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lunes, 25 de noviembre de 2013

Lo que implica la “persona humana desde la concepción”

Hace unos días, la mayoría legislativa kirchnerista entregó la cabeza del nuevo Código Civil argentino en una bandeja a la Iglesia Católica, en la persona de su campeona “pro vida” la senadora Liliana Negre de Alonso, como expliqué en mi artículo anterior.

Comencé entonces diciendo que el proyecto de ley de Código Civil implicaba un retroceso específicamente en los derechos de las mujeres, aunque no me explayé demasiado sobre el tema. Debería ser obvio que reafirmar que “la persona humana existe desde la concepción” es un ataque contra las mujeres, pero quizá no lo sea para todos o no se comprendan en plenitud los efectos de una declaración legal de esa naturaleza.

La postura cristiana conservadora frente al aborto siempre me ha parecido un fingimiento. Oponerse al aborto, como oponerse a la homosexualidad o a los anticonceptivos, puede transformarse fácilmente en una consigna, una bandera ideológica y una marca identitaria: el santo y seña por el cual los conservadores se reconocen y el grito con el cual marchan juntos a la batalla más allá de (y sin tener que pensar en) diferencias de detalle que los separen. Pero imaginemos, por un momento, que hay personas que realmente creen que “la persona humana comienza con la concepción”, que esa “persona” recién concebida es tan persona como ella misma y que están dispuestos a seguir esa idea hasta sus últimas consecuencias.

Y ahora imaginemos que la persona-desde-la-concepción es ley, y que uno de esos creyentes consecuentes es el encargado de hacer cumplir la ley.


De pronto, cada cosa que pueda poner en peligro a un óvulo fecundado es una amenaza contra una persona. Un cigoto es una cosa muy frágil; de hecho, diferentes estimaciones dicen que entre un 30% y un 70% de los cigotos son abortados espontáneamente, muchos antes de implantarse en el útero y casi siempre sin que la mujer siquiera lo note, por cosas tan sencillas como un cachito de cromosoma de más o de menos. Pero eso es “natural”, así que no cuenta, nos dicen los “pro vidas”. Tal criterio es ilógico, como el lector podrá comprobar si reflexiona unos segundos: en nuestra sociedad no sólo hay leyes contra el asesinato sino también leyes que obligan a colocar pararrayos en los edificios altos, leyes que nos fuerzan a vacunar a nuestros hijos y campañas para incentivarnos a comer comida sana; presiones e influencias, en fin, que buscan protegernos de la “naturaleza”. Si la naturaleza aborta a la mitad de los embriones, estamos ante un nivel de letalidad que deja chiquitas a la viruela, la polio, el sarampión, la difteria y el tétanos; y sin embargo, no vemos a ningún “pro vida” haciendo campaña desesperadamente en favor de la investigación científica que permita salvar a esas millones de personas. Si un cigoto es una persona, en el tiempo que te llevó leer este párrafo han muerto miles de personas indefensas y a nadie le importa.

En el anteproyecto de Código Civil había una previsión específica para la fecundación asistida. Esa previsión se quitó a instancias de la Iglesia, incorporándose en cambio una promesa de reglamentar la “protección del embrión no implantado” por medio de una ley especial. Este cambio, aplicado como un parche entre gallos y medianoche, motivó la indignación de más de uno:
“Es gravísimo —alertó el jefe del bloque de diputados radicales Ricardo Gil Lavedra—. ¿Qué significa esto? ¿Que al que se le cae por error una probeta incurre en aborto? No tenemos sancionado nada serio sobre preservación de los embriones y estamos diciendo que son personas”, exclamó.
Gil Lavedra no se equivoca, aunque tampoco lo ve muy claro. En la práctica, cumplir el Código Civil tal como se lo propone implica el fin de la fecundación asistida legal, ya que incluso las técnicas más modernas implican la producción y manipulación de embriones.

En nuestro ordenamiento legal, si uno causa daño a otra persona por negligencia, le caben penas menores que si lo hace buscando causar daño adrede, pero penas al fin. Una mujer embarazada que no busca abortar pero que se comporta de manera que podría dañar al nascituro, ¿no entra en la misma categoría?

De pronto, una mujer que pierde su embarazo en un accidente automovilístico causado por su mala conducción es penada de la misma manera que si en ese accidente hubiese muerto su hijo de cinco años sentado en el asiento del acompañante sin arnés ni cinturón de seguridad (y es penada incluso aunque ella misma no supiese aún que estaba embarazada). Una mujer que llega a la guardia de un hospital con un aborto espontáneo en curso es acusada de haber intentado un aborto provocado. Una mujer que fuma o bebe alcohol queda embarazada y su esposo o un juez la hace internar en una clínica de rehabilitación hasta el final de la gestión, para que no consuma drogas que pueden dañar al nascituro (con el mismo criterio con que la justicia le impide a los padres darle drogas adictivas a sus hijos menores de edad).

¡Y hay más! Un trabajador en una clínica de fertilidad, como imaginaba el diputado, deja caer una probeta con un embrión que iba a ser implantado, y la receptora frustrada lo acusa de homicidio. En esa misma clínica de fertilidad, un corte de energía generalizado y prolongado hace que se descongelen y malogren miles de embriones preservados en frío: ¡una masacre causada por no contar con generadores de energía autónomos y redundantes!

Estos casos no son totalmente hipotéticos. Ya existe en Argentina un precedente de acusación de “doble homicidio” por el asesinato de una mujer embarazada. Si parece que nadie presta atención al Código Civil es porque de hecho en Argentina son muy pocas las leyes que verdaderamente se cumplen (aunque en este caso deberíamos dar gracias). En un próximo artículo les voy a contar sobre lo que ocurre en Estados Unidos, donde hace tiempo que, siendo legal el aborto, existen sin embargo muchos casos donde las leyes impulsadas por conservadores religiosos, y hechas cumplir al pie de la letra, han quitado derechos a las mujeres para concedérselos a los nascituros.

lunes, 11 de noviembre de 2013

¡Por los huesos de San Pedro!

El show de los muertos de la Iglesia Católica termina con la estrella de la función. De ACI Prensa:
Para cerrar con broche de oro el Año de la Fe, convocado por Benedicto XVI y que termina el próximo 24 de noviembre, el Vaticano ha decidido exponer públicamente las reliquias del Apóstol San Pedro, el primer Papa y Vicario de Cristo en la tierra que murió martirizado.
Con respecto a la veneración de las reliquias ya se ha escrito varias veces en este blog, consignando el hecho bien sabido de que la mayoría de ellas son, como siempre han sido, falsas. El cadáver del apóstol Pedro, además, tiene un bagaje político particular. Como en otras ocasiones, me sirvo de la erudición del historiador católico Paul Johnson, que luego de relatar la grosera corrupción existente en torno a la fabricación y el tráfico de partes de cuerpos o vestimentas de santos o beatos, llega a la reliquia más codiciada de todas:
La reliquia más importante era el cuerpo de san Pedro, que según había creído la opinión cristiana, por lo menos desde mediados del siglo II, estaba enterrado en el lugar de la Iglesia vaticana que lleva su nombre. Se entendía que la posesión del cuerpo era la “prueba” definitiva de que Pedro era el primer obispo de Roma. Se estableció la siguiente cronología: en el año 34 d.C. Pedro se convirtió en obispo de Antioquía, en 40 trasladó su sede a Roma, en 59 consagró como sucesores a Lino y Cleto. Nadie refutaba estos asertos. Se presumía que Pedro había fundado un linaje episcopal que después nunca se había interrumpido. Más aún, el cuerpo de Pablo estaba también en Roma. Estas reliquias convertían a Roma en una fundación apostólica por partida doble, la única fuera de Jerusalén que no era una fuerza en la política de la Iglesia. León el Grande, papa desde 440 hasta 461, destacó el hecho de que Pedro y Pablo, los apóstoles más poderosos, habían reemplazado a Rómulo y Remo como protectores de la ciudad. De esta forma, Roma heredó, de manera cristianizada, parte de la invencibilidad de la ciudad imperial. (Paul Johnson, Historia del cristianismo, p. 227. Ediciones B Argentina S. A., 1999)
“Nadie refutaba estos asertos”, como dice Johnson, y de hecho nadie en la Iglesia hoy se animaría a refutarlos, por más que no sean producto más que de “la opinión cristiana”, es decir, las habladurías de un pueblo totalmente crédulo, alimentadas a conciencia por los jerarcas romanos deseosos de incrementar el poder y prestigio de su sede. El cuerpo de Pedro podría de hecho estar en cualquier lado sin desmedro para la fe, pero eso no serviría a los papas para reafirmar su poder monárquico absoluto sobre todas las jurisdicciones cristianas del planeta; a otro nivel, las oportunidades publicitarias —y para la exhibición obscena de la piedad pueril de los adoradores de huesos, dientes, cartílagos y pedazos de vísceras secas— son demasiadas como para dejarlas pasar. Si la Tradición (con mayúsculas) dice que Pedro está allí enterrado, ¿por qué negarles a los peregrinos cargados de euros acudir a venerarlo?

viernes, 1 de noviembre de 2013

Las hermanas de la Magdalena

Quiero recomendarles ver The Magdalene Sisters (“Las hermanas de la Magdalena”), un film de 2002 del que escuché hablar hace poco. Se trata de un drama basado en hechos reales: un trozo de la infame historia de las “lavanderías” que las monjas de varias órdenes religiosas regentearon en las Islas Británicas y en Norteamérica durante siglos, contada a través de la vida de varias internas en uno de estos establecimientos, en la Irlanda de los años 1960.



Las monjas proveían, como ha hecho históricamente la Iglesia Católica, un servicio a la sociedad que la misma Iglesia había ayudado a crear: apartar y contener a las mujeres consideradas de mala vida o sexualmente problemáticas. Las lavanderías servían para mostrar a la sociedad una fachada que justificara lo que se hacía a las internas: allí las prostitutas, las chicas fáciles y otros peligros morales realizaban un trabajo duro pero digno, lavando sus pecados junto con las ropas de las monjas, de los sacerdotes que les daban misa y de las buenas gentes.

En la práctica, sin embargo, los “asilos” de las Magdalenas eran centros de trabajos forzados. Las lavanderías eran una fuente de ingresos segura para las monjas, tanto más cuanto las mujeres forzadas a trabajar en ellas no recibían sueldo, no podían irse ni tenían ningún tipo de seguridad social, ni licencias, ni nadie a quién reclamar si las condiciones eran inhumanas. Los castigos corporales y las medidas disciplinarias destinadas a la degradación de las internas eran comunes.

El prólogo del film consta de tres breves historias de mujeres jóvenes llevadas por la fuerza a una lavandería: la primera, por haber denunciado ante su familia, durante una fiesta de boda, que un primo suyo acababa de violarla; la segunda, una huérfana, por permitirse coquetear con los muchachos que la llaman desde el otro lado de las rejas del orfanato; la tercera, por haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Los tres casos conforman una vista panorámica y desoladora a una cultura profundamente católica, tóxica, donde las mujeres, para ser consideradas morales, sólo pueden habitar tres ambientes bajo estricta supervisión, sometidas a una autoridad ajena y con su sexo anulado o severamente restringido: la casa paterna, la casa del esposo, y el convento.

