Pero hay un punto más que trae a colación el obispo Aguer:
¿Cómo se salva la libertad de conciencia y el derecho de los padres de familia a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus propias convicciones? Es un derecho inalienable, que el Estado debe respetar, y es un deber, una responsabilidad que los padres no pueden soslayar.
A lo que sólo se puede responder: ¡hipócrita! Ninguno de los homólogos de Aguer, jamás en la historia argentina, se ha opuesto a la imposición de la educación religiosa, católica, en las escuelas públicas. El derecho de los padres a que sus hijos sean educados en sus propias convicciones (derecho bastante debatible, por cierto) nunca incluyó, para la Iglesia Católica, el derecho de los padres de otras religiones.
Cuando en otros tiempos se daba catequesis en todas las escuelas, los niños cuyos padres eran de otras religiones (o ninguna) eran retirados de la clase, puestos aparte, segregados, marcados como diferentes. En cada ocasión en que el estado y la sociedad decidieron terminar con el privilegio católico de indoctrinar a los niños en horas de clase, la Iglesia peleó con uñas y dientes contra el derecho de los padres judíos, protestantes, musulmanes, ateos y demás a educar a sus hijos en sus propias convicciones.
Desde luego, el católico consecuente explica este aparente doble rasero con facilidad. La doctrina de la Iglesia Católica es la única totalmente verdadera; las demás son sólo falsas creencias...