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sábado, 13 de julio de 2013

ONU llamando al Vaticano

Como probablemente sepa el lector, el Vaticano ha sido llamado por la ONU a responder sobre una lista de puntos relacionados con los abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes, religiosas e instituciones de la Iglesia Católica. El Vaticano es miembro observador de la ONU y ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), por lo cual está obligado a responder. Hace 15 años que no lo hace y esta vez las preguntas son mucho más incisivas y detalladas que nunca. En 2011, presionado, el Vaticano amenazó con retirarse de la CDN, como indica EuroXpress:
Los especialistas de Naciones Unidas preguntan para iniciar la lista de interrogantes si la «Iglesia católica reconoce estos casos de violencia sexual contra menores por parte de miembros del clero, sacerdotes y monjas de varios países» y les interroga sobre «informaciones detalladas en todos los casos».

El CDN ha preguntado, por ejemplo, cómo estaba asegurándose el Vaticano de que los curas abusadores no tuvieran más contacto con niños y qué instrucciones había emitido la Santa Sede para asegurar que los casos conocidos por la Iglesia sean reportados a la policía.

Los expertos también investigan si la Iglesia ha silenciado a algunos niños víctimas de abusos sexuales y preguntan sobre la veracidad de las denuncias a la Iglesia en varios países, entre ellos Estados Unidos e Irlanda, donde ha sido acusada de trasladar a curas sospechosos de una diócesis a otra y de manejar el tema de manera secreta.

En su investigación también cuestionan las medidas adoptadas para prevenir y condenar los castigos corporales en algunas escuelas católicas y para evitar una educación de género discriminatoria en estos centros.

El comité también preguntó si la Iglesia había investigado el Asilo de las Magdalenas por las denuncias de tortura y tratos degradantes ocurridos en Irlanda entre 1922 y 1996 a miles de mujeres explotadas en las lavanderías de la congregación católica.
Casi al mismo tiempo nos encontramos con la noticia de que el Papa Francisco acaba de aprobar una importante reforma de las leyes penales de la Santa Sede, poniéndolas a tono con la legislación europea e internacional, y en particular agravando las penas para los abusadores y violadores de menores.

En una nota para la Rationalist Association (la Asociación Racionalista del Reino Unido), Anna Vesterinen se pregunta, más bien retóricamente: “¿Está el Vaticano poniendo sus cosas en orden o encargándose de su imagen?”. Es que la coincidencia en el tiempo entre la convocatoria de las Naciones Unidas y este cambio legal no es —casi con seguridad— una verdadera coincidencia.
«El endurecimiento del trato a los sacerdotes pedófilos por parte del Vaticano no tiene precedentes, dado que lo más cercano al abuso sexual que la legislación del estado incluía previamente era una nebulosa idea de crímenes contra las “buenas costumbres”. Pero el hecho de que el anuncio se haya hecho apenas dos días después de que saliera a la luz la lista de la CDN pone en duda la motivación real que hay detrás de las reformas. El director de [la organización de víctimas de sacerdotes abusadores] SNAP, David Clohessy, comentó sobre la nueva prohibición de abusos sexuales a niños: “En el mundo real, esto no cambia prácticamente nada. Es precisamente la clase de gesto de ‘buena onda’ en el que se especializan desde hace tiempo los funcionarios vaticanos: retocar protocolos eclesiásticos contra el abuso, insignificantes y frecuentemente ignorados, para generar titulares positivos, pero nada más.” Añadió: “La jerarquía de la Iglesia no necesita nuevas reglas sobre el abuso. Lo que necesita es seguir leyes seculares que hace tiempo que están vigentes.”

»El hecho de que la pena por filtrar documentos internos sea más severa que la que les cabe a quienes cometan abuso infantil (a los filtradores les pueden caber ocho años en prisión si el material concierne a los “intereses fundamentales” de la Santa Sede o sus relaciones diplomáticas) debería decirnos algo sobre las verdaderas prioridades de las autoridades católicas.»
Los gestos simbólicos y las grandes reformas en papel son inútiles; peor que inútiles: meras distracciones. El hecho de que la Santa Sede sea un estado ya es una burla. Sin la inmunidad diplomática que esto le confiere al Papa, el predecesor de Francisco ya habría tenido que responder a muchas preguntas, y Francisco mismo habría tenido que pasar sus primeros días de pontificado desfilando por cortes judiciales. El Vaticano es una caricatura de estado soberano que nunca debió existir ni tener derecho a imponer leyes dentro de su minúsculo territorio, que ha servido (y sirve todavía) de refugio a criminales. La única reforma satisfactoria es la disolución del estado vaticano como tal y la adopción por parte de la Iglesia Católica de las leyes de los países donde está presente, que en su inmensa mayoría no esperaron hasta la segunda década del Tercer Milenio para decidir que violar niños es ilegal.