En efecto, en las historias que The Magdalene Sisters cuenta, son las propias familias —o el estado encargado de suplir la custodia familiar– las que abandonan a sus hijas en los hogares de las monjas y les dan la espalda. La autoridad de las monjas se entiende simbólicamente como absoluta en función de la altura moral y el respeto social que automáticamente ganan aquéllos que se consagran a Dios, pero es de hecho una autoridad delegada: las familias de las internas pueden venir a sacarlas en cuanto lo deseen. Sin embargo, muchas de ellas permanecen en las lavanderías hasta morir. Las monjas contaron con la total colaboración del Estado para hacer la vista gorda y para enviarles mujeres sin recursos a través del sistema judicial.

Las víctimas de la esclavitud de las Magdalenas finalmente comenzaron a encontrarse y contar sus historias al final del siglo pasado, luego de que estallara un escándalo al descubrirse decenas de cadáveres de internas enterradas en tumbas anónimas en terrenos de un convento. Una investigación reveló el nivel de los abusos llevados a cabo en los asilos, que (sólo desde los años 1920 y sólo en Irlanda) afectaron a unas treinta mil mujeres.

Más recientemente el gobierno de Irlanda, después de dilatarlo todo lo posible, decidió reconocer su parte en el asunto y ofrecer atención y compensación monetaria a las sobrevivientes. El gobierno también solicitó a las cuatro órdenes religiosas responsables de las lavanderias que, pese a no haberse dado un proceso penal, hicieran el gesto de reconocer los abusos cometidos y aportaran fondos. Las monjas se negaron unánime y categóricamente. Así queda, sin castigo, uno de los grandes crímenes de la Iglesia Católica en el siglo XX.

(El film está subido a YouTube íntegro, en inglés original sin subtítulos.)

sábado, 12 de octubre de 2013

Jesús quizá no existió, pero no lo inventaron los romanos

Flavio Josefo
A propósito de la noticia de que Jesús y el cristianismo fueron inventados por la familia imperial romana y de que el Nuevo Testamento fue escrito por el historiador judeorromano Flavio Josefo, aunque a esta altura todos deberían saber que se trata de una patraña, no está mal recordarlo, puesto que muchos ateos, especial y tristemente, insisten en darle publicidad a esta disparatada tesis, proveniente de un falso académico bíblico con intereses puramente económicos.

Joseph Atwill, autor del libro Caesar’s Messiah (“El Mesías de César”), propone que el cristianismo es una gran invención destinada a burlarse de la credulidad de los judíos y, de paso, neutralizar su tendencia a la rebelión. En efecto —plantea su tesis—, dado que los judíos cada dos por tres se levantan en armas contra Roma inflamados de esperanza mesiánica, ¿qué mejor que darles un mesías que, en vez de instarlos a la rebelión, les diga que hay que poner la otra mejilla y dar al César lo que es del César (es decir, soportar la opresión y pagar los impuestos)?

Esto suena bien en el terreno de las teorías de conspiración pero es, como estas teorías en general, totalmente ridículo. Lo desmonta concienzudamente, entre otros, un verdadero académico, Richard Carrier, a quien además no se le puede sospechar un conflicto de intereses puesto que no vive de Jesús sino que es lo que se llama, en el campo de los estudiosos del cristianismo, un miticista. Carrier cree que la figura de Jesús no es histórica sino mítica en sentido estricto; que Jesús (o alguien con otro nombre pero que esencialmente cumplió con su misma función) no existió jamás. Entendiblemente, a Carrier le molesta que vendedores de conspiraciones baratas como Atwill ensucien su disciplina.
Su teoría involucra una conspiración masiva y extrañamente erudita de una extensión y origen verdaderamente bizarros para lograr un objetivo verdaderamente quijotesco que no tiene casi ningún sentido como algo proveniente de cualquier élite más o menos inteligente de esa época (…), todo para plantear que la religión cristiana completa fue creada por los romanos (¿que inmediatamente después se opusieron a ella?) y que éstos lograron de alguna manera que cientos de judíos (?) abandonaran su religión y se unieran a una secta que simplemente apareció de pronto, sin explicación y sin apoyo de nadie en el mercado de libros de Palestina (?).
Carrier explica que hay muy poco de nuevo en lo que Atwill vende ahora como una fantástica revelación:
Históricamente, la tesis de Atwill es más o menos una versión actualizada de la vieja Teoría Conspirativa de Pisón, con lo cual no me refiero a la Conjura de Pisón (una verdadera conspiración para asesinar a Nerón) sino a una versión locamente ficticia en la que familia Pisón inventó el cristianismo (y todos sus documentos) a través de sus contactos con la familia Flavia, y de ahí Flavio Josefo (…).

Este sinsentido pseudohistórico ya tiene más de un siglo de antigüedad hoy en día; fue propuesto por primera vez (que yo sepa) por Bruno Bauer en Christus und Caesaren (“Cristo y los Césares”) en 1877, y lo han resucitado una docena de veces desde entonces. Atwill es simplemente la última iteración (o casi: hay un rabino chiflado todavía dando vueltas por ahí con una versión todavía más alocada).
El artículo de Carrier es largo y complejo, y no voy a traducirlo todo aquí, pero lo recomiendo. Desde luego, no es el único que ha notado la total falta de sentido del trabajo de Atwill, pero es un buen lugar por donde empezar.

sábado, 5 de octubre de 2013

Dudas sobre el síndrome post-aborto

El órgano de desinformación y propaganda InfoCatólica cita un artículo de la plataforma nacionalcatólica HazteOír sobre la discusión que se dio en el Simposio de Salud Mental y Aborto del XVII Congreso Nacional de Psiquiatría de España, celebrado en Sevilla.

Los psiquiatras no llegan a un acuerdo sobre las consecuencias del aborto provocado

(…) Existen estudios a favor y en contra de la existencia del síndrome postaborto. Las diferentes conclusiones se deben a la variabilidad de las muestras, el diseño de los estudios, el control de las patologías psiquiátricas previas o subyacentes, el periodo de seguimiento tras el aborto y la participación en ellos de las mujeres que abortan.
Si fuéramos a creer a los “pro-vida” impulsores del mito del “síndrome post-aborto” (SPA), prácticamente todas las mujeres que abortan padecerían un conjunto de patologías psiquiátricas de distinto tipo y gravedad, de manera inmediata o a largo plazo (la ambigüedad en estos casos facilita el engaño). Muy por el contrario, la psiquiatra citada por los “pro-vida” acepta que hay estudios a favor y en contra de la existencia del SPA y que, en el caso del estrés postraumático (uno de los componentes postulados del mismo), los estudios que están a favor de la existencia del SPA “indican que podría afectar al 10% del total de mujeres que abortan”.

Se hace notar, además, que los problemas psiquiátricos luego de un aborto tienden a ocurrir en pacientes con patologías previas. Esto no es nada sorprendente, pero complica el análisis de los datos (por aquello de no caer en el post hoc ergo propter hoc).

Así que, por una vez, los falseadores profesionales han escrito un resumen aparentemente correcto de la situación. Naturalmente, ni ellos ni sus seguidores tomarán nota, y continuarán repitiendo con toda seguridad la mentira que inventaron (tal es el calificativo que merece el afirmar contundentemente una proposición cuando uno no sabe realmente si tal proposición es cierta, a sabiendas de que la audiencia le creerá). El fin superior de la doctrina católica sobre el aborto, que es aterrorizar a las mujeres para que sigan sin reclamar control sobre sus cuerpos, no tolera argumentos matizados, y si la ciencia no apoya lo que la doctrina proclama, será la ciencia la que piadosamente tendrá que callar.

jueves, 15 de agosto de 2013

¿Los ateos son más inteligentes que los creyentes?

En los últimos días está teniendo cierta difusión un “estudio que demuestra que los ateos son más inteligentes que los creyentes”. Creo recordar más de un “estudio” similar antes de éste, ninguno de los cuales me ha movido un pelo. PZ Myers se tomó el trabajo de leer todo este último estudio y su opinión (en la cual confío bastante en general y en este caso particular) es que se trata de un caso de garbage in, garbage out (“entra basura, sale basura”). Para empezar, se trata de un metaanálisis, es decir, un estudio sobre otros estudios.
Después de leer el paper, tengo una confianza razonable de que procesaron los datos competentemente. Sin embargo, yo añadiría una cuarta interpretación que ellos no toman suficientemente en serio: que había un sesgo sistemático en los estudios de inteligencia que analizaron. En realidad me causa personalmente rechazo (¡alerta de sesgo!) cualquier estudio que intente reducir algo tan complejo como la inteligencia a un simple número útil para análisis estadísticos. Los diferentes estudios miden inteligencia por promedio de clasificaciones escolares, puntaje de exámenes de ingreso a la universidad, membresía en Mensa y tests de cociente intelectual. ¿Estás pensando en peras y manzanas? Me parecía. (…)

Pero yo estaría de acuerdo con la conclusión de que los estudios han encontrado una correlación inversa entre la religiosidad y algo que llaman inteligencia. Eso no significa mucho. Fue un metaanálisis de 63 estudios (…). El metaanálisis es una técnica estadística legítima, pero es igual de probable que lo que están detectando sea un patrón consistente de abuso de los datos, más que observando una propiedad psicológica verdadera de las personas religiosas. Están metiendo muchos estudios en una misma bolsa; el primer llamado de atención debería ser que dentro del guiso de estadísticas han arrojado trabajos de Satoshi Kanazawa, de Richard Lynn y de Arthur Jensen. Se cita The Bell Curve de Herrnstein y Murray.
Lynn es un racista científico: un psicólogo cuyos trabajos se han centrado en demostrar que las naciones y grupos étnicos más pobres lo son porque sus habitantes son menos inteligentes. Kanazawa es un psicólogo evolucionista que mantiene que los africanos son pobres y sufren más enfermedades porque son menos inteligentes, y que las mujeres negras son “objetivamente menos atractivas” (!) que las de otras razas. El resto de los citados no les van a la zaga a estos dos. La mayoría han tenido vínculos con Pioneer Fund, una fundación que financia estudios sobre las “diferencias hereditarias” humanas y que ha sido calificada como un grupo supremacista blanco.

Es importante señalar que, más allá de la polémica causada por estas figuras, sus trabajos han sido evaluados y rechazados por muchos de sus propios colegas no por una cuestión ideológica, sino a causa de sus groseros defectos metodológicos. Es bastante sencillo, cuando se tienen muchos datos, creatividad interpretativa y pocos escrúpulos, hacer que los datos digan lo que uno quiere que digan.

