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sábado, 11 de enero de 2014

Libertad para impedir

Estoy oficialmente de vacaciones pero no quería dejar olvidada esta noticia. Algunos quizá sepan del gran lío que se le armó a Barack Obama cuando quiso que se aprobara su paquete de salud pública (rápidamente bautizado Obamacare). Una parte de la oposición se centró específicamente en la obligación legal, de parte de todos los empleadores, de ofrecer a sus empleados un seguro que cubriese servicios de salud reproductiva.

Al contrario de lo que sus detractores más alucinados proclaman, Obama no es un criptocomunista decidido a instaurar una dictadura cuasi-soviética en su país, y la ley incluía un compromiso por el cual quedan exentas de esta obligación las organizaciones religiosas en sentido estricto. Vale decir: si un templo de una religión que se opone a la anticoncepción o al aborto tiene empleados, el empleador puede ampararse en este hecho para no ofrecer un plan de salud que incluya esas prácticas.

Manifestantes católicos pidiendo libertad para poder privar de sus derechos a otras personas.
Manifestantes católicos pidiendo libertad para poder privar de sus derechos a otras personas.

En un mundo donde las religiones se dedicaran a enseñar o predicar doctrinas y servir como puntos de reunión o de ritos compartidos, eso debería haber bastado. Pero ocurre que las grandes religiones nunca son realmente eso; son organizaciones que edifican estructuras de poder muy similares a las corporaciones empresarias. La Iglesia Católica, particularmente, regentea un sinnúmero de escuelas, universidades, institutos de investigación e incluso hospitales, además de muchas ONGs y fachadas varias anotadas como “sin fines de lucro”. Las parroquias en sí son una pequeñísima parte de su estructura; la exención legal no les bastaba. ¿Se imaginan a una escuela católica pagándole a sus maestras un plan de salud con el cual tuvieran acceso a la píldora?

Las ONGs católicas, entonces, solicitaron ser exceptuadas de ese punto del Obamacare. Y lo lograron: en la víspera de Año Nuevo, la jueza de la Corte Suprema Sonia Sotomayor les otorgó una suspensión temporal (hasta que la Corte escuche y decida sobre el caso, lo cual puede tomar tiempo). Lo único que tiene que hacer una ONG religiosa para negarle a sus empleados el acceso a la salud reproductiva a su costa es llenar un formulario. El formulario autoriza a la empresa de seguros de salud a prestar el servicio por su cuenta, sin que el empleador pague ni se entere siquiera.

Hasta aquí, una historia más de la ruindad de la Iglesia Católica. ¡Pero hay más! Enterados de la medida de Sotomayor, unas adorables monjitas han presentado una demanda… contra el llenado del formulario que les permite quedar exentas de la ley. Completar el formulario, dicen, es una violación de su libertad religiosa, porque firmarlo equivale a facilitar que se provean anticonceptivos.

Desde el punto de vista de las monjas, tienen razón, claro, aunque cabe preguntarse por qué no van más lejos: idealmente, deberían dejar de pagar impuestos al gobierno de Obama, o trabajar ellas mismas en vez de tomar empleados formalmente, o tomar sólo empleados y empleadas que no vayan a necesitar jamás servicios de salud reproductiva (mujeres postmenopáusicas y poco más, supongo), o ir a hacer su tarea a un lugar más respetuoso de su “libertad religiosa” (hay muchísimos lugares así, aunque afortunadamente no tantos). Mantener estrictamente la moral católica de todo un grupo de personas mientras se monta una organización legal en un país moderno es, como se dice en Estados Unidos, pretender quedarse con la torta y a la vez comérsela.

En último término, la razón por la cual las ONGs católicas no quieren llenar el dichoso formulario no pasa por su “libertad religiosa”, sino por el objetivo real, que siempre ha sido claro, de quitarle a todas las personas posibles el acceso a la salud reproductiva. Si una organización puede negarse a ofrecer un seguro de salud con cobertura de anticoncepción y aborto y además no tiene que llenar un formulario autorizando a las aseguradoras a ofrecer estos servicios por su cuenta, el resultado es que el empleado no puede acceder a ellos ni como parte del seguro de su empleador ni por fuera de éste: sólo puede hacerlo privadamente, abonando los costos completos, que pueden ser prohibitivos (el costo de la salud en Estados Unidos es el más caro del mundo por lejos).

Ofrecer una mano y terminar dando hasta el codo: tal es el resultado de conceder a las organizaciones religiosas privilegios que no merecen.

sábado, 4 de enero de 2014

La laicidad del estado vs. las “raíces cristianas”

Algo más sobre aquel tema de la “cristianofobia” que el cura chileno Raúl Hasbún denunciaba, apuntando a ciertas medidas laicistas del plan de gobierno de Michelle Bachelet. Más bien, algo sobre por qué Hasbún arguye (y quizá cree) que la laicidad es irracional.
Hoy tiende a configurarse, en los mundos que se dicen “desarrollados”, una fobia contra el ejercicio público de la fe cristiana. Lo irracional y anormal de esta fobia radica en que surge precisamente en culturas que tienen, en el cristianismo, su raíz y sustento fundacional.
Hasbún ya explicó antes lo que es una fobia de una manera que deja en claro que no entiende, o no quiere entender, lo que es una fobia. La exhibición pública de la religión —como cualquier exhibición pública— puede causar disgusto en algunas personas o puede disparar en ellas ciertos prejuicios, pero es poco probable que sea una verdadera fobia. (En este sentido, claro está, deberíamos moderar severamente el uso de la palabra “homofobia”. Una persona que odia a los homosexuales no tiene una fobia.) Por ejemplo, a mí me provocó cierta vez una gran pena teñida de asco ver niños marchando en una procesión antiabortista con un sacerdote al frente; eso no significa que yo tenga fobia a los curas ni a los católicos antiabortistas, ya que puedo muy bien acercarme a ellos, hablarles y hasta discutir, si viniera al caso.

Pero lo que Hasbún quiere decir es que no tiene sentido (o sea, no tiene razón lógica) que las personas de una cultura con raíces cristianas rechacen la exhibición pública de la fe cristiana. Implícitamente, además, Hasbún proclama que atacar al cristianismo es atacar las mismas bases de la civilización (su “sustento fundacional”). Aquí no puedo dejar de recordar que la palabra “fundamentalismo” significa precisamente aquella actitud que defiende Hasbún, vale decir, la de volver a los valores “básicos”, supuestamente originales, de la religión.

Ahora bien, ¿por qué estamos obligados a conformarnos con nuestras “raíces”? ¿Por qué no —siguiendo la metáfora vegetal— permitir que nuestra cultura eche ramas, florezca, se cruce con otras y fructifique produciendo algo mejor? ¿Por qué es mejor la endogamia cultural, el cierre total a esa hibridación de civilizaciones que ha sido la marca de las naciones y los imperios más prósperos?

Y pasando a las metáforas arquitectónicas ahora: si el cristianismo es de hecho el sustento de nuestra civilización y nuestra identidad, ¿cómo podemos abandonarlo? Y si lo abandonamos, ¿por qué no se desmorona toda nuestra sociedad? Naturalmente, ésta es la advertencia pseudoprofética de todos los conservadores, religiosos o no, de la historia: si dejamos de lado nuestros valores (nuestros prejuicios, nuestro provincianismo, nuestro dogma…) veremos cómo la sociedad se derrumba. Eso decían los paganos que acusaban a los cristianos de “ateísmo” por no adorar a los dioses “correctos”. Y es precisamente la razón por la cual Sócrates, corruptor de los jóvenes atenienses (porque les hacía cuestionar las supersticiones de la ciudad), fue obligado a beber la cicuta.

Mucho más cercanamente, esa misma predicción apocalíptica era emitida por los que favorecían la esclavitud, los privilegios de la nobleza y otras formas de estratificación social, contra un igualitarismo que supuestamente llevaría a una mezcolanza corrosiva del orden; es la misma que vociferaban los que defendían la segregación racial, despertando miedos de cruces entre personas “superiores” e “inferiores”; la misma que hoy mismo se escucha en los países musulmanes contra la igualdad entre hombres y mujeres; la misma que en Argentina oímos cuando el estado tomó el lugar de la Iglesia en la educación, la misma que proclamó que los matrimonios civiles —oficiados por el estado en vez de la Única Iglesia Verdadera— acarrearían la destrucción de la familia, y que repitió lo mismo cuando se abolió la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos, cuando se legalizó el divorcio y cuando se eliminó la distinción de sexo de los cónyuges en el matrimonio. (La incapacidad de los conservadores y los fundamentalistas para aprender de sus fallos predictivos es notoria.)

