
Y digo divertido porque las contorsiones filosóficas necesarias para aprobar esta inmensa estupidez de que no tengo derecho a estar en pelotas son dignas de un artista circense. Más todavía porque se intenta hacerlo desde una especie de sentido común o consenso mínimo, sin recurrir (por alusión directa al menos) a la tradición cultural judeocristiana represiva y antisensual ni a la doctrina cristiana explícita, como la de San Pablo ("el cuerpo es templo del Espíritu Santo") que es la fuente oculta pero obvia de este argumento. A cambio se nos ofrecen una serie de non sequiturs por los cuales deberíamos llegar a la conclusión de que proteger nuestra propia intimidad es una obligación en vez de un derecho, y que exhibir el propio cuerpo es como convertir al individuo en una cosa, como un esclavo en el mercado (!?).

Aquí suelen sacarse a colación los niños ("¿Alguien quiere pensar en los niños?"), que se transforman en un escudo tras el cual los puritanos cobardes esconden su culpable temor a los genitales. ¿Alguien cree que los niños pueden resultar dañados por la visión del cuerpo humano desnudo? Los inconvenientes del caso los padecerían los adultos vergonzosos ante las preguntas (perfectamente normales, y perfectamente inocentes) de los niños.
Las raíces del pudor son en parte antropológicas, en parte biológicas, pero en cualquiera de los dos casos el pudor no es argumento para nada. La cultura cambia, y la biología pura y dura ya no rige nuestra sociedad. ¿Por qué será que algunos no pueden dejar en paz a los demás cuando es obvio que no hacen nada malo?