Myers no cree que el estudio encontrara realmente una relación entre religiosidad e “inteligencia”.
Creo que podríamos encontrar que la ignorancia se asocia con la religiosidad; muchos creyentes religiosos se oponen a la educación e insisten en mantener a ciertos segmentos de la población (mujeres) tan desinformados y mal educados como sea posible, y ese hecho distorsiona los resultados (…). [Los autores] también notan estudios que muestran que los académicos de más alto nivel y los individuos más educados tienen menor tendencia a ser religiosos, y yo puedo creer honestamente que el análisis de las afirmaciones de la religión lleva a una pérdida de la fe. Pero típicamente asociamos “inteligencia” con algo intrínseco al individuo, una propiedad biológica de sus cerebros, y nada en este estudio permite llegar a esa conclusión. La palabra tiene un bagaje muy grande y es inapropiada.
Otros estudios han mostrado una correlación inversa entre religiosidad y nivel socioeconómico. Myers menciona a Gregory Paul, cuya tesis es que la pobreza lleva tanto a una peor educación (lo cual significa menos herramientas para analizar y criticar las creencias religiosas recibidas) como a una mayor necesidad de contención social, que los grupos religiosos están preparados para dar. No se trata, entonces, de la inteligencia con que nacemos, sino de las oportunidades para desarrollarnos en la sociedad.

A los no creyentes nos queda una lección de humildad:
… incluso si la correlación se mantiene en estudios que no sean de idiotas racistas, que esto no te dé ningún consuelo: tu inteligencia es una propiedad individual, y ser miembro de un grupo apenas estadísticamente superior no te confiere capacidades especiales, aparte de la capacidad de esconderte detrás de Richard Feynmann y hacer como si su genialidad se te hubiera pegado.

jueves, 20 de junio de 2013

La pseudohistoria de la persecución a los cristianos

¿Sabías que la historia de la persecución a cristianos y su martirio son en gran medida un invento? Los martirologios (tratados o listas de mártires y otros testigos heroicos de la fe cristiana) son muchos y muy variados, acumulando decenas y cientos de testimonios de muerte por la fe. El martirio es una institución muy cara al cristianismo, puesto que asegura la santidad sin otros requisitos (en todo otro caso, certificar la santidad de una persona requiere realizar la pantomima de inventar y luego corroborar oficialmente al menos dos milagros producidos por la intercensión del candidato).

No se le escapa a ningún cristiano más o menos culto que muchas historias de santos y mártires tienen demasiados detalles para ser creíbles. Sin embargo, es considerado habitualmente cierto que los cristianos sufrieron una continua persecución por sus creencias desde que empezaron a hacerse notar hasta que el Imperio Romano lo adoptó como religión oficial; los episodios de Nerón culpándolos por el incendio de Roma, de los creyentes arrojados a los leones en el Coliseo, etc., son ya icónicos en nuestra cultura.

Hace unos meses leí, y quiero comentar ahora, una entrevista que da por tierra también con esta visión histórica. La misma se refiere al libro de Candida Moss, The Myth of Persecution: How Early Christians Invented a Story of Martyrdom (“El mito de la persecución: Cómo los primeros cristianos inventaron una historia de martirio”). Cabe aclarar que Moss no es una atea militante ni una desmitificadora amateur, sino una académica especializada en el Nuevo Testamento. La entrevista fue conducida por Danielle Tumminio, una sacerdotisa episcopal.

Moss explica que se interesó por el tema al escuchar una homilía comparando la situación de los cristianos en Estados Unidos con la de los mártires de la Iglesia de los primeros tiempos. Después de eso comenzó “a notar cómo se usaba un discurso de persecución y victimización en todas partes, desde la política hasta los sermones y en los medios, pero muy rara vez en relación con situaciones de encarcelamiento o violencia”.
Con frecuencia estas afirmaciones se referían a la historia de la Iglesia temprana como evidencia de que los cristianos siempre han sido perseguidos y, por tanto, deberían esperar ser perseguidos hoy (…). Sin la idea de una persecución casi continua sería difícil hacer ver como persecución, por ejemplo, los desacuerdos sobre el papel de la oración en las escuelas.
Moss se refiere aquí a la tendencia de los cristianos estadounidenses a buscar la institucionalización de la oración cristiana obligatoria en las escuelas públicas (para abrir el día o al comienzo de los actos cívicos, por ejemplo), práctica que era común hace unas décadas pero que ha sido declarada inconstitucional e ilegal en repetidas ocasiones.
La evidencia histórica de persecución sistemática de cristianos por parte de judíos y romanos es en realidad muy escasa. Hubo sólo unos pocos años antes del ascenso de Constantino como emperador en que los cristianos fueron perseguidos por las autoridades sólo por ser cristianos. Las historias sobre mártires cristianos tempranos han sido editadas, expandidas y a veces incluso inventadas, dando la impresión de que los cristianos estaban bajo ataque constante.
El problema con la invención de una historia de víctimas perseguidas no es académico:
Identificarse como una minoría perseguida necesariamente identifica a los otros como perseguidores. Transforma el desacuerdo en una lucha por la supervivencia en la que hay un “nosotros” inocente enfrentado contra un “ellos” odioso. Esta visión polarizada del mundo no sólo imposibilita el diálogo significativo y la colaboración sino que también puede ser usada para legitimizar la violencia contra los otros “en defensa propia”.
¿Por qué se inventaban historias sobre mártires? Moss explica que no se lo veía como una mentira y que tales cosas eran comunes incluso entre los historiadores paganos:
A veces había una historia difusa sobre algún santo en particular flotando por ahí y un escriba la ponía por escrito y la adornaba un poco como apoyo a prácticas religiosas locales. A veces un escriba componía una historia de martirio para un cristiano muerto anónimo que pudo o pudo no haber sido un mártir. Otras veces las historias eran expandidas o se les añadían anécdotas de manera que el mártir fuese recordado como aprobando a ciertos obispos o condenando a ciertos herejes. Los cristianos no eran los únicos en hacer esto ­—los historiadores griegos Heródoto y Tucídices hicieron lo mismo—, así que claramente no resultaba tan problemático para las audiencias del pasado como para nosotros.
El resto de la entrevista, que por fuerza he resumido, es bastante interesante. Moss advierte que las historias de personas que sufren o mueren por defender sus ideas pueden ser edificantes, por lo cual no está en contra del uso de los martirologios, pero cree que la autovictimización no es una buena táctica, entre otras cosas porque quita el foco de los creyentes que realmente están siendo perseguidos por su fe. Ya tendré algo más que decir sobre todo esto.

lunes, 8 de abril de 2013

La donación de Francisco

Hace unos días se hizo gran alharaca del gesto de generosidad del papa Francisco al donar cincuenta mil dólares a los afectados por la inundación en la ciudad de La Plata. Sin negar el valor del gesto en sí —hay unos cuantos argentinos bien conocidos que pueden tratar 50 mil dólares como cambio chico y sin embargo no han aportado ni una moneda— vale la pena indagar un poquito en el asunto de la procedencia de ese dinero. Para eso vamos a tener que hacer algunos números.


Lo que sigue es, entiéndase, grosso modo, burdo, aproximado, pero espero que riguroso en sus principios.

La Constitución Nacional argentina incluye un artículo (el 2°) que dictamina que “el gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. A ese artículo suelen apuntar algunos, no muchos, de los detractores del estado laico. Argentina no es un estado laico, pero desde su organización como nación estable ha habido una tendencia hacia esa visión. Algunos de nuestros primeros gobiernos tuvieron una actitud considerablemente hostil a la Iglesia Católica como institución, algo bastante entendible como rivalidad de un poder político naciente contra otro (la Iglesia) ya establecido, de dudosa lealtad a la causa de la independencia de España y, más tarde, ferozmente opuesto a las ideas liberales del estado en boga.

El artículo 2° es hoy un resabio de tiempos pasados y virtualmente nadie con conocimiento de causa lo interpreta como algo más que una obligación de dar dinero estatal a la Iglesia en compensación por pasados maltratos y en reconocimiento del valor de ciertas labores pastorales.

Hoy en día el sostenimiento se hace efectivo por medio de asignaciones monetarias a los arzobispos, obispos y obispos auxiliares (Ley 21.950), obispos (etc.) eméritos (Ley 21.540), a los seminarios, a los párrocos de áreas de frontera y otras. Todas estas asignaciones fueron reglamentadas a partir de leyes de la última dictadura militar. Ningún gobierno democrático de los que vinieron después ha tocado estas leyes, a pesar de tener sobrados argumentos para hacerlo si lo desease; tampoco lo solicitaron jamás los líderes de la Iglesia argentina reunidos en la Conferencia Episcopal, presidida durante seis años seguidos por el abanderado de la pobreza evangélica Jorge Mario Bergoglio.

Las asignaciones se vinculan al sueldo de un juez nacional de primera instancia. Un obispo titular en actividad recibe el 80% de este sueldo; un auxiliar, el 70%. Jorge Mario Bergoglio fue obispo auxiliar desde 1992 hasta 1997, luego arzobispo hasta noviembre de 2011. Olvidaremos el año extra como arzobispo emérito. Redondeando, fueron cinco años con una asignación del 70% y catorce con el 80% del susodicho sueldo de juez, que a principios de 2012 (al final de la carrera de Bergoglio) estaba en 17.426 pesos argentinos. El dólar oficial cotizaba entonces a 4,35 pesos. Redondeemos a cinco pesos, valor más cercano al real, y bajemos el sueldo citado a la cifra redonda más cercana (hago notar que ambos redondeos perjudican el argumento que quiero desarrollar).

Hemos de suponer (y es una gran suposición dados los vaivenes de la historia económica argentina, pero concédamelo el amable lector) que el salario de un juez no ha variado sustancialmente en poder adquisitivo de 1992 a la fecha, más allá de probables tropezones en épocas críticas. Es decir, supongamos que en valores corrientes el sueldo de un juez de primera instancia siempre correspondió aproximadamente al valor de esos diecisiete mil y pico de pesos de principios de 2012, dos o tres meses después de la renuncia de Bergoglio.

¿Cuánto dinero, entonces, recibió en valores de febrero de 2012 Jorge Mario Bergoglio desde 1992 hasta fines de 2011 como asignación del Estado? Cinco años como auxiliar y catorce como titular, a doce meses por año, a diecisiete mil pesos por mes modificados por los porcentajes correspondientes, dan

12 × (5 × 0.7 + 14 × 0.8) × 17000 = 2998800,

es decir, redondeando, tres millones de pesos (repito, en valores equivalentes de principios de 2012).

El lector avisado objetará que estoy acumulando valores como si Bergoglio se hubiera guardado todo ese dinero y lo hubiera preservado de la inflación a lo largo de casi veinte años. Tal cosa habría sido imposible en Argentina, aunque no con las inversiones adecuadas (por ejemplo, en inmuebles). A pesar de que mi argumento no descansa sobre esta idea, concedo el punto. Si tomamos sólo lo que Bergoglio recibió desde la primera asunción de Cristina Fernández de Kirchner hasta la renuncia de Bergoglio, dan cuatro años casi justos, unos seiscientos cincuenta mil pesos.

