martes, 6 de marzo de 2012

No a la indoctrinación católica en Salta (parte 2)

En mi post anterior hablé de la indoctrinación en religión católica que se realiza en las escuelas públicas de Salta y de cómo un grupo de madres logró que un juez ordenara su reemplazo por una verdadera educación en temas de religión, aunque no su eliminación. Les dije que era sólo para darle un contexto a la justificación de la imposición del catolicismo en Salta que hace Fernando Galván en el Diario de la Sierra.


La justificación es larga, pero no hace falta leerla completa; la mayor parte (del sexto párrafo en adelante) se refiere a la historia de la ciudad capital de Salta y el desarrollo de su sistema educativo y las leyes que lo rigen, mientras que el final trata de las conclusiones del estudio del CONICET sobre creencias y actitudes religiosas. Ambos temas son interesantes y el segundo en particular puede dar cierto apoyo a la justificación de la educación religiosa en la escuela pública, pero aquí me voy a centrar en el primer argumento de Galván.
En lo más profundo de nuestro ser – ésta es una afirmación compartida por todos, incluso los que se declaran no creyentes-llevamos la necesidad de la trascendencia, es decir, que nuestra existencia está marcada por la relación con un ser que nos sobrepasa, del cual venimos y hacia el cual vamos.
Creo que es algo presuntuoso de parte de cualquier persona afirmar de entrada que tal o cual cosa es “una afirmación compartida por todos”. A poca gente le gusta —imagino— que le atribuyan sobre un tema importante un pensamiento que nunca ha manifestado.

“Trascendencia” es un término tan amplio que su abuso es inevitable. Confieso no haber leído a Erich Fromm, que escribió sobre el significado de la trascendencia en ¿Tener o ser?. Mis escasos conocimientos y mi humilde meditación personal me indican, no obstante, que trascender no consiste (necesariamente) en encontrar a “un ser que nos sobrepasa” sino que implica “ir más allá del ego absorto para liberarnos de la prisión del egotismo en nuestra relación con la realidad” (Fromm). Ir más allá del ego: dedicar la vida propia a crear, a experimentar el mundo, a compartir ideas enriquecedoras; criar hijos, escribir un libro, plantar un árbol, enseñar, construir; en suma, no ser un mero animal humano, sólo preocupado por la satisfacción de sus intereses materiales y sus deseos de corto plazo, sino abierto a dar y dejar algo bueno en el mundo, trabajando por algo más duradero que uno mismo. (Aclaro que yo no pienso que este ideal sea “una afirmación compartida por todos”.)

