Tal es el caso de un joven australiano (cuyo nombre no se ha dado a conocer por razones legales) que tuvo la mala fortuna de pertenecer a una secta cristiana cuando a los 18 años se reconoció homosexual. La secta, conocida como los Exclusive Brethren (“Hermanos Exclusivistas”), es un subconjunto de los Hermanos de Plymouth: un grupo particularmente cerrado de evangélicos conservadores, como su nombre bien lo indica, cuyas leyes internas obligan a rechazar incluso a los miembros de la propia familia (dejar de hablarles, expulsarlos de la casa) si dejan de pertenecer a la congregación.
Cuando este desdichado joven planteó su “problema”, un líder de su iglesia lo envió a Mark Christopher James Craddock , un médico perteneciente a la misma secta, para que lo “tratara”. Tras una consulta de apenas 10 minutos, sin referir al paciente a un psicólogo ni advertirle de los efectos secundarios, Craddock le recetó ciproterona acetato, una droga que se utiliza (entre otras cosas) para tratar los trastornos sexuales, como las parafilias (perversiones). En altas dosis esto no es ni más ni menos que una forma de castración química.
Eso fue en 2008. La buena noticia es que Craddock acaba de perder su licencia médica. La mala es que a los 75 años ya no le quedaba mucho tiempo para seguir ejerciendo, de todas maneras, y nadie puede saber ahora cuántas jóvenes vidas habrá arruinado, durante un tiempo o para siempre. La peor noticia es que los Hermanos Exclusivistas jamás pagarán el precio de todo el mal (físico y psíquico) que su religión ha infligido a sus miembros.
Tal es el caso de un joven australiano (cuyo nombre no se ha dado a conocer por razones legales) que tuvo la mala fortuna de pertenecer a una secta cristiana cuando a los 18 años se reconoció homosexual. La secta, conocida como los Exclusive Brethren (“Hermanos Exclusivistas”), es un subconjunto de los Hermanos de Plymouth: un grupo particularmente cerrado de evangélicos conservadores, como su nombre bien lo indica, cuyas leyes internas obligan a rechazar incluso a los miembros de la propia familia (dejar de hablarles, expulsarlos de la casa) si dejan de pertenecer a la congregación.

Eso fue en 2008. La buena noticia es que Craddock acaba de perder su licencia médica. La mala es que a los 75 años ya no le quedaba mucho tiempo para seguir ejerciendo, de todas maneras, y nadie puede saber ahora cuántas jóvenes vidas habrá arruinado, durante un tiempo o para siempre. La peor noticia es que los Hermanos Exclusivistas jamás pagarán el precio de todo el mal (físico y psíquico) que su religión ha infligido a sus miembros.
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viernes, 27 de julio de 2012
Circuncisión a debate (parte 1)
En junio pasado un tribunal de Köln (Colonia), Alemania, prohibió la circuncisión de los niños, desatando una ola de críticas de parte, sobre todo, de las comunidades que suelen practicar esta forma de mutilación: los judíos y los musulmanes. También hubo reacciones políticas; la canciller Angela Merkel se apresuró a apoyar el derecho de los padres a extirpar el prepucio de sus hijos, para asegurar su “libertad religiosa”, reclamo que los portavoces (autonombrados) de los creyentes hicieron oír con fuerza.
Seguramente lo último que Merkel desearía es que Alemania fuera asociada con restringir la libertad religiosa de los judíos. Sin embargo es interesante que el dictamen del juez no apuntaba a eso. Para los musulmanes (con excepción de una facción de los sunníes) la circuncisión no es religiosamente obligatoria, pero tampoco lo es para los judíos no religiosos o no practicantes; para todos ellos es sólo un signo de pertenencia étnica/comunitaria, no siempre excluyente. “Libertad de imposición de marcas étnicas” suena mucho menos atractivo y mucho menos defendible que “libertad religiosa”.
El principio internacionalmente reconocido del “interés superior del niño” indica que, en cualquier conflicto entre los derechos de un niño y los de los adultos, incluidos sus padres, los derechos del niño deben ir por delante. Intuitivamente debería ser obvio, además, que hay una gran diferencia entre un derecho que me involucra en principio sólo a mí (por ejemplo, postrarme en el piso a rezar o leer la Torá en voz alta en una plaza) y un derecho que de suyo involucra una interferencia irreversible sobre el cuerpo de otro. Postrarme a orar o leer en voz alta puede molestar a los transeúntes, puede interrumpir el paso, etc., pero ésas son contingencias que la ley puede manejar. Circuncidar a mi hijo no es un ejercicio de libertad religiosa comparable, porque afecta directamente a otra persona como objetivo primario, no contingente. De hecho puede considerarse que le quita derechos a la otra persona.
Dejamos que los padres le hagan a sus hijos muchas cosas que no permitiríamos jamás que esos mismos padres adultos le hicieran a otros adultos, porque entendemos que los niños no pueden decidir sobre lo que les conviene. ¿Les conviene a los niños ser circuncidados? Muy probablemente no. Desde luego no les ayuda a educarse mejor o a crecer más fuertes. Hay estudios que muestran una incidencia menor de ciertas enfermedades entre los varones circuncidados que entre los intactos; sin embargo, una higiene básica regular borra esa leve diferencia (la circuncisión reduce la tasa de transmisión de VIH de mujeres a hombres, pero el efecto sólo es significativo en regiones de alta prevalencia del virus). Sociológicamente, en una sociedad diversa y moderna (como la alemana) estar circuncidado o no es bastante indiferente, aunque más no sea porque el pene no suele ser una zona pública del cuerpo (distinto sería una marca tribal tatuada en la mejilla). Circuncidar a un niño no implica un beneficio claro para éste, y no hacerlo tampoco debería provocarle perjuicio alguno. Dado que es un procedimiento quirúrgico y en ocasiones trae complicaciones, cabe preguntarse ¿para qué hacerlo, si no es necesario, y si siempre existe la opción de hacérselo por elección cuando uno es adulto?