Los cincuenta mil dólares que donó el papa Francisco, al precio de ese momento que hemos elegido como base, equivalen a unos doscientos cincuenta mil pesos. (Debemos suponer que no adquirió esos dólares durante 2012 o lo que va de 2013, porque comenzando a fines de 2011 el gobierno fue recortando todas las vías de acceso legal a la compra de dólares.) Esto representa poco más de dieciocho asignaciones mensuales, es decir, apenas un año y medio del dinero que Jorge Mario Bergoglio recibió del Estado sólo por ser arzobispo católico (nótese que al tratarse de un período tan corto la inflación, aunque importante en Argentina, no afecta significativamente los importes).

Ningún funcionario religioso de otra religión recibe tales estipendios. Ningún funcionario elegido a dedo por un jefe de estado extranjero recibe de manera automática tales cantidades de dinero por parte del Estado argentino.

A fines comparativos podemos mencionar que a principios de 2012, mientras Bergoglio cobraba su asignación de casi catorce mil pesos, el denominado “salario mínimo, vital y móvil” era de 2.300 pesos, y el salario promedio, de 3.091 pesos: un obispo ganaba —sólo por ser obispo, cargo para el cual no se requiere otra cosa que ser elegido por el papa— cuatro y media veces lo que el promedio de los trabajadores.

Es muy posible que, al igual que otros jerarcas católicos, Bergoglio haya donado gran parte de su asignación a su diócesis. Por otro lado, es difícil que haya necesitado el dinero. El Estado paga los gastos de viaje de los jerarcas católicos; la arquidiócesis de Buenos Aires no es pobre; Bergoglio siempre tuvo buenos contactos. En todo caso, lo que Bergoglio hiciese con “su” dinero es irrelevante frente al hecho de que “su” dinero provenía del Estado por una mera cuestión de privilegio.

No son muchos los argentinos que tienen cincuenta mil dólares disponibles en una cuenta bancaria. Son bastantes, pero no millones; el trabajador argentino promedio no ve en su vida tanto dinero junto. De los muchos ahorristas que, fruto de la previsión de épocas más razonables, tienen algunos miles o decenas de miles de dólares atesorados en el banco, no son muchos los que los donarían así, y no por apego materialista sino por simple necesidad de conservar ese colchón contra las periódicas caídas catastróficas de nuestro país. Pero imagino que ser designado papa habrá influido en Bergoglio: ¿quién va a preocuparse de su futuro económico una vez ganado ese premio mayor?

El papa sólo podría sufrir alguna estrechez, de aquí hasta su muerte, si la Iglesia hiciera verdaderamente lo que Francisco con tanta pasión declama, que es volverse pobre y de los pobres, siguiendo el ejemplo de vida del santo de Asís. Creo que todos podemos estar seguros de que eso no ocurrirá jamás. Francisco tiene asegurado todos los años de vejez que le quedan en medio de los oros, la seda y los mármoles del Vaticano, atendido en sus menores necesidades por manos solícitas y trémulamente respetuosas de su sagrada investidura. Cincuenta mil dólares, para quien se ha ganado esa módica aproximación al imaginario cielo que predica el cristianismo, son poco y nada.

lunes, 25 de marzo de 2013

“¿Puede un ateo ser un fundamentalista?”, por AC Grayling


Hace unos días algo me apuntó a este texto, que escribió el filósofo británico A. C. Grayling. Algunas partes son más bien específicas de Gran Bretaña o de Europa, pero todo es pertinente. El original se llama Can an atheist be a fundamentalist? (“¿Puede un ateo ser un fundamentalista?”) y fue publicado por el diario The Guardian el 3 de mayo de 2006. Traduzco:
Es hora de terminar con los errores y presunciones que descansan detrás de cierta frase, usada por ciertas personas religiosas cuando se refieren a aquéllos que hablan con llaneza sobre su no-creencia en afirmaciones religiosas: la expresión “ateo fundamentalista”. ¿Cómo sería un ateo no fundamentalista? ¿Sería alguien que cree sólo a medias que no hay entidades sobrenaturales en el universo; que sólo existe quizás parte de un dios (un pie divino, digamos, o una nalga)? ¿O que los dioses existen sólo parte del tiempo, digamos los miércoles y los sábados? (Esto último no sería tan extraño: para muchos cuasi-teístas poco pensantes, hay un dios sólo los domingos.) ¿O podría ser que un ateo no fundamentalista es uno al que no le importa que otras personas tengan creencias profundamente falsas y primitivas sobre el universo, basándose en las cuales se han pasado siglos asesinando en masa a otras personas porque no tienen exactamente las mismas creencias falsas y primitivas que ellos… y que todavía lo siguen haciendo?

Para los cristianos, “ateos fundamentalistas” son, entre otras cosas, aquéllos que preferirían dejar a otras personas sin el consuelo de la fe (especialmente a los viejos y los que están solos) y sin la compañía de un protector benigno e invisible en la noche oscura del alma, mientras que (según afirman) ignoran la apabullante belleza del arte inspirado por la fe. Sin embargo, el cristianismo en su forma moderna y sensiblera es una versión reciente y altamente modificada de lo que, durante la mayor parte de su historia, ha sido una ideología frecuentemente violenta y siempre opresiva; pensemos en las Cruzadas, la tortura, las hogueras, la sujeción de las mujeres a los embarazos y partos repetidos y a maridos de los que no podían divorciarse, la distorsión de la sexualidad humana, el uso del miedo (a los tormentos del infierno) como instrumento de control, los espantosos resultados de la calumnia contra el judaísmo. Hoy en día, por contraste, el cristianismo se especializa en música suave para crear ambiente; sus amenazas de infierno, sus exigencias de pobreza y castidad, su doctrina de que sólo unos pocos se salvarán y muchos se condenarán, han sido descartadas, reemplazadas por rasgueos de guitarra y dulces sonrisas. Se ha reinventado a sí mismo tantas veces y con tan asombrosa hipocresía, buscando mantener su control sobre los crédulos, que un monje medieval que despertara hoy, como El Dormilón de Woody Allen, sería incapaz de reconocer la fe que lleva el mismo nombre que la suya.

Por ejemplo: en Nigeria, se les dice a grandes feligresías que creer les asegurará altos ingresos; de hecho el Reverendo X les dice que serán más afortunados y ricos si se unen a su congregación que si se unen a la del Reverendo Y. ¿Qué le pasó al ojo de la aguja? Ah, concedámoslo: esa pequeña salida se cerró hace mucho. ¿Qué le pasó entonces a aquello de “mi reino no es de este mundo”? ¿Qué quedó de las bendiciones de la pobreza y la humildad? La Iglesia Anglicana abolió oficialmente el Infierno por una resolución sinodal en los años 1920, y los estrictos dictámenes de San Pablo sobre el lugar de las mujeres en la iglesia (que son que éstas deben sentarse en la parte de atrás y quedarse en silencio, con la cabeza cubierta) son ignoradas hasta tal punto que hasta hay mujeres vicarias, y pronto habrá mujeres obispas.

No hace falta aventurarse hasta Nigeria para ver en funcionamiento las hipocresías de la reinvención. Bastará con ir a Roma, donde la última verdad eterna en ser abandonada es la doctrina del limbo: el lugar donde van las almas de los bebés no bautizados. Entretanto, algunos cardenales están dejando asomar la idea de que los preservativos son aceptables, sólo dentro de las relaciones matrimoniales por supuesto, en países con alta incidencia de infecciones por HIV. Esto último, que para cualquiera salvo un católico practicante es no sólo de sentido común sino un imperativo humanitario, es un cambio asombroso dentro de su contexto. Los católicos sensatos han pasado por alto durante generaciones las doctrinas sobre la anticoncepción mantenidas por los hombres viejos y reaccionarios del Vaticano, pero ¡ay!, dado que es la tarea de todas las doctrinas religiosas el mantener a sus devotos en un estado de infancia intelectual (¿cómo, si no, lograr que cosas absurdas sigan pareciendo creíbles?), un número insuficiente de católicos han podido ser sensatos. Obsérvese Irlanda, hasta hace muy poco tiempo, como ejemplo de la miseria que el catolicismo inflige cuando es capaz.

“Infancia intelectual”: la expresión nos recuerda que las religiones sobreviven principalmente porque le lavan el cerebro a los jóvenes. Tres de cada cuatro escuelas anglicanas son escuelas primarias; todos los credos que compiten actualmente por el dinero de nuestros impuestos para hacer funcionar sus escuelas “basadas en la fe” saben que si no hacen proselitismo entre niños intelectualmente indefensos de tres o cuatro años, su dominio eventualmente se aflojará. Inculcar a niños pequeños las variadas falsedades (diferentes entre sí, nótese) de las grandes religiones es abuso infantil y un escándalo. Desafiemos a la religión a dejar en paz a los niños hasta que sean adultos, momento en el cual se les podrán presentar los elementos básicos de la religión para que los mediten con madurez. Por ejemplo: dígasele a un adulto de inteligencia promedio y hasta ese momento libre de lavado cerebral religioso que en alguna parte, invisible, hay un ser en cierta manera como nosotros, con deseos, intereses, propósitos, recuerdos y emociones de ira, amor, venganza y celos, pero sin ninguna de nuestras fallas como la mortalidad, la debilidad, la corporeidad, la visibilidad, la limitación del conocimiento; y dígasele que este dios mágicamente embaraza a una mujer mortal, que luego da a luz a un ser especial que realiza variados prodigios, antes de partir hacia el cielo. Elijamos qué versión de la historia contar: que un Rey del Cielo embarace —veamos— a Danae o Ío o Leda o a la Virgen María (etc. etc.), y que de allí resulte una progenie destinada al paraíso (Hércules, Cástor y Pólux, Jesús, etc. etc.), o cualquiera de las otras formas de esas mismas exactas historias en las mitologías de Babilonia, Egipto u otras… y luego preguntémosle cuál de ellas desea creer. Se puede garantizar que tal persona dirá: ninguna de ellas.

Así pues, para no ser un ateo “fundamentalista”, ¿cuál de las absurdeces sugeridas en el párrafo precedente debería un ateo pasar discretamente por alto? ¿Sería un “ateo moderado” uno al que no le importe cuántos cientos de millones de personas han sido dañadas profundamente por la religión a lo largo de la historia? ¿Debería ser uno que sonría con indulgencia ante la antipatía de los sunnitas hacia los chiítas, los cristianos por los judíos, los musulmanes por los hindúes, y todos ellos por cualquiera que no crea que el universo es controlado por poderes invisibles? ¿Es un ateo aceptable (para los creyentes) aquél que considera razonable que la gente crea que los dioses suspenden las leyes de la naturaleza ocasionalmente para responder a plegarias personales, o que para salvar el alma de alguien de cometer más pecados (especialmente el de herejía) es conveniente para sus intereses asesinarlo?