jueves, 21 de febrero de 2013

Falacias sobre la laicidad

Leo en InfoCatólica un artículo del sacerdote Pedro Trevijano Etcheverria que resulta destacable por su densidad de falacias y falsedades, incluso para un texto escrito por un engañabobos profesional. Es una de esas notas de donde brota fingida indignación, montada por gente que se llena la boca hablando de democracia y libertad pero que estaría (¡y ha estado!) perfectamente cómoda en la peor clase de dictadura.


Comienza mencionando a la asociación laicista Europa Laica, de la cual cita cinco demandas o peticiones bastante razonables apuntadas a la separación entre iglesia y estado. Trevijano defiende todas las cosas a las que se opone Europa Laica, incluyendo el adoctrinamiento religioso en las escuelas financiado con dinero del estado, al que otros parásitos como él simulan, al menos, oponerse (bien que sin hacer nada por que se derogue). Sus razones son primordialmente de leguleyo: que no se puede cambiar esto o lo otro porque hay una ley que lo exige o porque está en la Constitución; como si ignorase que las leyes y la Constitución de España (igual que las de la mayoría de sus ex-colonias) fueron redactadas por legisladores que eran o bien fanáticos religiosos, o bien a sueldo del Vaticano, o como mínimo presionados por la Iglesia Católica.

La primera de las peticiones laicistas es la derogación de los acuerdos entre el estado español y la Santa Sede. Estos acuerdos son pactos internacionales y romperlos unilateralmente pondría a los españoles “a la altura de la señora Kirchner”, a decir del “padre” Trevijano. La alusión argentina es impertinente, no porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sea incapaz de romper leyes y contratos, sino porque CFK se ha cuidado muy bien de enemistarse con la Iglesia y tiene una excelente relación formal con sus jerarcas*; los privilegios que vergonzosamente el estado argentino otorga a la Iglesia Católica, concedidos en tiempos de dictadura y mantenidos por los gobiernos democráticos, kirchneristas incluidos, están totalmente a salvo, tanto como lo están en España bajo el gobierno del Partido Popular y antes del PSOE. Un pacto es la manifestación de un acuerdo o coincidencia; si las ideas ya no coinciden y el acuerdo se rompe, el pacto puede y debe deshacerse. Ninguna ley es inamovible.
* Ante los previsibles comentarios en relación al apoyo kirchnerista al matrimonio entre parejas del mismo sexo, me gustaría recordar que ni ese asunto ni otros de ese calibre han minado de forma visible la relación iglesia-estado en Argentina, que continúa bien aceitada. Las disputas siempre han sido confrontaciones de poder entre kirchnerismo y cúpula eclesiástica, y no han conformado una avanzada laicista. 
A Trevijano le llama la atención que Europa Laica afirme que “el laicismo [es] condición indispensable de cualquier verdadero sistema democrático” y concluye de esto que los laicistas excluyen del sistema democrático a los no-laicistas, transformándose así en un movimiento totalitario. La falacia está bien a la vista, pero recordemos que Trevijano cree que tres personas son una y que las mujeres pueden ser preñadas por Dios, así que su raciocinio está un poco nublado. El laicismo no demanda que todo el mundo sea laicista. En un estado laico se puede tener cualquier religión y creer que es la única verdadera y profesarlo; lo que no se puede hacer es obligar a otros a profesar esa misma religión, ni exigir de los contribuyentes que paguen por la difusión de esa religión. En otras palabras, uno tiene derecho a gritar, pero no a pedir que los demás lo escuchen o que el gobierno le compre un megáfono.

La desfachatez no termina.
El laicismo se basa en la creencia en la no existencia de Dios, lo que supone la no aceptación de la Verdad absoluta, porque al no existir Dios, la Verdad absoluta no existe o es inalcanzable, por lo menos a nivel objetivo.
Esto es aproximadamente igual que decir que la aeronáutica se basa en la creencia en la no existencia de Dios (¿por qué no decir “ateísmo” y listo? Debe ser para remarcar esa idea tan estúpida como extendida de que el ateísmo es una creencia…). Nada en la aeronáutica hace referencia a Dios. Un teólogo podría decir que Dios está en la aeronáutica porque es ciencia y creatividad humana y tanto el conocimiento como la facultad de crear vienen de Dios; fuera de esas vaguedades forzadas, creería que es bastante correcto decir que a nadie dedicado a la aeronáutica le importa la existencia de Dios en ese ámbito. Lo mismo con cualquier ciencia o disciplina fuera del sacerdocio o la teología o el arte sacro, probablemente.