Continuaré con este tema en una próxima entrega.
Seguramente lo último que Merkel desearía es que Alemania fuera asociada con restringir la libertad religiosa de los judíos. Sin embargo es interesante que el dictamen del juez no apuntaba a eso. Para los musulmanes (con excepción de una facción de los sunníes) la circuncisión no es religiosamente obligatoria, pero tampoco lo es para los judíos no religiosos o no practicantes; para todos ellos es sólo un signo de pertenencia étnica/comunitaria, no siempre excluyente. “Libertad de imposición de marcas étnicas” suena mucho menos atractivo y mucho menos defendible que “libertad religiosa”.
El principio internacionalmente reconocido del “interés superior del niño” indica que, en cualquier conflicto entre los derechos de un niño y los de los adultos, incluidos sus padres, los derechos del niño deben ir por delante. Intuitivamente debería ser obvio, además, que hay una gran diferencia entre un derecho que me involucra en principio sólo a mí (por ejemplo, postrarme en el piso a rezar o leer la Torá en voz alta en una plaza) y un derecho que de suyo involucra una interferencia irreversible sobre el cuerpo de otro. Postrarme a orar o leer en voz alta puede molestar a los transeúntes, puede interrumpir el paso, etc., pero ésas son contingencias que la ley puede manejar. Circuncidar a mi hijo no es un ejercicio de libertad religiosa comparable, porque afecta directamente a otra persona como objetivo primario, no contingente. De hecho puede considerarse que le quita derechos a la otra persona.
Dejamos que los padres le hagan a sus hijos muchas cosas que no permitiríamos jamás que esos mismos padres adultos le hicieran a otros adultos, porque entendemos que los niños no pueden decidir sobre lo que les conviene. ¿Les conviene a los niños ser circuncidados? Muy probablemente no. Desde luego no les ayuda a educarse mejor o a crecer más fuertes. Hay estudios que muestran una incidencia menor de ciertas enfermedades entre los varones circuncidados que entre los intactos; sin embargo, una higiene básica regular borra esa leve diferencia (la circuncisión reduce la tasa de transmisión de VIH de mujeres a hombres, pero el efecto sólo es significativo en regiones de alta prevalencia del virus). Sociológicamente, en una sociedad diversa y moderna (como la alemana) estar circuncidado o no es bastante indiferente, aunque más no sea porque el pene no suele ser una zona pública del cuerpo (distinto sería una marca tribal tatuada en la mejilla). Circuncidar a un niño no implica un beneficio claro para éste, y no hacerlo tampoco debería provocarle perjuicio alguno. Dado que es un procedimiento quirúrgico y en ocasiones trae complicaciones, cabe preguntarse ¿para qué hacerlo, si no es necesario, y si siempre existe la opción de hacérselo por elección cuando uno es adulto?
Continuaré con este tema en una próxima entrega.
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lunes, 28 de mayo de 2012
Educación sexual católica (parte 10)
En este artículo termino mi análisis de la revista Educación Integral de la Sexualidad. Orientaciones para padres, que el Consejo Superior de Educación Católica (CONSUDEC) de la República Argentina distribuye entre los padres de alumnos de las escuelas confesionales.
Hay aquí una idea de una Edad de Oro implícita, en que los jóvenes sexualmente activos eran una anormalidad. Por supuesto esta Edad de Oro nunca existió, y en tanto hubo una situación social aproximable a ella, se debió a una represión psicológica individual y social, y frecuentemente física, de los jóvenes y especialmente las mujeres, que hoy todavía podemos ver en los países musulmanes, donde es ilegal para una mujer estar en público acompañada de cualquier hombre que no sea un pariente cercano o su esposo.
Entre una de las ventajas de usar los “métodos naturales” (que requieren que la pareja consulte un calendario y/o que la mujer compruebe la consistencia de su flujo vaginal para saber si debe tener sexo o no, en vez de hacerlo cuando lo desea) se dice que “afianzan el matrimonio porque requieren de diálogo, paciencia, respeto y ayuda mutua”. Esto, que es muy bueno, es casi lo mismo que puede decirse de un matrimonio en el que ambos cónyuges padecen una enfermedad invalidante. Poner a prueba obviamente no es lo mismo que afianzar.
Pasamos a la falacia naturalista: “Los métodos anticonceptivos alteran, obstruyen o suprimen un proceso natural.” Se dice esto como si fuera malo en sí mismo (los medicamentos hacen lo mismo, a menos que se considere que las enfermedades son antinaturales… o sobrenaturales). “No existe el sexo seguro”, se recalca, mencionando la cantidad de efectos secundarios adversos, pero ignorando las alternativas (abstinencia, métodos “naturales” con tasas de fallo altísimas).
La advertencia sobre el sexo seguro es irrelevante de todas formas, porque el objetivo de esta parte de la cartilla es básicamente mostrar que el sexo es malo, salvo cuando es bueno según la definición dada por la misma cartilla, que es la de la Iglesia Católica: entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio y con fines reproductivos. (Es necesario repetirlo porque la Iglesia, muy políticamente, no lo hace: las parejas no casadas, por más que sean las mejores personas, son inmorales en pecado mortal.)
Hay una lista de métodos anticonceptivos que se clasifican entre abortivos y no abortivos. La totalidad de los “abortivos” lo son sólo según la definición de la Iglesia Católica, que considera que la vida comienza en la fecundación. Para la medicina, es abortivo lo que interrumpe un embarazo, y el embarazo comienza con la implantación del óvulo, generalmente en el endometrio. Es de notar que según esta definición es abortivo (y por lo tanto no permisible) un método que evite la implantación de un óvulo en una trompa de Falopio, condición conocida como embarazo ectópico y que es letal para la mujer.