Hasbún pasa revista a los pocos casos de “cristianofobia” que puede encontrar incluso con su definición ad hoc e interesada:
Ya la Unión Europea buscó suprimir de su Constitución toda referencia a su alma cristiana, y su Corte intentó prohibir a Italia el uso del crucifijo en salas de clase. En vano: Italia unánime se irguió, reclamando su derecho a usar libremente aquellos símbolos y tradiciones que pertenecen, sin fronteras, a su patrimonio histórico-cultural. También en EE.UU. surgen o se incrementan restricciones a la libertad religiosa en espacios o acontecimientos públicos, no obstante la expresa referencia de los Padres fundadores al Dios bíblico y cristiano.
Abundan las metonimias y las metáforas fuera de lugar. “La Unión Europea” no buscó de hecho nada; los representantes de los pueblos europeos votaron, en un ejercicio democrático que pudo no conformar a muchos, pero la democracia es así. Europa no tiene alma; si la mitología cristiana fuese cierta, podría decirse que los ciudadanos europeos tienen, cada uno, un alma, cada alma diferente de las demás y libre de elegir. El “alma” de Europa no es en realidad más que el bagaje de siglos de religión única impuesta por la fuerza, a costa de la derrota militar, expulsión, supresión pública o conversión forzada de judíos, musulmanes, cristianos de sectas rivales y “herejes”, más el crecimiento vegetativo de una población cristiana ignorante bajo la férula de papas con ejércitos, obispos-príncipes, reyes por derecho divino y una casta clerical. Todo esto hasta hace relativamente poco: hasta que los estados seculares prevalecieron, la educación fue quitada de las garras de la Iglesia, aumentó el estándar de vida y otras condiciones socioeconómicas fueron, mal que mal y con grandes vaivenes, haciendo visiblemente innecesario, a los ojos de la gente, el someterse a parásitos con mitra o sotana para tener alguna esperanza de vivir mejor. La secularización de Europa es el proceso natural de una civilización que descubrió, tras siglos de tropiezos, que puede tener una religión o varias, y cambiarlas, rechazarlas o reinterpretarlas, sin que el mundo se venga abajo.

El mismo proceso ocurre en casi todas partes; incluso en Estados Unidos, donde el “libre mercado” religioso facilita tanto la aparición de fanatismos religiosos de todo tipo como su desaparición por reciclaje o hibridación. (Sobre los Padres Fundadores, Hasbún recoge la propaganda pseudohistórica de los fundamentalistas evangélicos; la mayoría de los susodichos Padres eran deístas y piadosos de la boca para afuera, como está bien documentado en cartas y documentos privados.)

Esto se ha hecho muy largo y todavía me quedan cosas en el tintero, por lo cual dejo el final de mi comentario para un tercer post.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Hagamos un exorcismo contra el matrimonio gay

¡Ay, es que estos católicos están tan locos…!


Veamos: no es cuestión de quedarse con el titular, que desde luego lo deja a uno con la sensación de que este buen hombre de Dios está como una cabra. Hay que leer y tratar de entender las razones, que están muy bien explicadas. Para empezar, no es una locura porque ya lo dijo Francisco (que además de ser el único representante comercial legítimo del creador del universo, es infalible a discreción):
El contexto para esta oración puede entenderse recordando las palabras del papa Francisco cuando tuvo que afrontar una situación similar (…).

Respecto a la re-definición del matrimonio civil en Argentina, el entonces cardenal Bergoglio escribió el 22 de junio de 2010: «El pueblo argentino deberá afrontar, en las próximas semanas, una situación cuyo resultado puede herir gravemente a la familia. Se trata del proyecto de ley sobre matrimonio de personas del mismo sexo. (…) No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una movida del Padre de la Mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.»
Efectivamente, el hoy héroe de la izquierda (que cree que existe un ser malvado y poderoso llamado variadamente Lucifer, Belcebú, el Demonio, el Diablo, etc., y que la gente que quiere casarse con gente de su mismo sexo trabaja para el susodicho) escribió hace tres años una carta a unas hermanitas religiosas explicándoles que había que oponerse con fuerza a que el estado extendiera reconocimiento legal a parejas del mismo sexo. La carta no debía trascender, ya que el arzobispo Bergoglio cultivaba, como ahora, un perfil político moderado (es decir, hipócrita), pero se filtró, y por un tiempo (hasta su transformación instantánea en ídolo de masas y tuitstar) Bergoglio debió llamarse a silencio mientras miles de personas decentes lo insultaban y luego se reían de él.

Quien reporta con aprobación la iniciativa del obispo Paprocki es el insufrible Juanjo Romero, director técnico de la agencia de desinformación InfoCatólica y miembro de la fachada católica HazteOír. Romero (que por alguna razón cree útil incluir en su mini-biografía que es padre de familia numerosa y fumador) explica, para información de los feligreses y de nosotros, pobres ateos perdidos:
Las oraciones de «Súplica y Exorcismo que pueden ser utilizadas en circunstancias especiales de la Iglesia» están tomadas de los Apéndices de la Edición Latina de 2004 del Ritual de Exorcismos, en cuya introducción se explica que «La presencia del Diablo y otros demonios se pone de manifiesto no solo cuando tienta o atormenta a las personas, sino también por la intervención de su acción en cosas y lugares, de alguna manera, así como por las diversos modos de oposición y persecución contra la Iglesia. Si un obispo diocesano, en circunstancias especiales, considera conveniente convocar a los fieles a rezar juntos, presididos y dirigidos por un sacerdote, se pueden tomar textos de estos apéndices para preparar la oración de súplica».
Son instrucciones y están en un libro, con título y todo, así que debe ser verdad, ¿no?

miércoles, 23 de octubre de 2013

La Biblia es ficción, pero mucho cuidado al decirlo

“Estudiante sufre bullying por un profesor a quien le dijo que la Biblia no es ficción”, leo en el habitualmente patético sitio evangélico NoticiaCristiana.com, y como el tema parece serio, continúo leyendo.

Resulta que un profesor pidió a sus alumnos, como tarea, leer durante media hora cada día un libro de no ficción y luego traer el libro a clase. Y este alumno, sea por ignorancia o por mala leche, leyó la Biblia. Ahora bien, hay partes de la Biblia que son históricas (aunque sean muy pocas), pero las más significativas y las que más probablemente haya leído el alumno, que son el Génesis, el Éxodo y los Evangelios, son casi totalmente ficticias (para empezar, de los Evangelios ni siquiera se puede asegurar que el protagonista haya existido). El profesor, naturalmente, le hizo saber al alumno que la Biblia no califica como libro de no ficción.

La forma en que se lo hizo saber, sin embargo, fue bastante desagradable, si hemos de creer lo que reportan las noticias cristianas: en vez de explicarle amablemente que sus creencias no pueden trocar lo mitológico en real, el profesor vio la Biblia, constató que el alumno creía que era un libro de no ficción y luego se lo comunicó airadamente al resto de la clase. Una persona en situación de autoridad que expone al ridículo a otra que no puede defenderse a su misma altura está haciendo bullying. Desde luego tenemos que tomar el reporte con pinzas dado que la autovictimización es una especialidad de los cristianos y este incidente menor sirvió rápidamente para engrosar las listas de sitios como Persecution.org, además de llamar la atención de un grupo de buitres… eh, perdón, de abogados cristianos.

Dice otro aspirante a mártir:
Para Robert Tyler, presidente y consejero general de los Defensores de la Fe y la Libertad, el comportamiento del profesor es inaceptable porque viola las leyes del Estado, y es necesario tomar medidas para reducir la agresión en relación con la fe cristiana.

“Éste fue un ejemplo de la creciente hostilidad hacia el cristianismo, que se ve en las aulas de las escuelas públicas, por lo que creemos que tenemos que tomar una posición. Creemos que las acciones de este maestro violan la Cláusula de Establecimiento, que obliga al Estado a permanecer neutral en materia de religión”, dice Tyler.
La neutralidad del estado consiste, precisamente, en no adoptar ni rechazar explícitamente ninguna creencia religiosa. Parece claro que admitir la proposición “la Biblia es un libro de no ficción” es de todo menos neutral. El alumno tiene derecho a creerlo y a expresarlo; el profesor no puede admitirlo, porque le daría al alumno un privilegio en base a su religión. Por lo demás, basta imaginar lo que habría ocurrido si, siendo todo lo demás igual, el alumno hubiese traído a clase un ejemplar del Corán.

