¿Sorprendidos? Bien, podría ser que Pablo VI le hubiera acertado por casualidad. En su tiempo el Papa a quien le tocó clausurar el Concilio Vaticano II congregó a una comisión para estudiar si había motivos teológico-doctrinales para condenar el uso de anticonceptivos (era 1968, la píldora estaba haciéndose popular, las mujeres comenzaban a disfrutar libremente del sexo, así que deben haber pensado: "¡Qué bueno, algo contra lo cual podemos ponernos!") y la comisión dijo... que no. Que estaba bien, que la regulación de la fertilidad era derecho de los cónyuges, y que la postura tradicional de la Iglesia (que ni siquiera incluía la posibilidad actual, hipócrita a mi modo de ver, de recurrir a "métodos naturales") debía ser revisada. A Pablo VI no le gustó este resultado y decidió ignorar la recomendación de la comisión. Una de las ventajas de ser representante de Dios es que uno no tiene que responder a nadie por sus caprichos, ¿no?
El nuevo documento, publicado por L’Osservatore Romano (que viene a ser el Pravda del Vaticano) afirma que la Humanae Vitae fue "profética" porque predijo las consecuencias que tendría permitir el uso de anticonceptivos, tanto a nivel médico como ambiental y social. Entre otras cosas dice que las píldoras anticonceptivas son abortivas; que las hormonas que contienen, al ser eliminadas en la orina, llegan a las aguas y hacen infértiles a los hombres; que el estrógeno de las píldora es cancerígeno; y que (ya que estamos) el tabaco también es abortivo. También afirma que la promoción de la anticoncepción hormonal viola la igualdad de derechos entre los sexos (!!) porque el peso del control de la natalidad recae casi todo sobre la mujer.
Recordemos, antes de proseguir, que esto no es una publicación de prensa del Vaticano o una encíclica papal ni nada emanado de la jerarquía eclesiástica. Es un documento científico. ¿Será verdad? ¿Cómo pudimos pasar tanto tiempo ignorando esto? ¿Habrá habido una gran conspiración para ocultarlo?
El misterio se aclara de pronto cuando preguntamos quién publica esto. Se trata de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas (FIAMC). ¿Hay medicina católica y medicina de la otra? ¿Qué significa el calificativo sectario final? Como veremos, mucho.
Lo de la infertilidad masculina (según un poco diplomático médico argentino consultado) "es una estupidez". La causa de la creciente infertilidad masculina en Occidente es, según parece, la presencia de hormonas en los fertilizantes, que llegan a los granos y verduras y a la carne de los animales que comemos, además de niveles altísimos de compuestos tóxicos en el ambiente de nuestras ciudades, y por supuesto el estrés. Para cuando las bajísimas dosis de estrógenos que incluye una píldora anticonceptiva llegan a los riñones de la mujer, han sido metabolizadas y ya no tienen efecto alguno.
Si vamos al tema de los estrógenos en general, un farmacólogo aclara que una simple botella de plástico dejada al sol en un charco de agua libera esas sustancias. También hay estrógenos en los desinfectantes y hasta en champúes.
Los estudios actuales sugieren que no hay mucha correlación entre el uso de la píldora y el cáncer de mama, y se ha observado que la píldora (en su forma habitual, que combina estrógeno y progestina) disminuye considerablemente el riesgo de contraer cáncer de endometrio y de ovario.
En cuanto a lo del efecto abortivo, el presidente de la Asociación Italiana de Anticoncepción dice que el reporte de la FIAMC es "ciencia ficción". La píldora bloquea la ovulación; por lo tanto no hay óvulo que pueda ser fertilizado y no se produce un embrión. Esto es una mentira descarada y la Iglesia la usa rutinariamente con la píldora del día después.
Que una asociación católica se preocupe porque la píldora "viola el derecho a la igualdad de los sexos" parece una broma. La Iglesia Católica considera radicalmente distinta a la mujer del hombre, y en la práctica "distinta" siempre significa "inferior" (¿cuántos países del mundo consideran que por orden divina inapelable ninguno de sus dignatarios puede ser mujer?). Por otro lado, la Iglesia está en contra de los preservativos o condones, con lo cual los hombres que quieran seguir su doctrina no tienen ni siquiera esa posibilidad de acercarse al involucramiento en el control de la natalidad en pareja. Y los "métodos naturales" que la Iglesia promociona (y que tienen tasas de fallo altísimas en la vida real) dependen enteramente de la mujer, que no sólo tiene que vigilar atentamente sus signos de fertilidad para no quedarse embarazada sin desearlo sino (suponemos) contener los avances de su marido.
Pero volvamos al documento publicado. Según su autor (un tal Pedro José María Simón Castellví), es un resumen de un reporte de cien páginas escrito por un gineco-obstetra, Rudolf Ehmann, para la FIAMC. El reporte de Ehmann está originalmente en alemán y supuestamente tiene abundantes y reputadas referencias científicas, aunque por supuesto (esto lo saben quienes siguen la controversia evolución-creacionismo) sólo un experto puede determinar cuáles de esas referencias son relevantes y cuáles están sacadas de contexto o simplemente mal citadas, prácticas comunes a los fanáticos religiosos. Ambos hacen frecuentes llamamientos a la fe y apelaciones a la doctrina católica.
Dado el historial de mentiras y oscurantismo de la Iglesia, además de la actitud religiosa que implica poner el dogma antes que la verdad científica, creo que es natural que dudemos, ya no del reporte (que ya sabemos inexacto y sesgado) sino de su intención. El Vaticano no necesita que sus afirmaciones tengan base científica, y sabe que ésta no favorece a aquéllas. El documento no fue emitido por el Vaticano, y fue criticado al menos por un miembro de la Iglesia, el antiguo presidente de la Academia Pontificia de la Vida. ¿Habrá sido un caso de papismo superior al papal, o bien (como teoriza alguien en la blogosfera) alguien en las alturas le dio vía libre a este mamotreto a modo de globo de ensayo? Quién sabe.
Lo verdaderamente preocupante es la casi nula cobertura crítica que recibió este cúmulo de falsedades y medias verdades. Si el periodismo nos falla y la opinión pública no se hace oír, ¿qué nos queda?