El laicismo se basa en la idea de que es un derecho humano creer cualquier cosa, y que también es un derecho practicar cualquier religión, en tanto esto no infrinja los derechos de los demás y no ocasione daños a terceros. Si hay una creencia implícita aquí, es que los asuntos de una sociedad potencialmente diversa, con individuos autónomos, no pueden ser reglamentados en base a una doctrina religiosa, aun cuando se deje espacio a la reglamentación voluntaria de las vidas de los individuos en base a una fe religiosa dada. Para el creyente devoto y para el jerarca interesado en mantener poder y prestigio social, esto toma un aspecto amenazante porque el laicismo se transforma en una afirmación sobre su fe: los laicistas le estamos diciendo al creyente, al cura, al obispo, que hay límites que su dios no tiene permitido cruzar. Estamos negando la esencia de la religión organizada, que es la de mantener una hegemonía completa sobre los pensamientos y las acciones de la sociedad completa, de buen grado o por la fuerza. El catolicismo bien entendido es integrista, totalitario, al igual que el islam: sus doctrinas no permiten —de hecho explícitamente prohíben— la separación entre la esfera privada y la pública. No se puede dejar la fe en casa cuando uno sale a la calle o cuando se sienta en un escaño de legislador.

Trevijano concluye celebrando que al menos todavía haya elecciones libres, para que el totalitarismo laicista no pueda imponerse del todo. ¡Valientes palabras! El catolicismo español y latinoamericano nunca floreció tanto como bajo monarquías y dictaduras. Su adaptación a la democracia fue tardía, forzada, incómoda y visiblemente incompleta. ¡Pero que celebre el buen señor cura! Es el estado laico el que le garantiza a sus fieles libertad para creer las tonterías que dice y para ir a llenar su canasta de limosnas.

lunes, 17 de septiembre de 2012

La inocencia de los musulmanes

El 11 de septiembre pasado un grupo de personas asaltaron una embajada estadounidense y la incendiaron, matando al embajador, durante una protesta provocada por una película (no producida por el estado norteamericano, ni distribuida por la embajada de dicho país, ni nada parecido) que ofendía su religión. Casi no hay nadie en el planeta que al leer la frase anterior pueda dudar de qué religión eran los asesinos, pero por si acaso fuera así, se trataba del islam; el país fue Libia. Los manifestantes también mataron a otros tres funcionarios en un asalto al convoy que iba a rescatar a las víctimas del incendio. En Egipto otro grupo de manifestantes irrumpió en la embajada de Estados Unidos y arrancó su bandera para poner en su lugar una negra con las palabras de la profesión de fe islámica.

La película, titulada La inocencia de los musulmanes, es una producción de ínfima calidad de un tal Sam Bacile, que dijo ser judío israelí y que vive o vivía en California. Se dijo que fue promovida por el pastor evangélico quema-Coranes, Terry Jones, y por dos cristianos egipcios. El nombre Sam Bacile es con seguridad un pseudónimo. Al igual que en el caso del libro de Salman Rushdie, Los versos satánicos, y de las caricaturas de Mahoma en el diario danés Jyllands-Posten, es seguro que la inmensa mayoría de los manifestantes dispuestos a incendiar edificios y matar a personas inocentes a causa de la película jamás la vieron. De hecho sólo se conocía un trailer de 14 minutos publicado en YouTube.


Resulta interesante leer algunas de las reacciones ante el ataque y los muertos. Los políticos, siempre políticos, se manifestaron según sus prioridades. Hillary Clinton dijo que “…este video es repugnante y condenable (…), profundamente cínico, para denigrar a una gran religión y provocar enojo.” Sólo después de este preludio aclaró: “Pero como dije (…), no hay justificación, ninguna en absoluto, para responder a este video con violencia.” ¿Pero? ¿Una gran religión? No sé qué querrá decir que una religión es grande, pero seguramente una religión que en catorce siglos no ha producido ninguna forma popular más civilizada que estas hordas de asesinos de ofensa fácil no es una gran religión en ningún sentido concebible excepto el de la cantidad y el del terror que puede inspirar.

