Quiero contarles sobre el
proyecto de ley de la
legisladora porteña K María José Lubertino, que reapareció el otro día en un
artículo antilaicista en
La Nación y que
Página/12 menciona
con un poco más de detalle. Es un proyecto de laicidad estatal con aspiraciones modestas: da un plazo de 18 meses para retirar la simbología religiosa de los edificios públicos (tiempo suficiente para que los
abogados de Dios puedan trabarlo a base de amparos judiciales). Se exceptúan hospitales y cementerios, “en tanto dichos elementos religiosos se encuentren en un espacio reservado y se garantice la multiplicidad de credos”, aunque habría que ver qué se entiende por “reservado”, y lo otro me suena a excusa para decir “al judío ya le dejé poner su estrellita, ahora yo puedo poner mis cruces”. Los hospitales son un punto clave para la intrusión religiosa, al igual que las escuelas, los hogares para menores, los albergues para carenciados y similares: lugares donde hay personas con poca capacidad de crítica intelectual, en situación vulnerable o emocionalmente frágil.
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Crucifijo en el salón de audiencias de la Corte Suprema |
Desde luego, los apologistas religiosos agrandan estas cuestiones, que son laicidad de base, mínima, apenas simbólica, transformándolas en un ataque a los más caros sentimientos de las personas. Retirar un crucifijo de un tribunal pasa a ser algo parecido a la furia
iconoclasta de los bizantinos del siglo VIII. Quitar la imagen de la Virgen de Luján de un nicho en una admisión hospitalaria es pretender borrar la identidad católica de Argentina a la manera del revisionismo estalinista. Etcétera. Los no creyentes simpatizantes de la religión (que los hay muchos; yo los llamo “ateos-pero”) no van tan lejos pero hablan de “respeto” y “tolerancia”.
Ningún símbolo existe sin una historia (como bien nos lo recuerdan los creyentes tremendistas), y así como un crucifijo (por poner el caso más común) representa una historia de fe cristiana enraizada en nuestra cultura, también representa una marca de conquista y sometimiento y (en un juzgado, sitio habitual donde se lo encuentra) un reflejo de cómo la doctrina moral judeocristiana informa o se da por sobreentendida en muchas de nuestras leyes. Ninguno de los aspectos de esa historia puede ser suprimido por el mero hecho de quitar el crucifijo de la pared del juzgado (por ejemplo); más bien, esa remoción completa una etapa más de la historia, la del establecimiento de un estado moderno laico, con leyes que no hacen referencia a determinadas abstracciones sobrenaturales, respetando el derecho de los ciudadanos a tener esos puntos de referencia, a tener otros, o a no tener ninguno.