En la página siguiente se habla de enfermedades de transmisión sexual y se continúa denigrando a los preservativos, utilizando evidencia científica no citada pero identificable. En mi tratamiento del sitio web criptocatólico “Sexo seguro” hice un análisis extenso de cómo la Iglesia distorsiona, cuando le conviene, estudios científicos independientes, típicamente confundiendo la interpretación de los resultados o citando datos extremos y raros como si fuesen habituales.
Con respecto a las campañas de prevención del SIDA (p. 44), se menciona una advertencia de la OMS de que “el preservativo no elimina el riesgo de contagio” y cómo la fidelidad es la única alternativa segura. Esto es un eco de otras mentiras y distorsiones sobre el sistema ABC, implementado en Uganda, que de hecho funcionó porque se ofreció el preservativo como alternativa, pero no fue un éxito tan grande como se lo promocionó y tiene muchos críticos.
Aquí termina mi análisis. Espero que haya servido, especialmente a aquellos lectores que por cualquier razón estén pensando en enviar a sus hijos a una escuela católica, o con familiares o amigos en dicha situación. Lo que allí les enseñan no es simplemente un poco de moral estricta que luego ellos olvidarán, sino todo un sistema de roles de género, de discriminación, de odio al placer y de pseudociencia médica y psicológica.
Que no se enteren de cómo es el sexo
En la p. 40 se habla de embarazo adolescente. Se saca a relucir la ridícula hipótesis de que los adolescentes tienen más sexo hoy que antes porque hoy saben que pueden hacerlo. “La alta incidencia de comportamientos sexuales no saludables puede tener causas muy variadas. No parece que el problema sea la escasez de información… Más bien parece que el exceso de información indiscriminada y la ausencia de valores han favorecido los problemas de salud que pretendían evitarse.” El remedio sugerido sería fomentar una ignorancia selectiva, es decir, volver al pasado no tan lejano en que los adolescentes no recibían información sobre lo que su cuerpo podía hacer o desear hacer, sino apenas advertencias sobre lo que no debían jamás hacer.Hay aquí una idea de una Edad de Oro implícita, en que los jóvenes sexualmente activos eran una anormalidad. Por supuesto esta Edad de Oro nunca existió, y en tanto hubo una situación social aproximable a ella, se debió a una represión psicológica individual y social, y frecuentemente física, de los jóvenes y especialmente las mujeres, que hoy todavía podemos ver en los países musulmanes, donde es ilegal para una mujer estar en público acompañada de cualquier hombre que no sea un pariente cercano o su esposo.
El tren de las falacias llega a la estación Anticonceptivos
Se habla luego de los “métodos naturales de planificación familiar”. No comentaré mucho el tema. Baste decir que la comparación desfavorable con los anticonceptivos y preservativos que suele verse en las publicaciones católicas se debe a un tratamiento sesgado de las estadísticas disponibles, que a su vez tienen márgenes de error considerables.Entre una de las ventajas de usar los “métodos naturales” (que requieren que la pareja consulte un calendario y/o que la mujer compruebe la consistencia de su flujo vaginal para saber si debe tener sexo o no, en vez de hacerlo cuando lo desea) se dice que “afianzan el matrimonio porque requieren de diálogo, paciencia, respeto y ayuda mutua”. Esto, que es muy bueno, es casi lo mismo que puede decirse de un matrimonio en el que ambos cónyuges padecen una enfermedad invalidante. Poner a prueba obviamente no es lo mismo que afianzar.
Pasamos a la falacia naturalista: “Los métodos anticonceptivos alteran, obstruyen o suprimen un proceso natural.” Se dice esto como si fuera malo en sí mismo (los medicamentos hacen lo mismo, a menos que se considere que las enfermedades son antinaturales… o sobrenaturales). “No existe el sexo seguro”, se recalca, mencionando la cantidad de efectos secundarios adversos, pero ignorando las alternativas (abstinencia, métodos “naturales” con tasas de fallo altísimas).
La advertencia sobre el sexo seguro es irrelevante de todas formas, porque el objetivo de esta parte de la cartilla es básicamente mostrar que el sexo es malo, salvo cuando es bueno según la definición dada por la misma cartilla, que es la de la Iglesia Católica: entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio y con fines reproductivos. (Es necesario repetirlo porque la Iglesia, muy políticamente, no lo hace: las parejas no casadas, por más que sean las mejores personas, son inmorales en pecado mortal.)
Hay una lista de métodos anticonceptivos que se clasifican entre abortivos y no abortivos. La totalidad de los “abortivos” lo son sólo según la definición de la Iglesia Católica, que considera que la vida comienza en la fecundación. Para la medicina, es abortivo lo que interrumpe un embarazo, y el embarazo comienza con la implantación del óvulo, generalmente en el endometrio. Es de notar que según esta definición es abortivo (y por lo tanto no permisible) un método que evite la implantación de un óvulo en una trompa de Falopio, condición conocida como embarazo ectópico y que es letal para la mujer.
En la página siguiente se habla de enfermedades de transmisión sexual y se continúa denigrando a los preservativos, utilizando evidencia científica no citada pero identificable. En mi tratamiento del sitio web criptocatólico “Sexo seguro” hice un análisis extenso de cómo la Iglesia distorsiona, cuando le conviene, estudios científicos independientes, típicamente confundiendo la interpretación de los resultados o citando datos extremos y raros como si fuesen habituales.
Con respecto a las campañas de prevención del SIDA (p. 44), se menciona una advertencia de la OMS de que “el preservativo no elimina el riesgo de contagio” y cómo la fidelidad es la única alternativa segura. Esto es un eco de otras mentiras y distorsiones sobre el sistema ABC, implementado en Uganda, que de hecho funcionó porque se ofreció el preservativo como alternativa, pero no fue un éxito tan grande como se lo promocionó y tiene muchos críticos.