El profesor en cuestión debería aprender a lidiar con alumnos mal educados de una manera más correcta. El alumno no tiene la culpa de ser víctima del lavado de cerebro de algún pastor o hijo de padres ignorantes que le enseñaron que la Biblia contiene hechos históricos. Lamentablemente, la mejor manera de tratar con esta falta de educación sería explicar en detalle por qué la Biblia es una fantasía de clase B, cosa que está vedada a los profesores de las escuelas públicas, y con buenas razones. La neutralidad es difícil.

martes, 15 de octubre de 2013

Los obispos estadounidenses y el shutdown

Una semana antes del cierre (shutdown) del gobierno estadounidense, la Conferencia Episcopal, es decir los obispos católicos de dicho país, hacían lobby para promover el cierre.

¿Por qué les podía interesar a los obispos que el gobierno tuviera que parar todo menos sus funciones básicas? Resulta que los obispos católicos están mal con Obama, porque el presidente promulgó una regulación que obliga a todas las instituciones a ofrecer, como parte de su seguro médico para empleados, la provisión de servicios de salud sexual y reproductiva. El último acto del lobby católico fue presionar a legisladores republicanos ultraconservadores para exigir que incluyeran, dentro de las medidas a tomar por el gobierno para evitar el shutdown, un proyecto redactado a instancias de la Conferencia Episcopal, que les daría el derecho a las instituciones católicas de ser eximidas del deber de ofrecer anticonceptivos (entre otras cosas) a sus empleados.

Que la Iglesia Católica haga lobby es habitual y no está mal. Lo que sale de lo habitual es que la Iglesia ofrezca al ala más dura de los conservadores un argumento más para negarse a aprobar el presupuesto, a sabiendas de que un shutdown impactaría de lleno en la salud pública y la asistencia social. Estos legisladores no son sólo conservadores en cuanto a su oposición al aborto o la anticoncepción; son también fanáticos promotores de la destrucción del estado como proveedor de salud y asistencia económica para los que menos tienen.



Como dice un comentarista:
Una cosa es pedir ser exceptuado de una ley que uno no quiere seguir, mientras el resto de la nación continúa funcionando. Otra cosa totalmente distinta es exigir que el gobierno deje de funcionar porque a uno le disgusta cómo funciona la ley. En este sentido, la táctica de los obispos es idéntica a la del senador Ted Cruz (…). Excepto que, a diferencia de Ted Cruz, los obispos hablan de parte de una iglesia que proclama que el gobierno tiene la responsabilidad de “proteger la vida y la dignidad humana, ocuparse de la gente pobre y vulnerable en el país y el extranjero y promover el bien común universal”. A causa del cierre del gobierno, madres y niños corren riesgo de perder sus franquicias del WIC (programa de nutrición para mujeres, bebés y niños). Muchos de los programas Head Start han cortado sus servicios educativos para niños de bajos ingresos, y se ha cortado el flujo de fondos federales a muchos programas contra la violencia doméstica.
La Iglesia Católica, en otras palabras, prefiere que el gobierno cierre y millones de personas que dependen de la asistencia del mismo pasen hambre o pierdan su acceso a la salud, con tal de que Obama se vea obligado a retirar las leyes que les molestan a los obispos.

Y eso no es todo. Si el gobierno de Estados Unidos no sale del shutdown pronto, arriesga caer en default de su deuda, lo cual traería una recesión severísima. Los obispos no se han preocupado por esto: sólo le han dado a los promotores del shutdown un argumento más para mantener cerrado el gobierno.

martes, 30 de julio de 2013

Lo que hay detrás de los “centros para mujeres embarazadas en crisis”

Hace unos días la página de Facebook Yo apoyo la ley de despenalización del aborto en la Argentina puso en su muro una nota de Jaclyn Munson, escritora, investigadora y activista por los derechos de la mujer, sobre una de las tácticas que el movimiento antiabortista en Estados Unidos utiliza en su guerra contra las mujeres. La nota se titula I Went to a Crisis Pregnancy Center and What I Saw Will Shock You y trata de la experiencia personal de Munson en un “centro para mujeres embarazadas en crisis”, nombre que reciben los establecimientos, generalmente fachadas de grupos religiosos, donde terminan por falta de mejor lugar muchas mujeres jóvenes y preocupadas o desesperadas por un embarazo no planeado. La gente de Yo apoyo… pedía una traducción al castellano y yo se la ofrecí. La comparto aquí para ustedes.

Fui a un centro de embarazo en crisis y lo que vi te impresionará

Cuando era chica quería ser Alicia, de Alicia en el País de las Maravillas, y escapar a otro mundo, caer por el agujero del conejo hacia una tierra de fantasía donde podría combatir a la Reina de Corazones para devolverle la dignidad al País de las Maravillas. Era demasiado joven para entender que la historia de Lewis Carroll tenía un subtexto más oscuro y que el País de las Maravillas no era lo que parecía. Años más tarde, mantengo la curiosidad de Alicia acerca del mundo que me rodea, y decidí investigar un centro para embarazadas en crisis (CEC) que está actualmente en el foco de una investigación del FBI. Lo que encontré fue más perturbador de lo que imaginaba.

El CEC que visité se llama EMC FrontLine, opera en la actualidad en 12 puntos de la ciudad de New York y se enorgullece de estar “en el frente de la batalla por la vida en la capital estadounidense del aborto”. Su presidente Chris Slattery y sus clínicas, acusados de brindar información médicamente falsa a sus clientes sobre el aborto y la anticoncepción, están hoy en el fodo de una investigación del Grupo de Tareas Conjunto para el Terrorismo Local del FBI.

Decidí concertar una cita en la clínica que Frontline tiene en el South Bronx para conocer algo más sobre su forma de operar. Entré a la clínica, que es vecina a un salón de tatuajes (desagradable), y fui guiada por dos mujeres (que nunca se presentaron por su nombre) hasta una habitación pequeña con un televisor, un reproductor de DVD, pinturas del Arca de Noé y dos cajas gigantes de muñecos de fetos. Fetos grandes, fetos chicos, ¡algo para todos!

Una mujer se sentó y comenzó a preguntarme información personal: nombre, edad, domicilio, si estaba bautizada, con quién vivía, si tenía novio, mi estado civil; lo habitual.

“¿Cómo se llama él?”, preguntó. Después de pedirle que aclarara a quién se refería exactamente, dijo: “El hombre con quien tuviste relaciones.” Le dije que no quería decirle y ella insistió.

“Tenés que decirme. Necesito esa información por si quiero seguir tu caso”, me rogó. Le di un nombre falso y seguimos adelante. Comenzó a hacerme más preguntas personales sobre el padre ficticio del bebé: qué quiere él que haga con el bebé, por cuánto tiempo lo he conocido, cómo es nuestra relación. Cuando le dije que él quería que abortara, su respuesta fue la que esperaba: franca y alineada con la postura pro-vida de la clínica.

“Oh, no, eso no es bueno”, dijo, sacudiendo la cabeza y con los ojos muy abiertos.

Me guiaron a un baño sucio decorado con más imágenes de mujeres y niños, donde me indicaron que tenía que darles una muestra de orina. Así que ahí estaba, meando en un vasito, sabiendo que no estaba embarazada, tomando notas mientras me sentaba en el inodoro y sintiendo asco ante la idea de que mi cartera estaba apoyada en un piso que se veía como si nunca le hubieran pasado un trapo.

Salí del baño luego de dejar el vasito en un estante y comencé a ir hacia la habitación donde había estado antes. La misma mujer que me había pedido la información personal me llamó y me señaló el vasito con orina mientras me alcanzaba un gotero.

“Poné cinco gotitas acá”, me ordenó, mientras me señalaba un test de embarazo. Procedí a testear mi propia orina, en un pasillo abierto, con otras dos mujeres mirando, apoyadas en las paredes.

Antes de determinar mi estado de embarazo, vi una película de 25 minutos sobre las consecuencias del aborto. El narrador (un hombre) describió posibles efectos adversos, incluyendo cómo el daño colateral de un aborto puede llevar a que mis intestinos fueran succionados a través de mi vagina, y de cómo “la mayoría de las mujeres” que sufren “complicaciones de la sangre” “mueren”. Entre las insinuaciones redundantes sobre la muerte y el desmembramiento animado de un feto a término no hubo ninguna mención del hecho de que los abortos son un procedimiento médico común y seguro que rara vez produce complicaciones serias.

Luego de que terminara el video y la mujer me dijera que no estaba embarazada, me preguntó cómo me había hecho sentir el video; mintiendo descaradamente le dije que me parecía que el aborto no es seguro.

