jueves, 3 de septiembre de 2009

El ateísmo es malo para el medio ambiente (A136)

El Papa Benedicto XVI dice que la laicidad y el ateísmo son el origen del abuso al medioambiente. Menos mal que los dinosaurios se extinguieron hace mucho, que si también seríamos culpables de eso...
“¿Acaso no es verdad que la utilización desconsiderada de la creación comienza allí donde Dios es marginado o incluso donde se le niega la existencia? Si desfallece la relación de la creatura humana con el Creador, la materia se reduce a posesión egoísta, el hombre se convierte en la "última instancia", y el objetivo de la existencia queda reducido a una afanada carrera para poseer lo más posible.” (Benedicto XVI, 26 de agosto de 2009)
Antes de caer en la simplificación grosera, vamos a tratar de entender lo que dice Herr Ratzinger, ya que como decía Shakespeare, there's method in his madness. No es, supongo que aclararía el papa, que la existencia de ateos y de creyentes apáticos cause el calentamiento global o la extinción masiva de especies, o que los que negamos la existencia de dioses y espíritus nos deleitemos en la destrucción de ecosistemas. Creo.

Quiero creer que el papa no está diciendo que los descreídos y escépticos somos automáticamente más descuidados e indiferentes hacia la destrucción del ambiente; a fin de cuentas, el país que más recursos naturales consume y más contamina sin control es Estados Unidos, la más religiosa de las naciones desarrolladas, mientras que es famosa la política de cuidado medioambiental de los países escandinavos, los más laicos de Europa. (Aunque para el caso, en ambos casos la mayoría de los creyentes son herejes protestantes.) En casi todas partes, además, el movimiento ambientalista suele estar formado por ciudadanos progresistas de tendencias liberales y no por conservadores religiosos.

Tampoco sería sensato pensar que Benedicto acusa de descuidar la Creación a los países más pobres y subdesarrollados del globo. De hecho, se ha mostrado muy feliz por el avance del catolicismo en África, donde las influencias vaticanas han logrado el objetivo de frenar la distribución de preservativos y anticonceptivos a millones de personas, contribuyendo así a una expansión demográfica que sólo el SIDA ha podido frenar. En África no es la codicia humana ni el egoísmo lo que causan la deforestación, la desertificación y la contaminación de las aguas, sino la cantidad de personas pobres y sin educación que no pueden pararse a pensar en la ecología cuando la simple subsistencia está en juego.

Será entonces que Benedicto XVI cree que el hombre necesita creer que Dios hizo el mundo, con toda su hermosa diversidad biológica y complejidad, para no considerarlo como un mero objeto de "posesión egoísta". En ese caso, hay que hacer la salvedad de que el creyente no puede limitarse a las Sagradas Escrituras, sino que debe estar al tanto de la última moda en pronunciamientos ecologistas papales. No cabe duda de que es por eso que la Iglesia no permitió la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas, ni tan siquiera su posesión por parte de la gente común, hasta muy tarde en su historia, y además sigue obligando a los fieles a respetar el comentario y la interpretación de los sacerdotes y teólogos; ya que la Biblia comienza con una orden divina de ocupar el mundo y someterlo, advierte luego que al hombre no debe importarle este mundo sino el próximo, y termina con la promesa de una pronta destrucción de la tierra y el cielo, que serán reconstruidos después pero sólo para una minoría de seres humanos.

¿Entonces qué está diciendo Benedicto XVI? Volvamos atrás en su discurso:
“La tierra es un don precioso del Creador, que ha diseñado su orden intrínseco, dándonos así las señales orientadoras a las que debemos atenernos como administradores de su creación.”
Ésta es la doctrina de la mayordomía de la Creación, que sostiene que los seres humanos somos meros inquilinos y administradores de una tierra que no es nuestra sino de Dios. Como mayordomos o cuidadores, dice el papa, debemos cuidar la casa para devolverla igual o mejor que como estaba cuando la recibimos de su dueño.

En sí, es un concepto útil, y sería una buena idea... si alguna vez hubiera funcionado, y si no fuera más que palabras vacías en boca del líder de una organización que jamás ha dado el ejemplo.

Las corrientes "verdes" del cristianismo han estado siempre asociadas a la izquierda, blanco preferido de la jerarquía católica; en América Latina, el componente ecológico de la teología de la liberación fue condenado junto con ésta en los términos más enérgicos por el mismísimo Joseph Ratzinger, el inquisidor en jefe de Juan Pablo II.

El papa tuvo tiempo de visitar Brasil y de recibir a su presidente, en preparación para un concordato que asegurará la indoctrinación católica de los niños en las escuelas públicas de ese país, pero no dijo una palabra sobre la devastación sistemática de la selva amazónica, uno de los pulmones del mundo. Cuando estuvo en África, felicitó a la gente por su fervor religioso, pero evitó hablar de la corrupción de sus líderes, que permiten la destrucción del ecosistema y malvenden sus recursos naturales a las naciones ricas de Occidente; además, sus seguidores se congratulan en el fracaso de las políticas de control natal que hubieran, al menos, retrasado la destrucción medioambiental. De la India le preocupa que los católicos sean perseguidos por fanáticos hinduistas, pero no la depredación que sus mil millones de habitantes ejercen por su sola cantidad. De China le preocupa que el Estado controle a la Iglesia y que aliente la anticoncepción y el aborto, pero no la política oficial de recurrir al carbón con alto contenido de azufre (causante de terribles lluvias ácidas) como motor de su desarrollo económico acelerado.

Lo más parecido a la doctrina de la mayordomía de la Creación que tenemos nosotros, los que no hincamos la rodilla ante Ratzinger, es el lema ambientalista, ya trillado pero no menos válido, de que “no hemos heredado la tierra de nuestros padres sino que la hemos tomado prestada de nuestros hijos”. Pero Benedicto XVI no puede transigir sobre este punto. El papa existe para glorificar a Dios (es decir, a sí mismo), y este lema eminentemente sensato deja fuera de la ecuación a la divinidad, haciendo inútiles a sus intérpretes terrenales. En sus propias palabras, el hombre se convierte en la última instancia, viviendo por y para sí mismo. Esto suena a puro egoísmo. Dios es algo maravilloso en ese sentido: hace que cualquier idea suene mejor. Y sin embargo, si lo que hacemos no es para nosotros (y para quienes nos importan), ¿para quién más?

Como esto se ha hecho largo, diré para terminar que, a título personal, el uso del concepto "Dios" para justificar o cimentar buenas ideas me parece una lástima y una salida fácil. Es evidente que hay mucho que ganar con la preservación del equilibrio ecológico, aunque uno no crea que "Dios" va a venir a pedirle cuentas más tarde. Creo que Benedicto se da cuenta perfectamente de esto, y que todos sus discursos y pronunciamientos sobre la necesidad de la fe son simples gestos de aliento para una tribuna cada vez más desencantada. Los que vivimos sin creer en Dios no necesitamos exhortaciones divinas para hacer lo que es correcto. Y lo que sí creen, pero además piensan, tampoco.