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jueves, 15 de septiembre de 2011

III Congreso de Ateísmo, día 1, parte 2

Continúo con la reseña del primer día del III Congreso Nacional de Ateísmo.

María José Lubertino
El tema de los símbolos religiosos en los espacios públicos es uno de los más actuales en el debate por la laicidad. Sobre eso hablaron, reunidos en un panel, la legisladora María José Lubertino, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; Oscar Belbey, en representación de la diputada provincial de Santa Fe Alicia Gutiérrez; y el Dr. Gabriel Ganón, Defensor General de Santa Fe. Lubertino y Gutiérrez han presentado sendos proyectos de ley para el retiro y la prohibición de los símbolos religiosos en edificios públicos; Ganón, por su parte, solicitó formalmente que se hiciera lo propio en el recinto judicial de San Nicolás. Todo esto, junto con declaraciones de la ministra de la Corte Suprema Carmen Argibay, causó bastante revuelo. En su momento yo lo reseñé (hablando de “laicismo agresivo”).

En el caso de Lubertino, me vi sorprendido cuando la diputada presentó, poco después, un proyecto para declarar inembargables los templos y objetos de culto. Eso me creó una opinión desfavorable sobre ella. Sigo sin estar muy convencido con su proyecto laicista, que ha vuelto a presentar hace poco, porque es bastante restringido; la oposición que ha suscitado me hace temer que por pedir poco termine quedándose, muy probablemente, sin nada.

Oscar Belbey
Con respecto al proyecto de Gutiérrez, que nos presentó Oscar Belbey, supimos que el mismo ya había sido presentado y perdido estado parlamentario varias veces. En la última ocasión el arzobispo de Santa Fe, José María Arancedo, emitió un comunicado y declaraciones en el diario santafesino El Litoral donde se burlaba del proyecto como “progresismo de laboratorio”; la Acción Católica local convocó a una manifestación, llevando consigo (muchos de ellos obligados, con casi total seguridad) a maestros y alumnos de escuelas católicas. El local partidario de Solidaridad e Igualdad (SI) apareció luego pintado con insultos a Gutiérrez y con cruces. Belbey se extendió (demasiado) sobre otros proyectos del SI, algunos de índole laicista, otros no, a mi entender desluciendo un poco la presentación.

El Dr. Ganón, que es profesor de Criminología, comenzó haciendo una observación totalmente fuera de contexto —en respuesta a un chiste del Dr. Grande de una hora antes— sobre Julio Grondona y el trato que recibe de los medios del grupo presidido por Daniel Vila, cosa que no me predispuso bien a su alocución posterior. En la misma se refirió varias veces a la Revolución Francesa como “la revolución burguesa”, lo cual es correcto pero no venía al caso, o si así era, me faltó la ilustración para entenderlo. De hecho no terminé de captar el hilo. Planteó que la justicia, en un estado moderno, no puede seguirse sino de la aplicación de leyes por medio del estado, que tiene el monopolio de la violencia. La justicia como venganza privada no es justicia. El símbolo de la cruz, el Cristo torturado y muerto, remite a un tipo de violencia inadmisible. La lógica de esta argumentación me pareció bastante tenue; en lo que acabo de escribir hay más de una interpolación mía. Sí me quedó más claro que la “justicia divina” a la que remiten los símbolos religiosos en un juzgado (por ejemplo) no se corresponde con los derechos humanos ni con las leyes. Para Ganón, el símbolo religioso remite a la necesidad de la confesión para conseguir el perdón, y de allí a la tortura. En Argentina es imposible olvidar los casos ampliamente documentados de sacerdotes católicos que presenciaban las sesiones de tortura de los detenidos por el régimen militar, alentando antes de y durante las mismas a los torturados a confesar.

No puedo decir que quedé muy impresionado por la vaguedad lógica de la ponencia de Ganón.