“Sí. Es muy difícil porque esta cosita dentro tuyo está viva, y ¿quién sos para decidir quién vive y quién muere?”, dijo, estirando la mano para agarrar una caja de terciopelo. La abrió y comenzó a leer de una tarjeta que había dentro.

“Éste es un feto a las siete semanas. Y éste es un feto a las diez semanas. Y pueden sentir dolor”, recitó, mientras ponía sobre la mesa dos figuras de fetos.

En ese momento una mujer mayor entró en la habitación. Se presentó (fue la única empleada que lo hizo) y se inclinó sobre la mesa frente a mí.

“Voy a hacerte una pregunta muy personal y no quiero que respondas. Sos una mujer joven, linda, inteligente. ¿Por qué te entregás sexualmente?”, preguntó, inclinando la cabeza a un lado.

Hmmm, ¿porque el sexo es divertido? Lo de tratarme de prostituta para avergonzarme fue realmente como el moño encima del paquete. No quería que le respondiera sino que me quedara ahí sentada mientras me sermoneaban por tener sexo antes del matrimonio.

Al salir de la clínica las mujeres me dieron textos pro-vida que me suplicaban cuestionar “la salida fácil”. No sé si fue el calor o mi experiencia en EMC, pero sentía náuseas mientras me subía al tren que iba al centro. No había asientos libres y me quedé parada tomada de un barral, pensando en lo que había presenciado. Eché una mirada hacia arriba y noté un anuncio de Choices Clinic, la primera clínica de abortos de la ciudad que brinda acceso seguro a abortos y también a cuidado ginecológico y prenatal.

“Cuando llegue a casa escribiré un libro sobre este lugar… si alguna vez llego a casa”, dice Alicia mientras recorre sin rumbo el País de las Maravillas. Si bien mi historia no vale una novela, es importante que las jóvenes y mujeres conozcan la verdad sobre este centro de embarazos en crisis. El País de las Maravillas no era nunca lo que parecía, y tampoco lo es Frontline.

viernes, 14 de junio de 2013

Una mártir de la fe homofóbica

Si necesitabas recordar la miseria moral humana, aquí estamos. Te traemos a un obispo católico molesto porque el asesinato de un homosexual recibió más cobertura mediática que el asesinato de una católica por parte de un homosexual. John Paprocki, obispo de Springfield, Illinois, Estados Unidos:
«Una búsqueda en Google del nombre Matthew Shepard genera 11,9 millones de resultados. Matthew Shepard fue un estudiante universitario de 21 años que fue salvajemente golpeado hasta morir en 1998 en Wyoming. Su asesinato fue considerado un crimen por odio porque Shepard era gay. En el año 2002 Marya Stachowicz también fue asesinada brutalmente, pero las circunstancias fueron muy distintas. Mary, la amable y devota madre católica de cuatro niños, instó a su compañero de trabajo, Nicholas Gutierrez, de 19 años, a cambiar su estilo de vida gay. Furioso por esta exhortación, como luego dijo a la policía, el joven la golpeó, la apuñaló y la estranguló hasta causarle la muerte.»
Matthew Shepard
Matthew Shepard
El nombre de Matthew Shepard quizá sea familiar a los lectores. Un joven gay torturado y abandonado en el campo por otros dos hombres, sin mediar alcohol ni drogas y sin intención clara de robo o venganza por ningún hecho particular, Shepard moría poco después en el hospital y terminaría motivando la inclusión de la orientación sexual como componente legal admisible en los “crímenes de odio”.

Es mucho menos probable que el lector conozca o recuerde a Mary Stachowicz, asesinada por Nicholas Gutierrez, quien diría en su juicio que mató a Stachowicz en un ataque de furia porque ella no dejaba de molestarlo sobre su orientación sexual.

Ninguno de los dos crímenes son justificables en ningún sentido, pero claramente, no todos los asesinos son iguales. El crimen de Shepard fue premeditado; lo convencieron de subirse a un vehículo, lo llevaron al campo, lo torturaron quién sabe durante cuánto tiempo, lo dejaron a morir y luego ofrecieron excusas variadas, incluyendo que Shepard había hecho avances sexuales a uno de los asesinos (una justificación homofóbica tan común que ya tiene nombre propio). El crimen de Stachowicz fue, según todas las evidencias, la reacción espontánea y violenta de un joven con problemas psicológicos. Gutierrez diría en su juicio que el modo desdeñoso de los cuestionamientos de Stachowicz a su sexualidad le recordaba a su madre cuando lo golpeaba.

Las palabras del obispo son parte de la estrategia constante, y en ocasiones insultante, de autovictimización de la Iglesia Católica, que sus ministros practican en toda ocasión concebible, especialmente en aquellos lugares donde la Iglesia es de todo menos víctima. Stachowicz, la víctima, no hacía más que repetir —con la mejor intención, seguramente— el discurso discriminador de los jerarcas católicos, con tanta mala suerte que se topó con una persona mentalmente inestable que la golpeó, la apuñaló y finalmente la asfixió con una bolsa de plástico. Gutierrez no la mató porque fuese católica, ni siquiera porque fuese homofóbica, sino porque lo enfureció. No la torturó antes de matarla, ni le exigió nada antes de hacerlo. Tampoco planeó el asesinato. Sólo quiso borrarla, suprimirla de su vista.

El horrible crimen cometido por Gutierrez no será recordado de la misma manera que el asesinato de Matthew Shepard. En los anales del derecho penal, el asesinato de Mary Stachowicz es, lamentablemente, uno más entre miles de casos similares. La de Shepard, en cambio, fue una muerte planeada, prolongada, motivada casi con seguridad por el odio homofóbico, del cual muchos son víctimas pero muy pocos reconocidos como tales; un odio que —a diferencia de los contados casos de anticatolicismo violento en Occidente— no sólo cobra víctimas regularmente sino que cuenta con muchos voceros con amplia licencia social para propagarlo a los cuatro vientos sin cuidarse de las consecuencias. Como el obispo Paprocki, que aprovechó su relativización del caso Shepard para una conferencia en contra del matrimonio homosexual.

Matthew Shepard no fue un mártir. Probablemente nunca supo bien por qué estaba muriendo. Sin embargo, su muerte tuvo el efecto de exponer al público el hecho de que había personas que eran molestadas, abusadas o asesinadas por su orientación sexual. Los padres de Matthew fundaron, para combatir el odio que les había arrebatado a su hijo, una organización para fomentar la aceptación de la diversidad sexual.

Mary Stachowicz no es una mártir de la fe. Para su desgracia, se encontró frente a un asesino sin saberlo. Gutierrez podría haberla matado por cualquier ofensa, real o imaginada; el destino quiso que la predicación de Stachowicz tocara una fibra sensible y desencadenara el crimen, por el cual Gutierrez está pagando su justa pena. Se trató de un crimen sin sentido, que a nadie sirve ni puede inspirar nada, excepto, mezquinamente, a un jerarca religioso necesitado de personajes para su teatro de mártires.

jueves, 16 de mayo de 2013

Una historia de violencia islámica

Los excusadores de la barbarie islámica suelen invertir las culpas y apuntar al imperialismo estadounidense, a la agresión israelí o la globalización como culpables de la miseria de los países islámicos y la violencia que éstos desatan contra los no musulmanes, tanto en sus países como en otros. He aquí lo que el embajador de un país musulmán respondió cuando un embajador estadounidense le preguntó con qué derecho atacaban a los occidentales.
“El embajador nos respondió que [su derecho] estaba basado en las Leyes del Profeta, que estaba escrito en su Corán, que todas las naciones que no hubiesen respondido a su autoridad eran pecadoras, que era su derecho y su deber hacerles la guerra donde se encontrasen y esclavizar a todos los que pudieran tomar prisioneros, y que cada musulmán que fuera muerto en batalla iría directo al Paraíso.”
La referencia a la esclavitud quizá delate algo (más allá de que la esclavitud en tierras musulmanas existe y es defendida con argumentos coránicos por más de un académico musulmán), pero la respuesta citada arriba no es esencialmente diferente a lo que promueven los movimientos islamistas de varios países musulmanes y a lo que se predica en incontables madrasas (“escuelas” islámicas) y mezquitas. Quizá ese desprecio por la libertad y la vida de los no musulmanes provenga de las agresiones —brutales, innecesarias, con motivos mezquinos o causas fabricadas— de los países occidentales. Pero quien pronunció la frase no sabía nada de eso. Era el embajador de Libia ante Gran Bretaña, Sidi Haji Abdul Rahman Adja, y se lo dijo en 1786 al entonces embajador estadounidense en Francia, y luego presidente de su país, Thomas Jefferson.