El sitio web Global Voices, que recoge noticias independientes de todas partes del mundo, reunió algunas de las reacciones dispersas de personas comunes en Twitter. Llama la atención cómo muchos libios, musulmanes o no, ofendidos o no, demostraron tener sus prioridades morales mejor situadas que Hillary Clinton. O que el Director de la Sala de Prensa del Vaticano, Federico Lombardi, que dijo:
“El respeto profundo por las creencias, los textos, los grandes personajes y los símbolos de las diversas religiones son una premisa esencial de la convivencia pacífica de los pueblos. Las consecuencias gravísimas de las injustificadas ofensas y provocaciones contra la sensibilidad de los creyentes musulmanes son una vez más evidentes en estos días, por las reacciones que suscitan, también con resultados trágicos, que a su vez hacen más profunda la tensión y el odio, desencadenando una violencia del todo inaceptable.”
Unas sesenta palabras para justificar el asesinato de inocentes en nombre del respeto a las creencias de los fanáticos asesinos, un párrafo entero para condenar sólo al final el asesinato (¡por 14 minutos de video!)  como “violencia inaceptable”. ¿Por qué dice que es inaceptable algo que él mismo acaba de describir casi como una consecuencia automática y lógica de “ofensas y provocaciones”?

Esto, además, de parte del vocero de un estado que en el pasado reciente se alió con los estados teocráticos islámicos para exigir la supresión del discurso crítico a las religiones y castigos legales a la “blasfemia”, la “profanación” y la ofensa a los delicados sentimientos de los extremistas, hasta que se dieron cuenta de que los extremistas (en Pakistán, en la India, en Nigeria) estaban matando católicos y —peor aún— quemando iglesias.

La provocación puede ser irresponsable, pero la respuesta a la provocación no es responsabilidad del provocador. Los seres humanos no funcionamos mecánicamente a nivel social; no toda acción tiene que acarrear inevitablemente una reacción (y desde luego, el incendio de una embajada no es una reacción equivalente en fuerza a una burla a Mahoma). Quizá los políticos alguna vez se metan este principio en la cabeza y aprendan a no justificar implícitamente a los asesinos autonombrados defensores de la religión. Y mejor aún, a no aliarse con ellos.

jueves, 26 de abril de 2012

Vatileaks


«Miembros del personal del Vaticano que han estado filtrando embarazosas cartas sobre hechos de corrupción y nepotismo dentro de la minúscula ciudad-estado van a ser cazados por un escuadrón de choque de cardenales liderados por un miembro de alto nivel del grupo religioso Opus Dei.

»Irritado por la liberación anónima de documentos a la prensa ocurrida durante este año, el Papa Benedicto ha nombrado al Cardenal Julián Herranz, de 82 años, a la cabeza de un equipo de tres hombres que llamará a interrogatorio al personal y rebuscará entre los archivos hasta encontrar a los perpetradores de lo que se ha dado en llamar el “Vatileaks”. (…)

»El grupo de Herranz, que se reunió por primera vez este fin de semana, es sólo una de las tres iniciativas de investigación en marcha actualmente en la Santa Sede acerca de la filtración, en enero y febrero, de cartas mencionando el misterioso secuestro de Emanuela Orlandi (hija de un empleado del Vaticano) en 1983, la fecha posible de muerte de Benedicto, y un conflicto interno sobre hasta qué punto debería transparentarse el funcionamiento del Banco Vaticano en su intento de librarse de acusaciones de lavado de dinero.»

Fuente: The Guardian, 26 de abril de 2012.

lunes, 18 de julio de 2011

Podcast, episodio 6

En esta edición del podcast de Alerta Religión: noticias de las Islas Británicas. En Inglaterra, el Rabino en Jefe (ortodoxo) denuncia que si el estado sigue imponiéndoles a las religiones dejar de discriminar y tratar a todos como iguales (mujeres, gays, etc.) van a terminar volviéndose a ir a Estados Unidos en un barco para poder tener “libertad religiosa”. Hace unos años había dicho que Europa se muere de vejez porque los ateos no tienen valores familiares, son egoístas y no quieren hijos. En Irlanda, el Ministro de Relaciones Exteriores llama al embajador de la Santa Sede para pedir explicaciones por el encubrimiento de abusos sexuales a niños, y los católicos rezongan porque se convertirá en delito no denunciar los abusos, incluso cuando hayan sido revelados en confesión: el secreto sacramental de la confesión “está por encima de todo” (la justicia, la decencia, la humanidad).