Aquí termina mi análisis. Espero que haya servido, especialmente a aquellos lectores que por cualquier razón estén pensando en enviar a sus hijos a una escuela católica, o con familiares o amigos en dicha situación. Lo que allí les enseñan no es simplemente un poco de moral estricta que luego ellos olvidarán, sino todo un sistema de roles de género, de discriminación, de odio al placer y de pseudociencia médica y psicológica.
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lunes, 31 de octubre de 2011
La inhumanidad básica de los pro-vida
Me vengo guardando hace un tiempo mi indignación para escribir sobre una nota que apareció hace bastante en InfoCatólica. La escribe un médico ginecólogo perteneciente a una organización contra los derechos reproductivos (“pro-vida”, que les dicen). En ella este profesional del cuidado de la salud afirma que las embarazadas no deberían realizarse el test prenatal para saber si están gestando un feto con síndrome de Down. Dado que en los países donde el aborto es legal y este test es de rutina ya casi no nacen niños con síndrome de Down porque los embarazos son interrumpidos en la mayoría de los casos, no hacerse el test “salva vidas”.
He escuchado mucha desinformación pseudocientífica, mucho argumento filosófico retorcido, mucha teología vacua y mucho discurso de culpabilización de parte de los “pro-vida”, incluso de gente que debería saber de qué está hablando, pero es la primera vez que soy testigo de un pedido activo —de parte de un médico, nada menos— de no informar al paciente, de bloquear el acceso a un dato médico importantísimo. Este médico español pide a las mujeres que se priven a sí mismas de información. No es difìcil imaginar que si estuviera en sus manos (y de hecho debe estarlo en su consulta particular), el test prenatal simplemente sería eliminado y esa ignorancia sería obligatoria en vez de electiva.
El asunto me puso a pensar en qué otras cosas pueden estar haciendo los ginecólogos y obstetras antiabortistas. Uno de los casos más claros donde hay peligro claro e inminente es el del embarazo ectópico, que ocurre cuando el embrión se implanta donde no debe, generalmente en una trompa de Falopio. Tal embarazo es sumamente peligroso para la madre y además es casi siempre inviable, por lo cual el dilema ni siquiera debería existir. Pero como la doctrina católica no permite el aborto sino sólo como consecuencia indirecta y no deseada de otra acción, el médico católico practicante debe pensar seriamente qué va a hacer: es decir, tiene que comportarse como si tuviera que decidir entre matar a un niño indefenso y dejar morir a su madre.
Hay varias formas de lidiar con un embarazo ectópico. Una posibilidad es utilizar una droga llamada metotrexato para inducir el aborto; es el procedimiento más seguro y menos invasivo, pero el médico católico no puede emplearlo. Otra posibilidad es la salpingostomía, que consiste en hacer una incisión en la trompa de Falopio para retirar el embrión implantado; no es factible en todos los casos pero es recomendable si la opción medicamentosa no está disponible. La salpingostomía tampoco es admisible para el católico, porque es un atentado directo contra el “niño indefenso”. La tercera posibilidad es la salpingectomía, que es la remoción quirúrgica de la trompa. Esto, claro está, mata al embrión, pero es permisible para el católico porque la muerte es consecuencia indirecta de un acto destinado a salvar la vida de la mujer. Esta vía de escape bastante hipócrita para la conciencia del médico, además de ser la opción más invasiva, tiene el desafortunado efecto secundario de esterilizar a la mujer en un 50%, dejándola con la mitad de sus óvulos disponibles (salvo que se empleen métodos artificiales para extraerlos y fecundarlos… métodos que la Iglesia también condena).
Llamamos humano o humanitario a lo que se hace en reconocimiento de la dignidad de los seres humanos, e inhumano a lo opuesto. Tratar a una bolita de células apenas diferenciadas como a un ser humano y a la vez tratar a un humano adulto como a un mero recipiente, haciendo al segundo sacrificable al bienestar del primero, es profundamente inhumano. Debería inquietarnos bastante cómo esta inhumanidad de raíz infecta la moral de algunos de aquellos en cuyas manos ponemos nuestra salud y nuestras vidas.
He escuchado mucha desinformación pseudocientífica, mucho argumento filosófico retorcido, mucha teología vacua y mucho discurso de culpabilización de parte de los “pro-vida”, incluso de gente que debería saber de qué está hablando, pero es la primera vez que soy testigo de un pedido activo —de parte de un médico, nada menos— de no informar al paciente, de bloquear el acceso a un dato médico importantísimo. Este médico español pide a las mujeres que se priven a sí mismas de información. No es difìcil imaginar que si estuviera en sus manos (y de hecho debe estarlo en su consulta particular), el test prenatal simplemente sería eliminado y esa ignorancia sería obligatoria en vez de electiva.
El asunto me puso a pensar en qué otras cosas pueden estar haciendo los ginecólogos y obstetras antiabortistas. Uno de los casos más claros donde hay peligro claro e inminente es el del embarazo ectópico, que ocurre cuando el embrión se implanta donde no debe, generalmente en una trompa de Falopio. Tal embarazo es sumamente peligroso para la madre y además es casi siempre inviable, por lo cual el dilema ni siquiera debería existir. Pero como la doctrina católica no permite el aborto sino sólo como consecuencia indirecta y no deseada de otra acción, el médico católico practicante debe pensar seriamente qué va a hacer: es decir, tiene que comportarse como si tuviera que decidir entre matar a un niño indefenso y dejar morir a su madre.