El final del panel lo ocupó la diputada Lubertino, que comenzó enumerando fallas de la gestión de Mauricio Macri en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, atribuibles a su conservadurismo, a presiones de la Iglesia Católica, o ambas cosas, además de proyectos pro-religiosos como el de renombrar la Avenida Santa Fe como Avenida Juan Pablo II. Recalcó que “su” proyecto de retiro de símbolos religiosos fue firmado por miembros de casi todos los bloques de la Legislatura, y pidió a los presentes su colaboración para que el debate se extienda, como ya viene ocurriendo, a otras jurisdicciones, alimentándose el mismo de unas a otras. Exceptuando el par de chicanas políticas del principio, fue la mejor ponencia de esta parte del día. Me abstuve de preguntarle sobre su proyecto de inembargabilidad de objetos sagrados porque éste aparenta haberse esfumado y creo que ni ella misma querría volver a hablar del tema.

En la siguiente entrega continúo con la reseña del primer día del Congreso.

viernes, 26 de agosto de 2011

¿Quitamos los símbolos religiosos de los espacios públicos?

Quiero contarles sobre el proyecto de ley de la legisladora porteña K María José Lubertino, que reapareció el otro día en un artículo antilaicista en La Nación y que Página/12 menciona con un poco más de detalle. Es un proyecto de laicidad estatal con aspiraciones modestas: da un plazo de 18 meses para retirar la simbología religiosa de los edificios públicos (tiempo suficiente para que los abogados de Dios puedan trabarlo a base de amparos judiciales). Se exceptúan hospitales y cementerios, “en tanto dichos elementos religiosos se encuentren en un espacio reservado y se garantice la multiplicidad de credos”, aunque habría que ver qué se entiende por “reservado”, y lo otro me suena a excusa para decir “al judío ya le dejé poner su estrellita, ahora yo puedo poner mis cruces”. Los hospitales son un punto clave para la intrusión religiosa, al igual que las escuelas, los hogares para menores, los albergues para carenciados y similares: lugares donde hay personas con poca capacidad de crítica intelectual, en situación vulnerable o emocionalmente frágil.

Crucifijo en el salón de audiencias de la Corte Suprema
Desde luego, los apologistas religiosos agrandan estas cuestiones, que son laicidad de base, mínima, apenas simbólica, transformándolas en un ataque a los más caros sentimientos de las personas. Retirar un crucifijo de un tribunal pasa a ser algo parecido a la furia iconoclasta de los bizantinos del siglo VIII. Quitar la imagen de la Virgen de Luján de un nicho en una admisión hospitalaria es pretender borrar la identidad católica de Argentina a la manera del revisionismo estalinista. Etcétera. Los no creyentes simpatizantes de la religión (que los hay muchos; yo los llamo “ateos-pero”) no van tan lejos pero hablan de “respeto” y “tolerancia”.

Ningún símbolo existe sin una historia (como bien nos lo recuerdan los creyentes tremendistas), y así como un crucifijo (por poner el caso más común) representa una historia de fe cristiana enraizada en nuestra cultura, también representa una marca de conquista y sometimiento y (en un juzgado, sitio habitual donde se lo encuentra) un reflejo de cómo la doctrina moral judeocristiana informa o se da por sobreentendida en muchas de nuestras leyes. Ninguno de los aspectos de esa historia puede ser suprimido por el mero hecho de quitar el crucifijo de la pared del juzgado (por ejemplo); más bien, esa remoción completa una etapa más de la historia, la del establecimiento de un estado moderno laico, con leyes que no hacen referencia a determinadas abstracciones sobrenaturales, respetando el derecho de los ciudadanos a tener esos puntos de referencia, a tener otros, o a no tener ninguno.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Lubertino y el privilegio a las religiones (A216)

Fuera de Buenos Aires conocemos a María José Lubertino como antigua directora del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Lubertino es actualmente miembro de la legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. De perfil progresista, no fue sorpresa su presentación de un proyecto para retirar los símbolos religiosos de los espacios públicos hace unos meses. La reacción de los creyentes más cuadrados debe haberle afectado, sin embargo, porque hace poco presentó en sociedad —en un templo, rodeada de líderes religiosos— otro proyecto de ley… para declarar inembargables los inmuebles pertenecientes a comunidades religiosas y los objetos necesarios para el culto. (El proyecto de ley y sus justificaciones están disponibles en un PDF.)

