De un tiempo a esta parte, sin embargo, a la Iglesia le viene preocupando marcar una posición más fuerte contra la homosexualidad, y han surgido voces sugiriendo que ningún homosexual, por muy reprimido que sea, debe entrar al seminario u ordenarse sacerdote. Pseudocientíficos y pseudoexpertos a sueldo de la Iglesia se han ocupado de vincular la homosexualidad con la pedofilia, para excusar a la jerarquía eclesiástica de los abusos sexuales a niños sistemáticamente ocultados. Dos pájaros de un tiro.
Leía hace un tiempo una entrevista hecha a un sacerdote gay que tocaba estos temas, y me llamó la atención la claridad con que explicaba ciertos mitos y a la vez la absoluta confusión de quien pertenece y sirve felizmente a una institución que lo considera perverso y abominable.
“Si les niegan a los hombres homosexuales la entrada al seminario, yo me cuestionaría qué clase de hombres heterosexuales estamos recibiendo. ¿Qué clase de persona querría entrar a una organización que tiene semejante prejuicio en contra de algunos de sus hermanos cristianos?”La Iglesia Católica ya no puede causar demasiado daño directo a los homosexuales. No puede obligar ya a la sociedad y a las leyes a tratar a los homosexuales como parias o perversos o criminales sexuales en potencia. Las leyes civiles —por las que hubo que batallar contra la religión y la tradición— los protegen, aun cuando esa protección sea burlada con frecuencia. El único lugar donde la Iglesia puede discriminar grosera y abiertamente es el seminario. Bien se lo pregunta este sacerdote, que da la entrevista bajo un pseudónimo: ¿quién podría desear entrar a una institución así? Es una lástima que la respuesta, que es obvia, todavía no se le haya ocurrido.