En 1786 los Estados Unidos apenas existían como tales; eran una colonia apenas liberada del imperialismo británico y no habían atacado a ningún país musulmán con fines de conquista o de “cambio de régimen”. El estado de Israel, por supuesto, tampoco existía. La ciudad costera de Trípoli, en la actual Libia (parte del Imperio Otomano), era el centro de un próspero negocio de venta de esclavos, capturados a base de ataques y saqueos sobre los barcos estadounidenses y europeos que navegaban cerca de la costa de Berbería (noroeste de África).

Lo que he explicado arriba es un resumen de un artículo aparecido en el Huffington Post, titulado “An Atheist Muslim's Perspective on the 'Root Causes' of Islamist Jihadism and the Politics of Islamophobia” (“La perspectiva de un musulmán ateo sobre las ‘raíces’ del jihadismo islamista y la política de la islamofobia”), escrito por Ali A. Rizvi, un pakistaní que abandonó el islam. A quienes saben inglés les recomiendo leer el resto.

Yo sólo quiero decir que estoy cansado de escuchar justificativos para la violencia que brota del islam. El discurso del jihad, esa pretensión intolerante de que el mundo fue hecho por Dios para ser conquistado y sometido por los musulmanes, no ha variado en —al menos— tres siglos. Tampoco ha variado el desprecio del islam por las mujeres, su repulsión por casi todas las formas del sexo, su intolerancia hacia las otras religiones, su rechazo de la libertad de expresión y de pensamiento, el atraso de culturas que viven bajo el yugo de un libro único que sólo puede interpretarse literalmente. Occidente acarrea con muchas culpas, pero no son éstas.

lunes, 18 de febrero de 2013

Licencia para enfermar

Un caso curioso, esta vez: una madre católica reclama que le permitan enviar a su hija a la escuela sin vacunarla. Es en West Brighton, New York.
WEST BRIGHTON — Una mamá católica devota está demandando al Departamento de Educación de la ciudad por no concederle a su hija de 5 años una exención religiosa de sus vacunaciones.

Dina Check afirma (…) que hacer vacunar a su hija muestra “falta de fe en Dios y Su camino” y que la negativa del Departamento de Educación es un golpe contra sus creencias y sus derechos de la Primera Enmienda.
Siguen explicaciones sobre cómo el cuerpo es el templo de Dios y no se le deben meter sustancias extrañas, etc. Lo curioso del caso es, por un lado, que Check no es una antivacunacionista típica. En el Occidente desarrollado los antivaxxers son casi siempre crédulos nuevaerianos paranoicos que siguen consejos desinformados o interesados de modelos, comediantes o médicos fraudulentos. Hay casos puntuales de críticas religiosas a vacunas, como la del virus del papiloma humano (HPV), y sin duda el día que se invente una vacuna para la infección por HIV nos encontraremos con la misma objeción por parte de personas que prefieren que sus propios hijos se enfermen y mueran antes que protegerlos contra una enfermedad de transmisión sexual (actitud que, de hecho, ya observamos en aquellos que se rehúsan a enseñar a sus hijos el uso de preservativos).

Ése no es el caso de Dina Check. Su justificación es totalmente extraña a la doctrina católica oficial —al menos la actual (ya sabemos que las verdades eternas suelen cambiar según la época). Lo más curioso, o lo que debería ser más curioso pero lamentablemente no lo es, es precisamente esto: que no se le dio permiso a una madre para dejar desprotegida a su hija ante las enfermedades sólo porque no demostró que su religión exigía esa exención.
En su negativa, la administración de la escuela dijo que [Check] no demostró fehacientemente profesar una “genuina y sincera creencia religiosa que sea contraria a la vacunación”.
Vale decir que el personal de una escuela pública laica está, gracias al privilegio religioso, obligado a la incómoda tarea de decidir sobre la sinceridad de la fe íntima de otra persona e implícitamente sobre la correspondencia entre esta fe y la doctrina supuestamente “correcta” de esa religión. En Estados Unidos la mayoría de los estados contempla esta ridiculez, y los pedidos de exención se multiplican, tanto por parte de fanáticos religiosos reales como de buenos imitadores. Se trata de una carrera absurda entre ciudadanos que desean eximirse de la ley que rige para los demás y un estado que les da un medio muy sencillo para hacerlo y luego les impone obstáculos arbitrarios. Si no se aceptara la mayúscula tontería de que una profesión de fe religiosa es justificación suficiente para eximir a alguien de la ley —es decir, si reinara la laicidad de estado, la igualdad ante la ley, el entendimiento de que las creencias son absolutamente privadas— no habría posibilidad de rechazos y demandas judiciales. La Sra. Check mandaría a su hija a una escuela privada de alguna secta religiosa que no obligue a la vacunación o recurriría al homeschooling, y a otra cosa: todos felices. Excepto la pobre niña sin protección contra las enfermedades, naturalmente.

viernes, 25 de enero de 2013

No hay cura para la hipocresía

Que la “moral” religiosa es indebidamente flexible cuando conviene no es noticia, como tampoco que la hipocresía es parte integral de todo sistema dogmático. Pero por si todavía quedaran dudas, he aquí un caso bastante claro, del que me anoticio a través del blog de Jerry Coyne.

El primer día de 2006 una mujer embarazada de gemelos de siete meses llegó al muy católico Hospital Santo Tomás Moro en Cañon City, Colorado, Estados Unidos. (El hospital es parte de una cadena nacional de servicios de salud católicos (Catholic Health Initiatives) con un patrimonio declarado de quince mil millones de dólares.) La mujer se sentía mal debido a que, según se descubrió luego, tenía una arteria casi tapada. Tuvo un ataque al corazón y luego murió. El obstetra de guardia no respondió a los llamados. Si hubiera atendido, habría podido llegar al hospital o al menos dar instrucciones para que se le realizara a la mujer una cesárea, con lo cual se habrían salvado quizá los dos fetos. El esposo de la mujer demandó al hospital por la muerte de los gemelos (la muerte de la mujer era prácticamente inevitable en ese punto).



Los abogados del hospital están ahora defendiendo a su cliente con el argumento de que según la ley vigente, los fetos no son personas, por lo cual no haber hecho nada para salvarlos no constituye una malapraxis médica. Es bastante improbable que la dirección del hospital esté de acuerdo con esa ley o que sus abogados hayan decidido argumentar así contra los deseos de su cliente. De hecho, las instituciones católicas de salud de Estados Unidos vienen peleando desde hace tiempo, con uñas y dientes, por ser exentas de las leyes que valen para todos los demás, desde aquéllas que prohíben discriminar a sus empleados por su orientación sexual hasta las que los obligan a recetar anticonceptivos en vez de recomendar sus peligrosamente falibles “métodos naturales” de control de la natalidad.

Naturalmente, la proposición “los fetos son personas” no tiene las mismas consecuencias cuando se usa como mero slogan político que cuando alguien más pretende utilizarla para quitarle a los empresarios devotos una pequeña parte de la inmensa cantidad de dinero que acumulan cada año gracias a su influencia y sus exenciones impositivas. En pocas palabras, como dice Coyne, los fetos son personas… hasta que le cuestan dinero a la Iglesia.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Coincidencias entre cristianos y musulmanes

"The love of liberty brought us here" ("El amor a la libertad nos trajo aquí"), sello nacional de la República de Liberia.
El lema de Liberia:
“El amor a la libertad nos trajo aquí”.
Como cualquier grupo con poder político y social, las religiones suelen aliarse con otras según sus conveniencias a nivel local, mientras en otros lugares pelean furiosamente. En el mundo actual pocos ejemplos de esta clase de coincidencias son más claros que las múltiples alianzas de los cristianos devotos de toda clase con las distintas sectas musulmanas contra alguno de sus blancos preferidos, como las mujeres, los gays o la libre expresión. Nada sorprendente, entonces, es la noticia de que los seguidores de Cristo y los de Mahoma se han unido, en Liberia, para impulsar una legislación contra el matrimonio igualitario.

Lo único extraño, si acaso, es que Liberia no está preparándose para aprobar, ni siquiera debatir, la posibilidad de matrimonios entre personas del mismo sexo. En este pequeño país de África occidental la homosexualidad es un delito, al igual que cualquier forma de actividad sexual que no se realice entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio. Un paraíso para quienes odian el sexo, o más bien aman prohibírselo a los demás (que no es lo mismo). No deja de ser irónico, y un poco triste también, que este baluarte de la intolerancia haya sido fundado por esclavos liberados (de ahí su nombre), con un sistema político modelado según el liberalismo estadounidense, que con todas sus fallas llevaba en sí al menos un germen de tendencias igualitarias. Quizá tampoco sea casualidad que la presidenta de este país fundado por esclavos americanos —que es la primera presidenta mujer de África— haya recibido en 2011 el mismo honor que el primer presidente estadounidense de origen afroamericano recibiera dos años antes: el Premio Nobel de la Paz.


