lunes, 26 de enero de 2009

Alerta 71: Lefebvristas, bienvenidos a la Iglesia

Marcel LefebvreSegún lo anunciado desde el Vaticano, el Papa Benedicto XVI ha levantado la excomunión que pesaba sobre los cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (el movimiento cismático conocido como lefebvristas). Los cruzados están emocionados, realmente emocionados. Y parece una ingenuidad preguntarse (como lo hacen algunos católicos progresistas) por qué el Papa se junta con ellos, cuando las implicaciones políticas son tan obvias.

La FSSPX fue fundada en 1970 por un arzobispo francés, Marcel Lefebvre, quien se resistía a los cambios introducidos en la Iglesia Católica por el Concilio Vaticano II. No fue muy diplomático: después de que le quitaran sus facultades como obispo por ordenar sacerdotes sin autorización, dijo que Roma ya no era católica y que los anticristos se habían apoderado de la Iglesia. Lefebvre fue finalmente excomulgado en 1988 junto con los cuatro obispos que había ordenado, y murió en 1991.

¿Qué creen los lefebvristas? Se oponen al ecumenismo, al diálogo interreligioso y a la libertad religiosa, aparte del liberalismo, el comunismo, el socialismo, el sionismo y el "modernismo". Lefebvre defendió a todas las dictaduras militares latinoamericanas, y consideraba que el franquismo era "el más acertado sistema político en lo referente a los valores católicos". Sus sacerdotes celebran la misa en latín, de espaldas y con mucho incienso. La orden cuenta con decenas de miles de seguidores y, sobre todo en Francia, controla escuelas, monasterios, muchos lugares de culto y hasta una universidad.

Hoy en día, lo más reaccionario de la Iglesia Católica lo consideran un salvador de la tradición y de la verdadera fe, sin el cual "todos seríamos herejes modernistas o condenados apóstatas", a decir de un apasionado comentarista de Radio Cristiandad, por lo cual el levantamiento de la excomunión sería signo de que "Benedicto sin duda está dispuesto a eliminar el progresismo que nos infecta y volver a antiguas tradiciones" (esto último encontrado en los tenebrosos foros de Catholic.net).

Lo interesante aquí para los que bostezamos de aburrimiento ante toda esta política disfrazada de teología, y más allá del asco visceral que nos provoquen las reacciones de alegría de los católicos integristas, es lo siguiente.

Uno de los cuatro lefebvristas que han sido bienvenidos de vuelta al redil católico, el británico Richard Williamson, es un negador del Holocausto, que defiende la existencia de los Protocolos de los Sabios de Sión, dice que no existieron las cámaras de gas, y afirma que sólo murieron unos 200 o 300 mil judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Desde el Vaticano dicen que el levantamiento de la excomunión no significa que compartan esas opiniones (que obviamente no son ideas propias de este hombre).

No me cabe duda que la gran mayoría de los lefebvristas albergan ideas similares a éstas. Esto lo digo consciente del riesgo de prejuzgar, por la simple razón de que los católicos integristas, cismáticos o no, por alguna razón suelen tener características comunes, entre ellas el antisemitismo, una salvaje paranoia ante lo moderno y la simpatía por los regímenes totalitarios (menos el comunismo, no porque sea ateo sino porque es un competidor, como bien señaló Bertrand Russell en su momento).

¿A qué viene esto? Al Vaticano no le importa si sus líderes y referentes sean mentirosos descarados, antijudíos, enemigos del diálogo y de la libertad, misóginos, fanáticos paranoicos, abusadores de niños... Lo que importa, lo único que importa, es la obediencia. Todo lo demás se puede perdonar. Pero si no hay obediencia, entonces no hay comunión con la Santa Iglesia, y si no hay comunión, el acceso a la salvación está cortado.

Por otra parte, ¿quiere el Vaticano, y va a exigir realmente, la obediencia de salvajes como éstos? Está clara la respuesta: hacia afuera, obediencia; hacia adentro, complacencia. El catolicismo globalizado se nutre de este doble discurso. Un corazón fundamentalista, fanático, oscuro, late en lo profundo del cuerpo eclesiástico, que se presenta a la opinión pública como una institución dedicada a la espiritualidad, a la paz, a la caridad.

Este post está dedicado y orientado más a los creyentes católicos que a los ateos o agnósticos, y especialmente a los católicos moderados y los "sólo de nombre" que por costumbre siguen buscando excusas para lo inexcusable. Aquellos que están dentro de la Iglesia deberían pensar con mucho cuidado a qué institución y a qué ideas les están concediendo su legitimación tácita. No se trata de un Papa con el cual uno está en desacuerdo por sus ideas sobre la familia o el sexo (que no son cuestiones menores); es un sistema y una estructura que, a cambio de obediencia, da la bienvenida a personajes de la peor calaña, a cualquiera, y lo celebra porque así gana fuerza entre los sectores más reaccionarios de la sociedad.

Poco nos debe importar un edicto papal más o menos a quienes no participamos en la Iglesia, excepto por la señal que envía a los creyentes y a quienes dialogan con ellos. La señal es: estamos con los lefebvristas, con quienes nos sumirían a todos, si pudieran, en una nueva Edad Media.