Dudé un poco antes de escribir sobre esta noticia, porque realmente no me convencía como algo realmente dañino. Se trata, al fin y al cabo, de una simple manifestación de índole política, con cuyo objetivo declarado podemos incluso estar de acuerdo. Pero creo que conviene un análisis algo más profundo.
El evento en cuestión es la llamada “Marcha de los Escarpines”, que se va a realizar el día 30 de este mes frente al Congreso Nacional, como cada último miércoles de mes. Quitándole el relleno habitual de eslóganes, es una marcha por la criminalización del aborto (es decir, por el mantenimiento del statu quo y la profundización del mismo), y aunque es posible que entre los manifestantes se encuentre alguno que no sea católico practicante, devoto y conservador, me permito dudar que haya muchos ejemplos.
Dije que no venía al caso hablar de esto porque se trata de una simple intervención política. Como he analizado antes, el tema del aborto es sólo una bandera tras la cual la Iglesia ha logrado movilizar a los suyos. Si en verdad los católicos creyeran que un aborto es igual a un asesinato, sería su obligación moral impedirlo, y no con marchas frente al Congreso, cartas de lectores o manifiestos tremebundos en sitios web. Si cada aborto fuera un infanticidio, los “defensores de la vida”, con la ayuda de un consenso social seguramente unánime, estarían cazando y ajusticiando a centenares de miles de mujeres y miles y miles de obstetras y ginecólogos. Cualquier persona con sangre en las venas mataría a alguien que estuviera por asesinar a un niño, si ésa fuera la única manera de impedirlo.
Esto no ocurre simplemente porque está claro que considerar un niño a cualquier aglomeración de células que contenga ADN humano es una estupidez. Y los católicos lo saben. Como en el caso de las oraciones y las devociones, sospecho que repiten lo que les han enseñado y creen en su verdad sin pararse a pensar.
¿Por qué posteo esto, entonces? Porque lo que acabo de decir no se aplica a las madres. A una mujer embarazada no se le puede decir que el hijo que lleva en su seno es una simple bola de células, que no es una persona, que puede deshacerse de ella sin que pase nada. Para ella, es su hijo, es un niño, y la sociedad le da garantías de que lo protegerá. Esto es correcto, en el sentido de que nadie tiene derecho a obligar a la futura madre a pensar distinto. Pero en circunstancias extremas debemos decírselo y debemos hacer que entienda: cuando corre riesgo su vida o su salud; cuando no entiende lo que le ocurre; cuando tener un hijo le acarreará tales trastornos a su vida que no podrá cuidarlo. Después, la decisión será suya.
En un mundo ideal, todo esto debería saberlo la mujer antes de quedar embarazada; de hecho, debería saber lo que implica un embarazo y la maternidad incluso antes de ser capaz de quedar embarazada. Lamentablemente, el conservadurismo cultural y la inercia de gobernantes y legisladores ha hecho que nuestros jóvenes no tengan acceso a una educación sexual moderna y de calidad. Y los autoproclamados “luchadores por la vida y la familia” son los primeros que se han opuesto, con el argumento falaz de que saber más sobre la propia sexualidad es incentivo para practicarla más pronto y con más riesgos (la experiencia ha demostrado que es exactamente lo contrario).
Lo que hacen estas marchas, aparte de servir para movilizar a las masas, es enviar un mensaje a las madres sensibilizadas por su embarazo: que el instinto primario de cuidar a su descendencia potencial es una ley moral universal y que violarla las haría asesinas. Que quienes abortan son “anti-vida” (en los sitios web católicos, los que pensamos que la anticoncepción y el aborto deberían ser permitidos somos llamados “los anti-vidas”, sin más). Los escarpines son para bebés. Un feto de tres meses no es un bebé, incluso aunque nuestros instintos nos lo digan y reaccionen con horror y con repugnancia ante la idea de matarlo. Un embrión, que tiene apenas unas pocas miles o centenares de células, ciertamente no es un bebé, ni puede ser considerado una persona humana con plenos derechos por ninguna legislación sensata.
El horror ante el aborto se debe a que sentimos empatía por el feto, lo cual no es equivalente a otorgarle el carácter de persona. Podemos sentir empatía por un perro o un gato, pero eso no los hace humanos; sólo demuestra que tenemos nuestros instintos en el lugar correcto. Instintos que no están preparados, no obstante, para lidiar con la complicada cuestión de qué significa ser persona humana y sujeto del supremo derecho a la vida.
Dije arriba que podemos estar de acuerdo con el objetivo declarado de la Marcha de los Escarpines, que es la protección de la vida. No es necesario ser católico o de cualquier otra religión para oponerse a que se mate a un organismo vivo. Pero porque esto es otra cosa, porque el objetivo real es una solapada propaganda que apela a nuestros instintos más queridos para condenar a miles de mujeres desesperadas al sufrimiento y la muerte, es que me decidí a escribir esto.