sábado, 30 de abril de 2011

Las reliquias de Juan Pablo II y miscelánea funeraria (A231c)

¡Una fuente de valiosas reliquias!
La noticia de que los fieles católicos contarán con una reliquia sanguínea de Juan Pablo II para venerar durante su beatificación le da un remate pintoresco de idolatría necrofílica a la bizarra estructura de superchería, realpolitik populista, exhibicionismo kitsch, cholulismo religioso y culto a la personalidad que fue todo el proceso desde que Karol Wojtyła murió, cuando el populacho pidió a los gritos que fuera hecho santo subito, y después, cuando la Iglesia —necesitada de la popularidad de Juan Pablo II ante el nulo carisma del tenebroso teólogo alemán que había ocupado su lugar— comenzó a promocionar incluso pedazos de su ropa como objetos de veneración. En Roma ya han movido el ataúd con el cuerpo momificado en medio de honores y de miles de personas que querían acercarse y verlo o tocarlo, y no es difícil imaginar el uso que se les dará a las ampollas con sangre del beato cuya existencia fue tan oportunamente revelada por las monjas del Centro de Transfusiones del Hospital Bambino Gesù.

Hay dos relicarios que contienen sangre del papa polaco, en estado líquido gracias a un anticoagulante, como han aclarado las fuentes, aparentemente conscientes de que simular una licuefacción milagrosa sería un engaño demasiado obvio, más allá de que el truco funcione burdamente todos los años en otros casos. Uno de estos podrá ser adorado (los católicos dicen “venerado”, porque sólo se adora a Dios, pero vamos, la diferencia es una de ésas que sólo un teólogo puede inventar y sostener) durante la ceremonia de beatificación. El otro irá directamente a un depósito donde se guardan “otras importantes reliquias”, es decir, presumiblemente, fluidos, huesos, cachos de cartílago o carne y otros desagradables recuerdos de santos y beatos.

La historia de las reliquias santas es una verdadera vergüenza para la Iglesia (a este respecto sugiero consultar las páginas que el historiador católico Paul Johnson les dedica, con honestidad y sin apología alguna, en su Historia del cristianismo) y es sorprendente que ésta todavía siga empleándolas, o lo sería sino fuese por el obvio hecho de que al creyente superficial le atraen estos atavismos hasta el ridículo.