
Lo curioso de este catecismo es que, para no asustar tanto a los niños, se ha suavizado la descripción del infierno. Lo que antes era un lugar de sufrimiento eterno (o en versiones más terroríficas, un lago de fuego donde las almas de los réprobos eran torturadas por toda la eternidad), ahora es meramente "el sufrimiento de los hombres que, después de la muerte, están separados de Dios para siempre". Nadie sabe dónde quedaron el azufre y el famoso rechinar de dientes. Donde había una película de terror explícito para mayores de 18, ahora parece que no quedó más que una de suspenso vagamente angustiante para pre-adolescentes. ¿Manipulación doctrinal o marketing? Yo diría que ambas.
Hace mucho, como se suele decir, los hombres eran hombres, y la Iglesia no tenía empacho en describir al infierno como un lugar físico sobrenatural pero físico, con un lago de "fuego que no se apaga", y añadiendo todo tipo de torturas, más la tortura mayor de saberse observados por los santos y los creyentes fieles a Dios desde el cielo. Con el tiempo tuvo que moderar este mensaje de terror, fuera porque le estaba restando popularidad, o porque nadie se lo creía del todo. Algo parecido pasó con el cielo, dicho sea de paso, con lo cual el estado actual de este mundo más allá de la realidad que la Iglesia ha ido montando con los años es más bien nebuloso, abstracto hasta el punto en que ni los mismos curas y obispos saben definirlos más que como simples "estados" o sentimientos. Dentro de una generación, cuando los niños ya nazcan con cables para acceder a Internet, supongo que dirán que el infierno es como una conexión T-3 caída, o algo así.
La CEE dice que el nuevo catecismo es "muy colorido y atractivo", tal como los niños gustan, y en su mensaje oficial espera que sirva de guía al mundo actual, "desorientado e inquieto". Hemos de suponer que el catecismo orientará y aquietará, aunque me pregunto de qué manera "colorida" se podrá explicarle a un niño de 10 años el sufrimiento del infierno. Porque, aclaremos, al niño se le dice que el infierno existe, y si el catecismo está bien hecho (sospecho que no, en este punto), se le debe dejar muy claro que el infierno lo espera salvo que crea lo que la Santa Iglesia le pone delante.
Evidentemente nunca he estado hecho para la religión, ni aun cuando creía creer en ella, porque nunca me cerró tener un librito donde todas las preguntas fundamentales están respondidas, de forma tal que sólo tengo que asumirlas como verdad, mirar hacia donde me indican y arrancar para adelante con los ojos cerrados. Y jamás se me ocurriría ponerle en las manos, o permitir que le pusieran en las manos, un libro así a un hijo mío, si tuviera alguno. Faltaría nomás que luego el pequeño me señalara mis pecados y, como aquel terrorífico personaje de 1984, me delatara a las autoridades eclesiásticas.