
Quizá sorprenda a algunos que yo no considero el caso Galileo como un escándalo que merece ser repetido y exagerado hasta convertirlo en una horrible mancha en la historia de la Iglesia. El desarrollo del caso fue complicado y en él se mezclan la política, cuestiones de rivalidad personal y profesional, y la buena o mala disposición de los participantes, además de la teología. Pero no fue distinto de infinidad de otros casos en los que la interpretación literal de las Escrituras o el simple miedo al saber científico de teólogos, filósofos y clérigos enrolados en una u otra rama del cristianismo fueron la clave de la supresión del conocimiento, a veces de manera violenta.
Galileo Galilei fue condenado (repasemos) por defender el heliocentrismo, es decir, la idea de que el Sol es el centro del Sistema Solar y que la Tierra gira en torno a él. La idea contraria, prevalente en su época y apoyada por la interpretación literal de las Escrituras, era el geocentrismo, en el cual la Tierra era el centro.
En 1992, apenas tres siglos y medio después del episodio, el Papa Juan Pablo II pidió perdón por los errores que cometieron los que juzgaron a Galileo (la Iglesia no cometió ningún error!). El revisionismo quiso que hace poco se propusiera que Galileo fuera una especie de "patrono" del diálogo ciencia-fe. Y este libro viene a completar esa reescritura del pasado.
Galileo trabajaba contra la intuición (¿no vemos toda la bóveda celeste girar en nuestro torno?) y no tenía una teoría que explicara el movimiento de los planetas, ni certeza total de lo que estaba diciendo. Pero había una teoría (la de Copérnico), y además Galileo tenía un telescopio y la capacidad de observar, calcular y trazar hipótesis. La ciencia de Galileo, no obstante, no podía darle a los inquisidores la certeza que ellos demandaban.
A Galileo se le ordenó, primero, no discutir sus hipótesis en público, ya que contradecían la letra de la Biblia y la tradición teológica. Podía hablar de ellas con otros científicos, en privado, pero no debía debilitar la fe de los simples en la verdad escritural. Luego se le dijo que, no teniendo pruebas definitivas, debía abstenerse de hablar del heliocentrismo como un hecho; Galileo, rebelde, escribió un libro donde se trataban ambas hipótesis rivales, pero favoreciendo de tal manera al heliocentrismo (¿cómo iba a ser de otra manera?) que constituía una burla a los censores.
Lo llevaron ante la Inquisición. No lo torturaron, pero le mostraron los instrumentos con que lo harían. No lo encarcelaron, pero lo obligaron a permanecer bajo arresto domiciliario y (más importante, probablemente, para él) le prohibieron difundir sus ideas, tanto pasadas y presentes como las que pudiera tener en el futuro. La leyenda negra habló de tortura, prisión, sometimiento feroz y humillación. Esta historia, la verdadera, muestra a Galileo no como víctima o mártir, lo que la Iglesia nunca deseó, porque para la Iglesia el martirio es glorioso, sino, paradójicamente, como un rebelde, vehemente y sarcástico, que no consintió en callar y burlarse de la ignorancia y el oscurantismo de sus detractores, hasta que vio amenazada su vida.