En Argentina no hay muchas propiedades que estén exentas de embargo y ejecución, aparte de las “viviendas únicas” (si uno no tiene donde caerse muerto más que ahí, ésa es su vivienda única, y no puede ser rematada). No se explica que se quiera otorgar este privilegio a las congregaciones religiosas, y menos todavía que sea Lubertino —no exactamente una activista anticlerical, pero sí reconocida por su lucha en favor de varios de los derechos que los clérigos quisieran arrebatarnos— la que se encargue de dárselo.

Lubertino tiene presencia online en Facebook y en Twitter. En el primero creó un evento que rápidamente se llenó de comentarios contrarios. En Twitter la castigaron (castigamos) unos cuantos. Su respuesta ante la pregunta de cómo se le había ocurrido presentar un proyecto así fue “porque vi que embargaban una sinagoga en Misiones”.


Resulta casi dolorosamente evidente que Lubertino no pensó que esto tendría repercusión y que no conocía, al menos, a la parte de su electorado que la sigue en las redes sociales. Con las horas se puede ver la acumulación de comentarios airados, un par de respuestas evasivas como la de arriba, y finalmente, en Twitter, esto:


Las excusas de Lubertino giraban en torno a tres ejes:
  1. Que la inembargabilidad de los templos es ahora privilegio de la Iglesia Católica y nadie más, con lo cual esta ley sería igualadora. La falla en esto: que a menos que les concedamos un estatus especial a las religiones, un templo no puede ser distinto de cualquier otro edificio a nivel legal.
  2. Que el proyecto no es para extender privilegios sino garantías. Muy lindo, pero cambiar una palabra por otra no soluciona el problema, y un privilegio repartido sigue siendo un privilegio (a menos que se reparta entre todos sin distinción, dejando ipso facto de ser privilegio, claro).
  3. Que la presentación del proyecto en sociedad no fue la presentación oficial, por la cual un proyecto de ley ingresa al parlamento. Esto es cierto, pero hay que ser muy ingenuo para creer que una cosa no seguirá a la otra (y se servirá de ella para apoyarse). La discusión debió darse antes. No sigo a la diputada en la red, pero me dio la impresión de que todos sus seguidores estaban sorprendidos por este giro súbito.
Entre los considerandos del proyecto hay otra falla grave, que es la equiparación implícita de la protección de ciertos bienes inembargables (como la vivienda única, los alimentos y el salario mínimo) con la protección de los lugares y objetos de culto como indispensables para la libertad religiosa. El error está en que la casa, la comida y el salario son necesarios para las personas y están sin discusión dentro de los derechos humanos más básicos, mientras que los templos son simples propiedades de organizaciones: por eso es que un ciudadano argentino puede reclamar que el Estado le provea una vivienda digna si no la tiene, pero ninguna organización puede reclamar que el Estado le brinde gratuitamente una sede para desarrollar sus actividades. Algunos podrán argumentar que la libertad religiosa queda menoscabada si se permite el embargo de un templo o de un objeto litúrgico absolutamente indispensable para el culto… pero si quienes definen lo que es indispensable para el culto son precisamente los que lo practican, entonces estaríamos en la situación absurda de que una organización tendría poder para declarar absolutamente cualquier cosa que posea como inembargable. A fin de cuentas, el Estado no puede hacer esa determinación: estaría violando la libertad religiosa…

En fin: hemos aprendido —en estos últimos meses— que los famosos, los políticos y otros grandes personajes son humanos, demasiado humanos, y que a muchos les convendría seguir comunicándose por medio de voceros autorizados, expertos en ese delicado arte, antes que recurrir a la lamentable improvisación que vemos en Twitter o en Facebook. No es cierto que la espontaneidad y el discurso descontracturado sean siempre lo mejor.