Tal como están las cosas, ningún ateo debería darse ese nombre. El término ya es un pase libre para los teístas, porque invita a un debate en su propio terreno. Un término más apropiado es “naturalista”, el cual denota a alguien que considera que el universo es un reino natural, gobernado por leyes naturales. Esto apropiadamente implica que no hay nada sobrenatural en el universo: ni hadas ni duendes, ni ángeles ni demonios, ni dioses o diosas. Bien podríamos llamar a estas personas “anhadistas” o “aduendistas” tanto como “ateos”; tendría el mismo significado o falta de él. (La mayor parte de la gente, sin embargo, olvida que la creencia en hadas era común hasta comienzos del siglo XX; la Iglesia luchó una larga y dura batalla contra esta superstición competidora, y ganó en gran medida gracias a —ya lo adivinó el lector— las escuelas y jardines de infantes fundados en la segunda mitad del siglo XIX.)

Según el mismo criterio, por lo tanto, la gente con creencias teístas deberían llamarse sobrenaturalistas, y se les puede dejar a ellos la tarea de intentar refutar los hallazgos de la física, la química y las ciencias biológicas en un esfuerzo para justificar su afirmación de que el universo fue creado y está a cargo de seres sobrenaturales. Los sobrenaturalistas adoran afirmar que algunas personas irreligiosas se vuelven a la oración cuando están en peligro mortal, pero los naturalistas pueden responder que los sobrenaturalistas típicamente depositan una gran fe en la ciencia cuando se encuentran (digamos) en un hospital o un avión, y con mucha mayor frecuencia. Pero por supuesto, como devotos de la idea de que todo es consistente con sus creencias —incluso las refutaciones aparentes de las mismas—, los sobrenaturalistas pueden afirmar que la ciencia misma es un don de dios y justificarse así por hacerlo. Entonces deberían, sin embargo, recordar a Popper: “Una teoría que lo explica todo no explica nada.”

Para terminar, vale la pena señalar una táctica retórica relacionada y característica de las personas con fe. Se trata de su intento de describir el naturalismo (ateísmo) como una “religión”. Pero por definición una religión es algo centrado en la creencia en la existencia de agentes o entidades sobrenaturales en el universo; y no meramente su existencia, sino su interés en los seres humanos de este planeta; y no meramente su interés sino su interés particularmente detallado en lo que los humanos vestimos, lo que comemos, cuándo lo comemos, lo que leemos o vemos, qué cosas tratamos como limpias o impuras, con quién tenemos sexo y cómo y cuándo; y así para una multitud de otras cosas, como la invisibilización de las mujeres bajo una vestimenta envolvente, o pegarse cajitas a la frente o repetir ciertas fórmulas de memoria cinco veces al día, etc. etc., sin fin a la vista, y con amenazas de castigo si uno hace cualquiera de esas cosas mal.

Pero el naturalismo (el ateísmo) por definición no supone tales creencias. Cualquier cosmovisión que no presuponga la existencia de algo sobrenatural es una filosofía, o una teoría, o como mucho una ideología. Si es cualquiera de las dos primeras, en su mejor expresión aceptará como ciertas las cosas en proporción a la evidencia que existe para aceptarlas, conocerá que cosas podrían refutarla y estará lista para revisarse a sí misma a la luz de nuevas evidencias. Ésta es la esencia de la ciencia. No es sorprendente que no se haya combatido ninguna guerra, ni instigado ningún pogrom, ni nadie haya sido quemado en la hoguera, a causa de teorías rivales en la biología o la astrofísica.

Y uno puede conceder que la palabra “fundamental” sí se aplica, a fin de cuentas: en la expresión “fundamentalmente sensato”.

viernes, 8 de febrero de 2013

Un ejemplo de oscurantismo creacionista católico

Mencioné el otro día un artículo de cierto blog católico que quería comentar. Se trata de “Lo cuantitativo y lo cualitativo. O cuando el mono desciende del hombre”, de Pedro González, que es ingeniero y que advierte, sobre sus afanes de bloguero católico: “no prometo mucho”. Tal sinceridad es destacable. En efecto, Pedro se pone a discutir a la vez sobre varios temas complicados que desconoce y, como era de esperarse, hace un desastre con ellos. (De más está decir que yo tampoco puedo prometer mucho, pero incluso quien no tiene puntería puede discernir sin problemas cuándo otro ha errado groseramente el blanco.)



A Pedro le preocupa el “prejuicio materialista”, que hace que “nos cuest[e] discernir en qué se diferencian realmente el hombre y el animal”, llegando al absurdo de que “la antropología nos sobra… con la zoología nos vale”.
Para el materialista lo cualitativo no existe salvo, quizás, como compendio de factores numéricamente parametrizables de lo cuantitativo. Es decir, si no se puede, o no lo sé medir, no existe.
Un desastre, como dije al principio. Aquí yacen manoseados en el mismo lodo el rechazo al esencialismo, al positivismo y al empirismo (o algo así; en cuestión de terminología, no prometo mucho). Para Pedro y sus correligionarios, el Hombre debe ser cualitativamente diferente de los animales; debe haber una esencia del Hombre, algo que lo distinga sin ambigüedades posibles de los otros seres vivos que son biológicamente —y de esto no hay duda alguna— sus parientes. El problema, claro está, es que no hay tal esencia, o mejor dicho, no hay otra manera aparte de la intuición o de la fe religiosa o de la obstinación filosófico-ideológica de reconocer esta esencia.

Pedro estaría de acuerdo en esto último, creo, pero sin ventaja para mí. Pedro me acusaría, creo, de excluir de la experiencia humana válida esa fe que le permite a él reconocer la esencia, lo cualitativamente distinto del Hombre con respecto a los animales: es decir, de ser un materialista o empirista dogmático. Que no son la misma cosa: se puede ser materialista (creer que sólo existe una sustancia, la materia/energía, fundamentalmente igual aunque aparezca en múltiples formas) sin ser empirista (creer que la única manera válida de adquirir conocimiento es a través de la experiencia, es decir, de la percepción de los sentidos, de la medición de magnitudes físicas de la materia). En cualquier caso la acusación sería de deshonestidad por tautología: si yo defino “conocimiento” como aquello que puedo obtener por medios materiales, obviamente ganaré cualquier discusión con quien pretenda que hay algo más allá de lo material. Ocurre que si no reducimos los términos de la discusión a lo que todos tenemos en común —que es lo que podemos observar y medir— la alternativa es que no haya discusión.

Pero nada es tan fácil para Pedro, porque él quiere, como dicen los angloparlantes, comerse la torta y guardársela: usar la ciencia para socavar la ciencia (en vez de simplemente renunciar a la ciencia). Pedro quiere argumentar que “El hombre parece ser algo más que su biología, trasciende la biología y la sola zoología no nos vale para saber qué es un ser humano.” Esto es, según me parece, totalmente cierto, pero de manera trivial (una deepity, en palabras de Daniel Dennett). Es como decir “la Novena Sinfonía de Beethoven es algo más que notas y acordes”, o “los libros trascienden la gramática, la sintaxis y la ortografía”. Quizá a Pedro le molesten, como a mí, los artículos que cada día vemos aparecer en medios populares donde se divulgan los hallazgos de la parte menos respetable de la psicología evolutiva o se nos dice que la ciencia ha descubierto el gen de la promiscuidad sexual o el neurotransmisor que hace que nos guste más Bach que el reguetón. Sin embargo, Pedro no entiende dónde está el problema y mete la pata como sigue:
Curiosamente, a la luz de la evolución se suele interpretar, para resolver nuestros conflictos de identidad como especie, que el hombre se encuentra en la cima de la evolución. (…) Pero esto es más que discutible si todo es zoología como mal dice el materialista. (…) Y es que a nivel biológico el cuerpo humano tiene una serie de rasgos físicos inexplicables a la luz de las meras zoología y evolución y es: la inadaptación morfológica del cuerpo humano en comparación con otros animales. El del hombre es un cuerpo que aparece y permanece como un cuerpo “abierto”, carente de especialización y por ello más vulnerable físicamente (sobre todo si comparamos a los seres humanos recién nacidos con los de otras especies).
Una charla corta con cualquier biólogo sacaría de dudas a Pedro, con el único costo (menor) de hacer que dicho biólogo se agarrara la cabeza un par de veces. La idea del hombre como cima de la evolución es una transposición decimonónica de las ideas clásicas de la Cadena de los Seres, que está tan desacreditada hoy como la idea de “eslabón perdido”. No existe tal “cima” de la evolución porque la evolución no es una montaña a la que hay que trepar. O más bien, la montaña es distinta para cada especie, para cada lugar y para cada ambiente, y cambia constantemente de forma y altura. El ser humano ha trepado a su montaña particular precisamente porque su falta de especialización le permitió adaptarse a los distintos tramos de su “ascenso”. No somos únicos en esto: el perro vive hoy en casi todas partes del planeta, felizmente adaptado a comer casi cualquier cosa y vivir en cualquier clima, de los trópicos hasta los círculos polares. Cierto es que nosotros lo llevamos allí, como también es cierto que no nos habría ido tan bien con otros animales más especializados.

La idea de que no necesitamos la antropología (o la psicología o la sociología) porque “con la zoología nos basta” es algo que sólo el más idiota de los zoólogos podría sostener. La zoología nos basta, sí, para entender por qué la falta de especialización de los seres humanos fue clave para nuestro triunfo como especie.

¿Y por qué le preocupa tanto a Pedro que el hombre esté hecho de materia y nada más?
¿Dónde queda la libertad del ser humano? Pues no queda. Porque si el materialismo fuera verdad, el hombre no sería una criatura libre.
Bien, entonces, Pedro, qué lástima. Las cosas no dejan de ser porque te disguste cómo son. Entiendo que, para quien cree que el materialismo es falso, es normal querer convencer a los demás de que lo es (y si uno es católico, además, obligatorio). Pero con argumentos tan burdos, tan desinformados, el intento resulta contraproducente.

jueves, 24 de enero de 2013

IQ² Sydney 2011

Como ya sabrán los lectores, terminé el año 2012 y comencé 2013 con varias semanas sin acceso a Internet, o al menos acceso doméstico de banda ancha. Entre las cosas que pude hacer en el tiempo libre resultante estuvo ver varios videos relacionados con la religión y el ateísmo que tenía guardados desde hacía tiempo. Uno de ellos fue aquél con cuyo comentario continúo: el debate Intelligence Squared (conocido como IQ²) de 2011, en Sydney.



Los debates IQ² siguen el formato anglosajón clásico, con una proposición o predicado de pocas palabras, uno o más proponentes y uno o más oponentes, cada uno de los cuales va recibiendo turnos para hablar y/o contestar, en varias rondas, generalmente de duración idéntica y estrictamente controlada, con un segmento de preguntas o comentarios para el público.

