viernes, 9 de julio de 2010

Monocromos vs. multicolores

Matrimonio igualitario

Matrimonio igualitario

Matrimonio igualitario

Matrimonio igualitario

Matrimonio igualitario

Ayer estuve en un acto a favor del matrimonio homosexual, o mejor dicho (porque aquí nos gusta hablar con propiedad), a favor del proyecto de ley de modificación del Código Civil que permitiría el matrimonio de parejas del mismo sexo en las mismas condiciones que las parejas heterosexuales. También visité, brevemente, el acampe del grupo Red Familia Rosario, que se ha colocado como referente de la oposición al proyecto.

Si hay alguna diferencia notable a primera vista, y que a la vez resulte relevante en un análisis más profundo, es la del colorido. Red Familia Rosario, y todo el movimiento nacional contra los derechos civiles de los homosexuales, se ha hecho más o menos familiar a los rosarinos por su emblema color anaranjado, color que se reproduce en sus pecheras, en la tela de la carpa que montaron en nuestra céntrica Plaza Pringles, y hasta en los fondos de sus ridículos videítos de campaña en YouTube. El movimiento a favor de la diversidad y del matrimonio para todos, en cambio, lleva muchas banderas de distintos colores. Entre los “naranjitos”, al menos hacia afuera, hay total coincidencia: prácticamente todos son católicos tradicionales o evangélicos fundamentalistas, y todos consideran la diversidad sexual como una depravación o una enfermedad moral. Entre los que estamos del otro lado, hay posturas políticas ampliamente separadas, hay banderías y militancias que apuntan a diferentes aspectos del asunto, hay disensos sin duda; lo que los une (nos une) es precisamente la diversidad y la necesidad de protegernos de quienes quisieran hacer de todo este país un modelo idealizado de su pequeño, cuadrado, exclusivo paraíso.

Es mucho más fácil unirse contra algo que unirse por algo. Esto lo sabe cualquier político, cualquier militar, cualquiera que haya tenido que organizar un movimiento y aunar voluntades: un enemigo común (incluso si es inventado) es una estrategia ganadora. Es mucho más fácil ir en la misma dirección que la tradición y que los prejuicios dominantes que ir en contra. Por eso no es difícil entender la cantidad de firmas reunidas por los “naranjitos” contra el derecho al matrimonio igualitario, firmas (en gran parte) de personas que no tienen idea de lo que implica firmar excepto que se trata de algo contra los gays; y por eso es casi increíble que tantas personas distintas se hayan podido unir, bajo distintas banderas, a favor de un derecho que hasta ahora a casi nadie se le había ocurrido discutir. Y digo distintas porque no todos son homosexuales ni militantes, y porque los homosexuales no son todos iguales, como los heterosexuales no somos todos iguales, ni los ateos, ni tan siquiera los católicos, los pentecostales, los luteranos, los judíos o los musulmanes. Ninguna persona se define por un solo rasgo de su personalidad, ni siquiera su orientación sexual o (en una sociedad tan religiosa como la nuestra) su religión o falta de ella.

Los multicolores defensores del derecho al matrimonio para todas las parejas tenemos distintas identidades de género, orientaciones sexuales, religiones e ideologías, y no nos molesta; no las dejamos de lado, simplemente reconocemos que no son relevantes ahora. Los monocromos opositores al matrimonio igualitario, que también tienen esas diferencias, prefieren suprimirlas (¡y cuánto dolor habrá allí!) para presentarse con un discurso único, el discurso de la tradición y el orden establecido, el discurso de una visión de sociedad que nunca existió realmente, donde el hombre es a la vez padre, macho dominante, proveedor del hogar y cabeza de familia; donde la mujer es madre, hembra sumisa, cuidadora de los hijos y abnegada ama de casa; y donde los hijos crecen con las mismas expectativas que sus progenitores, felizmente apartados de la ambigüedad y la complejidad que nos dan nuestros cuerpos y nuestras mentes. (Esta sociedad nunca existió porque algo siempre se ha quebrado y  nada es tan sencillo.)

Y bien, comencé pensando en reseñar una manifestación y terminé escribiendo un manifiesto. Así sopla el viento. Les he dejado algunas fotos. Mañana o más tarde pondré algunas de los naranjitos y quizá me despacharé un poco sobre ellos; ahora mismo, de buen humor, no voy a dedicarles más espacio a los ignorantes o a los fanáticos.