viernes, 16 de julio de 2010

¡Matrimonio para todos!

La modificación del Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo fue aprobada por el Senado argentino en la madrugada del día 15 de julio, con 33 votos a favor, 27 en contra y 3 abstenciones. Algunos senadores cambiaron su voto o se ausentaron de la sesión a último momento, por lo cual el resultado era incierto. El debate duró unas quince horas y se pudo ver íntegramente por televisión y en la web.

Afuera del Congreso, miles de manifestantes de agrupaciones políticas y LGBT esperaron durante toda la tarde y la noche, con ánimo de fiesta (amenizada por la música de Kevin Johansen y dibujos en vivo de Liniers), salvo por unos momentos de tensión cuando un grupúsculo de católicos se pusieron a rezar el rosario de espaldas a la multitud. Buscaban victimizarse y lamentablemente lo lograron, cuando algunos manifestantes perdieron la paciencia y empezaron a arrojarles naranjas; otros arrancaron una bandera que condenaba toda unión que no fuera la de hombre y mujer, y entonaban cánticos contra la Iglesia. La cosa no pasó a mayores.

Dentro del Congreso hubo un comienzo confuso y a los gritos por un conflicto reglamentario relativo al proyecto de unión civil, propuesto por un sector que se oponía al matrimonio de pleno derecho para los homosexuales pero no quería mostrarse como discriminador, y que había sido impugnado por el bloque kirchnerista. Después comenzó a hablar la presidenta de la comisión que emitió el dictamen en discusión, Liliana Negre de Alonso, una militante católica del Opus Dei. Negre presentó un ridículo video de diez minutos de duración, con música de fondo y clips de las audiencias públicas organizadas por ella en las provincias conservadoras del interior del país, y después de autocongratularse y agradecer a su equipo de producción procedió a hablar durante una hora más, a pesar de que sólo se le habían asignado 40 minutos. El video fue descalificado como “propaganda” por varios legisladores.

El debate continuó con altas y bajas hasta llegar al último de los 48 oradores. Yo vi apenas un par de horas al inicio y otros pedazos por la tarde y la noche, mientras seguía en Twitter el tema #matrimoniogay, que se volvió (para sorpresa de todo el mundo) trending topic cuando Ricky Martin lo recogió. Inútil sería tratar de resumirlo; otros han recogido las partes más interesantes de los discursos. Mi impresión (y admito completamente que es parcial y subjetiva) es que del lado de quienes querían aprobar la ley había, o bien una reflexión reciente y honesta sobre este tema específico que los había convencido de votar a favor, o bien un compromiso ideológico general previo, mientras que del otro lado no había mucho más que prejuicios e ignorancia, generalmente recubiertos por una estructura discursiva de tono legalista, apropiada pero en último término endeble, y a veces ni siquiera eso. Militantes fundamentalistas como Negre de Alonso fueron la excepción. Asistimos al penoso espectáculo de legisladores que basaban todo su discurso en preceptos bíblicos o en la engañosamente llamada “ley natural” defendida por la Iglesia, pero también al refrescante testimonio de que muchos de nuestros políticos, de todos los partidos, son capaces de pensar y de liberarse de los prejuicios con que indudablemente crecieron.

Cuando empecé a escribir sobre el matrimonio homosexual me disculpé, casi, por hacer de este tema político parte tan importante de un blog sobre religión. La verdad es que esa disculpa no tuvo sentido. A la hora de la acción, más allá de que existe homofobia y patriarcalismo entre ateos, agnósticos e indiferentes religiosos, fueron las grandes fuerzas religiosas de Argentina quienes convocaron a miles de personas y gastaron inmensas cantidades de dinero y tiempo para luchar contra los derechos de las parejas homosexuales. Sin el acicate de la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas fundamentalistas no hubiera habido esta convulsión nacional, ni hubiera surgido tanta basura ideológica y tanto odio de lo profundo de la sociedad argentina. Sin los “naranjitos” en la calle y en la web no nos hubiéramos enterado de las dimensiones que puede tomar la discriminación asumida como valor moral. Creo que eso les costó la batalla cultural y finalmente la ley; como dice Bruno Bimbi, la Iglesia fue la que declaró la guerra, y perdió.