La proposición del IQ² Sydney 2011 fue “Atheism is wrong”, es decir, “El ateísmo está errado” (o “El ateísmo es incorrecto”). Fue moderado por el Dr. Simon Longstaff, Director Ejecutivo del Centro de Ética St. James, y los debatientes fueron tres por cada lado, que fueron hablando alternativamente; luego de permitir hablar al público, cerraron de la misma manera con argumentos y observaciones más cortos. Mientras lo escuchaba fui tomando notas. Como en casi todos los casos donde los debatientes son mínimamente inteligentes y formados (es decir, exceptuando casos como debates con creacionistas), se trataron muchísimos temas a la vez y no importó demasiado quién contestó a qué o qué lado “ganó”, aunque para tranquilizar a mis lectores, diré que el ateísmo (la oposición) venía ganando entre el público antes del debate, y luego de éste arrasó.

Abrió el debate Peter Jensen (Arzobispo de la Iglesia Anglicana, profesor de Teología, autor del libro At the Heart of the Universe). Comenzó con lo que debía ser un golpe de efecto, diciendo “Yo tengo una mente atea y un corazón ateo”. “Muchos conceptos de dios son meros seres humanos superpotentes, que cristianos y ateos rechazan por igual”, notó, para sacar del medio a los dioses de más clara factura humana. A partir de allí el argumento siguió vagamente las líneas de la “teología sofisticada”, según el cual los creyentes creen en un Dios mucho más complicado que la caricatura que de Él hacen los ateos (“simplistas”, según Jensen, como aquéllos que dicen que la Tierra es plana), que no explican la complejidad del mundo, ni su significado, y que “confunden mecanismo con agencia”. Jensen se desvió brevemente del argumento para caer en otro que a decir verdad me sorprendió porque sólo se lo he escuchado a creacionistas: que “tanto los ateos como los cristianos usan la evidencia y la razón” y ven las mismas cosas, pero “los resultados no son los mismos”. ¿Por qué? Porque los ateos rechazan la revelación, es decir, la evidencia de que Dios se hizo hombre en Jesús. A partir de este punto me resultó inútil seguir prestando atención: el buen hombre ya había llegado al punto adonde terminan todos los argumentos fallidos de los creyentes, la parte donde hay que tener fe…, ya que cualquier cristiano con un título académico bien ganado sabe que, más allá de lo que digan los curas a la masa desde el púlpito, la evidencia histórica de que Jesús existió es escasa, y la de que actuó como sólo un Hijo de Dios podría hacerlo es inexistente. Ah, pero según Jensen “los ateos se rehúsan a estudiar seriamente a Jesús”. Precisamente hace poco salió un libro de Richard Carrier explicando con lujo de detalles la abundante evidencia histórica de que Jesús no existió sino que es un conglomerado de mitos previos fundidos a posteriori en una figura mitológica. Quizá el libro no había salido en ese entonces, quizá Jensen no lo había leído; pero desde luego no era el primero ni será el último en exponer esos datos, o más bien la pasmosa falta de ellos. Jensen también se escudó preventivamente de la acusación de que el cristianismo ha hecho cosas muy malas en su historia, explicando que el cristianismo se autocorrige (mientras que el ateísmo no). ¿Cómo lo hace? Ofreciendo “medios para identificar el mal”, es decir, un sentido moral que puede usarse para criticar a los mismos que profesan su fe en él. Más aún, al creer en el pecado original, el cristianismo reconoce que debemos esperar que los seres humanos hagan el mal, incluso si dicen estar haciéndolo en nombre de Dios. El cristianismo puede reconocer el mal en su propio seno; el ateísmo no tiene un sentido moral que se lo permita.

El siguiente en hablar, por la negativa, fue Tamas Pataki (filósofo, psicoanalista, profesor de Filosofía, co-autor de Against Religion). Su exposición fue bastante menos prolija que la de Jensen, pero consiguió al menos marcar el terreno en dos puntos clave: que se debe separar la no-creencia en dioses de la crítica a las religiones, y que se debe definir de qué dios o dioses hablamos cuando hablamos de Dios. Contra la “teología sofisticada” de Jensen, opuso esta realidad bien conocida: “Los argumentos sobre si los dioses existen están bastante desconectados del hecho de que la gente cree que los dioses existen. Poca gente sabe de esos argumentos o se molesta por conocerlos.” Las religiones, más allá de argumentos y evidencias, están frecuentemente conectadas con ideologías políticas que “creen verdaderamente que Dios está de su lado y pueden llevarnos a la ruina”. Por lo tanto, y volviendo al punto del debate, “los ateos no estamos equivocados acerca de eso”, es decir, del hecho de que la religión y el estado deben estar separados, de que hacer que de Dios dependa la ley o la moral es peligroso. Con respecto al segundo punto, y relacionado con la creencia popular vacía de argumentos coherentes, Pataki constató que el dios de las religiones abrahámicas está mal definido, y apelar a él para explicar cualquier cosa de hecho no explica nada. Hay un montón de teologías, incluso dentro de una misma religión, y todas son incompatibles entre sí. La solución más sensata, terminó, es descartarlas a todas.

A continuación, por la afirmativa, habló la Dra. Tracey Rowland (Decana del Instituto Juan Pablo II en Melbourne, profesora de filosofía y teología, autora de dos libros sobre la teología de Benedicto XVI). Como en el caso de Jensen, el discurso parecía mucho mejor preparado que los de sus oponentes. La argumentación arrancaba desde la siguiente afirmación: “Con los Nuevos Ateos, el debate acerca de Dios se ha transformado en un debate sobre lo que significa ser humano.” Esta afirmación gigantesca no carece de fundamento: efectivamente, la hegemonía cristiana sobre el pensamiento, y en particular la visión del catolicismo sobre la sociedad, el estado y la persona, una visión totalitaria de la que nada escapa, están bajo ataque (aunque no desde la muy reciente aparición de los “nuevos” ateos). El contraataque de Rowland no aportó nada a su lado del debate en el tema en cuestión: “Las explicaciones [de los ateos] del amor, la razón y la racionalidad humana son tan escuálidas que es imposible defender la dignidad humana con referencia a ellas.” Citó largamente a Richard Dawkins y su teoría del gen egoísta como explicaciones espurias de los motivos humanos. Mientras que la ciencia atea sólo ofrece determinismo, el cristianismo —dijo Rowland— liberó al hombre de ser una criatura del destino, para ser “una criatura con libre albedrío y con intelecto racional”. Luego de una breve e irrelevante excursión por el origen cristiano de universidades y hospitales y por la costumbre (exclusivamente) cristiana de cuidar de los niños abandonados, siguió argumentando contra el ateísmo como el producto de renunciar a la fe para buscar la “razón pura” y terminar (históricamente) en la sinrazón: los nuevos ateos son “neo-nietzscheanos” que buscan “libertad absoluta”. El nuevo ateísmo es vacío y hace que “las relaciones sexuales se vuelvan manipulación mutua”, arruinando asimismo las relaciones políticas y económicas (todas ellas aparentemente perfectas bajo la égida cristiana). Todo lo malo de la cultura actual es culpa del ateísmo: el consumismo, la brutalidad política, el culto a las celebridades… El nuevo ateísmo también es totalitario: “La solución atea estándar al miedo al tribalismo es expandir los poderes del estado. El estado se transforma en nuestro nuevo Salvador a través del fomento del secularismo.” Según ella, los estados seculares han sido siempre “los más prolíficamente homicidas” (dándose por sobreentendido que “secular” significa “no oficialmente cristiano”). El ateísmo lleva al darwinismo social y al determinismo genético… Si parece que Rowland dijo muchísimo en poco tiempo, es porque fue así, y hay que reconocerle su maestría y su preparación. La hegemonía cristiana no se mantuvo exclusivamente a base de quemar herejes y engañar a los crédulos: la capacidad de encadenar sofismas con gran confianza también influyó y sigue influyendo. Que no hubo más que eso en la argumentación de Rowland queda claro con su última frase: “Los ateos están equivocados porque la vida humana, el amor humano y la razón humana no pueden de ninguna manera ser tan faltos de significado.” Hay muchos problemas en esa frase, pero desde un principio la implicación es falaz: es una simple expresión del tipo“X está equivocado porque no puedo creer ni aceptar que X tenga razón”.

La cuarta persona en hablar fue Jane Caro (publicista, consultora en comunicaciones y escritora). Caro me irritó, literalmente, desde que abrió la boca. Frente a tantos títulos académicos resultó una conferencista muy poco profunda, que se dirigió al público a los gritos con una voz chillona y un discurso impostado sobre un tema remanido: el tratamiento de las mujeres por parte de las religiones. Como pitch publicitario estaba muy bien; las pausas dramáticas estaban bien y el público aplaudía y vivaba. Pero poco tenía que ver con el tema central del debate o con contestar a lo que habían dicho los proponentes de la afirmativa, aunque hay que decir que los molestó bastante, cosa que no esperaban y que merecían ampliamente. Lo único que rescaté de todo lo que dijo Caro fue el cierre donde no perdonó al budismo, religión que los ateos occidentales suelen considerar mejor, en general, que las abrahámicas. Caro lo desmintió, al menos en lo que se refiere al machismo, con una línea genial: si para el budismo las mujeres y los hombres son iguales, “¿por qué el Dalai Lama nunca se ha reencarnado en una chica?”.

El siguiente orador, por la afirmativa, fue Scott Stephens (editor de la sección Religión y Ética de ABC Online, profesor de teología y ética teológica). Stephens ensayó un diagnóstico del estado trágico de la civilización actual, oscilando entre el concern trolling y la denuncia indignada. En ciertos puntos se pareció al lamento de Rowland, pero Stephens se ocupó de rebajar el ateísmo, o más claramente el “nuevo” ateísmo, a la categoría de mero síntoma de un problema mayor, que claramente es —aunque no lo dijo explícitamente— la desaparición de las certezas de las que disfrutaban (?) nuestros antepasados a causa de la pérdida del monopolio cristiano sobre la cultura. “Somos incapaces de alcanzar un consenso moral de mínima”, se lamentó. Según él, ya no nos importan las preguntas como “¿qué es una buena vida?” o “¿para qué deben servir la política y la economía?”. No hay más concepto del bien común ni una jerarquía de virtudes: sólo queda buscar el “bienestar” y seguir modas, entre las cuales Stephens incluye el nuevo ateísmo. El ateísmo es el síntoma de un nihilismo generalizado que lleva a “la fetichización de la salud, la seguridad y el placer como nuevas virtudes cardinales, en lugar de lo que solían ser las grandes virtudes de la democracia: igualdad, fratenidad, libertad.” Stephens obvió mencionar que las “grandes virtudes democráticas” no es sino el lema de la Revolución Francesa, que reaccionó precisamente contra una de las certezas con que el cristianismo venía manteniendo estable (o estancada) a la sociedad occidental, a saber, la jerarquía social ordenada por Dios, con el rey a la cabeza. Estas “virtudes” y sus corolarios fueron condenadas hasta el hartazgo por el cristianismo; el catolicismo tradicional jamás las aceptó y hasta principios del siglo XX seguía denunciando como inmorales el igualitarismo social y la libertad de expresión y pensamiento. Nadie le dijo tampoco que él puede hoy denunciar “la salud, la seguridad y el placer” como “fetiches” porque como ciudadano de una sociedad secular, liberal y próspera tiene acceso bastante asegurado a una dosis aceptable de las tres cosas; para gran parte de los habitantes del planeta, en particular aquellos que viven en estados donde los valores religiosos tradicionales son todavía dominantes, estos “fetiches” son utopías. A Stephens, finalmente, le molestan los “nuevos ateos” porque su ateísmo es poco estudiado, “promiscuo”, irreconocible (según él) para la mayoría de los “ateos históricos”, vale decir, los ateos del pasado, que sólo podían expresarse una vez obtenidas la riqueza y la posición social requeridas para no ser arrastrados a la cárcel o a la hoguera, y a los que a su vez sólo se les permitía expresarse porque los líderes religiosos del pasado sabían que el populacho no podría leerlos ni entenderlos. La frase final, que transforma a Stephens en alguien con quien es imposible debatir sensatamente el ateísmo: “Sin Dios no hay Bien.”

