miércoles, 2 de abril de 2008

Alerta papal: Divina Misericordia

El funcionario vaticano anteriormente conocido como Joseph Ratzinger no se cansa de hablar de cosas inexistentes... Es como si tuviera que justificar cada día de su pontificado para que el resto del mundo no empiece a preguntar por qué bancan los excesos de lujo y ostentación del teocrático estado vaticano. Ahora no sólo habla, sino que inaugura congresos internacionales sobre estos temas irrelevantes.

El Congreso Mundial sobre la Divina Misericordia comenzó el 2 de abril, y su objetivo es reafirmar la idea de que "fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre" (Karol Wojtyla dixit), lo cual nos deja a los ateos en un lugar bastante incómodo, aunque de hecho (según el Papa) no nos damos cuenta. ¡Qué increíblemente presuntuoso!

Decía Nietzsche, palabras más, palabras menos, que el cristianismo tiene que destruir lo que es fuerte y libre en el hombre para poderlo traer a sus filas. Todas las religiones, con disfraces más o menos evidentes, funcionan sobre esta base: estás perdido, no hay nada de valor en este mundo, no hay nada que valga en lo que puedas hacer, excepto que te sometas, que aceptes tu insignificancia. Destruimos tu casa, luego te permitimos comprar los ladrillos para construirte una cárcel según nuestros planes. Te quitamos todo y te damos un mensaje: la Divina Misericordia es el rescate: si Dios no decide volverse a mirarte (y para eso hay que sacrificarlo todo al altar de su iglesia), entonces no hay esperanza. El olvido. El infierno.

Mucha gente, qué vamos a discutirlo, extrae esperanza de estos conceptos vacíos. Esto es posible de la misma manera que es posible para un enfermo sugestionable curarse con un placebo, si cree sinceramente que es un remedio verdadero. Pero mucho más frecuentemente, lo que sostiene al hombre en la desesperación es el hombre mismo: su familia, sus amigos, su pueblo. Bien saben los generales (y si no, cometen un gran error) que los soldados pelean por su familia que está lejos y por el compañero que está a su lado, no por Dios, la Patria o ninguna de esas otras abstracciones.

A Benedicto XVI le preocupa que ya no desesperemos, que vivamos (casi todos) como si pudiéramos bastarnos a nosotros mismos con lo que hay en este mundo. Teme volverse innecesario. Por eso grazna desde su torre de marfil, sin cansarse. En muchas historias, un dios o un ser sobrenatural pierden su poder cuando la gente deja de creer en ellos. A ver si la noticia de la indiferencia le llega al Vaticano uno de estos días...

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