sábado, 23 de enero de 2010

Haití, Dios, la fe (A167b)

Tengo aquí dos artículos de la prensa católica sobre el terremoto de Haití, o más bien, sobre la forma de entender el terremoto y sus consecuencias desde la óptica religiosa.

El primero es una nota donde el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana, país vecino a Haití), el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, explica que la tragedia en Haití no fue un castigo de Dios, ni siquiera algo querido por Dios, porque Dios es un Dios de amor y porque “teológicamente no se puede explicar”. Pero entonces ¿por qué Dios, que nos ama a todos y tiene —según dicen— el poder de detener un terremoto, no lo hizo?
“Dios puede permitir esto para golpear las conciencias de la gente insensible que ven la falta de todo de mucha gente pero no hace nada.”
Así es. Dios permitió que cientos de miles de personas murieran o perdieran su salud y sus posesiones para  despertarnos la conciencia a nosotros, los malvados e indiferentes que no hacemos nada por los pobres. En cambio el cardenal, bueno… seguramente el cardenal estará haciendo algo, aparte de hablar. ¿Verdad?

Pero ¡no vayamos a creer que Dios permitiría la muerte y el sufrimiento de unos millones de pobres haitianos sólo para darnos un toque de culpa a los demás! Para Dios en verdad no hay mal que por bien no venga. Aunque el terremoto hará reflexionar y dudar a muchos sobre la benevolencia divina, al final nos servirá porque reforzará la fe de los creyentes, cuando se den cuenta de que Dios comparte el sufrimiento humano a través de Jesús.

Esto nos lo dice Carl Anderson, caballero supremo de los Caballeros de Colón (logia ultracatólica de origen estadounidense), quien ofrece un par de ejemplos sobre lo bueno que es sufrir junto a Dios, aparentemente:
Pensando sobre Haití esta semana, no podía dejar de pensar también en el trabajo del padre Damián de Molokai “el sacerdote leproso” que fue canonizado el pasado otoño por Benedicto XVI. Hace varios años, tuve la oportunidad de visitar Molokai en Hawai, y mientras visitaba la parroquia vi una fotografía de una mujer mayor tomada en los años 30. Había perdido las orejas y la nariz, y todos sus dedos por la lepra. También estaba ciega. A pesar de ello, me dijeron, rezaba el rosario manteniendo las cuentas entre sus dientes.

No mucho después de esto, estaba hablando con un sacerdote misionero que mencionó que había abierto una casa para gente que sufre lepra. Cada día, cuando celebra la Misa allí, un hombre mayor, también ciego por la enfermedad, dice durante la oración de los fieles: “Padre, Dios, gracias por todas las buenas cosas que me has dado”.
Ésta es la visión católica del sentido del dolor. Sólo con mucha fuerza de voluntad es posible creer en tan repugnante doctrina, pero vaya y pase, si alguien le sirve. (Personalmente, si creyera que Dios existe y que es todopoderoso, yo lo odiaría, como odiaría a cualquiera que, teniendo el poder para terminar instantáneamente con el sufrimiento, prefiriera observarlo sin hacer nada.) Pero utilizar la tragedia de Haití para esta especie de masturbación mental pública que es la reflexión teológica ya me parece demasiado.

Ni los Caballeros de Colón (que manejan activos por decenas de miles de millones de dólares) ni los arzobispos latinoamericanos (que viven como príncipes y se codean diariamente con los corruptos gobiernos de nuestro pobre subcontinente) han estado nunca ni remotamente cerca de las vidas de hambre y enfermedad de los desposeídos; si algún contacto han tenido con el verdadero dolor, está claro que ha sido muy superficial, o que su fe cruel y ciega ha bloqueado lo que tuvieran de verdadera compasión.