
Pues bien, Steven Laureys, el neurólogo de Houben, ha admitido ahora (después de que se le hicieran a Houben las pruebas pertinentes, que él nunca hizo como debía) que su paciente nunca comunicó nada; que la terapeuta, con seguridad creyendo en lo que estaba haciendo, fue la que pensó y escribió todo. Laureys, no obstante, sigue insistiendo con que la comunicación facilitada es un método útil en algunos casos, a pesar de que el mismo está desacreditado desde hace rato.
Este post no se trata de festejar la equivocación del neurólogo o refregarles en la cara a los creyentes “pro-vida” su derrota. Ni siquiera para denostar a Laureys, quien —no obstante— debería ser duramente cuestionado por la comunidad médica por su adhesión a metodologías inservibles. Habría sido maravilloso que Houben se comunicara. Pero no lo hizo, y los responsables de alentar las esperanzas de sus familiares y de los seres amados de miles y miles de pacientes como Houben deberían sufrir las consecuencias de su increíble desconsideración, de su falta de tacto y su sensacionalismo, de su instrumentalización descarada de un caso tristísimo como éste.
A la fecha no he visto publicada la noticia del desengaño del Dr. Laureys en ninguno de los sitios web católicos donde se festejó a Houben como si fuese un abanderado de la causa contra el derecho a la muerte digna. Tampoco espero que lo hagan, ya que esta clase de lugares son portales de propaganda y no de noticias; si en los medios periodísticos comunes no reina precisamente la ética ni es habitual el reconocimiento de errores y exageraciones, en los sitios religiosos la distorsión y el ocultamiento selectivo son casi obligatorios.