Hay varias formas de lidiar con un embarazo ectópico. Una posibilidad es utilizar una droga llamada metotrexato para inducir el aborto; es el procedimiento más seguro y menos invasivo, pero el médico católico no puede emplearlo. Otra posibilidad es la salpingostomía, que consiste en hacer una incisión en la trompa de Falopio para retirar el embrión implantado; no es factible en todos los casos pero es recomendable si la opción medicamentosa no está disponible. La salpingostomía tampoco es admisible para el católico, porque es un atentado directo contra el “niño indefenso”. La tercera posibilidad es la salpingectomía, que es la remoción quirúrgica de la trompa. Esto, claro está, mata al embrión, pero es permisible para el católico porque la muerte es consecuencia indirecta de un acto destinado a salvar la vida de la mujer. Esta vía de escape bastante hipócrita para la conciencia del médico, además de ser la opción más invasiva, tiene el desafortunado efecto secundario de esterilizar a la mujer en un 50%, dejándola con la mitad de sus óvulos disponibles (salvo que se empleen métodos artificiales para extraerlos y fecundarlos… métodos que la Iglesia también condena).
Llamamos humano o humanitario a lo que se hace en reconocimiento de la dignidad de los seres humanos, e inhumano a lo opuesto. Tratar a una bolita de células apenas diferenciadas como a un ser humano y a la vez tratar a un humano adulto como a un mero recipiente, haciendo al segundo sacrificable al bienestar del primero, es profundamente inhumano. Debería inquietarnos bastante cómo esta inhumanidad de raíz infecta la moral de algunos de aquellos en cuyas manos ponemos nuestra salud y nuestras vidas.
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viernes, 14 de octubre de 2011
Muerte digna en el Congreso argentino (V)
![]() |
Senador César Gioja (FpV/San Juan) |
Como los demás, el texto está lleno de reaseguros y promesas de salvaguardia de la dignidad humana y a la libertad individual del paciente, de los que se desdice pocas líneas más abajo. Dejar de alimentar o hidratar un cuerpo vivo es eutanasia pasiva y está prohibida explícitamente. De hecho también está prohibido no tratar una complicación que acelere la muerte, y hasta dejar de suministrar calmantes.
El Testamento Vital no podrá contener instrucciones que resulten contrarias al ordenamiento jurídico y además aquellas que dispongan restricciones al tratamiento necesario para aliviar el dolor, hidratarse y alimentarse, como así también todas aquellas acciones médicas que impliquen una eutanasia activa o pasiva.Vale decir que si uno es uno de esos fanáticos cristianos que desea agonizar en medio de un dolor insoportable para ofrendárselo a su dios, la ley le obliga a recibir analgésicos. Le pondrán sedantes y calmantes aunque explícitamente haya dicho que quiere sufrir. (Esto tiene sentido, porque tal deseo de sufrir es casi seguramente patológico, pero por otra parte el autosacrificio y el sufrimiento es lo que le gusta al dios cristiano. ¡Qué dilema!)
Como los demás proyectos, éste falla porque pone un límite irrazonable a la dignidad del paciente. Para mí y sin duda para muchos otros sería sumamente indigno que mantuvieran mi cuerpo durante años penetrado y atravesado por tubos de plástico con el objeto de alimentarme e hidratarme (y de evacuar, es de suponer, los desechos resultantes del metabolismo); incluso si estuviese inconsciente, sería un espectáculo desagradable y grotesco para mis seres queridos, si es que no hay esperanza realista de que mi estado cambie para mejor.
Pero no nos ha de sorprender que el senador Gioja presente un proyecto tan poco humano y tan poco respetuoso de la libertad humana. Sus fundamentos están firmemente enraizados en el oscurantismo religioso de su elección (el del catolicismo). Así lo explica (las negritas son mías):
Para ser más claro respecto a lo que pretendo, quiero transcribir textualmente el modelo de testamento vital de la Conferencia Episcopal Española, que expresa el espíritu de este proyecto de ley:Tomar como modelo para un documento legal sobre un tema ético importantísimo los dichos de obispos católicos o una encíclica papal es aproximadamente como preparar un paper científico sobre el descubrimiento de una nueva partícula subatómica basándome en los manuscritos de alquimistas medievales: simplemente no llegan al mínimo necesario para una discusión inteligible. ¿Cómo vamos a basar nuestro manejo de algo tan crucial en una ética que depende de los supuestos deseos o disposiciones de figuras mitológicas? ¿Cómo vamos a permitir que un médico le diga a un familiar de un paciente en agonía: “Disculpe, pero no puedo desconectarlo porque según la ley la vida en este mundo es una bendición de Dios”?
“A mi familia, a mi médico, a mi sacerdote, a mi notario:(…) Este testamento vital está en un todo de acuerdo con lo expresado por su Santidad Juan Pablo II en su discurso ante la Organización Mundial de Gastroenterología (…) También hace referencia a este tema en su Encíclica Evangelium Vitae (…).
Si me llega el momento en que no pueda expresar mi voluntad acerca de los tratamientos médicos que se me vayan a aplicar, deseo y pido que esta Declaración sea considerada como expresión formal de mi voluntad, asumida de forma consciente, responsable y libre, y que sea respetada como si se tratara de un testamento. Considero que la vida en este mundo es un don y una bendición de Dios, pero no es el valor supremo absoluto. Sé que la muerte es inevitable y pone fin a mi existencia terrenal, pero desde la fe creo que me habré el camino a la vida que no se acaba, junto a Dios.
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miércoles, 12 de octubre de 2011
Muerte digna en el Congreso argentino (IV)
Hace varios posts que vengo siguiendo el debate sobre el tema de la muerte digna en el ámbito legislativo argentino. Hay que decir que en realidad el debate en el Congreso ha sido muy poco. En cambio, lo que vemos es debate a nivel televisivo, lo cual no está mal para que al menos parte de la ciudadanía esté informada. Lo que sigue es una discusión en el programa A Dos Voces, en la cual participaron el senador Samuel Cabanchik (autor del proyecto de muerte digna que comenté en el post anterior), la diputada Cynthia Hotton, la doctora en bioética Nelly Espiño, y el Dr. Eduardo Tanus (médico, del Comité de Bioética del INCUCAI).