El cierre de la primera parte del debate estuvo a cargo de Russell Blackford (filósofo, crítico literario, escritor, autor de Fifty Voices of Disbelief). Blackford comenzó respondiendo a la impostura de superioridad intelectual de sus oponentes: “Mucho de lo que hemos oído esta noche… ha sido en realidad que nos digan «Miren, ustedes no entienden, el mundo todavía no entiende lo que le debemos a la religión». Lo que yo contesto a eso es «Sí, todavía no entendemos totalmente qué le debemos a la religión, pero estamos empezando a sospecharlo».” Blackford reiteró aquí su punto anterior de que las religiones son a simple vista productos totalmente humanos; en particular el cristianismo no se ve en absoluto como si hubiesen sido fundado por un Dios omnipotente, omnisciente y amoroso. Bromeó diciendo que a sus oponentes “les falta fe”: de todos los argumentos tradicionales en favor de la existencia de Dios, no propusieron ni uno, sino que vinieron a “moralizar”, intentando demostrar que una sociedad sin Dios no funciona. La audiencia del debate no debería salir pensando que se dijo algo sobre el ateísmo, si de hecho no se intentó en ningún momento demostrar que es falso que Dios no existe.

Después de esto vino una sección de preguntas y respuestas (y comentarios) del público, que no reproduzco porque no fue de gran aporte. A continuación se les dio un nuevo turno a cada uno de los ponentes, a modo de cierre breve.
  1. Jensen se quejó de que Blackford dijo que no se presentaron evidencias a favor del teísmo. Él las presentó, dijo: dependen de aceptar la evidencia de que Jesús es Dios encarnado.
  2. Pataki apuntó contra la idea de que la moral humana depende de Dios. Si Dios existiese, explicó, de todas maneras (y siendo nosotros seres morales y libres) deberíamos juzgar si Dios es moral, si es moral y correcto adorarlo y seguirlo.
  3. Rowland, tocada por las proclamas feministas de Caro, afirmó que Caro —que dice haber sido criada sin creencias irracionales— “cree en el mito de Dios el misógino”, y arrancó risas burlonas de la audiencia cuando afirmó que en algunas religiones hay efectivamente misoginia, pero no en el cristianismo. Según ella, la Trinidad es un modelo de cómo existe amor entre iguales en la diferencia. Esta disquisición teológica, aunque totalmente inútil, no dejó de resultarme novedosa.
  4. Caro cerró su parte afirmando que los teístas son pesimistas si piensan que la humanidad necesita de un Dios que la vigile para hacer el bien. La humanidad ha progresado hasta el punto en que un debate sobre Dios puede realizarse sin que los ateos teman por sus vidas, cosa que hace un siglo o dos habría sido muy distinto. Y este cambio cultural no fue gracias a la religión sino al secularismo.
  5. Stephens bromeó con Blackford, diciendo que de todos los exponentes era el único que había sonado “como un predicador”. Lo acusó de engañar al público al decir que las guerras de religión se terminaron en el siglo XVIII gracias al “descubrimiento” de la separación iglesia-estado, e insinuó que Blackford debería leer más sobre el tema.
  6. Blackford contestó brevemente a la acusación de Stephens aprovechando para promover su nuevo libro, en el que estudia en gran detalle precisamente el tema que Stephens lo acusó de no conocer. Cerró su parte y el debate machacando sobre su postura anterior. No hubo en el debate, dijo, ninguna argumentación en favor de la existencia de Dios, y “no nos sirve que esta gente venga, moralice, moralice, moralice…”, le eche la culpa a los ateos de todo “y luego diga «por lo tanto Dios existe»”.
Si bien el debate tuvo altibajos de calidad, que ya mencioné, en su conjunto se presentaron tantos temas que resultó muy valioso, especialmente como diagnóstico de las tensiones culturales que enfrenta el mundo secularizado de Europa y las ex-colonias británicas. Esas polémicas no han llegado, o no han llegado de esa manera, a Latinoamérica, pero creo que es cuestión de tiempo que las tengamos aquí en primera plana: razón de más para que los defensores de la laicidad y la vida sin dioses estemos informados.

miércoles, 2 de enero de 2013

Misioneros del odio

¿Hasta dónde puede llegar el odio, no de una persona hacia otra por motivos personales, sino de un grupo de personas hacia otro grupo? ¿Hasta dónde tiene que llegar el odio para pedir abiertamente la muerte del otro?

La productora Vanguard envió hace poco un equipo a Uganda para filmar un documental sobre el odio a los homosexuales en ese país. La homofobia y el odio a las sexualidades minoritarias siempre está latente, al menos en todos los lugares donde ha llegado la prédica de las religiones abrahámicas, y de hecho, en casi todas las culturas tradicionales, en las que el sexo está regimentado en torno al único objetivo de cohesionar a la comunidad en torno a familias productoras de niños. Pero en Uganda, desde hace tiempo y especialmente en épocas recientes, varios predicadores cristianos han trabajado a conciencia para avivar ese horror ignorante a lo diferente, para inflamar ese odio latente y para convocar a multitudes a pedir la destrucción de sus vecinos, de sus hijos e hijas, de sus amigos y compañeros de trabajo.

La producción de Missionaries of Hate (“Misioneros del odio”) eligió sabiamente, o quizá de manera inevitable, dejar que los responsables hablen libremente. A poco de escucharlos resulta obvio que ninguna de las cuestiones que podrían planteárseles tendría chances de sacudir sus creencias, cimentadas en la forma más burda de fundamentalismo bíblico, pero apuntaladas y elevadas mucho más por una visión conspirativa casi alucinatoria. Para el pastor Martin Ssempa, uno de los predicadores más famosos de Uganda, la homosexualidad no sólo es un abominación a los ojos de Dios que debe ser castigada con la muerte tal como las Escrituras lo comandan con claridad; también es una ideología colonialista impulsada por los Estados Unidos y otros países corruptos de Occidente para quebrar la cultura cristiana de África, y un plan de oscuras agencias que querrían imponer a nivel global un sistema donde los homosexuales pueden no sólo dedicarse a sus “perversiones” en privado sino reclutar a niños inocentes, pervertir sus instintos y tentarlos/obligarlos a realizar actos sexuales aberrantes. Por todo esto, la homosexualidad, que ya es ilegal en Uganda, debe ser activamente perseguida y sus perpetradores no encarcelados sino ejecutados.


El presidente/dictador de Uganda, Yoweri Museveni, es un fanático cristiano. Si por él fuese es muy posible que la ley pedida por Ssempa ya estaría aprobada. Pero Museveni es también un político y el líder de un país espantosamente pobre, que depende de la ayuda externa para funcionar. Luego de décadas de apuntalar tiranías varias, el gobierno de Estados Unidos se ha planteado ciertos límites: con la atención mediática mundial posada sobre Uganda, la administración Obama no consideró que fuera político enviar fondos a un país que estudiaba instaurar la pena capital para los homosexuales, y así se lo hicieron saber a los ugandeses. Por esa razón ha fracasado la ley antigay, y por eso es que el pastor Ssempa despotrica contra Estados Unidos y que sus seguidores llevan a sus marchas carteles contra Barack Obama.

Pero de Estados Unidos no llegan sólo el conjunto de palo y zanahoria conformado por los fondos de ayuda humanitaria y su posible corte. Con una retórica apenas más prudente, muchos predicadores evangélicos estadounidenses comparten las ideas de Ssempa. En 2009, el pastor Scott Lively viajó a Uganda para dar conferencias sobre la homosexualidad: de hecho una prédica religiosa con pátina de estudio científico, en la que se calificaba a la homosexualidad como disfunción sexual y se distinguían supuestas causales de la misma, tomadas del acervo pseudocientífico que el cristianismo moderno ha ido formando. Lively predica, entre otras cosas, que “la homosexualidad” (a la que trata como un movimiento) históricamente no se ha tratado de relaciones consentidas entre adultos sino de abusos pedofílicos, y escribió un libro, The Pink Swastika (sí, se llama “La esvástica rosa”, y la tiene en su portada) donde responsabiliza a los gays de ser los creadores del nazismo.

Otros dos evangélicos estadounidenses notorios, Rick Warren y Benny Hinn, visitaron Uganda y llenaron estadios con su prédica, mezcla de show de milagros y letanías de odio desbordante contra los homosexuales.

Un mes después de la conferencia de Lively, el primer proyecto de ley contra la homosexualidad con penas extremas, incluyendo la pena capital, ingresó al Parlamento ugandés; su autor, David Bahati, proclama que su objetivo fue “proteger a nuestros niños”. Cuando la periodista de Vanguard le pregunta si el detonante fue la visita de los predicadores ese mismo año, Bahati se muestra ofendido y la acusa de racismo por insinuar que los africanos no pueden decidir por ellos mismos. En otro segmento, el pastor Ssempa comparte esa opinión. El tópico es tan obviamente incómodo como claramente cierto, y si ofende a los africanos, resulta aún más molesto, por otras razones, para Lively y compañía, que rápidamente buscaron separarse de toda asociación futura con imágenes de homosexuales colgados en las plazas públicas. Si la esencia de la prédica de Ssempa es la violencia verbal abierta y la obscenidad grosera como revulsivo (en sus asambleas exhibe pornografía en una notebook), la de la de los evangélicos americanos mainstream es la hipocresía.

Cuando el Papa Benedicto XVI visitó África hace unos años volvió encantado con el fervor ignorante y el fanatismo religioso que allí encontró, y llamó al continente más pobre y violento de la Tierra “el pulmón espiritual de la humanidad”. Como el líder católico, los expertos morales fraudulentos y los showmen que se hacen llamar “hombres de Dios” de Occidente saben que hay límites que no pueden cruzar en sus países de residencia, pero que son ignorados en lugares como Uganda, donde a nadie le importa decirle a un periodista extranjero, en la calle y en voz alta, que los homosexuales deberían ser ahorcados. El problema, para ellos, es que ni siquiera Uganda está hoy aislada de los canales que llevan la información a todo el resto del mundo.