La religión con la que la mayoría de nosotros crecimos no es una enseñanza para la trascendencia sino todo lo contrario: una mala educación que paradójica e hipócritamente refuerza el ego a la vez que trata de destruirlo. Dios nos ama y creó el mundo para nuestro beneficio, pero a la vez no somos más que criaturas caídas, fallidas, imperfectas, que no tienen valor sino a través de los ojos de Dios, como producto de Dios. (Que somos imperfectos es claro, pero a la vez trivial: sólo podemos lamentarnos de nuestra imperfección si creemos que pudimos alguna vez disfrutar la perfección y la perdimos. Vale decir, si creemos en el Edén, la Caída y la Redención.) Sigue diciendo Galván:
Las religiones, en sus diversas formas históricas, han tratado de encontrar los caminos concretos y correctos para que el ser humano logre esa relación con el ser trascendente y obtenga de allí la luz y la fuerza necesaria para dar sentido a toda su existencia. Si esto es así, la dimensión religiosa es constitutiva del ser humano. Y, aun en el caso de declararse ateo o irreligioso, la persona no podrá no plantearse esa cuestión de fondo.
Es ingenuo o engañoso hablar de las religiones como si fueran sistemas abstractos de creencias o de ética. Ninguna religión que conozcamos hoy ha sido jamás creada y practicada en soledad o en una sociedad perfectamente anárquica, igualitaria y libre. Ninguna religión ha producido jamás una forma de vida en la cual los seres humanos se dediquen como norma a seguir caminos a la trascendencia. Las religiones son sistemas complejos cuyo elemento más visible son las relaciones de poder que imponen a la sociedad. Los místicos y los buscadores de lo trascendente son una minoría absoluta, generalmente considerada extraña y peligrosa por los líderes religiosos, por ser potencialmente subversivos.
Por lo tanto, si la educación escolar busca acompañar a la persona en el pleno desarrollo de sus potencialidades, debe tener en cuenta esta dimensión religiosa esencial del ser humano, para que éste logre un desarrollo pleno y esté en condiciones de integrarse a la sociedad aportando lo mejor de sí mismo.
La implicación es que la persona no puede desarrollarse completamente como tal si la escuela no le provee educación religiosa, es decir, educación sobre cómo llegar a Dios. Aquí hay dos cosas debatibles: la primera, que sea parte del rol de la escuela ayudar a la trascendencia de los niños, y la segunda, que el niño realmente necesite que le hablen de religión para llegar a esa trascendencia. Pienso que la educación debería incluir valores que impulsen a los niños a ver más allá de lo inmediato y de su beneficio personal, para evitar en lo posible formar a pequeños psicópatas, pero debería hacerse de la forma menos ideologizada posible, y desde luego no requiere una clase de religión. Por no hablar de una clase de catecismo católico, en la cual es mucho más probable que los chicos aprendan a repetir oraciones como loros o las historias pasteurizadas de las biblias infantiles, cuando no a dibujar pesebres o cristos sobre burros.
Inmediatamente, sin embargo, hay que precisar. La educación religiosa escolar no puede pretender llevar a la persona a adoptar una determinada religión sino que debe reducirse a presentar al alumno los elementos indispensables para que éste pueda tener una ilustración completa acerca del hecho religioso y a plantearse personalmente su realidad en este campo.
Por aquí vamos bien; no me gusta mucho lo de “plantearse personalmente su realidad en este campo” (porque el chico no necesita que la maestra le diga que debe elegir una religión para ser un buen chico); pero Galván hábilmente lo concatena con una historia católica de Salta que lleva hasta al menos astuto a concluir que evidentemente la “ilustración completa del hecho religioso”, en una provincia tan devotamente católica como Salta, debería dedicarle tiempo casi exclusivo a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana y sólo si alcanza dejarle un pequeño espacio a esas otras religiones minoritarias extrañas a nuestro genio telúrico.
La encuesta reafirma la condición creyente de la Sociedad Argentina: 9 de cada 10 entrevistados creen en Dios, siendo el Noroeste Argentino con el 98,4% la región más creyente. Además, debe tenerse en cuenta que la trascendentes Festividad del Señor y de la Virgen del Milagro convierten a Salta en el centro de la expresión más cristológica y cristocéntrica de[l] pueblo argentino…
En Salta los alumnos de las escuelas públicas no sólo tienen catecismo sino que son obligados a rezar y a asistir a procesiones y actos durante feriados religiosos, cosas que el dictamen judicial prohíbe y que la Iglesia desea mantener. Argumentar que los niños que no lo deseen pueden ser eximidos de estas actividades es hipócrita; los niños no pueden decidir y existe una presión implícita y explícita de los pares y de las mismas autoridades educativas para que conformen con el sistema. Además, el ritual religioso no tiene nada que ver con la enseñanza de valores morales. Ningún niño necesita peregrinar detrás de una imagen de yeso vestida para adquirir valores. Ningún niño necesita saberse de memoria el Padre Nuestro para desprenderse del egoísmo o para aprender a amar al prójimo.

Es obvio que en Salta cualquier asignatura de religión que la ley permita dictar será catecismo católico; no hay maestros capacitados para otra cosa y podemos apostar lo que sea a que ninguno de los impulsores de la ley de educación tiene intenciones de que sea jamás otra cosa más que la indoctrinación que hasta ahora ha sido. Galván no ignora esto, pero su discurso y el de la Iglesia esquivan el tema.

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