sábado, 20 de febrero de 2010

Rom Houben, la mentira (A175)

Hace unos tres meses hablábamos de Rom Houben, el paciente en estado vegetativo al que los medios mostraron “comunicándose” a través de un teclado, “ayudado” por una terapeuta que sostenía su mano. El caso de Houben, junto con las afirmaciones de su neurólogo en el sentido de que muchos pacientes en estado vegetativo en realidad están conscientes y “encerrados en sus propios cuerpos”, fue rápidamente secuestrado por los católicos que se oponen a la eutanasia y utilizado como una especie de himno a la vida. Houben, el héroe, contra los “anti-vida” que quieren dejar morir de hambre a los parapléjicos.

Pues bien, Steven Laureys, el neurólogo de Houben, ha admitido ahora (después de que se le hicieran a Houben las pruebas pertinentes, que él nunca hizo como debía) que su paciente nunca comunicó nada; que la terapeuta, con seguridad creyendo en lo que estaba haciendo, fue la que pensó y escribió todo. Laureys, no obstante, sigue insistiendo con que la comunicación facilitada es un método útil en algunos casos, a pesar de que el mismo está desacreditado desde hace rato.

Este post no se trata de festejar la equivocación del neurólogo o refregarles en la cara a los creyentes “pro-vida” su derrota. Ni siquiera para denostar a Laureys, quien —no obstante— debería ser duramente cuestionado por la comunidad médica por su adhesión a metodologías inservibles. Habría sido maravilloso que Houben se comunicara. Pero no lo hizo, y los responsables de alentar las esperanzas de sus familiares y de los seres amados de miles y miles de pacientes como Houben deberían sufrir las consecuencias de su increíble desconsideración, de su falta de tacto y su sensacionalismo, de su instrumentalización descarada de un caso tristísimo como éste.

A la fecha no he visto publicada la noticia del desengaño del Dr. Laureys en ninguno de los sitios web católicos donde se festejó a Houben como si fuese un abanderado de la causa contra el derecho a la muerte digna. Tampoco espero que lo hagan, ya que esta clase de lugares son portales de propaganda y no de noticias; si en los medios periodísticos comunes no reina precisamente la ética ni es habitual el reconocimiento de errores y exageraciones, en los sitios religiosos la distorsión y el ocultamiento selectivo son casi obligatorios.