El susodicho mensaje implicaba, no que "la fe es enemiga de la alegría", como Cantalamessa interpreta, sino que no debemos preocuparnos tomar en serio las amenazas de condenación infernal y eterna tortura que subyacen a las exhortaciones cristianas. El sistema moral cristiano se puede resumir en:
- Dios manda hacer ciertas cosas y no hacer otras.
- Dios castiga la desobediencia con la condenación.
- Por lo tanto, si uno no quiere sufrir por toda la eternidad, debe obedecer a Dios.
El predicador vaticano continúa divagando sobre el sentido del sufrimiento, diciendo una serie de cosas que en realidad no tienen sentido alguno y recurriendo al ejemplo de quienes han sufrido una desgracia o viven bajo una terrible injusticia: sin fe en Dios, ¿de qué manera van a "disfrutar de la vida" esas personas? "El ateísmo es un lujo que se pueden permitir sólo los privilegiados de la vida", declara. Y luego ataca la palabra "probablemente", buscando en ella una concesión que no es tal (la palabra fue colocada allí no por tibieza o para conformar a los agnósticos, sino para evitar la censura del organismo regulador de la publicidad).
Del fondo de toda esta perorata en la que el sacerdote se dirige a los "hermanos no creyentes" emerge la Apuesta de Pascal, uno de los argumentos apologéticos menos sofisticados y más trillados de la historia, que reduce a la fe a un simple "seguro de eternidad" y pretende confinar la variedad de la experiencia religiosa a una pregunta de sí/no. Tan tonta es esta "apuesta" que hasta Homero Simpson la refutó sin pensarlo mucho durante su breve roce con la herejía; para el creyente es una falta de respeto, sugiriendo que su fe está motivada por un análisis costo-beneficio, y para el no creyente es lisa y llanamente un insulto a la inteligencia. (Para completar, en cierto blog acabo de leer una breve explicación sobre por qué el que cree en un Dios inexistente sí pierde y mucho, al contrario de lo que pretende Pascal.)
Hay muchísimas personas que no requieren de la fe religiosa excepto como escape en situaciones límite, donde se busca significado y justificación a lo que no lo tiene. La mayoría de los creyentes, por otro lado, maneja diestramente la hipocresía y la compartimentalización para preservar y profesar su fe por un lado, y actuar el 90% del tiempo como si Dios no existiera; para subrayar y leer repetidamente las partes bellas de la Biblia y pasar por alto las desagradables y confusas; para ver la paja en el ojo ajeno y olvidar la viga en el suyo propio. El anuncio de los autobuses ateos no refleja la "pobreza de ideas" de los no creyentes, sino que es un ataque, y no el mejor, a uno solo de los muchos aspectos dañinos de una religión como el cristianismo, cuyo leitmotiv es un ciclo eterno de culpa, sufrimiento y sacrificio.