De Cynthia Hotton poco podemos decir porque la conocemos; pertenece a la iglesia evangélica pentecostal y su único propósito aparente en el Congreso es la propalación de la doctrina cristiana en su forma más fundamentalista, oponiéndose con argumentos sentimentales a todas las iniciativas que impulsen la libertad individual por sobre los caprichos de su dios imaginario. Ser testigo de su incapacidad discursiva y legal es penoso pero en modo alguno una experiencia extraordinaria. Para “informarse” sobre el complejísimo debate ético que rodea a las decisiones de muerte digna y encarnizamiento terapéutico, lo que hizo fue ir a visitar a Camila (una niña en estado vegetativo persistente que está en el centro de la escena mediática actual) y allí en ese cuerpo que sólo funciona porque está conectado a máquinas, dice, “Vi vida”. Eso fue lo más profundo que dijo, aparte de explicar que le costaba articular la palabra “encarnizamiento” porque ella es economista.
Nelly Espiño es un caso más complicado porque está de acuerdo con que Camila, como otros casos donde claramente no hay nada que hacer, debería ser dejada morir, pero en el debate también se encarga de sembrar dudas (de una manera absolutamente irresponsable) sobre la veracidad de los diagnósticos de muerte cerebral. Su afiliación hace más fácil dilucidar su postura: es miembro del Comité de Bioética del Hospital Austral, que depende directamente del Opus Dei. A Espiño le preocupa que, con proyectos de ley como éste, se pase del paternalismo médico a una autonomía exagerada del paciente. Argumenta en favor del respeto a la lex artis, vale decir, el criterio por el cual el médico debe regirse según el estado actual de la ciencia, más allá de lo que el paciente desee; esto está muy bien, porque el paciente no puede saber si su propia situación es terminal, valorar su propia calidad de vida futura hipotética si sigue tal o cual tratamiento, etc. El problema es que este dilema no tiene verdadera solución, y que el paciente siempre puede terminar cayendo en manos de los médicos del Hospital Austral o de alguna otra institución que privilegie una doctrina dogmática o revelada por sobre otras consideraciones.
De Cynthia Hotton poco podemos decir porque la conocemos; pertenece a la iglesia evangélica pentecostal y su único propósito aparente en el Congreso es la propalación de la doctrina cristiana en su forma más fundamentalista, oponiéndose con argumentos sentimentales a todas las iniciativas que impulsen la libertad individual por sobre los caprichos de su dios imaginario. Ser testigo de su incapacidad discursiva y legal es penoso pero en modo alguno una experiencia extraordinaria. Para “informarse” sobre el complejísimo debate ético que rodea a las decisiones de muerte digna y encarnizamiento terapéutico, lo que hizo fue ir a visitar a Camila (una niña en estado vegetativo persistente que está en el centro de la escena mediática actual) y allí en ese cuerpo que sólo funciona porque está conectado a máquinas, dice, “Vi vida”. Eso fue lo más profundo que dijo, aparte de explicar que le costaba articular la palabra “encarnizamiento” porque ella es economista.
Nelly Espiño es un caso más complicado porque está de acuerdo con que Camila, como otros casos donde claramente no hay nada que hacer, debería ser dejada morir, pero en el debate también se encarga de sembrar dudas (de una manera absolutamente irresponsable) sobre la veracidad de los diagnósticos de muerte cerebral. Su afiliación hace más fácil dilucidar su postura: es miembro del Comité de Bioética del Hospital Austral, que depende directamente del Opus Dei. A Espiño le preocupa que, con proyectos de ley como éste, se pase del paternalismo médico a una autonomía exagerada del paciente. Argumenta en favor del respeto a la lex artis, vale decir, el criterio por el cual el médico debe regirse según el estado actual de la ciencia, más allá de lo que el paciente desee; esto está muy bien, porque el paciente no puede saber si su propia situación es terminal, valorar su propia calidad de vida futura hipotética si sigue tal o cual tratamiento, etc. El problema es que este dilema no tiene verdadera solución, y que el paciente siempre puede terminar cayendo en manos de los médicos del Hospital Austral o de alguna otra institución que privilegie una doctrina dogmática o revelada por sobre otras consideraciones.
martes, 11 de octubre de 2011
Podcast, ep. 14: Eutanasia, muerte digna y el control de los cuerpos


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lunes, 10 de octubre de 2011
Muerte digna en el Congreso argentino (III)
Para continuar con el tema de los proyectos sobre muerte digna que están en danza en el Congreso argentino, tengo aquí el de Samuel Cabanchik (Expediente S-644/11). Cabanchik es filósofo y senador nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El proyecto incluye la expresión de testimonio vital o voluntad anticipada del paciente. Es interesante de leer, pero además hemos podido oír de boca del mismo senador algunos detalles. Cabanchik estuvo en el programa Juego Limpio el pasado 29 de septiembre y se discutió el tema junto con la periodista Sofía Caram (cuya hermana Layla murió hace unos años al decidir la familia no conectarla a un soporte vital para prolongar su vida) y María Inés Franck, representante del Centro de Bioética, Persona y Familia (una organización de fachada de la Iglesia Católica).
Cabanchik sintió la necesidad de aclarar que su proyecto no tiene “nada que ver con la eutanasia”, aunque la enviada de Dios no se mostró muy conforme. Es que el proyecto de ley deroga el artículo 11 de la Ley 26.529, que regula los derechos del paciente, la historia clínica y el consentimiento informado. El art. 11 dice que el paciente puede dejar instrucciones sobre su tratamiento médico, pero a la vez le permite al médico negarse a obedecer esta voluntad si implica “prácticas eutanásicas”, prácticas que la ley no define: en resumen, el médico puede decidir que cualquier cosa que no prolongue el funcionamiento orgánico del cuerpo del paciente hasta el límite de lo que la tecnología lo permite es eutanasia, y rehusarse a cumplir con sus deseos. Los médicos de hecho hacen esto hoy, no necesariamente por razones ideológico-religiosas, sino por miedo a ser acusados de homicidio o mala praxis. El proyecto de Cabanchik define lo que es eutanasia y la prohíbe explícitamente.