Ellen Johnson Sirleaf es una luchadora por los derechos de la mujer y no ha mandado bombardear ningún país, pero no le molestan para nada las leyes que condenan con un año de prisión a los homosexuales: “Tenemos ciertos valores tradicionales en nuestra sociedad que nos gustaría preservar”, dijo cuando le preguntaron qué haría con la ley antihomosexual vigente, negándose a contestar más sobre el tema. De todas formas, su defensa del statu quo es la actitud menos intolerante hoy en día. Hay grupos en Liberia que quieren extender la pena de la homosexualidad a diez años o hacer que se castigue con la muerte. Pero Liberia tiene lazos con Estados Unidos y Sirleaf, que recibió una reprimenda del Departamento de Estado de ese país, no quiere problemas. El representante del Consejo de Iglesias de Liberia, Rudolph Marsh, no fue tan político: dijo que no pensaban “copiar lo malo” de Estados Unidos (en referencia, probablemente, a los avances en materia de matrimonio igualitario allí) y pidió a los cristianos y musulmanes que
“… permanezcan unidos y le digan al mundo que Liberia es un lugar de gente civilizada y no permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo.”
Tanto escándalo parece injustificado porque es impensable que en un lugar donde es ilegal ser homosexual alguien intente legalizar el matrimonio homosexual. En toda Liberia hay un único activista LGBT (fuera del incógnito, al menos), Archie Ponpon, y los buenos cristianos y musulmanes han recompensado sus esfuerzos amenazándolo y quemando la casa de su madre.

viernes, 26 de octubre de 2012

Dos noticias poco curiosas (y la promesa de una tercera)

Diferentes asuntos me tienen alejado de este blog más tiempo del que desearía, aunque debo reconocer que hay pocas noticias. O novedades, o información, en el sentido de “cosas que aportan al que lee un dato significativo que no poseía antes”. Los devotos de cualquier creencia tienden a ser predecibles. Sirvan como ejemplo dos hallazgos casuales de los últimos días en los medios:

Católicos, judíos y musulmanes, unidos contra el matrimonio homosexual en Francia

Los embarazos tras una violación son porque “Dios quiere que pasen”

Que las tres grandes religiones abrahámicas odian a los homosexuales y se oponen a todo lo que no sea sexo entre un hombre y una mujer con fines reproductivos no es noticia, como tampoco los argumentos que utilizan cuando se propone una legislación que tienda a reconocer la existencia de parejas y familias constituidas de manera distinta a su modelo dogmático. Tampoco es noticia que los creyentes pueden justificar cualquier cosa que ocurra, no importa lo espantosa que sea, recurriendo a Dios, especialmente si no les ocurre a ellos y muy especialmente si le ocurre a una mujer y si la cuestión pasa por privarle a ella de su derecho a disponer de su cuerpo.

Hay una tercera noticia poco curiosa en estos días, que amerita un poco más el espacio informativo, aunque de una manera indirecta. Es poco curiosa porque ilustra otro rasgo conocido y predecible de un grupo de creyentes, pero vale la pena dejarla para un post más largo.

Continuará…

lunes, 8 de octubre de 2012

Católicos por el Derecho a Heterosexualizar a los Niños

Hace pocos días el estado de California (Estados Unidos) prohibió por ley las “terapias de conversión” para los menores de edad. Estas terapias son una mezcla confusa de mala psicología y doctrina religiosa más o menos disfrazada, destinadas a reorientar la sexualidad de aquellas personas que sienten atracción por el mismo sexo hacia la normalidad heterosexual. En el mejor de los casos resultan inútiles, o sólo funcionan por un corto tiempo; en ocasiones provocan daño psicológico a los que se someten a ellas.

A los mayores de edad no se les puede negar el derecho a hacerse daño de esta manera, si lo desean, aunque resulta de todas formas poco ético permitir la promoción de “curas” o “terapias” de esta clase: no tanto como promover una cura para el cáncer que no funciona, sino más bien como vender una terapia para una enfermedad imaginaria. El legislador debe balancear la libertad individual con la necesidad de regulación. Lo que sin duda no podía permitirse era que los menores de edad, con capacidad limitada para razonar y sujetos fuertemente a la influencia de sus padres, accedieran o fueran presionados u obligados a entrar en estas “terapias”.


Como no podía ser de otra manera, los activistas “pro-familia” (anti-homosexuales) católicos de California están enojadísimos. ¿Cómo el estado les va a prohibir a los padres católicos que manden a sus hijos raros a que les expriman la cabeza hasta que se les pase lo gay, o al menos aprendan a reprimirse como buenos cristianos? Las excusas son típicas:
… el director de la Conferencia Católica de California, Ned Dolejsi, dijo que “los padres tienen las mejores intenciones para sus hijos, y si ellos determinan que algunos tipos particulares de terapias de intervención son necesarias ese es ciertamente su derecho, y la ley no respeta eso”.
Cualquier persona con capacidad mental normal sabe que muchas veces los padres no tienen las mejores intenciones para sus hijos; debemos suponerlo en general, pero no podemos legislar sensatamente como si fuera siempre cierto, más allá de lo que dice el dicho sobre la composición del pavimento del camino al infierno. (Y recordemos que esta clase de argumento viene de gente que le niega —correctamente— el derecho a otros padres de decidir sobre sus hijos por razones religiosas.)

Los “tipos particulares” de terapias de intervención son los que dicen transformar a gays en heterosexuales. ¿Alguien puede imaginarse lo que dirían estos tipos si un grupo de padres quisiera mandar a sus hijos a hacer “terapia” para volverse bisexuales, bajo la creencia de que la bisexualidad es la forma correcta de la sexualidad humana?

lunes, 17 de septiembre de 2012

La inocencia de los musulmanes

El 11 de septiembre pasado un grupo de personas asaltaron una embajada estadounidense y la incendiaron, matando al embajador, durante una protesta provocada por una película (no producida por el estado norteamericano, ni distribuida por la embajada de dicho país, ni nada parecido) que ofendía su religión. Casi no hay nadie en el planeta que al leer la frase anterior pueda dudar de qué religión eran los asesinos, pero por si acaso fuera así, se trataba del islam; el país fue Libia. Los manifestantes también mataron a otros tres funcionarios en un asalto al convoy que iba a rescatar a las víctimas del incendio. En Egipto otro grupo de manifestantes irrumpió en la embajada de Estados Unidos y arrancó su bandera para poner en su lugar una negra con las palabras de la profesión de fe islámica.

La película, titulada La inocencia de los musulmanes, es una producción de ínfima calidad de un tal Sam Bacile, que dijo ser judío israelí y que vive o vivía en California. Se dijo que fue promovida por el pastor evangélico quema-Coranes, Terry Jones, y por dos cristianos egipcios. El nombre Sam Bacile es con seguridad un pseudónimo. Al igual que en el caso del libro de Salman Rushdie, Los versos satánicos, y de las caricaturas de Mahoma en el diario danés Jyllands-Posten, es seguro que la inmensa mayoría de los manifestantes dispuestos a incendiar edificios y matar a personas inocentes a causa de la película jamás la vieron. De hecho sólo se conocía un trailer de 14 minutos publicado en YouTube.


Resulta interesante leer algunas de las reacciones ante el ataque y los muertos. Los políticos, siempre políticos, se manifestaron según sus prioridades. Hillary Clinton dijo que “…este video es repugnante y condenable (…), profundamente cínico, para denigrar a una gran religión y provocar enojo.” Sólo después de este preludio aclaró: “Pero como dije (…), no hay justificación, ninguna en absoluto, para responder a este video con violencia.” ¿Pero? ¿Una gran religión? No sé qué querrá decir que una religión es grande, pero seguramente una religión que en catorce siglos no ha producido ninguna forma popular más civilizada que estas hordas de asesinos de ofensa fácil no es una gran religión en ningún sentido concebible excepto el de la cantidad y el del terror que puede inspirar.

