
En esta Semana Santa (la Semana del Huevo de Chocolate o Semana del Pescado, como la han bautizado variadamente por ahí) que acaba de pasar, la herida infligida al ego eclesiástico se reflejó en el mensaje pascual del Cardenal Julio Terrazas, Arzobispo de Santa Cruz. "A este Dios nadie lo arranca de nuestro corazón, ni de nuestra vida, ni de nuestra Iglesia ni de nuestro pueblo", dijo, y uno creería que este hombre, cuyos mediadores y seguidores hicieron una campaña muy sucia contra la reforma constitucional, piensa que Evo Morales es ateo o que los miembros del gabinete van a salir a quemar iglesias.
Los temores son falsos (lo que teme Terrazas es la pérdida de su manutención estatal, de su tribuna pública, de su influencia política) además de infundados, ya que, como era de esperarse, el presidente Morales no es inmune a la religiosidad que permea la cultura de Bolivia, y ya lo están criticando (con razón) por su participación en rituales de adoración a la Pachamama, con una fe que por muy popular y originaria que sea, no deja de ser parte de una tradición arcaica y oscurantista. Que el pueblo la siga es inevitable (¿qué más puede hacer un pueblo mayormente de campesinos pobres sin educación, sujetos a una geografía y un clima impiadosos, sino tratar de complacer a la Madre Tierra?), pero si Bolivia debe ser laica, debe serlo con respecto a todas las religiones.