Missionaries of Hate está en inglés, sin subtítulos y dividido en cinco videos cortos, en YouTube.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

Mañana es Navidad: según dicen, la conmemoración de un suceso que divide en dos la historia del mundo. Pero los propagandistas de esta noción, tanto como sus clientes más devotos, se refieren al suceso en presente y como si cada año ocurriera de nuevo. Igual ocurre con otras festividades relacionadas al mito de Jesús, como la Pascua de Resurrección.

Estos ciclos de acontecimientos significativos son típicos de todas las religiones. El mito del nacimiento de Jesús es bastante común: salvadores y redentores han sido anunciados a sus madres, concebidos y/o paridos de maneras extraordinarias, con acompañamiento de signos y portentos varios, desde que existe registro histórico y probablemente mucho antes.

El tiempo de los mitos no es lineal, sino que existe eternamente (como Jesús ya existe antes de nacer de María y ya está muerto y resucitado antes de nacer, en la mente omnisciente e intemporal del dios trino del que forma parte). El hombre no puede entender estas cosas sin traerlas al tiempo lineal, y lo hace planteando ciclos de eventos que ocurren una y otra vez en un calendario fijo. Cada vez que la fecha recurre, entonces, actualiza el mito, y los encargados de sostenerlo exhortan a los fieles (o más bien, a los que se reputan fieles) a rememorarlo y reflexionar sobre su significado en este momento de la historia. De lo contrario corren el riesgo de que el mito quede olvidado o desactualizado. A veces esta necesidad de traer el mito al presente lleva a exégesis ridículas. Otras veces es bastante sencillo, paradójicamente debido a la manifiesta incapacidad de los dioses de cambiar las condiciones de la vida en la Tierra: si todavía los sacerdotes pueden hablar de un Jesús que nace para derrotar a la muerte, traer paz al mundo, exaltar a los pobres y humildes o terminar con las injusticias, es porque ni su supuesta venida original ni ninguna de sus repeticiones anuales ha significado nada en absoluto para los moribundos, los acosados por la guerra y la violencia, los que padecen hambre o los sometidos a la arbitrariedad de los poderosos. En esto Jesús, o quien haya hablado por él, tenía razón en advertir que su reino no era de este mundo.

Hoy la mitología navideña está desgastada (y en buena hora) pero el “espíritu navideño” termina contagiando incluso a los más cínicos, aunque más no sea haciéndolos sentir obligados a comprar regalos y a reunirse con su gente (cosa que pueden hacer en cualquier otro momento del año pero eligen o son forzados a hacer en este preciso momento, con frecuencia a costa de inconvenientes causados por la misma masividad de la fiesta). Nada hay de malo en esto, salvo que uno considere inmoral el consumismo o el mal gusto en decoración, pecados a los cuales uno no tiene por qué sucumbir, aunque deba aprender a tolerarlo en los demás. Para los que no creemos en el mito navideño ni resonamos con él, la oportunidad de sumarnos a una celebración familiar puede ser útil, si algo nos lo impide durante el resto del año, o una ocasión de rutina, en el afortunado caso contrario. Por eso no tengo intención de hacerme eco aquí de ciertas personas que, ignorando el proceso social de apropiación de la Navidad como fiesta secular, y creyéndose ingeniosas, proponen que los ateos pasemos por alto la fiesta porque es una celebración cristiana. Hace tiempo que la Navidad no es cristiana, y nadie ha perdido nada por eso, salvo los ceñudos dueños autoproclamados de la religión tradicional. Feliz Navidad, entonces, para todos los que deseen celebrar.

lunes, 10 de diciembre de 2012

“Religioso no, pero sí espiritual”

Lo que sigue es una reflexión de Greta Christina, una escritora y blogger a quien leo con gusto desde hace cierto tiempo, sobre la remanida cuestión de quienes dicen no pertenecer a ninguna religión pero a pesar de todo se consideran “espirituales”. No es todo lo que yo diría, pero yo diría todo lo que Greta dijo, y ya es bastante largo así. Lo traduzco tomando las menores libertades posibles. El original (Not Religious, But Spiritual) está en el blog de Greta para quienes sepan inglés.

Favor de tomar nota: en este artículo voy a ser un poco dura. Considérense advertidos.

Casi con seguridad has oído esta expresión: “No soy religioso, pero soy espiritual.”

Esta expresión no significa necesariamente que la persona sea pro-magufa* (aunque frecuentemente es así). La usan personas que sostienen creencias teístas más o menos tradicionales pero que han abandonado su religión organizada o nunca pertenecieron a una. (Para esa gente la expresión suele ser: “No soy de una religión, adoro a Dios a mi manera.”) La gente la usa para significar que creen en algo aparte del mundo físico: no saben muy bien qué, pero están bastante seguros de que es algo. La usan incluso para decir que encuentran alguna clase de significado y trascendencia en la vida y que no conocen otra palabra o contexto para el significado y la trascendencia aparte de espiritualidad.

* N. del T.: “Magufo” es un practicante de una pseudociencia o disciplina basada en el pensamiento mágico. El divulgador escéptico Luis Alfonso Gámez dijo en su momento que él prefiere “el castizo engañabobos”. No hay un nombre específico para los seguidores de los magufos; crédulo es demasiado general e imprecisa. En inglés se usa la muy sonora palabra woo para nombrar a todo este campo del no-saber.

Pero no creo que la espiritualidad desorganizada tenga mayor fundamento que las creencias religiosas convencionales. Y aunque no tenga el mismo poder de maltratar y oprimir que la religión organizada tradicional, sí tiene mucho del mismo poder para hacer tropezar al pensamiento crítico, para anteponar los sesgos personales a la evidencia y para hacer que edifiquemos decisiones importantes sobre cimientos de arena.

Dicho esto, cuando estoy generosa de ánimo, considero esta expresión como proveniente de un deseo totalmente válido de no verse relacionado con los horrores de la religión organizada… pero sintiendo al mismo tiempo cierto tipo de experiencia personal y emocional que quien profiere la susodicha frase cree que es una conexión con Dios. (O con la Diosa, o el mundo espiritual, o lo que sea.) La gente que emplea esta frase está tratando de separar la paja del trigo, de tomar lo que necesitan y dejar el resto. Y si bien pienso que su interpretación de su experiencia es errada (yo pienso que es todo paja y nada de trigo), ciertamente puedo entender ese impulso.

Y a veces, al igual que el deísmo, el tema “espiritual pero no religioso” es una vía de salida, un pasito de bebé hacia el abandono de la creencia religiosa. Para las personas que se están cuestionando su creencia religiosa pero que han sido educadas creyendo que la religión es la fuente de toda moral y significado, “espiritual pero no religioso” puede ser una manera de comenzar a dejar de lado sus creencias sin sentir que están dando un paso hacia el abismo. Y definitivamente puedo ser generosa con eso.

Cuando estoy de ánimo menos generoso, sin embargo, veo esta frase hecha como totalmente condescendiente, con aires de superioridad que no tienen sustento alguno. La veo como una forma de decir: “Soy tan especial e independiente que por supuesto que no tengo nada que ver con esa religión organizada inflexible; soy un espíritu demasiado libre para eso… pero también soy especial y sensible y estoy en contacto con las cosas sagradas y poderosas que hay detrás de este mundo vulgar.”

¿Y cuál es mi problema con eso? Aparte de lo condescendiente, quiero decir.

El problema obvio, por supuesto, es que no hay ni una brizna de evidencia que lo sostenga. No hay más evidencia en favor de la religión desorganizada que la que hay en favor de la religión organizada.

Y en mi experiencia, “espiritual pero no religioso” tiende a ser una forma muy descuidada de espiritualidad. Le falta el rigor tortuoso de la teología cuidadosamente meditada; la disciplina, aunque sea sin propósito, de la práctica religiosa ferviente. Con gran frecuencia, “espiritual pero no religioso” parece querer decir: “creo en alguna forma de mundo sobrenatural pero no estoy dispuesto a meditar mucho sobre eso ni a considerar seriamente si el mundo espiritual en que creo es coherente o tiene sentido.”

Una razón bastante más importante es que creo que “espiritual pero no religioso” juega completamente a favor de la idea de que la creencia religiosa —perdón, creencia espiritual— lo hace a uno una mejor persona. Lleva consigo un cierto estar a la defensiva, como si la persona estuviera en realidad diciendo: “No voy a ningún servicio religioso ni practico ningún ritual religioso… pero no soy una mala persona. Por supuesto todavía siento una conexión con Dios/mi alma. No he caído hasta el fondo de la zanja. ¿Por quién me tomaste?” Contribuye a la idea de que el gozo y el valor de las cosas, la trascendencia y el significado, tienen que venir de lo espipritual, es decir, del mundo del espíritu, de lo sobrenatural.

Pero creo que mi mayor problema con la frase “espiritual pero no religioso” es el tema de la supuesta vulgaridad del mundo.

Si ser “espiritual pero no religioso” realmente quiere decir que uno se considera en contacto con las cosas sagradas y especiales más allá de este mundo físico ordinario… entonces pienso que eso refleja una muy pobre actitud hacia el mundo ordinario.

El mundo físico es cualquier cosa menos ordinario. El mundo físico es agujeros negros en el centro de cada galaxia espiral. Es billones de galaxias alejándose unas de otras a velocidades vertiginosas. Es materia sólida que no es sólida: partículas que no pueden ser vistas ni con el más poderoso microscopio, separadas por abismos de nada. Es seres vivos que están todos relacionados a través de una tatara-tatara-tatara…-tatara-abuela. Es un espacio que se curva y continentes que se mueven. Es células de tejido orgánico que de alguna manera generan una consciencia y un sentido de sí.

Cuando uno se toma el tiempo de aprender sobre el mundo físico ordinario, encuentra que es de todo menos ordinario.

Y creo que eso de “No sigo ninguna religión organizada pero sé que debe haber algo más en la vida que lo que vemos” es un serio insulto a la asombrosa y compleja vastedad de lo que vemos.

Como un blogger o comentarista cuyo nombre no recuerdo ahora escribió una vez: el tema de “espiritual pero no religioso” es tratar de quedarse con lo mejor de ambos mundos, pero en realidad recibir lo peor. Es mantener la parte de la religión que es indefendible, la creencia en seres invisibles que no tiene ni una pizca de evidencia a favor; de hecho, la parte de la religión que considera a esos seres invisibles como más reales y más importantes que el mundo físico real en que vivimos. Es quedarse con la parte de la religión que devalúa la razón, la evidencia y el pensamiento cuidadoso, para poder aferrarse a cualquier idea loca que te resulte atractiva. Es quedarse con la parte de la religión que dice que la moral y los valores equivalen a creen en amigos invisibles. Es quedarse con la parte de la religión que involucra revestirse a uno mismo de un sentimiento de superioridad motivado únicamente por una supuesta conexión con un mundo invisible.

Es quedarse con todo eso… y abandonar la parte de la religión que es comunidad, ritual compartido, obras de caridad y un sentido de pertenencia. Es tirar la única manzana buena del barril, quedarse con las podridas, y después darse uno mismo una palmadita en la espalda y decir: “¡Cuántas manzanas que tengo!”.