El sitio web Global Voices, que recoge noticias independientes de todas partes del mundo, reunió algunas de las reacciones dispersas de personas comunes en Twitter. Llama la atención cómo muchos libios, musulmanes o no, ofendidos o no, demostraron tener sus prioridades morales mejor situadas que Hillary Clinton. O que el Director de la Sala de Prensa del Vaticano, Federico Lombardi, que dijo:
“El respeto profundo por las creencias, los textos, los grandes personajes y los símbolos de las diversas religiones son una premisa esencial de la convivencia pacífica de los pueblos. Las consecuencias gravísimas de las injustificadas ofensas y provocaciones contra la sensibilidad de los creyentes musulmanes son una vez más evidentes en estos días, por las reacciones que suscitan, también con resultados trágicos, que a su vez hacen más profunda la tensión y el odio, desencadenando una violencia del todo inaceptable.”
Unas sesenta palabras para justificar el asesinato de inocentes en nombre del respeto a las creencias de los fanáticos asesinos, un párrafo entero para condenar sólo al final el asesinato (¡por 14 minutos de video!)  como “violencia inaceptable”. ¿Por qué dice que es inaceptable algo que él mismo acaba de describir casi como una consecuencia automática y lógica de “ofensas y provocaciones”?

Esto, además, de parte del vocero de un estado que en el pasado reciente se alió con los estados teocráticos islámicos para exigir la supresión del discurso crítico a las religiones y castigos legales a la “blasfemia”, la “profanación” y la ofensa a los delicados sentimientos de los extremistas, hasta que se dieron cuenta de que los extremistas (en Pakistán, en la India, en Nigeria) estaban matando católicos y —peor aún— quemando iglesias.

La provocación puede ser irresponsable, pero la respuesta a la provocación no es responsabilidad del provocador. Los seres humanos no funcionamos mecánicamente a nivel social; no toda acción tiene que acarrear inevitablemente una reacción (y desde luego, el incendio de una embajada no es una reacción equivalente en fuerza a una burla a Mahoma). Quizá los políticos alguna vez se metan este principio en la cabeza y aprendan a no justificar implícitamente a los asesinos autonombrados defensores de la religión. Y mejor aún, a no aliarse con ellos.

jueves, 30 de agosto de 2012

Deísmo moralista terapéutico

Una encuesta realizada en 54 países por WIN-Gallup [PDF] reveló ciertos datos muy interesantes sobre las cantidades de personas que dicen pertenecer a distintas religiones, las que no pertenecen a ninguna, y dentro de éstas últimas, las que se llaman a sí mismas ateas. Estados Unidos es un caso muy particular: es el único país rico y desarrollado de Occidente donde hay tantos religiosos devotos, pero también es uno de aquellos donde la religión institucional se encuentra en un declive pronunciado.


En el servicio de noticias de la BBC encontré un punto de vista sobre este fenómeno. Se trata de la opinión de Rod Dreher, un cristiano conservador, que achaca toda la culpa al hecho de que el cristianismo se está haciendo más progresista y liberal, alienando así a los que buscan dogmas duros y arbitrarios, obediencia ciega y sacrificio (la evidente conexión religiosa de los atentados del 11-S, la explosión mediática de los Nuevos Ateos, los abusos sexuales en la Iglesia Católica y todo lo demás no parece tener importancia para él). Aunque equivocado, quizá, en su énfasis, no me parece desacertada su caracterización de cierta religiosidad moderna que se aplica no sólo a Estados Unidos sino —en mi experiencia— a una buena parte de la juventud urbana latinoamericana.
Este abandono rápido y extendido del cristianismo institucional por parte de los jóvenes es el primer fruto de lo que los sociólogos Christian Smith y Melinda Lundquist Denton denominan “deísmo moralista terapéutico” (DMT). Según el estudio de Smith, el DMT es la religión por defecto de casi todos los jóvenes estadounidenses (…).

El DMT enseña que Dios existe y quiere que seamos buenos, y que la felicidad es el objetivo de la vida. En el DMT, Dios, que es “algo así como una cruza entre Mayordomo Divino y Terapeuta Cósmico”, no tiene por qué estar involucrado en la vida de uno, a menos que uno necesite algo.

Es la pseudo-religión perfecta para una cultura individualista, consumista y próspera. Así se entiende cómo es que una generación criada con el DMT no tenga interés en la religión tradicional, con sus proclamas de verdad y sus exigencias. (…)

El futuro religioso posmoderno de Estados Unidos, entonces, parece pertenecerle a perezosos teológicos que creen en una deidad mal definida que no exige nada y que sólo brinda comodidad psicológica. ¿Quién necesita algo tan pobre? Al menos los ateos tienen el coraje de su falta de convicciones religiosas.
Como creyente, claro está, no podía dejarlo así, y a continuación estropea su razonamiento regodeándose de manera apenas disimulada en el futuro sombrío que nos espera, a ateos y tibios por igual, cuando nos demos cuenta de que vamos a sufrir y morir y que no tenemos la “esperanza ultraterrena” que sólo Dios™ puede darnos.

En posteriores artículos seguiré comentando esta encuesta y las repercusiones que pueda tener.

lunes, 13 de agosto de 2012

Madalyn Murray O’Hair y la religión impostada de los astronautas

Madalyn Murray O’Hair quizá no resulte conocida para muchos ateos hispanoamericanos, especialmente los más jóvenes. Activista incansable, fundadora de American Atheists, fue quien logró —en 1963— que la Corte Suprema de Estados Unidos prohibiera la realización de plegarias e invocaciones religiosas en las escuelas públicas.

En la víspera de Navidad de 1968 los tres astronautas de la misión Apolo VIII, en órbita lunar, tomaron la famosa fotografía de la Tierra conocida como Earthrise, y luego, en una transmisión pública, leyeron por turnos el comienzo del libro del Génesis, terminando con un “Feliz Navidad y que Dios los bendiga a todos”. Murray demandó al gobierno de Estados Unidos por violación de la Primera Enmienda de la Constitución (que entre otras cosas prohíbe la adopción oficial de creencias religiosas). La Corte Suprema rechazó el caso.

Earthrise

Con ese contexto podemos pasar al siguiente video, un extracto del documental de 1970 Madalyn. (El lector quizá tenga que activar los subtítulos.)


Si esta ridícula historia de impostura religiosa (o de “misioneros en el espacio exterior”, como Murray calificó a los astronautas) suena un poco inverosímil, tenemos al menos otra confirmación de que Murray no lo había inventado todo (acusación fácil de hacer y de creer cuando era, como la llamó la revista Time, “la mujer más odiada de Estados Unidos”). Hace unos días, hablando del aterrizaje del Curiosity en Marte, un comentarista del sitio de Richard Dawkins escribió:
“Tiemblo de pensar en el día en que un astronauta americano pise la superficie de Marte por primera vez y suelte la frase hecha obligatoria en alabanza a dios por la belleza del universo que creó y por llevar a la tripulación segura a destino.”
Dawkins mismo contestó (cosa que no suele hacer), explicando que el año pasado, en la conferencia STARMUS en Tenerife, conoció y conversó con Bill Anders, uno de los astronautas del Apolo VIII. Y Anders le dijo que no le importaba mucho la religión: leyó la Biblia “sólo porque la NASA se lo ordenó”. Quizá podamos poner pie en Marte sin rebajarnos a la superstición, después de todo.

(Me llega esta noticia a través de un post invitado de Sigmund en Why Evolution Is True, el blog de Jerry Coyne.)

martes, 24 de julio de 2012

Un problema de pecado

“No tenemos un problema de criminalidad o un problema de armas, o siquiera un problema de violencia. Lo que tenemos es un problema de pecado. Y dado que hemos expulsado a Dios de nuestras escuelas y comunidades, del ejército y del discurso público, realmente no deberíamos actuar tan sorprendidos cuando se desata el infierno.”
— Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas (EE.UU.) y ex candidato presidencial, opinando sobre la masacre ocurrida el 20 de julio de 2012 durante una función de trasnoche de The Dark Knight Rises en un cine de Aurora, Colorado.

martes, 26 de junio de 2012

Fanatismo asesino

Aunque hace años que documento las horribles consecuencias del fanatismo religioso, a veces incluso yo me quedo sorprendido por la brutalidad que puede alcanzar una mente humana cuando cree estar en posesión de una verdad absoluta. El siguiente video fue editado, traducido y subtitulado por el grupo Traducciones Herejes, que me ha pedido si quería comentarlo (se pueden encontrar más en el canal de YouTube Krisangel23GodlessTv). La noticia data de octubre de 2010.