Lo que Franck demandaba saber, y Cabanchik no dejó muy claro, es qué se entiende por la clase de soporte vital que puede ser retirado o rechazado. Un respirador artificial claramente lo es, pero ¿qué pasa con la alimentación y la hidratación? De los fundamentos del proyecto parece surgir que tanto la alimentación como la hidratación, si no tienen motivo más que prolongar “una vida meramente biológica”, deberían poder ser retiradas legalmente según la voluntad del paciente o sus familiares, según corresponda.
Esto de la “vida meramente biológica” me recordó una de las punzantes frases que escuché del Dr. Adamow en el Congreso de Ateísmo: la palabra vida, dijo, no debe formar parte de ningún debate serio (legal o médico), porque su falta de definición concreta y su carga emotiva la hacen inútil. A primera vista uno imagina que todos sabemos qué quiere decir “una vida meramente biológica”, pero no podemos olvidar que la mayor parte de la sociedad no tiene conocimientos básicos de biología o medicina, ni de los siglos de discusión de grandes filósofos sobre la ética del sufrimiento y la muerte, y cree además en nociones metafísicas como el alma y la creación de la vida por parte de un ser sobrenatural. Si prescindimos de esos conceptos insostenibles (cosa que un estado laico y moderno debe hacer en sus leyes), ¿qué papel cumple el calificativo de “meramente biológica” referido a la vida de una persona? ¿Se puede —en algún sentido que la ley o la medicina puedan discernir— vivir más allá de la biología?
Tengo más material sobre este tema y este proyecto en particular pero lo dejaré para un próximo artículo.
El proyecto incluye la expresión de testimonio vital o voluntad anticipada del paciente. Es interesante de leer, pero además hemos podido oír de boca del mismo senador algunos detalles. Cabanchik estuvo en el programa Juego Limpio el pasado 29 de septiembre y se discutió el tema junto con la periodista Sofía Caram (cuya hermana Layla murió hace unos años al decidir la familia no conectarla a un soporte vital para prolongar su vida) y María Inés Franck, representante del Centro de Bioética, Persona y Familia (una organización de fachada de la Iglesia Católica).
Cabanchik sintió la necesidad de aclarar que su proyecto no tiene “nada que ver con la eutanasia”, aunque la enviada de Dios no se mostró muy conforme. Es que el proyecto de ley deroga el artículo 11 de la Ley 26.529, que regula los derechos del paciente, la historia clínica y el consentimiento informado. El art. 11 dice que el paciente puede dejar instrucciones sobre su tratamiento médico, pero a la vez le permite al médico negarse a obedecer esta voluntad si implica “prácticas eutanásicas”, prácticas que la ley no define: en resumen, el médico puede decidir que cualquier cosa que no prolongue el funcionamiento orgánico del cuerpo del paciente hasta el límite de lo que la tecnología lo permite es eutanasia, y rehusarse a cumplir con sus deseos. Los médicos de hecho hacen esto hoy, no necesariamente por razones ideológico-religiosas, sino por miedo a ser acusados de homicidio o mala praxis. El proyecto de Cabanchik define lo que es eutanasia y la prohíbe explícitamente.
Lo que Franck demandaba saber, y Cabanchik no dejó muy claro, es qué se entiende por la clase de soporte vital que puede ser retirado o rechazado. Un respirador artificial claramente lo es, pero ¿qué pasa con la alimentación y la hidratación? De los fundamentos del proyecto parece surgir que tanto la alimentación como la hidratación, si no tienen motivo más que prolongar “una vida meramente biológica”, deberían poder ser retiradas legalmente según la voluntad del paciente o sus familiares, según corresponda.
Esto de la “vida meramente biológica” me recordó una de las punzantes frases que escuché del Dr. Adamow en el Congreso de Ateísmo: la palabra vida, dijo, no debe formar parte de ningún debate serio (legal o médico), porque su falta de definición concreta y su carga emotiva la hacen inútil. A primera vista uno imagina que todos sabemos qué quiere decir “una vida meramente biológica”, pero no podemos olvidar que la mayor parte de la sociedad no tiene conocimientos básicos de biología o medicina, ni de los siglos de discusión de grandes filósofos sobre la ética del sufrimiento y la muerte, y cree además en nociones metafísicas como el alma y la creación de la vida por parte de un ser sobrenatural. Si prescindimos de esos conceptos insostenibles (cosa que un estado laico y moderno debe hacer en sus leyes), ¿qué papel cumple el calificativo de “meramente biológica” referido a la vida de una persona? ¿Se puede —en algún sentido que la ley o la medicina puedan discernir— vivir más allá de la biología?
Tengo más material sobre este tema y este proyecto en particular pero lo dejaré para un próximo artículo.
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viernes, 7 de octubre de 2011
Muerte digna en el Congreso argentino (II)
Liliana Negre de Alonso, premiada por sus patrones. |
Mi instinto, lamentablemente, no estaba errado; lo curioso se esfuma en cuanto uno lee el proyecto (Expediente S-3873/10). Lo que propone es bastante bueno: un sistema nacional de cuidados paliativos, con profesionales formados y habilitados específicamente para tratar al enfermo en la última etapa de su vida y confortarlo junto con su familia. Hasta aquí todo bien. Las alarmas se encienden en el artículo 4:
El Sistema Nacional de Cuidados Paliativos debe basarse en los siguientes principios:El inciso 1 parece un formulismo (creo que nadie necesita que le recuerden la importancia de la vida), pero lo de “todas sus etapas” denuncia el origen católico del proyecto. No pierdan de vista el final del inciso 3, porque es un punto crucial. Luego del texto del proyecto en sí están los fundamentos, y ahí es donde se ve adónde va realmente la cuestión:
1.- De reafirmación de la importancia de la vida en todas sus etapas (…)
2.- De respeto de la voluntad del paciente a elegir;
3.- De reconocimiento de los cuidados paliativos como un derecho inalienable de las personas con enfermedades en estado terminal.
