miércoles, 24 de junio de 2009

A111: Castración obligatoria para todos

El título es sospechoso por lo fuerte, ¿verdad? Bien, entonces díganselo ustedes a la agencia propagandística católica ACI, que ha caído una vez más en ese sensacionalismo que roza (no queremos creerlo) la desinformación, con una nota titulada Congresistas aprueban esterilización quirúrgica masiva de colombianos.

Afortunadamente podemos informar desde aquí a nuestros preocupados lectores de Colombia que nadie va a ser castrado a la fuerza por orden del Congreso. Lo que ocurre, simplemente, es que los legisladores se han dado cuenta de que ciertas personas se reproducen en tal medida que luego no tienen con qué darle de comer a sus hijos, y para evitar ese problema han decidido ofrecer un acceso gratuito y más expeditivo a los procesos de esterilización quirúrgica disponibles (ligadura de trompas para las mujeres, vasectomía para los hombres), más ciertos incentivos para quienes abriguen dudas o temores.

Casi todos dudamos antes de ponernos bajo el cuchillo, especialmente si la cirugía en cuestión es electiva y sus beneficios se verán sólo con el tiempo. Y los hombres, en particular, somos reacios a acudir al médico, y más que reacios a que alguien cortajee nuestro aparato reproductor. (Es más eficiente dirigir una política de esterilización hacia los hombres que hacia las mujeres, porque un hombre puede, si se lo propone y si el cuerpo le aguanta, concebir decenas de hijos al año con diferentes mujeres, mientras que una mujer no puede concebir y parir más que un hijo al año, más o menos.)

Desde luego que someter a una persona a una intervención irreversible requiere un consentimiento informado. Hay una línea muy delgada, en el caso de personas con bajo nivel de instrucción y escasos ingresos, entre la promoción estatal de una práctica y la imposición de la misma, como ocurrió desgraciadamente en Perú en los '90, cuando la cuasi-dictadura de Fujimori esterilizó a 270 mil mujeres, la mayoría indígenas y pobres.

Es un asunto muy distinto "exigir mayores requisitos a los eventuales pacientes", como indignadamente protestan los católicos que no se va a hacer en este caso. ¿Qué requisitos podrán ser ésos? ¿Haber tenido hijos? ¿Cuántos? ¿Uno, dos, tres, muchos, demasiados? ¿Con qué criterio podrá determinarse? ¿Habrá que consultar al señor cura?

Hay mucho conspiracionismo, especialmente en la izquierda y en sus puntos de contacto con el cristianismo liberal latinoamericano, con respecto a que la esterilización de las poblaciones pobres es una política impuesta por intereses foráneos (generalmente de Estados Unidos), supuestamente para limitar el potencial demográfico de los países del Tercer Mundo. Más allá de lo burdo de esta teoría, es evidente que lo mejor que puede hacer el Primer Mundo para seguir contando con abundante mano de obra barata y pobre en nuestro hemisferio es incentivar la natalidad, no todo lo contrario. En ese sentido, la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas han prestado una inestimable colaboración, al oponerse al uso de todas las tecnologías disponibles para el control de la natalidad.

Seguramente hay muchos católicos preocupados por que no se someta a los colombianos más pobres una esterilización irreversible bajo coacción o engaño, o que (como también ocurrió en Perú) se realicen las intervenciones en forma descuidada. Pero en el fondo de la protesta está la oposición doctrinaria de la Iglesia a cualquier intervención humana que obstaculice la procreación. (Recordemos que incluso los "métodos naturales" de control de la natalidad que enseña la Iglesia son para usarse en situaciones excepcionales, no porque la pareja no desee los hijos, sino porque por una grave fuerza mayor no pueda tenerlos.)

Lo que el programa de esterilización de Colombia necesita es un estricto control sobre la forma en que se incentiva a los eventuales pacientes, no el paternalismo de pretender proteger a los colombianos de sus propias elecciones en el plano reproductivo. En todo el mundo hace rato que el mandato creced y multiplicaos ha dejado de sernos beneficioso.