Los Israelitas Negros o Hebreos Negros son una denominación religiosa minoritaria, pero no insignificante, en Estados Unidos. Se trata generalmente de personas de ascendencia negra africana que se identifican a sí mismos como descendientes de los antiguos israelitas. No son judíos de raza negra, que los hay, tanto por nacimiento (dentro de la comunidad judía etíope, por ejemplo) como por conversión. De hecho, muchos de los Hebreos Negros creen ser los únicos verdaderos Hijos de Israel y no reconocen a los judíos como tales; de la misma manera, la comunidad religiosa judía no los reconoce como judíos dado que no se han convertido formalmente (aunque celebren muchos de los mismos ritos) ni son hijos de madre judía. Dentro de los Hebreos Negros hay una franja extremista considerada supremacista, en un interesante paralelo con la Nación del Islam (la secta a la que perteneció Malcolm X).

La mayor parte de las congregaciones de Hebreos Negros no son sectas destructivas. Sin embargo, como tristemente sabemos, casi todas las comunidades religiosas pequeñas y cerradas se prestan al abuso de parte de personajes con rasgos psicopáticos

La homofobia (el temor absurdo de que un niño de cuatro años muestre conductas homosexuales, la revulsión ante ese pensamiento) parece aquí casi incidental como motivo del asesinato, pero no es posible pasarla por alto: el asesino quizá pensaba en disparar su arma de cualquier manera, pero fue la prédica homofóbica en la que vive sumergido todo creyente judeocristiano la que fijó la mira en un niño inocente.

lunes, 20 de febrero de 2012

“¡Censura!”, gritan los censores

Como la hipocresía y los dobles estándares son característicos de los líderes religiosos y sus seguidores más devotos, no debe sorprendernos la denuncia, que aparece publicada en el Vatican Insider, de que el ejército de Estados Unidos, “violando el derecho de la libertad de palabra y de la libertad religiosa que garantizan la Constitución”, ha censurado la lectura en misa, por parte de los capellanes militares, de una carta enviada por Timothy Broglio, arzobispo Ordinario Militar católico.

La libertad religiosa y la libre expresión son derechos humanos, pero como todos los derechos, no son aplicables de manera irrestricta. El ejército es una de esas instituciones donde está prohibido expresar determinadas opiniones. A uno puede gustarle eso, o no, y en casi cualquier caso yo estaría de acuerdo con el arzobispo en que no permitir la lectura de una carta pastoral en misa es un acto de censura inadmisible. Pero cuando la carta es un llamado a la desobediencia civil, ¿qué espera? ¿No es jefe de los capellanes militares, conociendo por lo tanto las limitaciones a la libertad de expresión que surgen de la estructura jerárquica de las Fuerzas Armadas? ¿A alguien se le ocurre que un ejército puede permitir que un tipo se suba a un púlpito (literal o figurativamente hablando) y arengue a los soldados: “No cumplan con las leyes de su país”?

El Vaticano tiene, como siempre ha tenido la Iglesia desde que se organizó, una gran oficina o departamento de gobierno dedicado exclusivamente al escrutinio y persecución de expresiones que no concuerden con la doctrina oficial. La Iglesia no ha firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos y hasta hace un siglo (y más cerca todavía) consideraba esos derechos como impías creaciones de la modernidad, que no deben tener lugar en las leyes de un estado. De hecho la Iglesia siempre ha luchado para influenciar las leyes hacia una mayor restricción de la libertad de expresión y de la libertad religiosa, con la única, notoria, y bastante reciente excepción de los países musulmanes. (Sin más, hace muy poco asistimos al espectáculo de una Iglesia que al mismo tiempo hacía lobby a favor de una ley que castiga la blasfemia en Irlanda, y en contra de las leyes anti-blasfemia que se empezaron a aplicar con creciente dureza contra los cristianos en Nigeria y Pakistán; esto mientras el Vaticano hacía tratos con la Organización de la Conferencia Islámica para apoyar una resolución de la ONU que instaba a los países a perseguir legalmente las blasfemias, críticas o burlas a la religión.)

La dichosa carta pedía a los fieles que resistieran el cumplimiento de la orden del gobierno de Obama sobre la provisión obligatoria de anticonceptivos, esterilización y aborto. Para ser más claro, pedía a los soldados que obstaculizaran, desde su lugar, el acceso a los servicios de salud reproductiva de otros ciudadanos. La carta finalmente no fue leída; los altos mandos (del Ejército y del Vaticano) lo conversaron, borraron la frase clave que incitaba a la desobediencia, y se acordó que se permitiría mencionar la carta en misa y difundirla por escrito.

lunes, 13 de febrero de 2012

A los tibios los vomita Dios

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, había dispuesto establecer nuevas reglas para el sistema sanitario. Una de ellas consistía en la obligación de parte de los hospitales de ofrecer a sus empleadas un plan de seguro de salud que incluyera anticonceptivos, esterilización y aborto.

Los jerarcas católicos pusieron el grito en el cielo y demandaron que esa medida fuera anulada, ya que obligarles a los hospitales católicos (curiosa expresión, si se la piensa bien) a ofrecer servicios de esa clase significaría interferir con su “libertad religiosa”, es decir, con su libertad de violar —en nombre de su ideología preferida— las reglas que rigen para todas las demás instituciones. La Casa Blanca cedió.
… la Casa Blanca ha anunciado su intención de no imponer a los hospitales y organismos vinculados a la Iglesia Católica la difusión del control de natalidad. (…)

Para la mayoría de los observadores (…) el presidente trata tan sólo de no perder el voto católico en las elecciones presidenciales de noviembre, en las que se juega la reelección. Tradicionalmente, la mayoría del voto católico vota demócrata.
Mero cálculo político, entonces. Simple pragmatismo, tibieza, o mejor dicho cobardía, de parte de un presidente que se presentó como una esperanza progresista, casi revolucionaria, y que no ha hecho sino decepcionar a la mayoría de los que lo votaron. Pero ni esta capitulación bastó. Los líderes católicos no están conformes.
Una serie de líderes pro-vida en Estados Unidos han criticado duramente al presidente Barack Obama por el anuncio que hizo de que ha modificado levemente la orden que obliga a los empleadores a pagar seguros que incluyen fármacos anticonceptivos y abortivos.

Obama dijo ayer que los empleadores religiosos ya no deberán pagar los seguros que incluyan anticonceptivos sino que deberán comprar planes que entreguen los anticonceptivos de manera gratuita. De esta forma, indicó, “se respeta la libertad religiosa”.
El cambio en la norma, si hemos de creerle a los integristas “pro-vida”, fue un mero truco: los hospitales podrán ofrecer planes de seguro de salud que no incluyan anticoncepción, esterilización o aborto, pero si el empleado requiere estos servicios, deberá recibirlos gratuitamente, a cargo del empleador.

Lo que esto significa, en primer lugar, es que —como ya sabemos— el asunto no tiene que ver con la libertad de los católicos, sino con privar a los demás de su libertad. No es que no desean pagar por un servicio que consideran inmoral; quieren forzar a la gente que trabaja para ellos a que no pueda usarlos.

En segundo lugar, muestra cómo las tácticas de conciliación no funcionan con personas como los obispos católicos. No se puede lidiar con partidarios de un totalitarismo a base de compromisos o medias tintas. El catolicismo no puede separar la vida y las leyes civiles de sus propias doctrinas; pueden darse compromisos motivados por el pragmatismo o la mera corrupción, como en todas las instituciones, pero finalmente no pueden perdurar, porque para el catolicismo hay una Ley superior a las leyes humanas y su objetivo es trabajar para imponerla sobre todos nosotros.

Y en tercer lugar, Obama comete un error de valoración política que es difícil de entender. Los jerarcas de la Iglesia son una camarilla autoelegida que representa a una fracción minúscula de los católicos. La inmensa mayoría de los católicos, en Estados Unidos y en todo el planeta, utilizan —cuando disponen de ellos y están educados para ello— anticonceptivos y preservativos. La mayoría no ve mal que una persona pueda elegir esterilizarse. Una fracción menor pero sustancial aprueba el aborto en ciertas circunstancias. Los líderes de la Iglesia saben perfectamente esto y lo toleran, como toleran que las parejas convivan sin casarse y que los homosexuales no sean encerrados, colgados o apedreados en las plazas; mientras la feligresía siga aportando fondos y los políticos sigan siendo más o menos complacientes, se puede hacer la vista gorda al pecado. Los políticos también saben esto. ¿Por qué siguen arrastrándose, por qué siguen haciendo genuflexiones, aunque sea a medias y con segundas intenciones?

Para enfrentarse al integrismo y al fanatismo las medias tintas no sirven. Que los príncipes de la Iglesia griten y pataleen; ya se verá cuántos de sus súbditos responden al llamado.