Valga la aclaración que sólo se puede aplicar cuidados paliativos a aquellas personas, que como bien señala la definición de la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.), no responden al tratamiento curativo, es decir, pacientes en fase terminal.Ocurre en ocasiones que, para evitar que se sancione una ley determinada, se impulsa otra que cubre algunos de los puntos de su competidora y que es menos controvertida, con lo cual tiene más posibilidades de ser aprobada, cancelando el debate de fondo al menos por un tiempo. No cabe duda que los cuidados paliativos son importantes y deben estar reglamentados por una ley, pero los cuidados paliativos se definen como atención para pacientes cuya muerte es inevitable. Si la muerte es evitable, debe ser evitada, incluso si eso implica mantener con vida artificialmente un cuerpo humano cuyas funciones cerebrales superiores ya no existen, causando un sufrimiento prolongado a la familia del paciente y un inmenso gasto de recursos económicos y humanos. Sólo se puede aceptar la muerte del cuerpo del paciente si las medidas necesarias para mantenerlo vivo fueran extremas (encarnizamiento terapéutico) y la muerte fuera sólo cuestión de tiempo de todas maneras. Los pacientes que se encuentran en coma o en estado vegetativo persistente o permanente no son pacientes en fase terminal.
Para ser honestos, no puede decirse que la senadora Negre de Alonso o su co-firmante, Adolfo Rodríguez Saá, hayan querido presentar este proyecto como uno de “muerte digna” o para atajarse de otros proyectos en ese sentido. Pero dado que esto es claro, y aun así los medios reportan sobre este proyecto poniéndolo en la misma categoría que el del diputado Jorge Rivas, creo importante diferenciarlos.
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miércoles, 5 de octubre de 2011
Muerte digna en el Congreso argentino (I)
El diputado nacional Jorge Rivas ha presentado en el congreso argentino un proyecto de ley que incorpora el derecho a una muerte digna y al testamento vital. Según reporta el portal Noticias Congreso Nacional,
Ni lerda ni perezosa, la Sociedad Argentina de Ética Médica y Biológica (SAEMB), una fachada apenas opaca de la Iglesia Católica, se pronunció sobre el tema de la muerte digna, repitiendo la parte relevante de la doctrina que pasa por “ética” entre los fieles: todo lo que se haga para mantener vivo un cuerpo humano, siempre que no implique medios “sofisticados, extraordinarios, experimentales, caros, desproporcionados, excepcionales”, es obligatorio. Si el cuerpo del paciente no muere, hay que seguir alimentándolo y encargándose de que respire indefinidamente. Nótese que hablo de “cuerpo” porque para esta gente un cuerpo sin actividad cerebral detectable durante años sigue siendo una persona, aunque según casi cualquier criterio razonable, es evidente que ya no lo es (y esto, me parece, debería ser más claro todavía para quienes creen que la consciencia y la personalidad residen en un espíritu, separado del cuerpo físico).
En el Congreso de la Nación hay en este momento (contando el de Rivas) doce proyectos relacionados con la muerte digna y los cuidados paliativos, cinco en el Senado y siete en la Cámara de Diputados. Los del Senado tienen el punto curioso de que casi todos ellos fueron presentados por legisladores de derecha; el más curioso es de la autoría de Liliana Negre de Alonso, la senadora del Opus Dei que durante meses intentó embarrar el debate de la ley de matrimonio para personas del mismo sexo. Lo curioso se esfuma con rapidez en cuanto uno lee el proyecto… De eso hablaré en un artículo posterior.
El proyecto de Rivas establece que sea “derecho del paciente enfermo en situación terminal, estado irreversible o de agonía a tomar una decisión autónoma y a recibir cuidados paliativos integrales y un adecuado tratamiento del dolor en el proceso de muerte”.El de Rivas parece ser (no lo he leído) un auténtico proyecto de muerte digna, que contempla el derecho básico de cada persona a decidir sobre el final de su propia vida. Rivas, que estuvo entre la vida y la muerte durante meses luego de ser golpeado brutalmente en 2008 y quedó cuadriplégico y sin habla, se comprometió a presentarlo luego de conversar con la madre de Camila Herbón, una niña que se encuentra en estado vegetativo persistente y a la que no le permiten morir.
Ni lerda ni perezosa, la Sociedad Argentina de Ética Médica y Biológica (SAEMB), una fachada apenas opaca de la Iglesia Católica, se pronunció sobre el tema de la muerte digna, repitiendo la parte relevante de la doctrina que pasa por “ética” entre los fieles: todo lo que se haga para mantener vivo un cuerpo humano, siempre que no implique medios “sofisticados, extraordinarios, experimentales, caros, desproporcionados, excepcionales”, es obligatorio. Si el cuerpo del paciente no muere, hay que seguir alimentándolo y encargándose de que respire indefinidamente. Nótese que hablo de “cuerpo” porque para esta gente un cuerpo sin actividad cerebral detectable durante años sigue siendo una persona, aunque según casi cualquier criterio razonable, es evidente que ya no lo es (y esto, me parece, debería ser más claro todavía para quienes creen que la consciencia y la personalidad residen en un espíritu, separado del cuerpo físico).
En el Congreso de la Nación hay en este momento (contando el de Rivas) doce proyectos relacionados con la muerte digna y los cuidados paliativos, cinco en el Senado y siete en la Cámara de Diputados. Los del Senado tienen el punto curioso de que casi todos ellos fueron presentados por legisladores de derecha; el más curioso es de la autoría de Liliana Negre de Alonso, la senadora del Opus Dei que durante meses intentó embarrar el debate de la ley de matrimonio para personas del mismo sexo. Lo curioso se esfuma con rapidez en cuanto uno lee el proyecto… De eso hablaré en un artículo posterior.
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Publicado por
Pablo
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