
En el nuevo logo desaparecen las religiones (y las pseudorreligiones) menos comunes o menos relevantes, y quedan representadas aquellas que más me han ocupado durante estos años. El judaísmo es minoritario a nivel mundial y también en Argentina —desde donde escribo—, pero no podía obviarlo como religión madre de las que llamamos abrahámicas. Del cristianismo no hace falta hablar… El islam tiene una influencia cada vez mayor a nivel geopolítico y no podía soslayarlo. Pero la intención de poner ahí a la mujer con su burqa no era sólo aludir al mundo musulmán sino a temas comunes a todas las religiones: el sometimiento de la mujer, la negación de los atributos y deseos del cuerpo, la restricción forzada de la visión.
Este último punto me recuerda también el último capítulo de The God Delusion, de Richard Dawkins, titulado precisamente “La madre de todas las burkas”, donde compara nuestras capacidades sensoriales con un velo que sólo nos permite ver una pequeñísima fracción de la realidad, un velo que la ciencia y la tecnología han podido rasgar. Las religiones no sólo restringen y distorsionan nuestra visión moral y ética —por ejemplo, elevando a mandamiento la sumisión a un dios inexistente, o calificando de inmorales acciones que no dañan a nadie—, sino que también han estado en contra de la ampliación de nuestra visión de la realidad a través de la ciencia siempre que esa ampliación implicase una amenaza a sus doctrinas. Detrás de esa burqa no está sólo el ícono de una mujer musulmana: estamos, en potencia, todos nosotros.