El que escribe se llama Abdennur Prado. Propone que en realidad el ateísmo occidental (suenan alarmas ya en este punto) no es más que el rechazo de la idolatría cristiana. El Dios cristiano es una persona, se ha encarnado, es concebible parcialmente como un ser humano con quien se puede tener una relación inteligible. El “ateísmo occidental” sería la negación de esta concepción cristiana. Los ateos que rechazamos el islam en realidad lo hacemos porque rechazamos de plano toda religión; si comprendiésemos el islam nos daríamos cuenta de que Dios es la Realidad:
Dios es más grande. Más grande que cualquier cosa que se pueda decir, pensar u afirmar de Él. Es una Realidad inabarcable para el ser humano, la propia estructura viviente de las cosas, el fundamento de todo cuanto existe, la misericordia que hace surgir vida de la tierra muerta fertilizada por la lluvia. Negar a Al-lâh equivale a negar la propia existencia de las cosas.Prado reconoce como legítimos los motivos del ateísmo, pero dice que se queda a mitad de camino: el ateísmo niega el dogma, niega las afirmaciones sobre Dios, niega el concepto de Dios como persona, como concepto abarcable por la mente humana y por lo tanto manipulable, niega que se lo pueda representar, y en todo esto —afirma— es igual al islam, pero el islam da un paso más y reconoce que sólo hay un Dios, es decir, una Realidad. Los ateos tenemos una imagen infantil de Dios (la que nos ha vendido el cristianismo) y al rechazarla cometemos el error de rechazar al verdadero Dios.
Todo esto es interesante y sería muy útil para tener en cuenta si no fuera por sus múltiples fallas. En primer lugar, el islam ilustrado de Prado y similares no es el islam que siguen mil millones de personas en el planeta; de hecho apostaría a que Prado sería ahorcado o lapidado por blasfemia en casi cualquier lugar del mundo musulmán, o cuanto menos colocado en una lista negra, por negar que se pueda acceder a las intenciones divinas (¿qué sería de los mulás, los ayatolás y demás parásitos si así fuera?). En segundo lugar, es patentemente falso que el islam no sea dogmático o no emplee representaciones de Dios; siendo una religión fuertemente literalista, todo el Corán es como un gran dogma de muchos capítulos (hágase la prueba de negar la veracidad de un solo versículo, si no), y para los fines prácticos Mahoma, el Profeta, funciona como un dios subalterno, de quien se toman ejemplos y preceptos morales como palabra santa e inerrable.
En tercer lugar, y mucho más importante según lo veo, el ateísmo no es la simple negación del Dios cristiano. Existe ciertamente un ateísmo reactivo y hasta un ateísmo infantil; todos conocemos ateos que niegan a Dios y blasfeman de puro gusto y rebeldía, pero por la poca elaboración intelectual que han hecho caen de lleno en los brazos de misticismos varios o de pseudorreligiones como el comunismo o la creencia en extraterrestres benévolos que nos vigilan. Esos ateos, con un esfuerzo considerable de negación de la realidad, podrían ser convencidos de que el islam en su variante más abstracta —como plantea Prado— es una espiritualidad afín. La mayoría de nosotros, me atrevo a decir, no.
Lo de Prado suena muy similar a lo de muchos teólogos cristianos, también preocupados por la imagen infantil que los creyentes tienen de Dios, que transforman a Dios en un concepto inefable e inabarcable en escritos complicadísimos que luego sólo ellos leen. Esta imagen está bastante a salvo de críticas ateas precisamente porque es infalsable, además de irrelevante. La religión a nivel práctico, que es el que nos ocupa salvo que seamos estudiosos profundos del tema, no se basa en conceptos tan elevados y puros.
El concepto de Dios no es abarcable, no porque Dios sea una Realidad superior a nuestro intelecto, sino porque es absurdo. Esto es lo que se llama, si lo entendí bien, ateísmo esencial. Nadie sabe lo que dice cuando dice “Dios”. Por eso, mal que le pese a Abdennur Prado, yo no creo que su dios sea distinto, en ningún sentido fundamental, de los otros constructos verbales sin sentido que pululan en las mentes humanas.