Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos (España), dice que la Iglesia Católica se enfrenta a "un eje mundial laicista" y que el mundo va camino a una "dictadura del relativismo" donde no se le da "ningún valor a la ética cristiana". Estamos esperando que nos diga por qué eso sería malo, pero no hay caso. (A modo de aclaración: la contundente y autocontradictoria frase "dictadura del relativismo" es una invención del mismísimo Papa Ratzinger. Raramente los obispos, arzobispos y cardenales conservadores dicen algo original.)
Hasta un cierto punto no se puede sino estar de acuerdo con la sustancia de la expresión del arzobispo. Efectivamente, en Estados Unidos y Europa, y a través de su influencia también en las Naciones Unidas, viene imponiéndose el consenso de que los valores humanistas laicos son más aceptables que lo que se llama "ética cristiana", en primer lugar porque la civilización occidental ya no es (totalmente) cristiana, ni mucho menos católica, y el resto del mundo nunca lo fue. En segundo lugar, quizá, porque algunas partes de la "ética cristiana" y los "valores" propuestos por estos señores de sotana son bastante dañinos o contraproducentes, cuando no directamente antitéticos a los derechos humanos.
En tercer lugar hay algo que yo he mencionado unas cuantas veces y que tiene que ver con la política. Como miembro de una sociedad marcada por la herencia judeocristiana, yo he asimilado valores (no exclusivamente) cristianos como la compasión, la caridad y el respeto por la vida humana. Pero estos valores son universales y elementales, casi autojustificables (aunque su aplicación detallada traiga discusión). El problema es que la Iglesia Católica ha metido en la misma bolsa estos valores sencillos y obvios (pero importantísimos) con otros "valores" que no son tales sino puntas de lanza de su guerra contra la modernidad, temas accesorios, tópicos manufacturados ad hoc para impulsar a los fieles militantes y mantenerlos unidos contra algo: tales son el "respeto por la vida humana desde su concepción hasta su final natural" (es decir, oposición al aborto y a la libertad de elegir el momento de la propia muerte) y la "defensa del matrimonio y la familia" (o sea anti-homosexualidad en la educación y las leyes, oposición a las uniones civiles y al matrimonio homosexual, y en general oposición a reconocer los derechos de las minorías sexuales). Es casi como si buscaran algo a qué oponerse y tuviera que ser algo complicado, para diferenciarse de los demás. "No matarás" es fácil; "No abortarás ni aunque preservar una bolita microscópica de células indiferenciadas te cueste la vida" es mucho más difícil.
Desde este punto de vista, no debe sorprender que la Iglesia, una vez delineado su casus belli, busque y fabrique a un enemigo beligerante. Hace diecisiete siglos que esta institución, con ayuda de un emperador romano bautizado en su lecho de muerte, se erigió como ama y señora de la vida, la muerte y el más allá en Occidente, y con pocas interrupciones en tiempo y espacio, ella y sus ramas escindidas (generalmente aún más radicales) siguieron siendo un factor de poder hasta no hace mucho en gran parte del mundo. Lo que ocurre ahora es que ya no tienen el poder de censurar la disidencia.
Los cristianos quieren hacernos creer que aún los están arrojando a los leones, pero la verdad es que ellos han sido los leones (para herejes, ateos, judíos, homosexuales, brujas, intelectuales...) durante gran parte de su historia. Ahora el gran león vaticano se ve acosado por, digámoslo así, hienas y perros salvajes, pero está claro que estas fieras menores no pretenden atacarlo, sino que (por su misma naturaleza) se dedican a competir y quitarle su comida. El ecosistema de las ideas está revuelto. No hay un "eje del laicismo". Es la hora en que el sistema cristiano deberá probar que funciona, y aceptar su derrota si no.