domingo, 16 de noviembre de 2008

Alerta 56: Religiones del mundo, uníos

Los peores violadores del derecho a la libertad de culto organizan una conferencia en las Naciones Unidas para impulsar la armonía y el respeto entre todas las religiones, y el sacerdote que preside la Asamblea General de la ONU se alía con ellos para promover una ley internacional contra la difamación religiosa y la blasfemia. Todo indica que se van a salir con la suya. ¿El mundo está loco o qué? No me digan, ya lo sé.

Para los que no entienden, traduzco de la fuente (los énfasis son míos):
Líderes mundiales congregados en las Naciones Unidas esta semana para una sesión especial de la Asamblea General para el avance del diálogo interreligioso no deberían albergar ilusiones de que sus esfuerzos milagrosamente promuevan el respeto mutuo entre comunidades religiosas o acaben con los abusos contra la libertad religiosa.

El rey Abdullah de Arabia Saudita, que inició la sesión especial de esta semana, está enlistando silenciosamente el apoyo de estos líderes a una ley mundial contra la blasfemia, una campaña que llevan adelante los 56 miembros de la Organización de la Conferencia Islámica y que pone los derechos de las religiones por delante de los derechos individuales.

Si la campaña tiene éxito, los estados que afirmen hablar en nombre de la religión podrán aplastar la libertad religiosa no sólo en su propio país sino también en el extranjero.

La sesión de la ONU está diseñada para dar apoyo a un encuentro de líderes religiosos que se realizó en España el verano pasado, a partir de una idea del rey Abdullah, y que fue organizado por la Liga Musulmana Mundial. El encuentro produjo un documento aconsejando la promoción del "respeto por las religiones, sus lugares de culto y sus símbolos… preservando así de la ridiculización aquello que la gente considera sagrado".

Esto que tan elevado suena en principio es de hecho una vía astutamente codificada para conceder a los líderes religiosos el derecho a criminalizar los discursos y actividades que ellos consideren insultantes a la religión. En vez de promover la armonía, sin embargo, este esfuerzo exacerbará las divisiones e intensificará la represión religiosa.

Tales prohibiciones ya han sido usadas en algunos países para restringuir debates sobre la libertad de los individuos con respecto al estado, para sofocar la crítica hacia figuras o partidos políticos, para acallar el disenso sobre ideas y creencias dominantes, y hasta para incitar y justificar la violencia. Socavan los estándares codificados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la piedra angular de las Naciones Unidas, al conceder mayores derechos a las religiones que a los individuos, incluyendo a aquellos que eligen no seguir ninguna fe, o a quienes deseen convertirse a otra.

Sobresale otra cruda ironía en la sesión especial de la ONU de esta semana. Arabia Saudita es uno de los peores violadores de la libertad religiosa en el mundo, un hecho reconocido por la administración Bush cuando lo llamó "un país que preocupa especialmente" en el contexto del Acta Internacional sobre la Libertad Religiosa, en 2004. El rey no podría realizar una conferencia de este tipo en su país, donde los clérigos conservadores sin duda eliminarían de la lista de invitados a los judíos israelíes, los seguidores de la fe bahá'i y los ahmadía.
Cuando el monarca vitalicio de una dictadura teocrática que prohíbe y castiga hasta con la muerte la expresión pública de una religión distinta a la suya habla de "respeto y armonía entre religiones", la reacción correcta del resto de los países del mundo sería reírse a carcajadas, darse vueltas y cerrarle la puerta en la cara. Pero en la era de la corrección política, de la dependencia del petróleo y del terror abyecto a ofender a los musulmanes, el rey Abdullah, de Arabia Saudita, es escuchado con atención y aprobación no sólo por los líderes dictatoriales de los otros países islámicos, sino por todos.

No debería llamar la atención, por otra parte, que el diálogo con el Islam esté en la agenda del otro gran monarca absolutista teocrático del mundo, Joseph Ratzinger alias Benedicto XVI. Musulmanes y católicos se han estado haciendo cariños desde hace un tiempo, emergiendo de variados encuentros con un guión unificado donde se proclama que las religiones son todas pacíficas y compatibles entre ellas.

En cuanto a lo otro, resulta que el actual presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Miguel d'Escoto Brockmann, es un sacerdote católico nicaragüense. A pesar de haber simpatizado con los postulados eminentemente inclusivos de la teología de la liberación, parece que la intolerancia ha ganado la batalla en su visión del mundo.
"Sí, yo creo que la difamación de la religión debería ser prohibida", dijo en respuesta a una pregunta en una conferencia de prensa destinada a destacar la conferencia interreligiosa en la sede de la ONU. Nadie debería tratar de difamar al Islam o a cualquier otra religión, dijo, añadiendo: "Deberíamos respetar a todas las religiones".
Lo que este buen hombre no entiende es que el respeto no se puede imponer por ley y que en todo caso no corresponde pedirlo para ideas abstractas, sino para personas. La Declaración Universal de los Derechos Humanos habla de libertad individual de culto y de expresión religiosa. Las religiones, como las filosofías o las ideologías, no tienen derechos. Cuando se trata de proteger a una idea, lo que se hace en realidad es darle poder de represión a quienes se titulan voceros de esa idea.

En el caso de las grandes religiones, donde los líderes son típicamente personas con poder político, a quienes nadie ha elegido y que no deben responder a nadie por encima de ellos, la prohibición de insultar o criticar se traduce en prohibición de estar en desacuerdo con los líderes religiosos, y frecuentemente equivale a una prohibición del disenso político. Ya es bastante grave que uno no tenga derecho a blasfemar; pero si "blasfemia" se define como cualquier crítica a un pronunciamiento religioso, esto anula automáticamente el derecho a la libre expresión, especialmente en muchos países donde lo religioso está absolutamente infiltrado en todas las esferas.

Repito lo que he dicho otras veces. No existe ni debe existir jamás un "derecho a no ser ofendido". Ninguna ideología, filosofía, religión u opinión debe ser considerada "sagrada", no importa cuántas personas crean fervorosamente en ella. En el momento en que consentimos en que se obligue a callar a los críticos de nuestras ideas por un principio como éste, nos tendemos una trampa; algún día el péndulo oscilará para otro lado y nos veremos del lado de los oprimidos. Los que tienen poder para imponer qué es correcto decir y qué no lo es siempre decidirán en su propio favor.

A nadie le gusta que se insulten sus ideas, pero nadie ha muerto de ser insultado. Por el contrario, muchos han sufrido o muerto (y siguen haciéndolo) a manos de quienes no toleran que otra gente piense distinto.

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